P. Emmanuel Latteur, Monasterio de Chevetogne.

Con la grabación directa de la intervención del P. Latteur. La grabación tiene una parte de las preguntas y respuestas que vinieron después de la intervención y que no reproducimos en este texto. En esa parte, la calidad de la grabación de las preguntas de los participantes es muy deficiente, pero las respuestas son más audibles.

Sumario

Introducción.

I) – Primero. Tentación de aislamiento

II) – Segundo aspecto o título. La comunidad eclesial es una comunidad de comunión

III) – Tercer aspecto. La novedad de Cristo

IV) – Cuarto aspecto o título: “Él me eclipsa”

Conclusión

Cinco pequeñas observaciones

Introducción

Mil gracias por esas palabras tan amables. Gracias también por haberme traído de una modesta provincia belga para venir a compartir su amistad Zúndel, que como lo sé, es también pasión por Dios y por Cristo. Una pasión de amor fraternal, y hoy es para nosotros ciertamente una ocasión de intercambiar, de hacer circular la alegría que tenemos de frecuentar un maravilloso pensador fallecido hace 25 años y que nos parece más actual que nunca. Me parece que eso es lo que descubrimos todos los días leyéndolo. Si ustedes me lo permiten, yo quisiera recorrer todo eso, a propósito del tema de este encuentro, "juntos y solos, pistas de ecumenismo".

No se puede, desde luego, decir en unos minutos todo sobre un tema tan vasto y que cubre finalmente toda la obra de M. Zúndel. Me limitaré pues a subrayar cuatro aspectos de su reflexión sobre ese tema. Les doy por títulos: primero, La tentación de aislarse, segundo, La comunidad eclesial es una comunidad de comunión, tercero, La novedad de Cristo, y cuarto, las palabras que escuché con ustedes en el momento en que entré en esta sala, “Él me eclipsa.

I) – Primero. La tentación de aislarse

Dom Lamberto Beauduin, fundador del monasterio de Amay-Chevetogne, según uno de mis cohermanos, conoció tres grandes periodos en su vida. Primero, fue sacerdote capellán del trabajo en Lieja, y se ocupó de problemas de justicia social en las clases más desfavorecidas. Pero al profundizar esa cuestión, se dio cuenta de que la liturgia no era suficientemente conocida, ni fuente de justicia, de paz y de alegría en el pueblo cristiano, ni de vida espiritual. Y habiéndose dado cuenta de esa ruptura del pueblo cristiano respecto de la liturgia, decidió hacerse monje en el Mont-César, en Lovaina, donde se convirtió en uno de los pioneros del "movimiento litúrgico". Pero, como sucede siempre, cuando uno trabaja sobre una cuestión surgen otras, y trabajando sobre la liturgia descubrió la urgencia de la unión de los cristianos y con este objetivo fundó el monasterio ecuménico de Amay-Chevetogne. Y yo pienso, en cuarto lugar, que si hubiera vivido más largo tiempo (murió en 1960) habría debido afrontar una cuarta etapa, la de la crisis de la Iglesia, y del ecumenismo también, como la estamos enfrentando actualmente. Y así se habría unido a Mauricio Zúndel, de quien vamos a demostrar que esa fue una de sus preocupaciones mayores en los últimos 20 años de su vida. Estoy persuadido de que como él, habría insistido sobre la urgencia de la desapropiación y de la unión mística con Cristo para el éxito del diálogo ecuménico. Yo quisiera recorrer rápidamente unas etapas de su reflexión, y de los momentos principales de ese período, de 1955 a 1974.

En 1955, dio en Lausana la homilía que acaban de escuchar, en la cual subraya los riesgos de una religión comunitaria demasiado centrada en la pertenencia geográfica y, por ende, política.

En julio de 1959, denunció en el Líbano el peligro de un falso mesianismo como aquél en que los apóstoles estuvieron largo tiempo arriesgando caer. Porque sólo en estado de pobreza podemos realmente encontrar a Jesús. No podemos apropiárnoslo, y debemos desconfiar de toda ambición individual y nacional. Peligro de la religión de grupo. En agosto del mismo año, predicó un retiro a las franciscanas del Líbano, que fue publicado en “Je parlerai à ton cœur” (Le hablaré a tu corazón). Ahí hay un gran texto sobre la crisis del Líbano, sobre el cual volveremos. Después del concilio, vemos que se acelera su preocupación y se convierte casi en obsesión. Subraya que la razón de la oposición gneral en la Iglesia se debe ante todo a que situamos a Dios al exterior, en un régimen en que la religión es un acontecimiento colectivo. Es el tema de su predicación en 1969, en Matarieh, Egipto.

En 1971, vemos que las cosas se aceleran, cuando la confusión y los cuestionamientos parecen alcanzar su cumbre, reprocha a los cristianos y a los sacerdotes el que se precipiten cándidamente sobre el hombre, aceptándolo tal cual y ratificando sus instintos.

En febrero de 1972, viene el retiro predicado en el Vaticano. Hay que ver la preocupación de que acabamos de hablar como plano de fondo del retiro predicado en el Vaticano, “¿Qué hombre y qué Dios?”. Ahí señala los estragos producidos por una concepción demasiado externa de Dios. Una cita: “El hombre nace del diálogo silencioso con el Huésped misterioso que lo libera de sí mismo, haciéndolo pasar de lo dado, recibido pasivamente, al don en que se realiza.” p. 25.

En marzo de 1972, en Beirut, muestra que la destrucción del sentido de valores, de los absolutos, de las exigencias morales, está en relación estrecha con una situación en que todo habría sido determinado de antemano por un Dios Dueño todopoderoso, que decidió ya todo, inclusive quienes van a ser condenados y quienes van a ser salvos.

En mayo del mismo año, en el Cairo, pronunció tres largas conferencias indicando que “la crisis no se habría manifestado si el misterio del hombre hubiera sido percibido y reconocido como tan profundo como el misterio de Dios”. La crisis de la Iglesia depende ante todo de cierto concepto de Dios como exterior.

En agosto de 1972, en sus conversaciones con el P. Barbe, se atreve a declarar: “Nos equivocamos de Dios”, pues, y esto es importante, “si Dios es Trinidad, es totalmente despojado… y eso cambia nuestra noción misma del Dios Creador”. Y “Ese es el cambio que la Iglesia debe realizar”. Pero, dice él, “la Iglesia vacila… está desequilibrada.

En Timadeuc, en abril del año siguiente, 1973, subraya que la consternación de los cristianos está en que ya no saben dónde encontrar al hombre ni en qué dirección encontrar a Dios.

En enero de 1974, en Maurepas, depto. de Yvelines, dio una conferencia muy larga sobre el doloroso tema del abandono de las iglesias. Entonces, en Maurepas, había solo 700, de 18mil habitantes. Y con la audacia y el entusiasmo de un profeta, sitúa la solución en la comprensión de la pobreza y la generosidad trinitarias.

En 1974 todavía, en “Testigos de una Presencia”: “Si la Iglesia va a superar la crisis, solo podrá hacerlo de este modo: hay que volver al sentido místico del cristianismo… y volver al hombre,… hasta que Dios circule como respiración misma de la libertad, como sonrisa del Amor”.

En febrero de 1974, en el Cenáculo, aquí en París, precisa: “Nuestra dignidad estalla si no descansa sobre la presencia del Infinito.

Como vemos, la misma preocupación se convierte en obsesión para él. Juntos y solos, sin colusión nacional y política. Pero en la actualidad, un poco en todas partes, somos testigos de una tendencia al aislarmiento alrededor de una religión mezclada de nacionalismo, aislamiento que provoca más que nunca rivalidades, odios y guerras. Mencionemos solamente los acontecimientos recientes en Irlanda del norte, en Bosnia-Serbia, en Macedonia-Kosovo, en Palestina-Israel, problemas de uniatismo especialmente con las diferentes obediencias, los problemas en Ucrania y Rumania. Situaciones a menudo explosivas, y que lo serán probablemente cada vez más.

Algunos textos de M. Zúndel parecen haber sido escritos para el día de hoy, por ejemplo el de 1959 sobre la crisis religiosa y política del Líbano, atizado a menudo por otros estados como nos lo repetiría el señor René Habachi. ¿No son singularmente actuales esos textos en la tentación que comprobamos por doquiera de aislamiento inquietante de las comunidades eclesiales en el plano nacional, y a menudo con el apoyo del Estado?

Me permito pues citarles un texto entre muchos otros, que me parece revelador de esa actualidad. Escuchen lo siguiente:

“Vemos hoy qué trágica es la situación en este querido Líbano… donde sentimos que el confesionalismo que opone continuamente una religión a la otra, y que es una catástrofe para el país mismo y una perpetua amenaza para la religión, ya que, finalmente, no somos libres de escoger y cada uno, quiéralo o no, está encerrado en su grupo y está obligado a permanecer ahí. Esta situación es trágica y absurda, absurda porque obliga constantemente a la gente que habita en el mismo territorio… a erigir barreras unos contra otros, a considerarse perpetuamente como enemigos unos de otros.

Y ustedes conocen el terrible problema de los refugiados palestinos”, añade. “Se sabe que si los absorbemos, irremediablemente los musulmanes tendrán una gran mayoría, los cristianos serán minoritarios y deberán cerrarse sobre sí mismos, como lo hicieron durante siglos bajo el régimen turco. Entonces se miran, se pesan unos a otros, calculan las tasas de nacimientos de unos y otros, porque sienten que a cada instante puede romperse el equilibrio. Todavía estamos en la terrible Edad Media con barrios musulmanes, con distritos cristianos en que es prácticamente imposible a los unos vivir en medio de los otros… Y esta situación es terrible, inhumana, profundamente anti-cristiana o anti-religiosa, ya que la religión se convierte en pretexto de guerra civil, que la religión ya no puede ser un gesto libre y se identifica con el grupo, de modo que los sacerdotes mismos son llevados a una política que les hace a menudo perder el rostro de sacerdotes de Jesucristo, viéndose obligados a adoptar la lucha de su grupo y a tomar partido por o contra, en vez de abrir a todos el Corazón de Jesucristo. Está pues bien claro que la religión de grupo se vuelve obstáculo para la libertad,… No hay pues que extrañarse de que donde el grupo es religioso, como donde es anti-religioso,… uno siente que la libertad está asfixiada”.

… Entonces la religión es como un impuesto, lo mismo que era bajo el judaísmo, como en los tiempos de Nuestro Señor que fue víctima de ese sistema y cuyo proceso fue montado sobre ese dato: Es enemigo de la nación porque no observa las costumbres de la nación, porque introduce ideas nuevas que amenazan la fe tradicional.

«Es necesario decirlo, prosigue Mauricio Zúndel, el Evangelio introduce algo totalmente nuevo, pues toma al hombre por el interior. ¡Ojalá que los cristianos lo hubieran recordado! ¡Si las primeras preocupaciones de los emperadores cristianos no hubieran sido hacer de la Iglesia una fuerza policial! Su policía… “Gracias al juego de la política imperial se vio en la misma sede, un obispo de un tipo y al día siguiente un obispo de otro tipo, y al otro día, otro obispo de otro tipo, de modo que había una multitud de jerarquías sucediéndose unas a otras, constituyendo naturalmente el alimento de cismas, que por lo mismo eran muy difíciles de extinguir. Pero nunca se tuvo idea de la libertad, a pesar de que está inscrita en el corazón del Evangelio.Encuentran este texto en "Je parlerai à ton cœur", p. 50-52.

Y quisiera terminar este primer parágrafo con esta constatación dolorosa hecha en “Un autre regard sur l’homme”, p. 58, pero cuya fecha ignoramos. “Entonces Dios aparece como un inmenso gobierno”. En otro lugar dirá piramidal; “y la religión en que se manifiesta en la tierra es otro, simétrico al suyo. La cristiandad (la Iglesia) es un inmenso campo atrincherado que se arma contra los infieles de afuera y contra los herejes de adentro. Hay que obedecer, someterse, admitir la Tradición y ser fieles a todas las prescripciones del gobierno divino. Tal es la Edad Media de la que es absolutamente necesario salir si el mundo moderno, justamente orgulloso de sus descubrimientos, quiere seguir encontrando en Dios su fin, su espacio, su luz y su alegría.

 

II) – Segundo aspecto o título. La comunidad eclesial es una comunidad de comunión

Tal comunidad supone que superemos el nivel del orden biológico y defensivo del “grupo”. “¡Es necesario cambiar de nivel, cambiar de piso!” Zúndel no cesa de repetirlo.

Aunque reconoce que “la religión comunitaria es algo evidentemente necesario y a lo que debemos ser fieles, pero no es suficiente”. Denuncia enérgicamente que la comunidad eclesial sea una comunidad de “masa” en que se aglomeran seres reducidos a objetos y se los manipula sin respeto por la conciencia y la persona. Al contrario, se trata de una comunidad de comunión, es decir de una comunidad en la cual estamos a la vez “juntos y solos”, en un intercambio vivo, misterioso, alegre y vivificante. Eso supone superar del interior el nivel de comunidad gobernada por impulsos celosos, políticos, rivales, posesivos, digamos incluso animales y gregarios del “grupo”, en que el hombre está “sin distancia consigo mismo,… tropieza con el objeto que no puede ser, huyendo del sujeto que quisiera ser…” [1]. Sería pues necesario que la Iglesia llegue por el interior a cada uno, respetando y suscitando su dignidad.

Quisiera citar un gran texto, de "Croyez-vous en l’homme?" (¿Cree usted en el hombre?) página 61 y siguientes:

La Iglesia no es un gueto ni siquiera un pueblo elegido que se encierra en intolerancia. La Iglesia no tiene fronteras, como el mismo Cristo. ¿Cómo no quererles hablar a los que se creen fuera de ella? – es el tema del ateísmo, finalmente abierto a Dios – “y que la confunden con un poder tiránico, el lenguaje de su mayoría humana cuya reivindicación es el grito de su dignidad herida hacia el Amor que es su caución eterna e inviolable. Pero como no hay palabra eficaz fuera de la que uno es, ese lenguaje solo será escuchado si los cristianos, clérigos o seglares, comprometen resueltamente toda su vida en un testimonio creador de justicia y de respeto que revela a Dios en cada uno como fundamento de la dimensión infinita que la humanidad moderna, despierta al sentido de su grandeza por su rebelión y al sentido de su poder por medio de la ciencia, quiere dar a su esfuerzo y a su porvenir. No se puede imaginar otro método para lograr su atención sino responder a su espera”. Fin de la citación.

En cada uno de nosotros, la naturaleza (la pertenencia al grupo, el nacimiento, la dependencia biológica, familiar, educativa, etc.) “precede” a la aparición de la “persona” la cual solo se crea por una constante “superación” de cada uno mediante el encuentro personal con la Presencia. Zúndel no cesa de indicarnos que la “superación”, el “despegue” puede comenzar por obra de la gracia divina que actúa en la vida cotidiana – como dijimos hace poco – a partir de la belleza, del arte, de la ciencia y del amor, pues “El Espíritu se manifiesta en nosotros,… como poder de superación capaz de sacarnos de los límites de una biología que nos reduce a mero dato” [2]. Por eso no dejará de subrayar el “valor” de todo lo que nos saca de nosotros mismos y favorece una desapropiación de sí mismo en el don de sí mismo. Hace poco escuchábamos: “No tengamos miedo de seguir las sugerencias del arte, de la música, de la ciencia, del deporte y de la belleza bajo todas sus formas visibles o invisibles, porque es importante que todos los planos de nuestro ser estén alimentados, imantados y seducidos por la Presencia y la Belleza de Dios.” [3]

A propósito, me parece que una de las más hermosas imágenes que nos da de este intercambio vivificante que deberíamos encontrar siempre en la Iglesia, entre “juntos y solos” es la de escuchar música “religiosamente” en un concierto. Ahí tenemos la experiencia de que “juntos y solos” no son contradictorios, sino muy al contrario. Zúndel recurre con frecuencia a esta imagen cuando quiere expresar la unidad que se crea entre numerosas personas por una interioridad silenciosa, una unidad de comunión.

Pude tener personalmente esa experiencia de manera sorprendente un día en Roma cuando Arturo Grumiaux vino y aceptó tocar una noche, en una sala como esta – un poco más grande – una chacona de Bach. Tocó en la penumbra de la noche, con las cortinas cerradas y las luces veladas. Y la comunicación fue tal, en el recogimiento de todos y cada uno, de unos 150 monjes, que cuando el artista hubo terminado, todos permanecieron durante largos minutos sumergidos en un silencio tal que confinaba con la adoración de la Presencia, pues nadie se atrevía a romper el silencio. Y Arturo Grumiaux le confió a uno de mis amigos, que jamás había tenido semejante auditorio, con semejante silencio y semejante comunión. Y en tales momentos uno siente cuán responsable es entonces de ese clima, de ese silencio, de la calidad del conjunto. Y efectivamente ahí se toca misteriosamente un Centro infinito que nos sumerge en la admiración, el olvido de sí mismo, y nos invita a darnos a una misteriosa Presencia. Por otra parte, ustedes saben cómo le gusta a Mauricio Zúndel la definición de Dios como “música silenciosa”. Es tan hermosa y es sacada de san Juan de la Cruz. La unanimidad se establece entonces en el silencio en que cada uno se deja desposeer de sí mismo, en un “suspenso” espiritual en que uno se abre a un Valor que nos rebasa, a la vez común y personal. ¡Cuántas veces expresa el deseo de que las asambleas litúrgicas introduzcan en ese silencio de unidad! Si las celebraciones no respetan lo suficiente esa dimensión, ¿cómo puede nacer entonces el respeto entre las Iglesias? La Iglesia oriental espera mucho de parte nuestra al respecto. Aquí tengo tres pequeñas reflexiones, si me permiten.

1) Zúndel estima absolutamente indispensable el paso de la vida social “en masa”, al intercambio de soledades que son a la vez “personales” y “universales”. Citación de “L'homme passe l'homme, (El hombre supera al hombre) p. 172 (en ediciones Vieux Colombier 1948):

Cuando renunciamos al charlatanismo desleal que especula sobre la debilidad del hombre animal, cuando apelamos a su pensamiento, cubriéndolo de una atmósfera espiritual semejante a la que se destaca en un concierto, de la música sobria de los grandes maestros, la masa anónima desaparece. El individuo vuelve a encontrar su alma y entra poco a poco en la soledad misteriosa en que, silenciosamente, se le revela la verdad. Y cuando el auditorio entero escucha interiormente, se establece una comunión inefable, luminosa e impalpable en que cada uno se siente tanto más unido a los demás cuanto más completamente está invadido por el recogimiento. Juntos y solos, intercambio de soledades bajo los auspicios de una Presencia invisible que los hace coincidir: ahí está todo el secreto del bien común, personal y universal a la vez.” Y bajo esta reflexión vemos lo que hace la Iglesia.

2) Segundo, entonces cada uno es “centro” de la comunidad, gracias a un estado de olvido de sí y de “silencio creador” en que cada uno se hace “bien común para todos”. En “Témoin d’une Présence” (Testigo de una Presencia), p. 19 leemos: “La comunidad de personas, la comunidad específicamente humana, pasa por la soledad de cada uno… Este bien infinito solo se afirma si yo lo soy, si se enraíza en mí, si hago el vacío para acogerlo. Entonces cada uno, cada persona es el centro de la comunidad propiamente humana”. Por ejemplo, cuando el P. Damián acepta libre y conscientemente fumar la pipa utilizada por los leprosos de Molokaí, no mira la pipa sino el corazón de cada uno y de todos aquellos que mira y a los cuales se une… O cuando una madre espera en silencio durante largo tiempo la obra de la gracia en el corazón de un hijo descarriado por el marido borrachín, por su oración y su “silencio creador”, ella está en el corazón de su hijo. Y éste acabará diciendo: “Mamá, nunca hubiera vuelto si tú me hubieras hablado” (Vie, Mort, Résurrection – Vida, muerte y Resurrección) p. 68s, y “Croyez-vous en l'homme?” p. 108ss.

3) Tercero, todo hombre puede acceder a esa profundidad y la profundidad del hombre desemboca en la profundidad de Dios. Y esa es precisamente la vocación y la misión de la Iglesia, mantener en el horizonte de su mirada a todo hombre como centro posible de la totalidad del bien universal. Esa es nuestra fe. Es todo el tema de Itinerario (1947), y sobre todo de ¿Cree usted en el hombre? (1955) que contiene magníficos ejemplos del nacimiento del “hombre posible” y de su desarrollo. Recuerden el caso de la pequeñita que cayó en un pozo y en torno de la cual todo Estados Unidos se inmovilizó siguiendo los esfuerzos de los socorristas, todos estaban suspendidos de la existencia de uno solo. O también, del marinero operado a bordo de una nave inmovilizada peligrosamente en pleno mar, amenazada por submarinos. La salvación de uno solo aparece entonces como el valor único para todos. Cada uno es sacado de sí mismo, e incitado al don de sí. Por eso, en el horizonte de esa mirada, jamás deberíamos resignarnos a perder a uno solo. ¿No es todo el mensaje de Jesús, a propósito de la oveja perdida? ¡Sólo hay una cosa que excluir al respecto y es la exclusión! [4] En el plano de la intención al menos, esa es la tarea de la Iglesia, como lo dirá él en “Ton Visage, ma lumière” (Tu rostro, mi luz) p. 83: “La ausencia de una sola alma aparece como una laguna imposible de colmar, de modo que la visión cristiana es en cierto modo tan comunitaria que es absolutamente inconcebible que podamos acercarnos a Jesús sin llevar con nosotros todos los pueblos y todos los hombres, más aún: todo el universo.” Juntos y solos.

¡Hasta allá llega la misión de la Iglesia y del ecumenismo! En efecto, lo que podemos sentir en un concierto es lo que podría existir en el nivel universal, si se puede encontrar un ser – un ser – cuyas virtudes de olvido de sí y de universalidad llegan a cada uno en su individualidad más profunda y personal. Zúndel presiente su llamado y casi podríamos decir, su gemido, por todas partes en la comunidad mundial. Y aquí deseo referirme al espléndido texto de ¿Cree Usted en el hombre?, p. 68ss:

Lo que podría existir es una solidaridad para la promoción del hombre en cada uno, que cada uno sienta como bien común que solo puede subsistir en él comunicándose a todos. Pero ¿quién representa esa posibilidad en las luchas diplomáticas en que se miden entre bastidores los potenciales de guerra, mientras que la violencia suscita casi a diario en la sangre los conflictos locales cuya violencia multiplica los puntos de fricción? La verdad desnuda es que cada uno de los plenipotenciarios reunidos en torno del tapiz verde es mandatario de una biología colectiva, y busca el compromiso que salve mejor sus intereses. Ninguno es la voz de una conciencia universal cuyo llamado pueda ser escuchado por todo ser humano.

Para ser esa voz, por otra parte, se debería abandonar toda frontera y ofrecer a todos los miles de millones de individuos que se agitan en este planeta un amor capaz de identificarse con cada uno, hasta suscitar en cada uno el espacio de generosidad [o de libertad], en que su libertad pueda brotar como don ofrecido a todos, como bien común del que cada uno se sienta colmado y hacia el cual ninguna rivalidad sea posible. Sería algo trágicamente ridículo presentarse como representante de la humanidad sin llevarla en sí toda entera y en el mismo nivel en que debe constituirse: por el surgimiento del hombre posible en cada uno, en que cada uno se reconoce más allá de toda diferencia y de toda parcialidad. Pero para realizar esa reunión, y sobre esas bases, ya no bastaría ser un hombre sino que se necesitaría ser el hombre en que cada uno llega a sí mismo.” ¡Qué hermoso! “Habría que ser el hombre en quien cada uno llega a sí mismo” “Y esa puede ser una manera de decir: debería ser Cristo” [5]

 

III) – Tercer aspecto. La novedad de Cristo

Por su Presencia, Cristo vino a traer una dimensión nueva a la Comunidad. La Iglesia solo puede unirse a él aceptando su universalidad y su apertura a toda criatura. Excluir una sola es romper el contacto con ÉL. [6]

Mgr. Antonio Bloom – al quien probablemente más de uno de ustedes conoce y aprecia, y con razón – inspirándose en los relatos hasídicos de Martín Búber, cuenta el episodio de un rabino judío polonés del s. 18 que decía: “Cuando alguien viene a mí, me siento atravesado por una compasión tal que desciendo escala por escala hasta lo más profundo de su caída; y luego, cuando he llegado a las mismas profundidades, amarro la raíz de mi alma a las raíces de la suya y, consciente de que somos UNO, comienzo a llorar nuestro pecado común y entonces, él es arrastrado en mi arrepentimiento”.

Pues existe un ser personal concreto que realizó este proceso, respecto de toda la humanidad, que “asumió” (encontré 126 documentos de Mauricio Zúndel sobre el tema) y “se encargó” de toda la historia del cosmos. ¡Ese ser existe! ¡Es la convicción profunda de las Iglesias! Es Cristo, Hijo de Dios e Hijo del hombre, que vino a establecer el Reino de Dios en el cielo interior que es el corazón del hombre, hecho santuario de Dios.

Aquí me permito esta pequeña anécdota. En 1968, en Chevetogne, regresaba de Uppsala el arzobispo ortodoxo de Filadelfia, Estados Unidos, y nosotros le pedimos sus impresiones sobre esa gran reunión del Consejo Ecuménico de las Iglesias, y lo veo aún en la pieza del capítulo golpear la mesa con extraordinaria energía con sus dos puños – temo impresionarlos con el micrófono – gritando: “¡Jamás habíamos llegado a tal colmo de papeleos! Imposible ir más lejos, no llegaremos a nada mientras no creamos que la unidad viene de arriba, del cielo

Pues bien, creo que en este punto Mauricio Zúndel era extremamente actual. Porque vio bien que la gran novedad de Cristo consiste en instalar el reino de Dios en el cielo interior que es el corazón del hombre hecho santuario de Dios.

Mauricio Zúndel no teme invocar la escena de la samaritana que nos cuenta san Juan “una de las mayores fechas de la historia, porque es la frontera marcada de manera decisiva entre la verdadera religión del Espíritu y la Verdad y todas las supersticiones que lo sitúan sobre una montaña y suponen que no podemos tener otra relación con él sino adhiriendo a un lugar determinado” (Je parlerai à ton coeur – Hablaré a tu corazón, p. 39-40”.

En Emerveillement et Pauvreté (Admiración y pobreza), p. 53ss, encontramos un pasaje magnífico que muestra cómo el mensaje de Jesús es un “mensaje ecuménico” que supone que en la estructura misma de su ser él tenga una dimensión ecuménica por una total comunión con Dios y con el hombre que lo hace identificarse con el más pequeño de ellos. Aquí, como siempre, Mauricio Zúndel adhiere con ardor al Concilio de Calcedonia mostrando – vemos qué preciosos son los dogmas y cómo se los puede leer de manera moderna – demostrando cómo la comunión de la naturaleza divina y de la naturaleza humana con la Persona del Verbo, le permite radicalmente la doble solidaridad e identificación con Dios y con el hombre, solidaridad que lo llevará, por otra parte, a la Cruz, pero también hará de él el eje de la historia de la humanidad. Lo hará designar por san Pablo como Segundo Adán. Por eso Mauricio Zúndel se indigna a veces diciendo: “No, Jesús no es judío. Es el segundo Adán, hay que subir más arriba”. Llegamos aquí al fundamento de toda unidad eclesial, de toda intercesión y de toda la sacramentalidad litúrgica. Al respecto, lean Emerveillement et Pauvreté, p. 53ss.

 

IV) – Cuarto aspecto o título: "Él me eclipsa"

Escucharon hace rato la deliciosa anécdota de la niñita que saliendo de la iglesia donde había hecho su primera comunión, estaba en reunión con todas sus amigas. Y cuando cada una comentaba con excitación los vestidos, los brazaletes, y los mil detalles de la ceremonia, cuando le preguntaron sus impresiones, la niñita, decía Zúndel, respondió suspirando: “¡Ah! A mí, Él me eclipsa”. Ah, a mí Él me eclipsa. Ese episodio marcó tan profundamente a M. Zúndel que lo cuenta en unos 20 de sus libros. Esa niña sigue siendo modelo de unión mística con el Señor pero creo que se podría decir igualmente, modelo de ecumenismo. Pues si en los intercambios entre las Iglesias cada uno llegara a ese grado de Presencia divina, muchas palabras, muchas fórmulas, muchas tomas de posición encontrarían entonces su pleno sentido y entonces también, bajo cierto aspecto, su relatividad.

Pues “A Jesús solo se le puede encontrar en estado de pobreza… no nos lo podemos apropiar…” Este pensamiento, de Silence, Parole de Vie, p. 132 lo encontramos por doquiera en la obra de Zúndel y le inspira, aunque las respeta, cierta reserva respecto de las “discusiones”. ¡Que esto no nos impida discutir después de esta intervención!

Cita de Ta parole comme une source (Tu Palabra como fuente), p. 272s.:

Hace mucho tiempo que renuncié a toda polémica porque es muy fácil darse cuenta de que, si amamos la Verdad, en la medida en que la amamos, no hay que convencer a los demás de que están equivocados y empujarlos a confesar sus errores, pues mientras más lo tratemos, más se bloquean en una resistencia que termina una vez más en mala fe. Ya que en adelante, habiéndose embarcado en una mala argumentación, tienen tentación de trampear, de falsear la balanza de su mente, de ir definitivamente contra la Verdad. Cuando amamos la Verdad y sentimos la más pequeña resistencia, inmediatamente sentimos que debemos retirarnos, que no hay que insistir, que no hay necesidad de confundir, que no hay que humillar, que hay que bajar los ojos como Jesús ante la mujer adúltera, que no hay que aprovechar de tener razón. Hay que respetar el amor propio bloqueado contra la verdad, hay que crear una atmósfera de silencio, de confianza, que le permita al interlocutor volver por sí mismo a su posición y descubrir su error espontáneamente y darse virginalmente a la Verdad en un movimiento salido del fondo de su ser. Y uno se da cuenta de que si lo empujara hasta el fondo de sus trincheras, heriría en él la Verdad. La Verdad se haría víctima de su amor propio, sería pisoteada por su voluntad de triunfar y nosotros nos haríamos cómplices de la derrota de la Verdad al querer aprovechar de las razones, de las buenas razones que podríamos tener”. Fin de la citación.

Convendría leer aquí ciertas… [Fin de la pista grabada, falta una parte]

páginas maravillosas de Entretiens d'Ecogia (Conversaciones de Ecogia), creo que no publicadas, en que muestra cómo “Cristo nos dio una dirección incomparable, no en una fórmula cualquiera sino porque nos trajo la Luz de su Presencia, enseñándonos, con su propia vida, que no podemos hacer el Bien, sino que debemos serlo”, pero también muchas otras páginas en que el autor subraya el peligro de ilusionarse imaginando una unidad que buscara sólo un acuerdo en fórmulas, así fuera dogmáticas. Dios sabe si M. Zúndel respeta el dogma, pero no cesa de insistir en el hecho de que más allá de las palabras está la necesidad, la urgencia absoluta de unión personal de cada uno con Dios en el silencio. Cada dogma, dice él en Silence, parole de vie (Silencio, palabra de vida), “Cada dogma es el sacramento… que nos lleva a ese centro silencioso.

En un retiro predicado a religiosas enfermeras en 1973, señaló con valor que “el ecumenismo arriesga abortar” si no tiene suficiente cuenta de la “dimisión” que es el signo de la verdadera misión, pues sin la conversión personal – Vaticano II insistía mucho en ello – sin conversión personal a la pobreza de Cristo, manifestada en el Lavatorio de los Pies y a la desapropiación radical de la Cruz, reveladora de la desapropiación de la Trinidad, arriesgamos no llegar realmente al corazón de los demás.

Una cita de ese retiro no publicado: “Nuestro Señor es el ecumenismo en persona. El ecumenismo está inscrito en su estructura justamente porque su humanidad no tiene fronteras”. Fin de la citación. Solo imitándolo podremos tener verdadera actividad ecuménica, pues como dice, “el acuerdo se obtiene por el vacío, por el despojamiento, por la desapropiación, por el hecho de que cada uno supere sus límites… Lo que nos impide comunicar con los demás es nuestro espíritu de posesión: los queremos para nosotros, queremos poseerlos en vez de querer ser espacio ilimitado donde puedan respirar el aire de su patria divina. Nos asfixiamos mutuamente con nuestros límites porque, estando estrechos dentro de nosotros, somos incapaces de hacernos espacio para los demás.” Fin de la citación. [7]

Diez años antes, en 1963, en Emerveillement et pauvreté, había insistido ya en el hecho de que la misión del Evangelio es llegar a todos los hombres y al hombre en su humanidad. Y tuvo la frase que creo que es cada vez más cierta, “La solución cristiana es la única solución al problema humano.” Y para nosotros es bueno saberlo: los cristianos estamos hoy un poco acomplejados, sufrimos a veces de complejo de inferioridad, pero mientras más entramos en Mauricio Zúncel, más vemos que la clave del futuro de la humanidad está en Cristo y en el cristianismo. “La solución cristiana es la única solución del problema humano. No lo decimos porque somos cristianos, sino porque sólo Cristo llegó a lo más profundo del hombre y le dio una grandeza infinita en la humildad total… El ecumenismo no es la “unión de los cristianos” sino la unión de todos los hombres, ya que el cristiano es el que toma a cargo toda la humanidad.

En el debate del ecumenismo, tan patético hoy en día, si pensamos en ciertos bloqueos en Rusia que nos hacen sufrir mucho, “Sería evidentemente de la mayor importancia elaborar una teología de la dimisión. Si la Iglesia no puede realizar su misión sino mediante la dimisión, no se trata de saber si una parte va a ganar a la otra, si uno va a dominar al otro, sino si todos, hasta la raíz de nuestro ser estaremos despojados de nosotros mismos para revestirnos de Jesucristo.” Es pues necesario “derribar las barreras de un lenguaje inútil” cuanto sea posible “y liberar el Evangelio”. Mauricio Zúndel irá inclusive hasta proponer una nueva formulación del Primado (del papa), al cual reprocha ser demasiado un lenguaje de poder. Y después de eso, el papa Juan Pablo II mismo pidió a los teólogos que le hicieran sugestiones al respecto.

 

Conclusión

Quisiera orientar las conclusiones hacia la intercomunión.

En el curso de estas reflexiones vimos qué importante es para Mauricio Zúndel el descubrimiento de Dios como “interior”, como “Vida de nuestra vida”, como “trascendencia ab intus”. El interior. Vimos su insistencia sobre la unión mística con Cristo en la visión de toda mirada dirigida a todo hombre, a toda cosa y hasta a todo el universo. Todo transparenta a Cristo para el que lo ama realmente hasta en el más pequeño de sus hermanos, tanto que Zúndel pudo hablar de “sociología sacramental” o de “sacramento-comunidad”, “comunidad-sacramento”.

Esto nos lleva a una reflexión sobre la intercomunión.

En Je parlerai à ton cœur (Te hablaré al corazón) hace una reflexión digna de ser retenida: “Es mejor que una niña comulgue solo una vez en su vida, pero haciéndolo a fondo, que registrar comuniones diarias si durante toda su vida eso es un gesto automático.

Me parece que eso vale también para la intercomunión. Hoy en día la intercomunión sacramental parece a muchos como el ideal absoluto del ecumenismo. ¿No corremos el riesgo de cierta impaciencia en el orden de la eficacia, olvidando otro acento de suma importancia también y sobre el cual insistió Zúndel desde el comienzo, como en el “Poema de la Santa Liturgia”?

Todo lo que hemos meditado nos hace ver la exigencia de una condición espiritual indispensable para vivir la “comunión eucarística”, a saber: la actitud previa de apertura universal a todo hombre y a todo el universo que debe portar, tomar a cargo, asumir hasta identificarse con ellos sin excluir a ninguno para situarlo en su “Centro”, Cristo. Podríamos sin duda hablar aquí de la anterioridad necesaria y constante de una intercomunión de intención y de intercesión en relación con la comunión sacramental.

 

Cinco pequeñas observaciones

1) Es algo más que un acto personal, es el acto de todo el Cuerpo místico. Citación del “Poema de la Santa Liturgia”: “Estamos hoy quizá demasiado tentados de ver en la comunión eucarística un acto que sólo nos concierne a nosotros y que realizamos siguiendo nuestra devoción personal. Sin desconocer los derechos inviolables de nuestra intimidad con Dios, la santa Liturgia quiere alimentar en nosotros una solicitud universal. Su intención jamás pierde de vista el cuerpo místico, cuyo alimento inagotable es la carne sagrada del Señor. Si somos fieles a su espíritu, la comunión debe ser un acto del cuerpo místico en nosotros, antes de ser el bien propio de nuestra alma, es decir, la identificación personal a que aspiramos será tanto más íntima cuanto más perfectamente hayamos observado en nuestro corazón la catolicidad de la oración cristiana. ¡Cuánto más fácil más amplio y hermoso sería el cumplimiento del deber pascual si los fieles fueran invitados a comulgar en la “persona” de la Iglesia y por toda la comunión de los santos!

 

2) Segunda observación.

Esa intercesión, esa “intercomunión”, esa solicitud universal es para Zúndel una condición previa absolutamente necesaria para la auténtica celebración eucarística.

La Eucaristía es un banquete – dice – pues supone que todos los hombres estén reunidos alrededor de la misma mesa.” Todos los hombres. “y esa convivencia a la cual quiere hacernos llegar la Eucaristía supone que comulguemos con los hombres antes de comulgar con Jesús, o mejor, lo que es aun más preciso, eso quiere decir que la condición de nuestra comunión con Jesús es nuestra comunión con toda la humanidad.” Esto concuerda con lo que Jesús dijo en cierto momento: si recuerdas que uno de tus hermanos tiene algo contra ti, deja tu ofrenda y va primero a reconciliarte. “En la comunión primero tenemos que hacernos cuerpo místico, hacernos Iglesia, hacernos universal”. También habría que recordar aquí el magnífico texto del Kyrie eleison editado hace poco, procedente de Jerusalén y que juega un papel de reconciliación entre Roma y Bizancio.

 

3) Tercera reflexión. Toda exclusión de un solo hombre, así fuera enemigo nuestro “El amor es más fuerte que la muerte y nosotros debemos llamar al Padre que ama a todos sus hijos, aquellos que las circunstancias obligan a ser enemigos nuestros” (“Recherche de la personne” - Búsqueda de la Persona)

Entonces, toda exclusión de un solo hombre, así fuera nuestro enemigo en el plano de la intención y de la “misión”, rompería el contacto místico al que tendemos por la comunión eucarística. Citación de “Croyez-vous en l’homme”: “Para estar en contacto con Él o, mejor, para darle contacto con nosotros, es necesario en efecto ofrecer al don infinito que es él una presencia abierta a toda criatura. Excluir a una sola – al menos en el nivel en que puede ser asumida – es, al limitarse, imponerle límites que rompen el contacto”. ¡Qué repercusiones ecuménicas en estas palabras!

 

4) Cuarto. Eso nos remite a la exigencia de autenticidad de vida cristiana en el mundo y por lo mismo a una constante conversión. La oración litúrgica remite a la oración en la vida y recíprocamente. “La única expresión en que Dios puede manifestarse es, pues, una vida sin fronteras, dice Zúndel; el único testimonio válido es aquel en que todo hombre puede reconocerse tanto como Dios puede transparentar. Esto exige que hagamos de nosotros el núcleo, el fermento de una transmutación por la cual la humanidad, de especie biológica en que los individuos se aglomeran por sus servidumbres, sea promovida al rango de comunidad libre cuyo centro es cada uno, pues el bien que es su lazo – el amor en persona – solo puede circular a través del don que cada uno debe hacer de sí mismo. Este encargarse de todos, a través del bien confiado a la conciencia de cada uno y que cada uno asimila solo desapropiándose – como efecto de la intimidad divina – en que se universaliza, es simbolizada y renovada por los sacramentos,” escuchen bien lo siguiente pues me parece magnífico: “que desenraizamos de la vida si perdemos de vista al hombre”.

 

5) Quinto, y yo terminaré mi conferencia agradeciéndoles su paciencia. La Comunidad cristiana reunida en eucaristía jugará plenamente su papel misionero y ecuménico y hará venir la Unidad tan deseada, pues como lo dijo también Mauricio Zúndel: “La Eucaristía nos universaliza en un ecumenismo auténtico y hace de nosotros una presencia realizada por doquiera, a través del centro eterno en que todas las intimidades humanas fusionan y se encuentran”.

Fin de la conferencia


[1] La liberté de la foi. Saint Maurice, Ed. S. Augustin, 1960, 1992, p. 95

[2] Morale et mystique p. 117 (edición Anne Sigier, 1995)

[3] Ton Visage Ma Lumière p. 86 (edición Desclée,1989)

[4] Croyez-vous en l’homme, p. 140ss

[5] Croyez-vous en l’homme p. 68 à 70 (edición CERF, 1992)

[6] Croyez-vous en l’homme, p. 140ss (edición CERF, 1992)

[7] Retiro a las religiosas enfermeras de la Clínica de Bois-cerf, Ouchy-Lausana

 

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