Segunda conferencia de María de Hennezel en el coloquio de Neuchâtel de 1997, año del centenario de Mauricio Zúndel. (25 de enero de 1997).

 

Yo vengo como testigo. Yo no soy teóloga, y les voy a hablar a partir de mi experiencia. Testigo del camino recorrido por los que van a morir, testigo de momentos particularmente dolorosos y tan humanos al mismo tiempo. Momentos en que estamos confrontados con una impotencia radical, pues sea cual fuere el amor que sentimos por alguien, no podemos impedirle morir, ni siquiera podemos impedirle sufrir moralmente – como se dice – por tener que separarse de sí mismo y de los suyos.

Momentos en que nos sentimos particularmente indefensos y pobres. Pero en que al mismo tiempo descubrimos la fecundidad de esos últimos instantes de vida, los cuales pueden ser precisamente ocasión de comunicación verdadera, íntima y profunda, ocasión de acompañar al otro lo más lejos posible. En realidad, momentos de una rara humanidad.

Una de las primeras veces que tuve ocasión de acompañar a alguien fue hace 10 años. Una enfermera me había llamado al domicilio de un hombre que era psicólogo de profesión, razón por la cual ella pensó que yo podía ayudarle. Este hombre sufría de un cáncer de las vías respiratorias y estaba particularmente angustiado. Pero cuando ella me habló de su sufrimiento, su enfermedad estaba ya muy avanzada, y entre la llamada de la enfermera y el momento en que pude visitarlo, el tumor había invadido prácticamente tres cuartas partes de su rostro, de modo que cuando entré en su cuarto y vi a esa persona acostada en un diván en el salón, primero sentí un olor horrible y me pregunté si iba a poder soportarlo.

Me acerqué, me arrodillé junto a ese hombre. Tres cuartas partes de su rostro estaban cubiertas de un vendaje, y me di cuenta en seguida de que no podríamos hablar, ya que tres cuartas partes de la boca estaban afectadas. Entonces me invadió un sentimiento de impotencia radical, y me pregunté qué había venido a hacer yo ahí. Yo no sabía nada de ese hombre y era evidente que no podríamos hablar. Y en ese sentimiento de impotencia, tomé la mano de ese hombre y le dije lo que yo estaba sintiendo. Le dije que estaba indefensa, que no sabía de verdad cómo ayudarle, que sentía que él debía estar cansado realmente de estar enfermo y que quizás tenía de verdad ganas de irse. Después de haberle dicho eso, simplemente me quedé ahí diciéndole: “Yo creo que lo único que puedo hacer es quedarme aquí un momento con usted, dándole lo único que puedo darle, es decir un poco de presencia”.

Permanecimos en contacto silencioso y entonces sucedió algo extraordinario. Ya no sentía el olor. Era como si la degradación física de ese hombre, tan horrible al principio, hubiera desaparecido de la vista. Simplemente, yo estaba ahí en contacto con esa persona, sentía en mi mano su presencia viva y cerré los ojos. Yo lo sentía y él me sentía. Y hubo algo muy suave y tierno, difícil de expresar, algo muy apacible también y totalmente inesperado. No sé cuánto tiempo me quedé ahí, pues ustedes comprenden como yo que en esos momentos uno está como fuera del tiempo. Después le propuse volver y él me apretó fuertemente la mano; yo sentí que estaba de acuerdo. Y salí curiosamente liviana y llena de energía.

 

Eso fue para mí una experiencia fundadora, pues al mismo tiempo que experimentaba mi impotencia, sucedió algo que pertenece al nivel de una íntima comunión. Sentí una relación entre la aceptación de la impotencia y el encuentro con el otro. Y ese día comprendí que la clave del acompañamiento era aceptar estar delante del otro despojado de todo. Entonces, y pido excusas a las personas que estaban presentes anoche, pues quizá les parece que me repito, pero quería leerles unos pasajes de un texto de Zúndel, intitulado : “Presencia a los demás, a sí mismo y a Dios”, que, cuando los leí, fueron para mí un eco formidable de lo que viví yo en esa experiencia.

Dice esto: “incontestablemente, hay momentos en que ante una desesperanza que nos confían como a un último recurso, es imposible no salir de nosotros mismos. Nos lanzan al corazón del otro con tal potencia que nos identificamos con él. […] Se crea entonces, sin lugar a dudas, entre dos seres humanos que han alcanzado el mismo nivel de silencio, la comunión prodigiosa que percibimos aquí y ahora, que puede ser eterna. […] Siento entonces que no somos dos, que somos uno solo, que nos identificamos en un mismo centro. Ya no existe más distancia que el respeto. Toda la vida se concentra en un solo punto el cual está fuera del espacio y del tiempo.” [1]

 

Les decía hace poco que no soy teóloga y entonces no les voy a hablar de Dios ni sobre Dios, pero creo que van a sentir qué presente está en mi testimonio, pues nunca he sentido de manera más evidente lo que Zúndel quiere decir cuando habla de “dar a Dios, respirar a Dios, vivir a Dios” en los momentos en que me encontraba acompañando a los que estaban próximos a morir. En esos momentos de comunión silenciosa en que los intercambios no son de palabras, o tan poco, sino presencia, un estar ahí juntos.

 

[8:27] Las situaciones de regresión, en que en cierto modo la persona abandona su cuerpo en manos de los demás, esas situaciones ordinarias que ustedes conocen tratando con enfermos terminales, situaciones vividas además como humillaciones porque pierden entonces todo aquello con que uno se identificaba, el control de sí mismo, el control de las cosas y también la imagen corporal. Esas situaciones de regresión son situaciones en que un lenguaje corporal se sustituye al lenguaje verbal. La agudeza decuplada del oído, la sensibilidad extrema de la piel, se mide entonces la importancia de la mirada, del tacto, e inclusive del ritmo respiratorio. Y todo eso se convierte en medios de contacto y de comunicación con el otro.

 

El texto de Mauricio Zúndel sobre la experiencia de la muerte, que descubrí hace 10 años cuando acababa de comenzar mi trabajo de psicóloga en la unidad de cuidados paliativos, fue determinante. Ese texto no ha cesado de inspirarme. Lo he hecho conocer a mis pacientes, a los agentes de salud que yo formaba, porque hay una estrecha relación entre lo que llamamos cuidados paliativos y el pensamiento de Mauricio Zúndel. El movimiento de cuidados paliativos y de acompañamiento considera que el moribundo es un ser vivo. Ahora bien, Mauricio Zúndel nos dice que el verdadero problema no es si hay vida después de la muerte sino si habrá vida antes de la muerte. A través de los conceptos de calidad de vida, de cuidados del ser, de atención a remediar el sufrimiento, o a cuidar el bienestar, en realidad los cuidados paliativos se proponen privilegiar la calidad del tiempo de vida que queda, más bien que prolongarlo. Su objetivo es respetar el tiempo de vida que queda y ofrecer un contexto, un ambiente, una escucha que permitan al paciente estar en relación y vivir hasta el final.

 

[11:14] Pues con la experiencia descubrimos que el acompañamiento es ante todo cuestión de presencia y confianza en lo que está actuando en las profundidades de lo humano. Y porque descubrimos que esa presencia y esa confianza en lo humano es lo importante, suscribimos totalmente a lo que escribe M. Zúndel cuando dice: “a los hombres no se los puede salvar con discursos sino sólo con una presencia.

Por eso, con los médicos y las enfermeras del servicio, sentimos que era absolutamente necesario profundizar nuestra calidad de presencia, nuestras capacidades de acogida y de contacto. Si permiten, voy a leerles un corto pasaje de mi libro, en el cual justamente hablo de la manera concreta como hemos tratado de profundizar nuestra calidad de presencia.

 

Escribí: “no es superfluo sensibilizar a los profesionales de la salud a la dimensión del encuentro humano el cual incluye el encuentro táctil. Ayudarles a tomar conciencia de lo que está en juego cuando se toca a alguien o cuando alguien nos toca. Si se trata un pie, una pierna, un pulmón, un seno como objeto parcial, objeto de cuidados, objeto de interés médico, o se trata una persona que sufre en tal o cual parte de su cuerpo y expresa su manera de ser el modo como siente el sufrimiento. No llamamos la atención lo suficiente a las personas que cuidan a los enfermos sobre los gestos de éstos, sobre su lenguaje corporal. No les ayudamos a estar más presentes al otro en su trato. Sabemos cuánto puede cambiar la calidad de una presencia, la finura de una atención, por la manera como los pacientes perciben las intervenciones médicas inclusive las más agresivas.

Un benedictino de Solesmes me escribía hace poco cómo había sentido la calidad del tacto de las enfermeras cuando estaba enfermo. Podía reconocerlas por su manera de tocarlo: unas lo dejaban entero después de tratarlo, mientras otras lo dejaban en pedazos.

 

En un centro de cuidados paliativos, el sentido del contacto hace parte del valor de los cuidados. Cuento también cómo una tarde con personal de enfermería justamente, buscábamos juntos cómo transformar un gesto agresivo en gesto del corazón.

Aunque en cuidados paliativos se reduzcan a lo estricto necesario, ya que el objetivo es privilegiar la calidad del tiempo de vida restante más bien que su duración, no es menos cierto que algunos gestos son inevitables. Más allá de la incomodidad pasajera, se sabe que están destinados a dar un alivio real a los enfermos. Pensamos en las movilizaciones de pacientes postrados en cama o paralizados, en la puesta de sondas nasales o urinarias, en las aspiraciones de gargantas recargadas en los que son incapaces de escupir, en los tactos rectales de los enfermos estreñidos. Todos esos gestos que son un verdadero tormento para el personal que debe practicarlos cuando se trata de enfermos moribundos o debilitados, que aspiran más que todo a tener paz. Se entiende que quieran buscar la manera más humana y respetuosa posible.

 

[15:36] Ese día le conté al equipo el momento que acababa de pasar con un paciente de sida para el cual los cuidados habían sido particularmente dolorosos y agresivos. Patrick, así se llamaba, buscó espontáneamente el contacto y la seguridad en mis brazos. Y yo me hice presente a él, y lo mismo hizo también la enfermera que estaba asumiendo esa difícil tarea.

«Una calma profunda se instaló en ese cuarto, en vez de las resistencias que suelen provocar los miedos convergentes, del enfermo de sufrir, y del agente de hacer sufrir.

Entonces, ¿puede el equipo organizarse para que dos personas puedan venir a prestar un cuidado que arriesga ser doloroso? La una puede ofrecer simplemente su presencia mientras la otra, también presente a la persona, hace la cura necesaria con toda la competencia deseada. Cuando se reúnen así tres personas, con el deseo de apoyarse sobre la presencia de las otras dos para enfrentar un momento difícil, se crea una convergencia de efectos realmente milagrosos. Los auxiliares presentes han confirmado mis palabras: cuando vienen de a dos a dar un baño delicado a una persona que ya no tiene fuerzas para moverse, sienten cómo el hecho de estar presentes la una a la otra e integrar al enfermo en esa presencia, crea un contacto totalmente diferente. Los gestos que realizan con delicadeza para levantar una pierna o voltear al enfermo de lado se sincronizan por sí mismos y se encadenan sin dificultad.

 

[17:43] De este modo, gestos que son a menudo vividos como agresivos o humillantes se revisten de ternura y respeto y son ocasión de un encuentro.

Se encuentra pues a la persona mediante los múltiples contactos táctiles de la cura. Más allá del cuerpo, es el encuentro de la persona con la conciencia de todo lo que hace su unidad y su misterio. Así se le devuelve su dignidad, si tenía el sentimiento de haberla perdido. Así la confirmamos en la permanencia de su identidad, de su existencia, pero también de su esencia, que es divina – y así y me atrevo a decirlo – tocamos a Dios en ella. La manera de tratar el cuerpo del otro puede hacerle sentir que no se limita a su cuerpo. A ese cuerpo a menudo descarnado y debilitado, pero que es más un misterio vivo, una persona humana. Y para nosotros, estar atentos a la dimensión espiritual de alguien, no es hablarle de Dios, ni darle respuestas desde afuera. Es simplemente manifestarle, por medio de la calidad de una presencia, por la atención delicada, por un gesto o una mirada de ternura, la conciencia que tenemos del misterio infinito de su persona.

Es estar con, acordar nuestra respiración. No se presta mucha atención a este aspecto de la sincronización respiratoria. El soplo, el aliento del otro es su misterio. Ese aliento que lo atraviesa y que de pronto dejará de ser. Cuando uno está con alguien y se sincroniza con su respiración, uno está en esa íntima comunión. Y cuando lo hacemos, en cierto modo, contribuimos a crear un hogar en el otro, precisamente en el momento en que la persona se ve despojada de ella misma. Extranjera a lo que le sucede, a su entorno. De cierto modo, eso le restituye su identidad y le permite estar presente a sí misma hasta el final.

Precisamente, porque una gran parte del sufrimiento psíquico de los moribundos se debe a los daños sufridos por el cuerpo, al hecho de que tiene que separarse del cuerpo biológico, yo me interesé a todo lo que Zúndel nos dice a propósito del cuerpo. Ustedes saben tanto como yo que la enfermedad grave – a menudo en su última fase – provoca importantes alteraciones que van de la simple pérdida de peso o de la debilitación con pérdida de autonomía, bastante invalidante, a veces hasta mutilaciones. Y la incapacidad de comunicar verbalmente. Les recuerdo que esos daños corporales, en la medida en que el cuerpo lleva en cierto modo nuestra identidad existencial, son vividos como un daño inferido a la dignidad de la persona. Se vive entonces el cuerpo en cierto modo como enemigo, como adversario. Y ciertos pacientes llegan prácticamente a odiarlo, sintiendo de cierta manera que los ha traicionado.

Influenciado por la enfermedad, uno puede llegar a objetivar el cuerpo sentido, el cual se vuelve entonces tan exterior que uno puede llegar a desear dejarlo. Y cuando el entorno confirma esa alteración de la imagen propia, entonces la persona ya no tiene más solución que pedir que le abrevien su fin, o replegarse en sí mismo y rehusar comunicar con los demás. Y la demanda de eutanasia, so pretexto de morir dignamente, no es a menudo sino una última demanda de ayuda, una última tentativa de comunicación.

 

Yo diría que la cuestión oculta detrás de esa demanda es patética y es: ¿Para ti, tiene todavía valor mi vida? ¿Tengo yo para ti todavía mi calidad de persona? Si aceptáramos la eutanasia, confirmaríamos el no valor de su vida.

Alguien decía que en realidad se mata dos veces a la persona, una realmente, otra simbólicamente. Cuando precisamente el enfermo espera que le confirmemos el valor de su vida y la permanencia de su identidad.

Creo que quizá no medimos bastante en qué medida una respuesta confirmante, justa y respetuosa puede ayudar a alguien a olvidar que tiene un cuerpo ya que es un cuerpo, una corporeidad animada. Es un espíritu encarnado en un cuerpo.

 

¿Cómo pues ayudar a alguien a alcanzar su esencia sin caer en el escollo de las palabras falsamente trnquilizadoras? ¿No es justamente por el encuentro táctil, en que uno se siente confirmado en su ser esencial? Pero para eso es necesario cambiar nuestra mirada sobre el cuerpo. Dejar de ver en él un objeto y, como dice Zúndel, mirarlo como “el teclado del espíritu”. Zúndel dice que si nos hieren tan profundamente cuanto nos tratan como cosa y subrayan nuestras deficiencias corporales, es justamente porque sentimos que no somos solamente “una cosa en medio del mundo” como decía Sartre, hablando del cuerpo objeto.

En realidad, tenemos un cuerpo, pero también somos ese cuerpo. Somos un sujeto encarnado en un cuerpo, somos corporeidad animada. Zúndel nos dice que el cuerpo es un cuerpo abierto, no atado a su contorno; es un cuerpo que puede sentir, percibir más allá de sí mismo. El cuerpo que tenemos no recubre el cuerpo que somos. Nuestro cuerpo es pues un espacio abierto, puede dilatarse al ritmo de sus percepciones. Un espacio de contacto, de encuentros, de relación. Y lo sentimos bien – dice él – cada vez que estamos en contacto con la naturaleza, la música, la belleza. Cada vez que una contemplación – sea de un ocaso o de un cielo estrellado – cada vez que una contemplación, un gesto, una mirada nos conmueven y nos hacen encontrar el sentido de la admiración, de la ternura. Se refiere a sus famosas horas estrelladas de que habla Sweig, en que presentimos ya lo que puede significar la eternidad.

 

En este punto de mi conferencia deseo leerles también otro pasaje de mi libro que indica también lo que viven las personas próximas a morir, y que es en realidad un eco de ese pensamiento de Mauricio Zúndel. Es un pasaje en que cuento lo que me contó una mujer que trabajaba en una unidad de cuidados paliativos en Canadá, en Quebec, y se trata de la muerte de Juan, un joven que sufría de sida.

“Juan era danzante profesional. Llegó con un Kaposi enorme que le había invadido las piernas y el bajo vientre. Era horrible ver la putrefacción; y él sufría. Lo podían calmar algo con morfina, pero le costaba mucho pasar a la mesa. Y cuando estaba ahí, nos contaba cuentos y nos hacía reír. Tenía una fuerza moral increíble. De una cosa estoy segura y es que él les dio valor a los demás. Les decía: “¡Mis amigos, los cuerpos nos abandonan, pero nuestra alma es libre!” Tenía alegría de vivir. Justo antes de morir, Juan hizo venir a su amigo y le pidió que le tuviera las manos y danzara con él. Quería ser hasta el final el danzante que era. Juan se había enderezado un poco y con toda su alma hacía danzar sus brazos con la ayuda de su amigo el cual lloraba con lágrimas de emoción. ¡Danza, danza! Repetía su amigo mientras sus brazos reunidos se balanceaban de izquierda a derecha. Luego sonrió con una sonrisa maravillosa y sublime y se dejó caer sobre la almohada. Había expirado danzando.

Había en la sala varios residentes que pronto morirían. Dijeron que la muerte de Juan les había quitado toda inquietud respecto al momento mismo de la muerte; saben que hay mucho amor y ternura a su derredor, y todo pasará como se debe. Simplemente, quizá como en el fondo de su alma desean ellos que suceda. Pero lo dicen con pudor como si esa convicción no debiera ser pública.”

 

¿Cómo podemos ayudar a alguien a no permanecer identificado con el cuerpo objeto que será el futuro cadáver? ¿Cómo ayudarle a liberarse de él? Zúndel nos habla de humanizar el cuerpo. Estas palabras me impresionaron cuando las encontré y las tuve en mi mente durante mucho tiempo. Y luego, en un artículo que escribí hace dos años, traté de reflexionar sobre la manera de humanizar el cuerpo del que va a morir, para que pueda des-identificarse del cuerpo biológico y sentir lo que es realmente la persona misma. Al artículo le había puesto como título: Cuerpo, ternura y espiritualidad. ¿Porqué? Porque me parecía que la ternura es uno de los medios que permiten poner el cuerpo en relación con la dimensión que lo rebasa, precisamente humanizarlo.

 

Entonces, ¿qué es la ternura? ¿Qué hacemos cuando somos tiernos? Por ejemplo ¿qué es lo que hago cuando miro con ternura en primavera los pequeños brotes verdes sobre los árboles, o cuando miro el rostro de un niño dormido, o cuando tomo en mis manos la mano de un enfermo – como dice Zúndel, como si tuviéramos en la mano un pajarito herido? ¿Qué es lo que siento? Siento un impulso del corazón que se pone en movimiento – a menudo un movimiento hacia abajo – un movimiento que nos hace inclinarnos hacia el otro, tiendo la mano, siento en mí una apertura, una dilatación; tengo la impresión de fundirme en algo más vasto que yo. Es como si en ese gesto de ternura perdiéramos la costumbre de tomar, de servirnos para estar al servicio de algo – aunque sea solo por un instante. Y si miramos de cerca el gesto de ternura podemos ver que hay una tensión; la mano que se tiende no parece solo atraer, sino que parece al mismo tiempo retenerse. Como si un gesto demasiado fuerte o demasiado rápido pudiera herir. Justamente, como si pudiéramos destruir la irradiación de algo o de alguien. Quizás a causa de esa apertura, de ese abandono de la persona.

 

¿La retención – el movimiento hacia y al mismo tiempo la retención – no es justamente el verdadero sentido de la ternura, un impulso del corazón que busca la proximidad y al mismo tiempo guarda cierta distancia, con solicitud y respeto? ¿No sería justamente esa distancia de amor el lugar espiritual de la ternura?

 

La ternura es espiritual porque tiene esa doble tensión característica de ir hacia el otro conservando una distancia de amor. Esta ternura respeta la margen misteriosa del ser. También es invitación a la apertura, a irradiar. Ustedes saben, como yo, que cuando una mano tierna se acerca a otra mano o a un rostro, hay como una invitación a que el otro irradie. Un gesto o una mirada tierna pueden transformar realmente a alguien. Y en ese sentido, la ternura es creadora.

 

Como cuento en mi libro, hace poco uno de mis amigos que acompañaba a un amigo que iba a morir también de sida, me contó que su amigo se había puesto tan débil y deteriorado que le costaba permanecer mucho junto a él. Y para poder quedarse ahí compartiendo la ternura, se había fijado como objetivo de cada visita mirar un pequeño detalle de la persona de su amigo. Podía ser la curva de una pestaña o un grano de la piel, o bien decía él que miraba en el ojo de su amigo y veía las pajitas de oro que había en el fondo de su mirada. Y en esos detallitos encontraba la totalidad de su amigo. Era algo como el modelo del holograma, en que una parte contiene el todo. Y eso le había permitido permanecer ahí, compartiendo la ternura, y mantenerse fiel en cierto modo a los sentimientos que lo unían a su amigo.

 

[34:38] En la ternura uno se eclipsa, uno admira. Es en realidad una forma de contemplación. Es como poner su alma en un ser.

 

Cuento también en el libro algo sobre una mujer llamada Daniela, totalmente paralizada por una enfermedad neurológica, el síndrome de Charcot, que hace que no pueda moverse en lo más mínimo. Podía mover solo una falange que le permitía escribir con un computador. Pero esta joven mujer totalmente paralizada tuvo en los últimos momentos de su vida la ayuda de un enfermero con el cual tuvo un real intercambio de amor. Y ese hombre que la acompañaba le decía: “Tú no puedes tocarme con tus músculos, tú no puedes venir a mí con tus músculos que ya no se mueven. Pero puedes venir a mí con tu alma, puedes tocarme con tu alma.” y hablándole así le hacía sentir, le devolvía toda la dimensión de su ser, cuando era ya como un maniquí desarticulado. Eso quería decir que con su alma, con su presencia, ella podía ir al encuentro del otro que estaba presente. Ella podía tocarlo.

Entonces, quiero añadir que la ternura no es algo enfermizo como a menudo se piensa. Es interesante ver que en griego la ternura se dice storgè, y la raíz ster significa “sólido”. La ternura indicaría algo sólido, algo que sostiene con solidez, que fortifica. Storgè sería la acción que hace fuerte, la energía del amor que hace sólido. Y estamos entonces muy lejos de una ternura debilitante y enfermiza como vemos a veces. Es pues una fuerza que fortifica.

 

Y la ternura se siente a lo largo de los textos de Mauricio Zúndel. Nos habla de ella en todos ellos, y en el fondo, esta tarde deseo llamar su atención sobre este aspecto de la espiritualidad vivida a través del cuerpo, y que llamamos ternura.

 

[37:35] probablemente no medimos bastante cómo el mero hecho de estar ahí, en una presencia disponible, en silencio, en paz y confianza total en la danza de la vida puede ayudar a una persona angustiada a encontrar en sí misma la fuerza de morir. Esa fuerza, la fuerza de la ternura, se comunica de piel a piel, de alma a alma, de presencia a presencia.

 

Y terminaré simplemente mi charla que ustedes reciben de seguro como un testimonio y no como una reflexión teórica, expresando un deseo. Que cuando estemos con alguien próximo a morir podamos simplemente lentificar nuestro ritmo, detenernos, escuchar, abrir las antenas más finas para percibir los deseos, las necesidades más sutiles del otro. Que podamos poner en las manos y en la voz la ternura y el respeto de que somos capaces, conscientes de que esos últimos momentos de vida de una persona próxima a morir son momentos culminantes de una vida, y por tanto momentos extremadamente preciosos. Si lo hacemos, entonces creo que sentiremos la comunión humana que añoramos y de la que ayer decía yo que nos falta casi siempre.

 


[1] Mauricio Zundel, Ta parole comme une source, 85 sermons inédits de Maurice Zundel, (Tu palabra como una fuente. 85 sermones de Mauricio Zúndel), éd. Anne Sigier/Desclée 1987, pp403-405

 

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