Testimonio de Josette Elluin en 1975. Precioso documento, desde la historia del encuentro. Orando junto al lecho de Josette Elluin gravemente enferma, el P. Zúndel recibió de Dios la certeza de la curación...

Josette Elluin era poetiza, amiga de Charles Du Bos y de Alliette Audra. Igualmente publicamos, el 28/09 à 02/10/12 un testimonio de Alliette Audra: “más valdría jamás sentir ninguna dulzura que no darse

 

Unido por una profunda amistad con el P. Zúndel, Charles du Bos me dijo un día: “Ud. debería ir a ver, de parte mía, a mi amigo muy querido, el P. Zúndel: le haría mucho bien; no conozco a nadie más en el mundo que pueda comprenderla y tranquilizar un alma atormentada”. Había tanta sinceridad, tanta convicción y fervor en sus palabras de convertido que tomé nota de la dirección del P. Zúndel pero sin comprometerme a ir a verlo…

Pasaron los años… Yo sentía cierto remordimiento, y pesar de perder quizás una ocasión de abrir mi alma pero… no me decidía a telefonear al P. Zúndel para pedirle cita. […] Un día en París, seis años después de mi encuentro con Charles Du Bos en Suiza, Aliette Audra vino a visitarme. De repente me decidí a preguntarle si no conocía algún sacerdote al cual pudiera yo hablarle abierta y confiadamente… Ella me respondió con viveza, como asustada: “Es muy grave y difícil lo que Ud. me está pidiendo. Usted es tan hipersensible…”

De pronto se ilupminó su rostro y exclamó: «¡Ah, sí! Conozco a un sacerdote que podría responderle en sus dificultades. ¡Sí, sí! Tiene que verlo… desafortunadamente está en El Cairo… pero va a regresar pronto, al fin de la guerra y Ud. puede ir a verlo, tiene que ir. El comprenderá y se ajustará a todos los aspectos de su alma. Es el P. Mauricio Zúndel… »

Entonces la interrumpí diciéndole que ya conocía su nombre y su dirección y le conté mi encuentro con Charles Du Bos. Me sorprendía mucho que a tantos años de distancia volvieran a aconsejarme ver al mismo sacerdote, dos personas de tan rara calidad como Charles Du Bos y Alliette Audra”.

*

***

*

En primavera de 1950… Llegué a Bex, ante la vieja torre junto a la iglesia… (a la hora precisa de la cita). No recuerdo haber llamado o timbrado, pero la puerta se abrió y el P. Zúndel apareció. Yo estaba tan perturbada que de ese primer instante solo recuerdo que el sacerdote que me hizo entrar parecía querer eclipsarse contra los muros… La pieza donde me senté delante de él parecía casi oscura. Un olor intenso de tabaco reinaba en ella con nubes de humo. Había montones de libros por todas partes….

*

***

*

“Se ha hablado mucho del silencio o de los silencios del P. Zúndel. A veces han exagerado en este punto. Es cierto que era taciturno por naturaleza, que le gustaba el silencio “donde se respira a Dios”, pero no era mudo. Simplemente era incapaz de hablar para no decir nada. Creo que sus silencios eran, según el caso, oración, espera de la intimidad y la verdad del ‘Otro”, una gran fuerza y una especie de defensa.

Era emotivo y sensible en extremo. Temía causar sufrimiento, herir o ser herido: “Herir un alma, escribió muchas veces: nada hay más grave en el mundo pues eso hiere a Dios”. El silencio era para él una manera de controlarse”.

*

***

*

“Lo que aprendí de él durante nuestra larga e indefectible amistad me mostró que su carácter tendía más bien al orgullo y la dominación. Su humildad, como la de todos los santos, tenía por eso más valor y altura, ya que era una victoria continua sobre sí mismo, una violencia contra lo que él llamaba el ‘yo prefabricado’, el yo que no es nada en sí y en que no estamos por nada…

Todo el tiempo que duró la conversación, yo sentía profundamente su presencia, o mejor de la presencia de una Presencia… Le dije que nunca me atrevería a comulgar y él respondió: “¡Oh, sí, comulgue! Será la comunión que tal persona (un amigo común) no pudo hacer antes de morir. Ud. comulgará por él…”

Eso me dejó al mismo tiempo desdichada y muy conmovida... y decidí no volverlo a ver”.

*

***

*

“A pesar de su apariencia frágil, el P. Zúndel tenía un vigor sorprendente y una voluntad de acero.

Comparando sus fotos de joven sacerdote con las de su madurez o de su edad avanzada, nos sorprende que esa fuerza – que era la presencia de Jesús – se transformara cada vez más en dulzura transparente y contagiosa”.

Su vida fue una ascesis continua, un acercamiento cada vez más íntimo y despojado a la santa Trinidad, hasta identificarse totalmente con El que era el Corazón de su corazón y que él dispensaba a todos en el don absoluto de sí mismo. Recibí tantas gracias del P. Zúndel, tantos beneficios, tanta entrega, que sería de no terminar si quisiera contarlo todo…

Una de las características de su ser que nunca dejó de impresionarme era ese don de aparecer que solo le conocí a él: no entraba donde alguien sino que estaba inmediatamente presente”.

*

***

*

“No trataba de convertir: tenía demasiado respeto por la persona humana como para hacer la mínima presión u obligación… El P. Zúndel no buscaba dirigir con consejos u opiniones discriminatorias, sino que creo que pensaba que la mejor manera de conducir un alma hacia su Salvador era dejar vivir y desarrollarse en ella el Corazón mismo del Amor divino.

Pero no se debería creer que vivía en las nubes y que, habiendo alcanzado las cumbres espirituales, no sabía inclinarse hacia nuestras mediocridades y flaquezas humanas. Es verdad que no descendía de cierta altura que era su ‘medio divino’ pero por su mera presencia nos invitaba a subir siempre, a interiorizarnos en Dios”.

*

***

*

“El P. Zúndel veía lo mejor y la parte más luminosa en toda persona con que entraba en contacto directo o por lecturas, ya que su mirada estaba orientada hacia lo que les era posible y al potencial sobrenatural, mucho más que hacia lo ‘realizado’ o lo ‘prefabricado’ del momento fugitivo de su ser.

Esa mirada admirable, esa manera de verlo todo como proyección de las personas hacia ‘más allá del velo’, hacia su porvenir y desarrollo en Jesús, le procuraba a veces algunas decepciones y desencantos pasajeros, pero no él les daba sino una importancia momentánea y nada podía desarmar su mirada admirativa.

Un día, hablándome de los ‘vagabundos’ que venían sin cesar a mendigar a su puerta, me dijo: “¿Cómo indisponerse con ellos? Todavía no han nacido a sí mismos”. Nunca lo escuché hablar mal de alguien. Además era la discreción en persona. Tenía sentido del humor pero no despreciaba nada y nunca se burlaba”.

*

***

*

“El padre reía rara vez, pero tenía muchas maneras de sonreír. Había la sonrisa que yo diría “fría”, en que solamente los ojos parecían iluminados del interior por una luz que trasparentaba mientras los labios finos se estiraban sin abrirse.

La más frecuente era una sonrisa de una bondad inefable que invitaba irresistiblemente al interlocutor a sonreír; la sonrisa triste y como ‘de regreso de las cosas’ que parecía ser una sonrisa de complicidad con el Cristo de la Pasión; y con frecuencia, la sonrisa llena de humor y de maliciosa indulgencia…”

*

***

*

“La riqueza, la multiplicidad y la diversidad de sus dones eran tan amplias y matizadas en su expresión que apenas se puede dar una débil imagen de esa personalidad compleja por naturaleza, simplificada y unificada en el Amor Divino...

Su cultura literaria era prodigiosa. Su memoria no lo era menos. Poeta, le gustaban especialmente Keats, Shelle, Coventry Patmore y tantos otros. Entre él y los poetas ingleses había sin duda ‘afinidades electivas’, ciertas semejanzas: la música discreta, lo ‘sugerido’ más bien que lo ‘dicho’ y la comunión profunda con la savia de la naturaleza que impregna a los grandes autores de ultra Mancha. También le gustaban los románticos alemanes. Se diría que había leído todo y había retenido la quintaesencia poética y mística de la literatura de todos los tiempos y de todos los países.

También le gustaba apasionadamente la música; el canto gregoriano era para él la expresión más pura, más despojada, más vertical y más interior, en que la voz humana parece fundirse más íntimamente con la ‘Música silenciosa de Dios’. Pero los autores polifónicos y los músicos alemanes – Mozart y Schumann en particular, eran sus amigos”.

*

***

*

“En el terreno de las artes y del pensamiento, tenía curiosidad y conocía todo: psicoanálisis, ciencias exactas, las técnicas y sus aplicaciones modernas….

Lo vi entusiasmado después de las primeras tentativas de los hombres que acababan de llegar a la luna: ahí veía él, más que una proeza técnica, una ocasión de superación para los hombres.

Tenía una admiración casi cándida y muy respetuosa para con los científicos por sus investigaciones desinteresadas, las cuales eran para él búsqueda de la Verdad y pre-visión de Dios”.

*

***

*

«En el momento en que fue publicado 'El Poema de la Santa Liturgia', el papa Pablo VI – entonces Padre Montini – tradujo personalmente al italiano ese libro que amaba, como amaba al autor; el escritor Charles Du Bos hizo publicar un magnífico elogio del mismo Poema…A mi modo de ver, El Evangelio Interior es un librito admirable que contiene en germen todas las flores y el desarrollo del pensamiento del Padre. Es una especie de libro iniciático: iniciación a la espiritualidad del autor e invitación poética a reconocer la intimidad de Jesús en nosotros. Con frecuencia pienso en esta frase (de la página 164) que brilla suavemente… “Dios es un Corazón, Dios es todo Corazón, Dios no es sino Corazón”.

*

***

*

“El Padre tenía un don de orador quizás aún más sorprendente que sus dones de escritor. No tenía nada de tribuno. Se sentía más cómodo ante un pequeño auditorio de religiosos o de amigos que en el centro de un auditorio demasiado grande. Cuando todos estaban sentados y el silencio se hacía cómplice y completo, ocupaba su puesto discretamente, con su capa larga flotando a su derredor, con su caminar casi danzante que era tan particular.

La cabeza levantada y los ojos bajos, jamás dio la impresión de ser pequeño de estatura, aunque lo era.

Comenzaba siempre sus charlas con un ‘Padre nuestro’ y un Ave María recitados en común.

Lo vi hablar de pies casi hasta el fin de su vida terrestre”.

*

***

*

“Generalmente hablaba con voz suave, casi murmurada, pero muy audible; hablaba como en secreto, como confiando el Secreto que llevaba dentro; a veces se diría que tenía miedo de asustar o de herir, (según la expresión de Claudel) “la inocencia desgarradora de la eterna Infancia de Dios”.

Pero en otros momentos su voz – que tenía entonaciones muy diversas – se inflaba como el crescendo de una orquestra para mejor hacer pasar a son auditorio el sentido profundo de su diálogo con el Amor infinito.

Entonces se olvidaba totalmente a sí mismo y su entorno. Se levantaba sobre la punta de sus pies, escandía sus palabras con todo su ser, y la fuerza de la ‘Música silenciosa’ que era la fuente y el origen de su discurso transparentaba a través de él. El movimiento de su palabra llevaba las almas a crecer, a enriquecerse con la Divina Pobreza.

Sus charlas duraban a veces hora y media sin interrupción, pero a nadie le parecían largas: la asistencia permanecía infinitamente recogida y como suspendida a las palabras del conferencista.

El P. Zúndel ejercía un ascendiente prestigioso sobre sus auditores; se podría decir que tenía el don de fascinación, en un sentido de autoridad benéfica.

Terminada la homilía, o mejor, dejada en suspenso – él desaparecía como a hurtadillas, de la misma manera como había aparecido.”

*

***

*

“Cuando uno lee los primeros escritos del P. Zúndel, le impresiona darse cuenta de cómo su pensamiento estaba adelantado sobre su tiempo, cómo anunciaba y prefiguraba el espíritu de renovación que sopló inicialmente en Vaticano II.

El Dios que el padre propone a la meditación es el Dios de Amor del evangelista San Juan, el de las bienaventuranzas y del lavatorio de los pies, el Niño Jesús de santa Teresita de Lisieux.

Es lo contrario del Dios terrible y aterrador, vengador, condenador, de esa especie de mecánico que maneja las almas y las cosas y cuyas huellas dejó en demasiadas familias y personas un jansenismo retrógrado y mezclado a otras influencias nefastas.

Al contrario, el P. Zúndel nos presenta un Dios totalmente interior y entregado, una Fuente y un Fin, una Trinidad de Amor hacia el cual debemos tender, un ‘más allá y adentro’ que nos está esperando incansablemente.”

 

Ajouter un Commentaire

Les commentaires sont modérés avant publication. Les contributions doivent porter sur le sujet traité, respecter les lois et règlements en vigueurs, et permettre un échange constructif et courtois. A cause des robots qui inondent de commentaires publicitaires, nous devons imposer la saisie d'un code de sécurité.

Code de sécurité
Rafraîchir