René Habachi, filósofo libanés, nacido en Egipto en 1914. Fue amigo de Emmanuel Mounier, de Mauricio Zúndel y de Teilhard de Chardin, y ocupó el puesto de director del departamento de filosofía de la Unesco en París. Fue largo tiempo profesor y compartió sus actividades entre la escritura y las conferencias hasta su muerte en enero del 2003. Habló de Zúndel en libros, artículos de revistas y retiros.

 

1 - ¿Cree Usted en el hombre?

2 – Antropología zundeliana

3 – Dinámica de la persona

4 - Ni inmanentismo ni extrisecismo

5 – Trascendencia de la “Persona” en Jesucristo

6 – ¿Aparecer o trasparentar?

 

1 - ¿Cree Usted en el hombre?

¿Cuál es el lugar del hombre en el pensamiento de Mauricio Zúndel? Central, aunque el hombre no se basta a sí mismo. El hombre parece ser el punto de partida de su reflexión: por su filosofía, impregnada de lo existencial aunque no de existencialismo, por su compromiso con la actualidad (propone soluciones al desempleo a los Presidentes Roosevelt y Mac Donald), por sus gustos literarios (escribe sobre Camus, Montherlant y frecuenta a Carlos Du Bos), por su apostolado (debe tomar a su auditorio a partir de sus preocupaciones cotidianas).

Tal como él lo vive y no solo como lo anuncia, el Evangelio lo lleva al hombre, centro de la vida de Jesucristo. Por último, su don de simpatía, su apertura, de un corazón sin fronteras, le hace llevar el dolor ajeno como una herida en su propio corazón, ¿no se afirma todo eso en el título de uno de sus libros, ¿Cree Usted en el hombre?, interrogación que es ya un llamado a la grandeza y la nobleza humana? Podríamos tener la tentación de deducir que, pasando del hombre a Dios, de la antropología a la teología, Mauricio Zúndel se contenta con encontrar en la fe la respuesta a las cuestiones humanas, como si las respuestas de la fe estuvieran prefabricadas o al menos pre-adaptadas a las cuestiones como si el hombre no pudiera encontrar la persona de Jesucristo en el camino de su propio devenir, como si Jesucristo fuera simplemente el hombre llevado a su plenitud, como si en el hombre pudiera descifrarse la posibilidad de Jesucristo. Se podría finalmente pensar que el movimiento de la antropología zundeliana a la teología fuera continuo y sin ruptura. Eso se llamaría inmanentismo, e implicaría la no radical trascendencia de la Revelación. Si Jesús no es sino un hombre llevado a su plena estatura, ¿porqué no podría alcanzar un hombre cualquiera la estatura de Jesucristo?

Con mucha firmeza, Mauricio Zúndel respondió a esa pregunta. Es capital encontrar en sus escritos, sin alterar por ello su fe en el hombre que define el pórtico de su investigación. Por otra parte, ¿no es la pasión por el hombre lo que lo inscribe en el pensamiento contemporáneo? Si con frecuencia cita a Nietzsche, o a Rimbaud, o a J-P. Sartre, o a Marx, es porque simpatiza con sus reivindicaciones en favor del hombre – pero sin adherir jamás a su humanismo. Si la pobreza es continuamente para él como una obsesión, hasta encontrar su paradigma en Dios, es que sabe que la miseria levanta una barrera insuperable a la posibilidad del ser hombre. Ante todo quiere salvar al hombre. Y para salvarlo, reconoce simultáneamente la trascendencia absoluta de Jesucristo. No es inmanentista pero tampoco cae en un extrinsecismo [teoría cuyos elementos vienen de fuera] que haría de la Revelación una palabra incomprensible y extranjera a su destinatario. Quisiera tratar este nudo del inmanentismo y el extrinsecismo y ver cómo lo resuelve Mauricio Zúndel, superándolo con su propio genio.

2 - Antropología zundeliana

Me parece que se puede decir que el punto de partida del itinerario zundeliano es el del “YO” y el “OTRO”. El OTRO es primero un valor sin nombre, pero encuentra su nombre en una segunda etapa. El “YO” es el hombre, cada uno de nosotros, como el yo es punto de partida antes de toda intervención realmente personal. Precisamente, falta todavía que advenga como persona pues al principio no es más que individuo anónimo.

Ese trayecto del individuo a la persona (por el cual Mauricio Zúndel sigue perteneciendo a la corriente personalista), lo resume en dos palabras: el Yo prefabricado y el Yo origen. Por oposición al Yo prefabricado que es la suma de nuestras pasividades provenientes de la herencia, de la educación del medio ambiente y del inconsciente – en resumen, de lo que está en nosotros sin nosotros, pero recibido, sin haber sido modelado por iniciativa nuestra – y que por lo mismo es calificado de prefabricado – por oposición al yo que es nuestro primer hogar, el “Yo-origen” es el que nace de nuestra toma de conciencia de la materia primera, favorable o desfavorable, por intervención de la libertad. A partir de ese momento – ese momento que es asunto de toda una vida, el hombre se hace origen relativo de sí mismo, se crea a partir de lo que recibió. Hay quienes se quedan toda la vida en el “Yo-prefabricado”, identificados con él, haciéndose su cómplice, tomándolo como blasón, como arma y refugio, y es lo que Heidegger llamaría la vida “inauténtica” y G. Marcel el mundo del “tener”. Hay éxitos sociales del yo-prefabricado, ¿pero son realmente éxitos mientras el hombre todavía no ha comenzado?

Pero el hombre solo comienza realmente con la libertad y el don de sí. Hay que entender esto no en el registro moral sino en el registro metafísico. Apoyarse en el “yo prefabricado” para liberarse y liberarse para dar desde sí mismo es realmente comenzar a crearse a sí mismo.

Creación relativa ya que la materia prima es recibida, pero creación a pesar de todo ya que se trata de hacer de la vida, desde esa materia, y más a menudo, de sus resistencias, una obra de arte, inventándole un rostro interior nacido de nosotros mismos, que exprese con gestos obviamente comunes, sin tratar de singularizarse, pero cuya singularidad aumentará a pesar de todo por llevar la marca de nuestro genio propio. Podrá inclusive optar por el anonimato, pero sin ver que ese anonimato, por ser querido y escogido, es en realidad lo contrario del anonimato. Podría inclusive ser el triunfo de la persona, ya que su existencia es transformada por dentro, en su fuente.

Pero si la tensión entre el “yo-prefabricado” y el “yo-origen” o fuente no es un destello instantáneo de luz, ¿cómo alimentarla a lo largo de la vida? ¿Cómo se mantendrá el hombre en auto-liberación y en auto-creación si no es invitado y llevado por algún valor que venga a dinamizar no el “Yo-prefabricado” sino el “Yo-origen” que todo hombre se siente llamado a ser? Un valor que le dé valor a la vida, ya que sin él la vida se desvaloriza y pierde todo significado. Caería entonces en la gran maquinaria de la prefabricación que no cesa de invadirnos hasta la náusea. El gran océano de las fuerzas cósmicas que afecta a veces insidiosamente la forma de nuestros entusiasmos y de nuestros amores y reivindicaciones más obstinadas, arriesga a cada instante ahogarnos en su impersonalidad. Entonces no somos más que puntos de luz del ser, islas frágiles donde aparecieron las posibilidades y los riesgos del hombre. Sin contar con que esas fuerzas cósmicas se prolongan aunque domesticadas y disfrazadas de ciencia, en la tecnología que multiplica las recetas para adormecer al hombre en un bienestar vegetal en que podría olvidar que su persona lo está esperando delante de sí mismo, y no por debajo. “Las raíces del hombre están por delante de él”, dice Mauricio Zúndel, porque ve al hombre proyectado hacia los únicos valores que pueden darle el alimento necesario para desplegar su “Yo-origen”. Pero para eso los valores deberían ser interiores, situarse en cierto modo del lado de su liberación y no de su prefabricación, que no interfieran para no poner el yo en legítima defensa, que no estén ya listos y formulados, si no la idolatría y la superstición estarían al acecho, que sean, finalmente, gratuitos es decir no utilitarios, para que no tengan sesgo de posesividad, sino que lo liberen de los límites del yo, despojándolo de sí mismo para que pueda llegar a sí mismo solo más allá de sí mismo.

Se comprende entonces la apología de la cultura que llena muchas páginas de la obra de Mauricio Zúndel: la cultura comprendida no como simple erudición o como barniz elitista o especialización que da ganancias, sino cultura viva – la del hombre de la ciudad o del campo – que supone intercambio con la naturaleza, puesta en situación de objeto en relación con su finalidad que es el hombre en devenir, olvido desinteresado de sí mismo en favor de una realidad que rebasa la mirada: no que sea necesariamente estéril y sin fecundidad, sino que busque más allá de la utilidad para no limitarse a ella. Y por eso Zúndel trazará los análisis maravillosos del artista, del sabio y del enamorado. Sí, del enamorado. Y eso prueba que la verdadera cultura no es cosa de inteligencia solamente sino de una vida que utiliza todo el caudal de sus energías. Todo conocimiento auténtico abre al hombre universal, preparándolo así a reconocer los valores que son lo Bello, lo Verdadero y el Amor, donde se encuentren.

Belleza, Verdad, Amor: conceptos usados y que la costumbre ha vaciado de significado. Nos preparamos a imaginar estrellas inteligibles, fijas en un cielo platónico. Y por eso Zúndel prefiere sorprenderlas en acción, en el trabajo mismo del artista, del sabio o del enamorado. Mauricio Zúndel es un existencial, no un hombre de sistema. Y entonces dibuja una antropología, no una ideología.

Sería demasiado largo rehacer esos tres caminos. Pero para tomar una nota al azar, si Mauricio Zúndel recuerda que Bach escribió sollozando La Pasión según san Mateo, es porque la importancia de una obra de are no es separable de la vida del artista. Éste le consagra todas sus fuerzas y las consume. Uno crea con todo lo que uno es, y no con una porción de su ser. Sabemos lo que produjo el genial Rimbaud con la “perturbación larga y metódica de todos sus sentidos”, pero sabemos también que eso lo llevó al silencio desesperado de sus 24 años, y no sabemos qué otras bellezas arrebatadas a su genio habrá podido cosechar ese arcángel de ojos quemados, si hubiera hecho primero de su vida una obra de arte. El verdadero artista prefiere la otra, la Belleza, a sí mismo. Se oculta para investirla de su interioridad. Y esa interioridad – presente por doquiera en una obra exitosa – es lo que desciframos apasionadamente olvidándonos a nosotros mismos, como invitados a superarnos para encontrar al que se superó a sí mismo. ¿Por qué toda auténtica obra de arte nos pone a soñar o nos deja nostálgicos o entusiasmados, sino porque nos abre un mundo en que el artista se olvidó? Un valor imantó su vida, haciéndole producir una belleza que se ha hecho gratuita y por lo mismo universal.

Voy a hablar aun menos de la verdad científica o filosófica. Muy al corriente del estado de las ciencias de su tiempo, Mauricio Zúndel cultiva una admiración nunca oculta por la obra del genio humano que es la ciencia. La inteligencia del investigador, sabio o filósofo es presa de la verdad. El sabio le dedica su vida, aunque nunca tenga la ilusión de captar la verdad, pero esperando captar verdades provisorias siempre por profundizar. Obsedido por el descubrimiento, como el artista por su inspiración, el sabio no cesa de olvidar su yo en beneficio del otro, el otro que es el átomo, el gen o el psiquismo. Hablará difícilmente de su descubrimiento como de un bien propio, pues tiene conciencia de que es un valor universal que pertenece a todos, y se siente colmado por haber sido el agente de una verdad que se ha revelado a través de su esfuerzo y lo eclipsa en la admiración que tiene hacia ella.

Por eso Mauricio Zúndel comprenderá difícilmente que un sabio auténtico pretenda liberar la naturaleza de sus determinismos si él mismo no se libera de sus propios determinismos, o los cultiva con complacencia. Mago terrible que estaría tentado de someter la verdad a fines egoístas en que se perdería el honor de la ciencia. Uno conoce en la medida en que uno es. Un sabio cómplice de sus determinismos en su intimidad verá solo determinismos por doquiera, como un filósofo que no tiene experiencia de la liberación de su yo jamás sabrá hablar de verdadera libertad. Sólo entramos en la verdad haciendo transparente la vida a la verdad. La vida se libera en su totalidad y se hace gratuita y universal como la verdad misma.

Y lo que vale para el arte y la ciencia, vale también y más para las relaciones humanas, cuyas expresiones más realizadas son la amistad y el amor. Cómo no reducir al otro a un repertorio de propiedades explotables si olvidamos nuestra propia intimidad inviolable, y cómo ver en el otro una persona con su libertad, su dignidad y su capacidad de darse si uno se identifica uno mismo con su “Yo-prefabricado”, que es solo un yo descifrado por doquiera de los yoes que interfieren con el suyo, o que debe someterse, y la sociedad se convierte por tanto en un infierno irrespirable. Pero el que tiene el sentido del misterio de su persona considera con respeto y admiración el misterio que son los demás. Quizá los demás están en camino hacia su “Yo-origen” y el encuentro es la ocasión de caminar con ellos descargándose uno de su yo: así que uno sólo se realiza abriéndose a los demás.

En la línea de estos análisis podríamos hablar de la amistad y el amor, pero nos falta tiempo. Para abreviar, “el sexo, dice maravillosamente Mauricio Zúndel, es el altruismo injertado en nuestra carne”. El deseo sexual era necesario para romper la auto-suficiencia del yo y abrirlo a la necesidad de la dura prueba de la dependencia, digan lo que digan, como la del amor que solo se hace experiencia de libertad si ya no se trata de dos “Yoes-prefabricados” cada uno de los cuales reivindica su propio confort afectivo o moral. Uno ama según lo que uno es, y lástima para los que aplastan en la seducción de su narcisismo y de su conveniencia egoísta.

Cuando se realiza el pacto nupcial – tu mano en mi mano – dos seres en camino hacia su “Yo-origen” se comprende que el amor pueda ser un espacio de libertad en que cada uno se refugia en el otro porque sabe que será mejor defendido que en sí mismo. Mejor defendido contra las recaídas del yo pulsional y posesivo que es el del “Yo prefabricado”. Entonces, el horizonte de su conciencia donde se dibuja el “Yo origen” desciende una fuerza que garantiza la fidelidad porque les abre a un más allá de ellos mismos y de su conmovedora fragilidad. Ese más allá es precisamente el Amor del que uno se acerca siempre sin jamás poseerlo, como la Verdad, la Belleza, y el bien, para el sabio, el artista y el santo. 

3 – Dinámica de la persona

Al final de estos tres aspectos de la antropología zundeliana – de los que acabo de hablar del modo más corto posible pues mi objetivo es otro – es evidente que el encuentro con el Otro en el Arte, la Ciencia y el Amor es lo que dinamiza la trayectoria del “Yo prefabricado” al “Yo origen” creado por nosotros, hijo de la liberación, de la desapropiación y del don de sí mismo. El don de sí es quizá la única realidad que el hombre pueda realmente crear. Pero para mantenerse ahí era necesaria la imantación del Otro, interior a cada uno. Los valores no son cosas externas y terminadas sino tropismos inscritos en el corazón de cada uno, en su propio tejido existencial, polos que lo esperan dentro de sí mismo y que toman realidad en la medida en que se presenta a ellos y los encarna en su vida. Así es como según Mauricio Zúndel uno se hace persona.

“La persona, dice él, es la realidad que uno deviene apoyándose sobre sus propios determinismos para crear un espacio de generosidad y de libertad”. Entendamos: no se subestiman los determinismos que constituyen el fondo de la naturaleza ya que se trata de apoyarse en ellos para integrarlos en la reconstrucción de la persona. Y el espacio de generosidad es un crecimiento hacia lo universal sin encerrarse detrás de la barrera del egocentrismo donde se ahoga la libertad. Así se realiza la personalización que no es un estado sino un devenir, y que puede conocer eclipses y recaídas, retomas y progresos.

Pero comprendemos lo esencial: el devenir depende del llamado del Otro bajo las figuras de la Verdad, la Belleza y el Amor, y nosotros nos hacemos en la luz de su Presencia. Es el Otro, interior en nosotros, hasta entonces sin nombre. ¿Puede ahora tomar nombre, encarnarse en un rostro? ¿Qué se necesitaría para ello? Mauricio Zúndel no supone a Dios como a priori, so pena de dogmatismo. Quiere deducirlo de la experiencia humana y de las condiciones de ésta, ya que se trata de responder a la cuestión que es el hombre.

Precisamente, para limitarnos a las meras exigencias humanas, ese Otro tendría que ser pura interioridad para profundizar aun nuestra interioridad. Debería ser espacio de libertad sin fronteras para abrir el horizonte de nuestra libertad. Estar plenamente desapropiado de su yo, para no asustar nuestro yo y suscitar su temor de interferencia y los reflejos de defensa. Ser don absoluto de sí mismo para despertar en nosotros las potencias de don. En una palabra, ser origen, para hacer de nosotros orígenes y fuentes inagotables. Y vemos en seguida dibujarse el rostro de un Dios a través de todos los bosquejos cuyo nombre no se atreve todavía a pronunciar, por temor de que sea un Dios prefabricado y decretado por alguna potencia extranjera al hombre. Pero retengamos que las líneas de fuerza aparecen a partir de la experiencia humana. La exigencia del hombre en la totalidad de su ser, y no solamente su imaginario, es la que revela sus altos y sus bajos. A través del hombre, todo el cosmos está esperando esa Persona infinita que viene a coger al hombre en su raíz para ayudarle a hacerse persona.

Pero aquí es necesario detenernos un instante. Porque son múltiples las rutas de la realización que se abren ante el hombre, y la prisa podría condenarlo a errar. ¿Podían ser de hoy esos caminos? El panteísmo y su promesa de infinitud, el marxismo y su sueño de humanidad futura, el nietzscheísmo y su impulso hacia el súper hombre. Guardemos solo lo esencial de las reacciones zundelianas hacia esas tres corrientes.

El panteísmo es un valor poético seguro cuando encuentra a Dios inmanente en el mundo, y su seducción para los medios cultos. Pero promete el infinito y solo da lo indefinido. Sumergiendo al individuo en un gran Todo que ni siquiera tiene rostro de persona, no puede pues ayudar a la personalización del hombre. Sea cual fuere la espiritualidad asiática de la que no se puede hablar sin respeto – ella desinteresa al hombre ante el mundo y lleva al inmovilismo que conocemos, cuando hay que salvar al hombre por el mundo y el mundo por el hombre.

Del marxismo diremos menos, aunque Mauricio Zúndel haya hablado mucho de él, pero la discusión es hoy un poco anacrónica.

Mauricio Zúndel retiene esencialmente la reivindicación en favor del pobre y entre nosotros hay mucho pobre, pobre incapaz de soñar con la dignidad del “yo origen” a causa de las condiciones económicas y sociales que lo encadenan a sus entrañas y a su “yo prefabricado”. Pero ya que el marxismo, para anunciar una humanidad por fin libre, comienza por privar al hombre de toda libertad, vuelve la espalda a su ideal.

Por fin, del nietzscheísmo que Mauricio Zúndel cita a menudo con emoción, sólo retiene el acento corrosivo hacia un Dios tirano que es solo el antídoto del Dios de Jesucristo, y hacia una moral de esclavos que no tiene nada que ver con la del Evangelio. Pero en cuanto a la voluntad de poder que propulsaría al súper hombre más allá del bien y del mal, sabemos que, abandonada a sí misma, hace bascular al hombre por debajo de los valores morales como en un abismo donde lo irracional es ley.

El elemento común del marxismo y el nietzscheísmo, en resumen, el ateísmo: lo que el filósofo llama la “aseidad”, la autosuficiencia del hombre. Neguemos a Dios, tengamos el valor de reconocer la soledad del hombre. Sólo existe el hombre auto-suficiente. Pero cuando el hombre reduce así la trascendencia a sí mismo, independiente de Dios, se hace dependiente de sí mismo. Entregado al marxismo y al nietzscheísmo, queda esclavizado por ellos y devora sus propios determinismos, se vuelve su esclavo y devora sus propias entrañas.

Así pues, en los caminos de la errancia actual, la persona se pierde por rechazar la Trascendencia o por despreciar la naturaleza de la misma. Habremos olvidado que la persona humana está buscando un infinito con rostro de persona que corresponde a sus más íntimas exigencias: si yendo hasta el final de esas exigencias pudiéramos encontrar un ser que sea persona acabada, tan interior que profundice aún más nuestra interioridad, tan universal que abra nuestros límites hasta el infinito, tan libre de sí mismo y tan dado que nuestra libertad encuentre en él un espacio sin fronteras, tan amoroso de todos los seres que multiplique nuestra capacidad de amor, entonces esa imagen límite, ese rostro que se perfila al horizonte de la conciencia sería la realidad esperada. Eso es lo que constituye la seducción irresistible de la persona de Jesucristo.

Hubo un hombre llamado Juan. Hubo un hombre anunciado por Juan a quien indicó como el que debía venir. Hubo en los caminos de Palestina un peregrino que era la revelación misma de Dios, y dejaba como único mensaje “Amaos los unos a los otros”, dando durante su vida testimonio del abismo insondable de que “Dios es Amor”.

Así, la Verdad, la Belleza y el Bien encontraron su verdadero nombre. Ese Otro que llevaba al hombre a descentrarse se deja por fin identificar. Las personas en devenir que éramos encontraron por fin la Persona.

4 - Ni inmanentismo ni extrinsecismo

En este punto precisamente nos esperaba la cuestión suscitada desde el comienzo de esta trayectoria. Todo parece suceder como si la persona de Jesucristo estuviera en la prolongación de la curva humana y como si ésta reconociera en él la persona que se dibujaba ya en el hombre. Haciendo del hombre una revelación implícita que espera explicitarse en Jesucristo, ¿no arriesgamos ignorar la revolución evangélica que no es tal sino porque viene al hombre de las alturas de la Revelación? ¿No sería Jesucristo sino la sublimación del hombre?

Sólo faltaría un paso para hacer de él una súper-estrella, un personaje excepcional que responde a la sed de simpatía, a las necesidades de comunión, a la exigencia de justicia de los desesperados del orden social... Cristo es sin duda todo eso pero a causa de otra cosa que se tiende a olvidar. Tendemos a integrar su naturaleza divina en su naturaleza humana, pero por falta de rigor de pensamiento. Pues, ¿qué es un Cristo gurú, un sabio, si tomamos su medida sólo en relación al hombre medio?

El inmanentismo es precisamente la actitud que le atribuyeron falsamente a M. Blondel – y que sería más merecido por el subjetivismo existencial de Bultmann – que proyecta la revelación a partir de los límites de que sufre la finitud del hombre. Es evidente que la finitud, reconocida y sentida es el índice de la posibilidad de superación. La impaciencia de los límites es una prueba segura de la existencia de un espacio más abierto. Pero como la insatisfacción subjetiva implica la certeza de un más que no puede suponer nada de su naturaleza intrínseca ni de su contenido.

Una connivencia entre la antropología y la teología revelada no implica reducción antropológica que reduzca la Revelación a un molde vacío esculpido por la experiencia humana. Y aunque se trace una línea de continuidad de Dios al hombre, pues Jesús se presenta también como hombre, esa continuidad es rota del hombre a Dios, pues Jesús se presenta simultáneamente como Dios. En Jesucristo no es el hombre el que asume a Dios, sino Dios quien asume la naturaleza humana. Y toda divinización del hombre solo se operará por la acción de Dios en el hombre, si éste no la rechaza y se vuelve acogedor para con ella.

Ahí está pues bien claro todo el problema. La estima de Mauricio Zúndel hacia el hombre en búsqueda del Otro, de ese Otro que se revela en Jesucristo, ¿lo llevó a interpretar la revelación como la magnificación del hombre? Hago la pregunta de manera tan brutal porque conozco la respuesta y me preparo a presentar los argumentos.

No hemos dicho nada de Mauricio Zúndel al afirmar su modernidad y su conformidad con las necesidades de este siglo. Él no es moderno porque va en el sentido de las generaciones que se pretenden autónomas y libres y que sueñan con ser fuente y origen, sino porque les da al mismo tiempo la palanca de superación. Si no, esa superación recaería por su propio peso, como lo vimos con el panteísmo, el marxismo y el nietzscheísmo.

Mauricio Zúndel no caerá por eso en el “extrinsecismo”, es decir en lo contrario del inmanentismo. No llevará la trascendencia de Jesucristo hasta un trascendentalismo que separe al hombre de Dios y la razón de la fe, como ciertos teólogos protestantes. No afirmará que el hombre no puede conocer nada de Dios por sus propias fuerzas ni por sí mismo sin referencias a la Cristología. Según Karl Barth la palabra revelada descendería verticalmente sobre el hombre, iluminándolo sin su colaboración positiva, de modo que el hombre sólo se apreciaría a través de la Revelación que es Cristo. En síntesis, la fe suplantaría la razón para servirse de ella, pero juzgándola desde lo alto de su jurisdicción. Lo finito es incapaz de infinito y solo se puede conocer a través de él.

Es evidente que lo finito es incapaz de infinito en el sentido de comprenderlo y de agotar sus riquezas sin límites. Pero falta que el hombre sienta la existencia del infinito y tenga por lo mismo cierta idea de él. Y que la palabra revelada encuentre un terreno por fecundar, una escucha adecuada – y eso implica cierta comunidad. Lo decíamos hace poco. El que siente su finitud tiene presentimiento de cierta infinitud.

Hasta ahora, todo el itinerario de Mauricio Zúndel prueba que tiene suficiente confianza en el hombre como para no subestimar su capacidad de infinitización, tanto por su razón como por su vida, de modo que su reflexión sobre el hombre permite descifrar algo del proyecto de Dios para él. La Revelación no se presentará como un “acontecimiento” extranjero sin correspondencia en el hombre sino como un “advenimiento”. Ese advenimiento es una promoción de la naturaleza humana, un aumento de ser que viene de una fuente distinta de la naturaleza pero que transparenta a través de ella. Tal será el advenimiento que es Jesucristo. Él es “El que viene de otra parte” según el hermoso libro del P. Le Guillou.

En la línea del acontecimiento, aparece en la descendencia de la Casa de David, anunciado por los profetas, esperado por el Antiguo Testamento. Pero a través del acontecimiento, un advenimiento es imprevisible, de modo que en seguida toda la historia alcanza con él su cumbre, todos los tiempos anteriores y posteriores se ordenan en función de él. Es nada menos que la venida de Dios a la tierra. El que pronuncia esas palabras se siente desamparado por ellas. Y cada vez que le llegan es como por primera vez.

Pero para que ese advenimiento fuera hecho posible, era necesaria una naturaleza humana capaz de Dios, un hombre que no ocultara con su opacidad al Verbo de Dios, que no lo limitara con sus propios límites.

Si la noción de persona es el mayor descubrimiento de este siglo, según Mauricio Zúndel, no ignora que encontró sus títulos de nobleza en las discusiones teológicas de los Concilios de Nicea y de Calcedonia en los siglos IV y V. Se trataba entonces de meditar racionalmente sobre la revelación de la unicidad de la naturaleza o de la esencia del Dios UNO y TRINO, y de la unión de las dos naturalezas, humana y divina, en la persona del Verbo Encarnado, es decir Jesucristo. Esa reflexión sobre los misterios de la Trinidad y de la Encarnación llegó a su apogeo en el IV Concilio de Letrán, cuando se llegó a definir la Persona como centro de relaciones y la Trinidad como intercambio de relaciones entre los tres centros que son el Padre, el Hijo y el Espíritu. “Un éxtasis de amor con tres centros”, dirá maravillosamente Mauricio Zúndel. Gracias pues a la noción de relación, la reflexión teológica había conciliado la unidad de la naturaleza divina y la pluralidad de las Personas en la Trinidad. En el plano teológico, las Personas son pues centros subsistentes de relaciones cuyos intercambios constituyen la unidad de la naturaleza divina.

Pero en el plano filosófico la persona puede ser considerada como un descubrimiento del s. XX. Resurgió en la cultura, habiendo olvidado sus lazos históricos teológicos. Se laicizó. Confundida con la noción de individuo, en las diversas declaraciones de los Derechos Humanos, la confusión fue al principio negativa pues el individuo es terminado mientras la persona tiene que hacerse. El individuo puede llegar a ser persona, pero lo tiene que devenir. ¿En qué momento accede realmente el individuo a la dignidad de persona a que está llamado incesantemente? ¿No cae uno de la persona cada vez que el individuo en nosotros renuncia a ser centro de relaciones abiertas y libres para reivindicar en nombre de su egoísmo posesivo y replegado sobre sí? Identificados con nuestros determinismos, retenidos en la inmanencia, perdemos toda trascendencia y toda interioridad y toda liberación de nosotros mismos. Esa es la parte descubierta en el siglo XX: la distinción entre el individuo que somos siempre y la persona que debemos llegar a ser y cuya conquista no tiene fin. La antropología zundeliana nos mostró cómo tiende el hombre a la persona gracias a la relación con el Otro, y finalmente, gracias al apoyo último de esa relación que es el Otro en Jesucristo.

Necesitábamos este rodeo para comprender cómo escapa Mauricio Zúndel a la vez al inmanentismo y al extrinsecismo. En síntesis, la cuestión es esta: ¿hay continuidad o discontinuidad de la persona humana a la persona de Jesucristo? Si solo hay continuidad, entonces Cristo es solo un hombre sublimado, la apoteosis de la evolución. Si solo hay discontinuidad, entonces Cristo está separado del hombre y no vemos cómo podría decirle algo y representar para él un valor para vivir y amar.

5 – Trascendencia de la “Persona” en Jesucristo

Con una de esas frases breves cuyo secreto poseía y que condensa un largo circuito de pensamiento, Mauricio Zúndel termina el debate. “Cristo nació persona, mientras el hombre tiene que llegar a serlo”. Ahí está todo. En Cristo la persona prima sobre la naturaleza, mientras en el hombre la persona debe salir progresivamente de su fondo natural.

¿Cómo es que en Cristo la persona es ontológicamente anterior a la naturaleza, y de dónde le viene esa transcendencia? No se trata de un decreto arbitrario. Simplemente, Cristo es desde siempre la Segunda Persona de la Trinidad, la Trinidad que es la base ardiente de tres personas. Mientras al hombre le falta persona, mientras la persona debe liberarlo de sus límites para hacerse altruismo y relación con el otro, el Verbo, el Hijo de Dios es ya, por estatus ontológico, relación en el seno de la Trinidad, y puro altruismo. Al encarnarse guarda su nobleza teológica. Es la discontinuidad que nada puede colmar. Pero también hay continuidad: si es la persona la que los distingue, también es ella la que los une, ya que el misterio del hombre está en tender a la personalización. En Cristo, la persona viene de arriba, si podemos decirlo, de la Trascendencia trinitaria; en el hombre, viene de abajo y se realiza a la luz del Otro. La discontinuidad es metafísica y la continuidad propiamente teológica. Es como si dijéramos, en términos más sencillos: el hombre es un movimiento de trascendimiento mientas que la persona de Jesucristo es trascendencia radical. Y eso tiene consecuencias luminosas que van a aumentar entre los dos la discontinuidad al mismo tiempo que la continuidad.

Primero, se mide mejor el abismo que el Verbo debe atravesar para encarnarse. Es el abismo que proyecta el misterio de Dios fuera de alcance de la razón. Es infranqueable. Tan grande que las palabras que lo enuncian – Jesucristo, ese hombre aparecido en un momento preciso de nuestra historia, en tal lugar de la tierra, ese hombre es Dios – las palabras estallan por doquiera. Son demasiado inauditas para los oídos que las perciben. Rasgan la boca del que las pronuncia. Detonan de absurdidad. “Creo porque es absurdo”, decía Tertuliano: Tertuliano no creía lo absurdo – eso sería un contrasentido – sino porque eso supera toda capacidad de comprensión, veía el sello de la Trascendencia. La razón mantiene el aliento cortado sin jamás poder recuperarse. Esa es la discontinuidad.

Y al mismo tiempo – esto para la continuidad al interior de la discontinuidad – el que sabe que Dios es Amor, que la Trinidad es un éxtasis de amor con tres centros, que lo propio del amor es ser impulso hacia el otro, aprende por eso mismo que el amor puede hacer lo que no puede la razón. El amor, cuando es idéntico al ser, es pura donación. ¡Pero qué prodigio de don fue necesario para llenar el abismo entre Dios y el hombre! ¡Qué locura y qué desmesura!... no queda lugar para la comprensión sino solo para la adoración. ¿No es por amor que la Persona de Cristo imanta la persona humana? El amor es pues el que restablece la continuidad que escapa a la razón. ¿Cuándo habremos cesado de asombrarnos de la sencillez del Evangelio? “El que me ame, que me siga”, dice Jesús, porque es por el amor como se cristifica el hombre. Y eso permite a Mauricio Zúndel completar su primera definición de la persona, que me permito recordar aquí: “la realidad que devenimos apoyándonos sobre nuestros determinismos para crear un espacio de generosidad y de libertad” – y añadiendo: “la ontología de la persona se termina en mística de unión transformante”. Habla pues de una unión que trasfigura la persona humana inacabada bajo la atracción de la Persona terminada de Cristo.

Y esta es una tercera consecuencia de la posición zundeliana. La tercera consecuencia no se encuentra explícitamente en él, por eso, si es criticable, quiero conservar la responsabilidad. Si en Jesucristo la persona prima sobre la naturaleza, esta primacía ilumina extrañamente la unión hipostática. Siendo la persona foco de relaciones, ¿qué es lo que le impediría unir en sí las naturalezas humana y divina? Pues como la naturaleza humana no se une de por sí con la naturaleza divina, ya que en ella la persona no es la prioridad: es la naturaleza divina la que, siendo ya persona y por ende relacional, asume la naturaleza humana. La unión hipostática se hace pues gracias al foco de una misma persona que prima sobre las dos naturalezas, – y lo que no habría podido lograr la naturaleza humana dejada a sus propias fuerzas, lo realizó la naturaleza divina por el hecho de que en ella la persona le es contemporánea. De ahí que las dos naturalezas subsisten en la misma persona y comunican entre ellas por dentro – y no por yuxtaposición – es decir por el único foco de la persona.

Aquí el prodigio es el consentimiento de la divinidad para asumir la humanidad aceptando sus leyes. Cristo vivió todos los estados, incluso la traición, la soledad y la agonía, la sepultura muda de la muerte, como si hubiera escogido habitar toda la vacuidad humana. Conoció todo el mal del mundo sin ser culpable de ningún mal.

Yo diría más – y aquí me uno a la opinión del teólogo irlandés Mac Nabb, citado por Zúndel [Quel homme quel Dieu, p. 147] – no es imposible que la naturaleza humana de Cristo haya hecho en ciertos momentos tanta presión a la naturaleza divina que la persona, foco de relaciones, pudo cesar de operar la unión de las dos, y que Cristo haya conocido la desesperación. De ahí su grito en la Cruz, que afirma al mismo tiempo la ruptura y el mantenimiento, ya que, a pesar de todo, el grito es lanzado hacia el Padre. Cristo debía conocer también la desesperación, el abandono, para ir hasta el final del hombre, para ir hasta el final de la noche y salir resucitado resucitando con él toda la humanidad.

No estoy tratando de revivir los acontecimientos de la Pasión. Quiero solamente profundizar el análisis de la persona, siguiendo la línea de continuidad y de discontinuidad que arroja a Dios, de toda su trascendencia a los brazos del hombre, a fin de que la persona humana que somos nosotros se una a la persona divina que es Él.

No se necesitaba menos para realizar ese prodigio que la persona del Espíritu presidiera al nacimiento de Cristo, y que la persona del Padre lo resucitara. En este contexto trinitario se sitúa el drama del Verbo Encarnado. Nos enseña que la discontinuidad propia del hombre es recubierta por la continuidad venida de Dios. Es pues “inmanentista” el que, ignorando la discontinuidad, quisiera descifrar en el hombre toda la Revelación. Es “extrinsecista” el que, ignorando la continuidad, hace al hombre extranjero al contenido de la Revelación. Vemos cómo superó Mauricio Zúndel extrinsecismo e inmanentismo. Los superó por dentro, gracias a la noción de persona, foco de relaciones que vale analógicamente para el hombre – y es el descubrimiento del siglo XX que tiene su origen en la Trinidad – y es el descubrimiento de los Concilios. Creo finalmente que Mauricio Zúndel es, ante todo, un gran meditativo de la Trinidad, que encontró en ella el fundamento de su pensamiento y de su vida.

6 – ¿Aparecer o Transparentar?

Se entiende entonces por qué Mauricio Zúndel insiste sobre la distinción de los verbos “aparecer / transparentar”. Esta distinción no recubre menos que todo el problema de la pedagogía divina y de la Economía de la salvación. Era necesario que la Revelación no “apareciera” de repente y de una vez. Habría aplastado al hombre y acabado con todo contacto eventual con él. Revelarse es revelarse a. La pedagogía divina consistía en ponerse al nivel del interlocutor. ¿Hablamos a un niño de la misma manera que a un adulto? La escenificación de la Zarza Ardiente, la orquestación cósmica de truenos, de fuego y de lavas humeantes de donde sale la voz de Yahveh era necesaria para llevar a Moisés al nivel de lo excepcional. Al contrario, mas tarde, los milagros de Jesús no tienen como objetivo alterar (¿aterrar?) sus oyentes para forzarlos a creer, sino dejar “trasparentar” una naturaleza divina que no ha dicho además su última palabra. Los profetas del Antiguo Testamento son expresiones de esa “transparición”, como las parábolas del Nuevo Testamento son expresiones de la “transparición” que tiene el pudor de velar una aparición traumatizante, y permiten oír al que tiene oídos para ello.

A Moisés Dios no podía revelarle aun la Trinidad y que su naturaleza es Amor. Era ya mucho en el politeísmo ambiente, definirse como Señor único y como Dios-con, un Emanuel que acompaña a su pueblo. Además, en el Nuevo Testamento, Jesús se contenta con dejar transparentar a través suyo su relación con el Padre y el Espíritu, ya que al Padre nadie lo ha visto y el Espíritu no ha venido todavía. Jesús no declara tampoco que la naturaleza de Dios es Amor, pero lo indica con la Cruz, porque la vida va más lejos que el pensamiento y porque el amor es dar su vida por sus amigos. San Juan lo comprenderá después, entregándonos el insondable secreto que Jesús solo trasparenta: “Dios es Amor”.

Y además, al despedirse de sus amigos Jesús mismo les confiesa: “Tengo muchas otras cosas que decirles pero todavía no las pueden comprender”. Le deja al Espíritu la tarea de llevar a los hombres al nivel de comprensión y permite así que la Iglesia de Pentecostés prosiga la Revelación.

Por eso es imposible establecer una distancia entre la Iglesia y la Revelación. La Iglesia no es una añadidura a la Revelación, sino la Revelación que prosigue en forma de Iglesia. El Cuerpo Místico de Cristo no hace sino prolongar la Encarnación de Cristo, aun cuando suceda que la Iglesia la falsee por ciertas manifestaciones. Razón más para descifrar lo que trasparenta a través de lo que aparece: se pide un esfuerzo suplementario a quienes son de Iglesia para que estén atentos al Cuerpo Místico de Cristo. El hombre es suficientemente grande como para ayudar al crecimiento de la Iglesia. No es saliendo de la Iglesia como se puede continuar la Revelación. En todo caso, ¿no se reconoce hasta la evidencia la Presencia del Espíritu en Concilios como el de Nicea o el de Calcedonia o el IV de Letrán? Las definiciones dadas a la Trinidad y a la Unión hipostática representan tales saltos del pensamiento y de la vida que las energías humanas en presencia no bastan para explicarlas. El desarrollo de los dogmas que marcan la historia de la Iglesia es un crecimiento de la Revelación y un crecimiento en Revelación. La cuestión “¿Qué es la Iglesia?” queda fuera de lugar (Habría que responder con el repertorio de sus instituciones). La única pregunta es “¿Quién es la Iglesia?” y he aquí la respuesta: Es la Persona adorable de Cristo que continúa hablando por la boca de los hombres cuando éstos lo aman lo suficiente para no serle infieles.

¿Cuál es el sentido de esta pedagogía divina? Es doble: por el lado de la Revelación significa que Dios tiene pudor de expresarse – Mauricio Zúndel dirá la humildad de no expresarse – y prefiere trasparentar porque su aparición haría estallar todos los marcos humanos. Por el lado del hombre, significa que Dios tiene suficiente confianza en el hombre como para dejarle su interpretación, bajo la moción del Espíritu, para conducirlo hasta el nivel de Revelación, pero contando con la pre-comprensión humana, es decir con las aptitudes del hombre para la grandeza, del hombre colaborador. El silencio de Dios es una invitación a la palabra del hombre. Dios calla para que el hombre lo descubra en su propio interior en el despliegue de su presencia.

Una vez más, ni inmanentismo ni extrinsecismo, sino continuidad que atraviesa la discontinuidad: la Persona terminada de Cristo viene al encuentro de la persona humana en vía de realización.

Mejor que Karl Rahner tan atento a la antropología moderna pero no bastante respetuoso de la riqueza teológica, mejor que Urs von Balthazar tan dedicado a la gloria de la Cruz pero no bastante atento a las exigencias de una antropología de hoy, Mauricio Zúndel da toda su estatura al hombre y todo su peso de misterio a la Revelación, y las ve realizarse el uno por el otro: Dios por el hombre y el hombre por Dios.

 

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