Testimonio de una mujer que conoció al P. Zúndel en Egipto desde 1940. Era entonces una joven viuda con dos niñas.

Envió una primera carta desde los Estados Unidos, en 1982. Seis meses después escribió otra, igualmente desde los Estados Unidos.

 

Extractos de la primera carta

“El P. Zúndel fue un verdadero santo... Su vida entera fue testimonio auténtico del don total de su ser a Dios.

Su apostolado al servicio de toda persona que venía a él fue una obra colosal en que, en perfecto equilibrio, sin tener jamás cuenta de su extrema fatiga ni del mínimo de sueño que tomaba, se entregaba cuerpo y alma a su ministerio sacerdotal.

Me escribió: “El único pecado mortal es ocultar el rostro de Dios a quienes esperan nuestra comprensión, nuestra entrega y simpatía.

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“Ese ser luminoso cuya virtud esencial era solo don y amor, cruzó mi vida dándome generosamente el tesoro de su amistad.

En ese entonces, mis pruebas y responsabilidades sin fin hacían pesar sobre nuestras relaciones el velo ciego de mi egocentrismo.

Yo era... incapaz de darme cuenta de todo lo que él esperaba de mí. Hasta el final de mi vida sentiré un amargo recuerdo y un remordimiento que nada puede atenuar.”

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“A la relectura de sus cartas, se realizó en mí una verdadera transformación. ¿Sería el efecto de la gracia, o de mi edad avanzada que me lleva naturalmente a desprenderme?

En realidad, estoy decidida a que cuando vuelva a Egipto me retiraré en el Hogar de la Virgen para tratar de seguir, en la medida de lo posible, a ese místico que fue siempre para mí el ejemplo más extraordinario de despojamiento y de virtud durante 35 años de fiel amistad”.

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“Este es el testimonio de la pequeña egipcia de nueve años de la que habla el P. Zúndel a menudo en sus conferencias, la cual, cuando seguía atentamente el catecismo, le pareció que era injusto que Dios supiera todo, pudiera todo, fuera perfectamente feliz sin haberlo merecido, mientras que nosotros sufrimos tanto para instruirnos y educarnos, y nuestras alegrías son siempre mezcladas y pasajeras.

Le parecía más equitativo que cada uno pudiera ser Dios, a su turno, y esperando con paciencia el suyo”.

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Extractos de la segunda carta

“El Padre tenía madera de santo. Es pues natural que siga vivo en nuestra mente y corazón. Habiéndolo conocido de manera tan íntima y comprobado toda su virtud y santidad, no tengo la menor duda de que un día será canonizado.

Durante su vida, su auditorio era limitado pues todos no podían entender toda la profundidad de sus ideas, de un misticismo que nos era aun desconocido.”

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“Era tan humilde, tan discreto, siempre silencioso, mientras nosotros todos nos agitábamos a su derredor. A menudo le reprochaban su silencio, debido quizás a su extrema fatiga – pues ignoraba el descanso – ya que su pensamiento solicitado por todos los problemas que se le presentaban, trataba de encontrar la respuesta precisa.

Además, poco importaba que hablara, pues lo sentían presente, abierto y disponible. ¡Con cuánta generosidad y ternura compartía nuestras pruebas, preocupaciones y sufrimientos!

Lo único que nos pedía era que saliéramos de nuestra prisión estrecha. Para él, el mal estaba en recaer en sí mismo.”

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“Como era exigente consigo mismo, trataba de serlo con los demás. Un día estaba en mi casa y una amiga le hizo esta pregunta: “¿Tenemos derecho de guardar dinero?

Y él respondió inmediatamente: “No tenemos derecho de guardar sino lo necesario para la subsistencia nuestra y de aquellos que tenemos a cargo. Lo demás pertenece a los que lo necesiten. Es su derecho legítimo”.

Este principio parece casi imposible de observar en el mundo actual, constantemente sometido a fluctuaciones imprevisibles.”

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“Cuando se evocaba la ternura única de los padres para con los hijos, él trataba de hacernos comprender que sólo debía existir en la dirección en que la mirada estaba fija solo en Dios.

Sólo en esa línea se deben los esposos a aquellos que han engendrado. Él no soportaba las discusiones, cualesquiera que fueran los temas, pues cada uno conserva sus posiciones y eso no sirve sino para envenenar nuestras relaciones con los demás. Trataba de que respetáramos la libertad de los demás. La palabra “libertad” adquiría un sentido único en sus labios.”

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“Aunque haya desaparecido a nuestros ojos mortales, para mí él seguirá vivo para siempre y a le dirijo continuamente mis oraciones cuando tengo alguna dificultad y él me responde con frecuencia…

Podría hablarles de una gracia muy grande obtenida por su intercesión y que no tenía humanamente posibilidad de realizarse. ¡Pero me parece que mi pluma me está llevando demasiado lejos!”

 

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