Testimonio:

Más que bueno, el Padre Zúndel fue tierno. En la vida de un hombre se dibuja poco a poco una línea dominante. En los más grandes, esa línea resalta visiblemente. En el P. Zúndel, la línea que preside al orden de su vida es la ternura. La ternura es una cualidad del amor. Es más que la bondad, a la cual le gusta dar. La ternura es diferente de la misericordia, que ama perdonar, que atrae la miseria para colmarla. El corazón es tierno si se dilata de gozo cuando se deja penetrar por el otro, por sus cualidades, sus lagunas y sus defectos. Le gusta penetrar en el otro si él se lo permite, y sea cual fuere su estado, está listo a solicitar su amistad.

Por parte de Dios, la ternura sólo había hecho raras y deslumbrantes apariciones en el Antiguo Testamento. Su fuente estaba necesariamente en Dios. Al hacerse hombre el Hijo de Dios, aunque permanecía en Dios, la fuente de la ternura divina se le confió al hombre. ¡Eso es Jesús y el Sagrado Corazón de Jesús! Qué emoción deberíamos sentir cuando de pie, ante la muchedumbre de las grandes fiestas judías, Jesús, Corazón de Dios en el corazón del hombre, lanzó el grito: “el que tenga sed, que venga a mí y beba. El que crea en mí, dice la Escritura, de su seno brotarán ríos de agua viva”. Se refería al Espíritu que recibirían los que creyeran en él, pues todavía no había sido dado el Espíritu, porque Jesús no había sido glorificado. (Juan 7:37-40).

Ahora sabemos que en el fondo de todo hombre está impresa una fuente de ternura. Tenemos que descubrirla en nosotros y en los demás, ayudarle a brotar como manantial de agua viva. En su conducta con la samaritana, con la pecadora y con la mujer adúltera, Jesús nos revela el camino secreto de los corazones. ¿Lo sabíamos? El P. Zúndel lo había aprendido y enseñado. ¿No fue su ministerio el de un investigador de las fuentes divinas? Descubrió muchas de ellas que fluirán con abundancia.

El P. Zúndel sería ser un precursor en el arte de hacer surgir la vida. Antes de él, la Iglesia conoció sin duda la ternura, pero hoy en día la ternura ya no tiene el mismo estatuto que antes, si se puede hablar de estatuto al hablar de ternura. En los siglos pasados la Iglesia tuvo que establecerse y difundirse. Se implantó como fuerza y a veces hasta como fortaleza, a pesar de ciertos desvíos, quizás necesarios. Hoy, a pesar de otros desvíos, la libertad, que teme hasta las apariencias de restricción, no tendría más refugio que el ateísmo. La ternura de Dios, desconocida, se ha desplegado en la tierra para que en su beatitud respiremos nosotros nuestra propia libertad. Pero inclusive los cristianos se dejan invadir tanto por el miedo de la obligación que quieren alejar las intervenciones divinas lo más lejos posible en la historia y en las cosas humanas. ¡Qué drama el de nuestro tiempo!

El P. Zúndel vivía este drama. Su corazón estaba desgarrado. Dedicó su ministerio a disipar este error fatal. Quería ser testigo de una Iglesia que, sin negar su fe apostólica y sin abandonar en nada el poder que le entregó su Salvador, fuera totalmente: en sus estructuras, en sus declaraciones, en su modo de ser y de obrar y en sus ministros y sus fieles, el camino de la ternura de Dios como Madre humilde y magnánima para el corazón de todos los hombres.

¿Es imposible? No lo creemos. En este punto, el P. Zúndel, más que precursor, es un iniciador. Su modelo no es Juan Bautista que se detuvo a la entrada del Reino, sino Jesucristo que, “nacido de una mujer, nacido bajo la ley”, en la esclavitud, mediante su muerte y su resurrección, inauguró el Reino de la Ternura en la santidad misma de Dios. De esta clase de discípulos hablaba Jesús cuando decía que “el más pequeño en el Reino de los Cielos es más grande que Juan Bautista” (Mt. 11,11)

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El P. Zúndel conoció la lucha de sus determinismos originales contra la ternura divina. Quisiéramos aclarar su lucha y su victoria, pues es también nuestra lucha. La naturaleza había dotado al P. Zúndel con una energía y salud robustas, con una inteligencia y una imaginación vivas, un corazón y una sensibilidad de vibraciones infinitas. Desde su adolescencia, en ese terreno rico de pasiones, Dios había sembrado el gusto del Evangelio. La Virgen le había hecho presentir misteriosamente que la liberación de la ternura no se realizaría en él sino por la desapropiación de sí mismo que es la verdadera virginidad. Y parece que ella misma se encargó de esa tarea tan delicada (QHQD, p. 163).

Bajo el efecto de la ternura divina, supo arrancarse cada día a las fuerzas oscuras de su “yo prefabricado”: “No puedo sufrir mi ser,… sufrir mi historia, sufrir el universo pasional instalado en mí. Porque yo no soy todo eso. Todo eso me es impuesto… ¡Cómo podría yo encontrar apoyo en los demás que son como yo! A menos de encontrarme justamente con Otro. Otro, infinito, interior a mí… “Yo es Otro”. Es el nuevo nacimiento de que hablaba Jesús a Nicodemo” (Sermones de primera misa, en la revista “Choisir”, marzo de 1977, Ginebra, p. 9). Ese fue el combate personal del P. Zúndel, y también, podríamos decir, su testimonio único. ¿Escribió, dijo o sufrió otra cosa durante toda su vida, que lo que expresa en la introducción de su último libro (Qué Hombre y Qué Dios, p. 25): “el hombre nace del diálogo silencioso con el Huésped misterioso que lo libera de sí mismo, haciéndolo pasar de lo recibido pasivamente al don en que se realiza”?.

En su juventud nada parece anunciar la batalla cuyo campo sería su ardiente naturaleza. Tuvo una infancia muy hermosa con sus excelentes padres. La abadía de Einsiedeln dejó en su alma el gusto por la oración y la liturgia. En el seminario de Friburgo fue un alumno más que estudioso, y recibió una formación, unas líneas directoras de pastoral que pretendían guiarlo pero que fueron para él un escollo. Todo comenzará con su primer ministerio. Nombrado vicario de la parroquia de San José, en Ginebra, desempeñó una tarea doble: de pastor durante el día y de “estudioso” durante la noche. Así fue como adquirió una vasta cultura.

Se sumergió de inmediato en la inmensidad divina de la liturgia. Era para él ese espacio vital fuera del cual no podía respirar. Celebraba la misa con lentitud y con piedad ardiente. Asediaba al Cielo. Cuando cantaba las numerosas misas de réquiem en la iglesia parroquial, lanzaba la voz de manera fuerte para dejarla caer al final, tanto que más parecía gritar hacia el Señor que cantar. La liturgia parecía trabajarlo íntimamente. Zúndel tenía intensas alegrías transformantes pero que solo solazaban un poco su camino de Cruz con los demás y consigo mismo. Mientras más avanzaba en Dios, más sufría por el peso de la multitud de gente “que no había nacido” como decía él gimiendo.

Entre otras tareas le confiaron el patronato de niñas, de 10 a 16 años. Fue su primera obra que marcó su corazón y orientó su vida. Organizó todo con voluntad de hierro. Quería hacer de ese humilde patronato una escuela de santidad. Exigencias y autoridad trazan el camino. Cambian de nombre, para llamarse “Hogar”. Abre una capilla que será dedicada a la Sma. Trinidad. Refundó la obra al revés de lo que era y de lo que llegó a ser. Creó un Pequeño Consejo cuyos miembros fueron las personas ya dedicadas a la obra y que estaban admirablemente listas a entrar en esa espiritualidad y en esa “revolución”. Encima estaba un Gran Consejo compuesto de señoritas ya grandes cada una de las cuales debía asesorar un grupo de otras más jóvenes. El padre, naturalmente, estaba en la cima de la pirámide. Él era el jefe.

No aceptaba plegar la dignidad de Dios y la del hombre a una adaptación fácil, confundidas a este propósito con su palabra. Había que salir de la ignorancia y la vulgaridad para elevarse a la altura de una vocación divina. Tampoco toleraba el uso de lápiz labial ni de flores en las botoneras, ni las medias de color carne. Era severo, exigente y sin embargo fascinaba a las niñas por su vigor, su inteligencia y su voluntad. Lo temían. Una señal de alarma anunciaba su llegada. Pusieron inclusive unas barreras con bancos, para que no entrara en una sala, donde estaban reunidas las “pequeñas”.

Después de dos años bajo ese régimen, el P. Zúndel salió, como dijo él, “de su torre de marfil”, cuestionó los “consejos pastorales recibidos antes” y “comenzó” a cero para ir al encuentro de “sus hijas”. Más tarde les decía: “Ustedes son mis experiencias, a través de ustedes conocí yo el alma femenina”. El patronato de Niñas del n° 9 de la Calle de la Flecha fue su primer legado. Ahí descubrió una de las perlas de su vocación: comprender hasta ese punto la naturaleza de la mujer, su fuerza bajo las apariencias de fragilidad, al mismo tiempo que la fuente inagotable de ternura, capaz de renunciamientos heroicos, que puede hacer surgir todo en ella de repente cuando todo parecía perdido.

¡Qué bien comprendía a las mujeres del Evangelio y cómo comprendía a Jesús ante ellas! Jamás he encontrado sacerdotes o seglares que igualen al P. Zúndel en el conocimiento de la mujer. Las numerosas mujeres que lo siguieron no se equivocaron y su fidelidad acompañará al Padre hasta la tumba, estoy seguro.

Las niñas del Hogar, que seguirán siendo para él “sus hijitas” lo amaron profundamente. Cuando tuvo que salir, con dolor, de Ginebra para Roma, pasaba una parte de sus noches romanas escribiendo cartas semanales a muchas de ellas. Las quería hasta sorprenderlas confiándoles sus recuerdos. A una de ellas le decía: “Hace 40 años que la vi por primera vez… Estaba vestida con un saco tejido de lana café y una gorra del mismo color, con un moñito a un lado”. Las niñas del Patronato le habían enseñado al P. Zúndel que la ternura no se impone. A su vez, los pobres le hacen experimentar que la ternura “excusa todo, cree todo, soporta todo” (1 Co. 13,7)

¡Quizá no es cosa terrible caer en manos de la pobreza! Pero caer en manos de los pobres es otra cosa. Pronto toda Ginebra oyó hablar del P. Zúndel. Su corazón estuvo en un estado de sitio que sólo terminó con la muerte del sitiado. Trataba de defenderse. Bajo su puerta aparecía una nota: “Inútil tocar, el P. Zúndel está sin centavo”. Pero tocaban. El pobre padre se ponía a mendigar. Pedía a sus colegas, los cuales se esforzaban por “abrirle los ojos”: Están abusando de Usted – No tengo derecho de juzgarlos”, suspiraba el padre. A veces hacía humor. Un antiguo estudiante de derecho que terminaba de través lo importunaba. Entonces, el padre riendo contó en la mesa más o menos en los términos siguientes un diálogo que acababa de tener:

El padre: “Ud. Debería buscar trabajo.

– el otro: “Yo me presenté a un trabajo, Señor.

– ¿Y en qué va el asunto?

Sigue su curso, Señor.

– ¿Y a quién debe presentarse entonces?

– A la persona indicada, Señor.

A veces el P. se enojaba, pero terminaba por ceder. Para socorrer a un pobre vendió el cáliz precioso que le habían regalado. No guardaba nada para sí: un día que no tenía dinero, dio la sobrecama nueva que le acababan de regalar. Le resonaba pues en los oídos la orden seca del Evangelio, aceptada una vez por todas: “Al que te pida, dale, y al que te quite algo, no le reclames” (Lc. 6,50). El Padre le daba a quien pidiera. ¡Y qué no le pedían! Consejos, predicaciones, confesiones, disponibilidad sin límites.

Después de las “niñas del Hogar que le enseñaron la ternura y los pobres de todos los horizontes de la pobreza que le enseñaron la desapropiación, faltaba que la ternura divina liberara de él mismo y de su temperamento la personalidad del P. Zúndel. Era autoritario, de una pieza, absoluto y voluntario hasta la rigidez. Lo será hasta la muerte. Pero en adelante, lo vigilará con la atenta mirada de su corazón.

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En la Calle de la Flecha comenzó el despojamiento de sí mismo que debía poner al P. Zúndel en el camino de su vocación. Pero todo no vino de un golpe. El autoritarismo que él temperaba con los impulsos del corazón deformaba en su pensamiento el verdadero sentido de la autoridad legítima.

Por eso el P. Zúndel sentía mucha simpatía por la Acción Francesa. Leía y comentaba a las más grandes de “sus hijas” artículos de Charles Maurras y de León Daudet. Lo consternó que Pío XI condenara el periódico y su movimiento, pero también lo liberó. Lo forzó a descubrir el error religioso en las tendencias de Maurras. Esta liberación en el terreno temporal le ayudó a desenmascarar una tendencia análoga en ciertos sistemas teológicos.

Enviado a Roma, le gustó primero una escolástica que se estaba renovando. En ella encontró, según la expresión de Garrigou-Lagrange, creo, “con qué hacer su nido”: alusión a la apreciación final de Santo Tomás de Aquino (1) sobre su obra, cuando dijo a su secretario que lo urgía para que continuara: “No es sino paja”. Sin embargo cuando le preguntaron más tarde qué había sacado de la escolástica estudiada en Roma, respondió alegremente: “Es excelente, a condición de salir de ahí”. ¿Salir de qué? No de una teología rigurosamente auténtica, sino de un sistema teológico que a fuerza de rigor y de buena fe oculta la fe y su espíritu evangélico. Por esta última victoria, salía él de todo espíritu sistemático. Jamás volvió a eso: estaba libre.

Pero solo la Cruz libera profundamente.

El P. Zúndel comenzó a sentir la Cruz cuando tuvo que salir de la parroquia de San José. Entonces no sabía qué pasaba. Pero lo adivinaba lo suficiente como para sufrir cruelmente de una injusticia y de una decisión de la autoridad eclesiástica torpe y mal informada. En esa época el obispo podía desplazar a un simple vicario sin ninguna explicación. Du nombramiento, según preveía el derecho canónico, era “ad nutum episcopi”, es decir según la voluntad del obispo. Y así fue desplazado el P. Zúndel. Fue enviado a Roma a pasar una licencia en teología dogmática. Algunos pensaban proteger su fe manteniéndolo en el tomismo. Pero Zúndel, ávido de toda verdad, no se sentía cómodo en el pensamiento de la persona.

Al final de su última misa en el Hogar, ante sus “hijitas”, le oyeron decir estas palabras angustiadas: “Oren, oren… para que yo no pierda la fe…” Luego se volvió bruscamente contra la pared. La asamblea estaba consternada. Unos instantes después se volvió hacia ella y con la mirada fija, perdida y lejana, en una actitud que se le volvió familiar, dejó salir estas palabras de resignación: “De todos modos es mejor ser molido dentro de la Iglesia que fuera de ella.

Y se fue, sin quejarse.

Solo 20 años más tarde supo, por boca del obispo mismo, la causa de su cambio: lo habían acusado de una falta grave cometida por otro sacerdote. ¿Qué se podía esperar de parte del padre Zúndel? Algo inverosímil que le parecerá en adelante la regla misma del Evangelio: se fue en seguida donde el sacerdote culpable y le pidió que lo confesara. El sacerdote ignoraba que su penitente lo sabía todo.

Muy lejos de condenar al culpable, el P. Zúndel se humilló ante él. Y cuando murió el sacerdote, sin nombrarlo, confiaba que ese día había descubierto el sentido del sacramento de la penitencia: “Se había humillado ante toda la humanidad, decía, y se sintió culpable de todos los pecados del mundo”. Ese era el misterio mismo de Cristo. Participando en su muerte, llevamos con él el pecado del mundo; si no, no tenemos parte en su muerte por el pecado. Qué lejos estamos de reflexiones aparentemente plausibles que escuchamos a veces: “¿Porqué presentar mis pecados ante un hombre pecador como yo?” El P. Zúndel se hizo entonces Padre de todos y a pesar de todo.

¡Qué camino recorrido! ¿Es todavía el mismo hombre que el antiguo capellán del Patronato de Niñas? Cómo explicar ahora lo que decía entonces, cosas como “Es inadmisible recibir al sacerdote en la cocina. Todos tienen al menos un cuarto. Que lo reciban allá”. Y esas niñas de medio obrero no se atrevían a replicar: “Padre, en la casa, en invierno, ese es el único cuarto calentado”. Esa transformación radical de perspectiva en la vida del P. Zúndel parece indicar a los cristianos el cambio necesario de espíritu.

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Una vez liberada, la ternura divina podía desplegar progresivamente en el corazón del P. Zúndel su paz comunicativa. Su naturaleza estaba definitivamente transformada. Sus gestos y actitudes, sus palabras y su mirada podían seguir ejerciendo cierto poder a su derredor pero ya solo era la afirmación categórica de una gracia de libertad. En él se podía percibir el mundo de la interioridad divina. El alma de su predicación, de su contacto y de su confidencia no expresaba ya sino la ternura de Dios hacia los hombres. El misterio de la Sma. Trinidad se había convertido en el centro de su intimidad y de su irradiación. Era el misterio del Otro, fuera del cual nadie podía realizar integralmente su persona y su paz.

Nadie podrá describir cómo se produjo la ósmosis espiritual entre las tres Personas divinas y la personalidad del P. Zúndel en crecimiento. Él, que confiaba su sufrimiento esencial al comienzo de su ministerio diciendo: ¿Cómo hablar de la Sma. Trinidad sin tener al menos alguna experiencia de Dios? Ahora parece haber dado el paso. Su palabra será eco directo de una conducta de testimonios irrecusables.

Aunque fue de trato austero, misterioso y casi distante, su humilde ternura en búsqueda de hospitalidad en el alma del otro, supo tocar pobres, artistas, hombres y mujeres de toda condición. Los niños especialmente se maravillaban de su luz. El P. Zúndel sabía hablarles. Un niño entonces de 8 años recuerda que ese padre de sotana blanca, jugaba con él al balón a sus cuatro años y después del juego le había revelado que un sol brillaba en su corazoncito. Y el niño se hizo a su vez luminoso con esa luz. Viendo a su mamá preocupada y triste, le decía: “Mamá, ven a calentarte junto a mí”. ¿No sería la frase “El que ilumina y calienta” la que expresa a Dios de la mejor manera para nosotros?

Es la revelación de Dios que el P. Zúndel deseaba enseñar a ese niño al preguntarle un día: “¿Cuándo te encuentras con el buen Dios?” Y el padre terminaba diciendo: “Cuando tú eres bueno”.

Estas palabras son el programa mismo de los creyentes y de la Iglesia. ¿Cuándo seremos pues apóstoles? ¿Cuándo será que la liturgia comunique a Dios? No cuando se hable solo de doctrina, o se hagan acciones, o se modifiquen definitivamente las ceremonias o los cantos litúrgicos, sino cuando los que hablen, los que actúen, los que celebren la misa o participen en ella sean buenos. Pues entonces serán como Dios, comunicativos. Y si su bondad es tierna, serán penetrantes o mejor, estarán casi dentro del corazón de los demás.

La providencia hizo que tal mensaje fuera escuchado en alto lugar. Con su fina sensibilidad, Pablo VI había adivinado en el P. Zúndel al hombre que podía hablar de “la problemática de nuestro tiempo”, y lo invitó a predicar el retiro anual de 1972 en el Vaticano. El padre no tiene sino un mes para prepararse, tiene su agenda muy llena de compromisos inevitables. Escogido de imprevisto, solo puede hablar de lo que abunda en su corazón, es decir de lo que es su vida. Esas circunstancias convenían para su último y supremo testimonio. Si leemos las páginas de ese retiro (Qué Hombre y Qué Dios, Editorial Fayard), sin relación aparente unas con otras, veremos con gozo que todo Zúndel está ahí, ahí vibra y ahí se entrega.

Ante el auditorio “más augusto de la tierra”, como escribe, no omite nada de las exigencias de nuestra época, del camino seguro que es la conciencia del hombre liberada de presiones, respetada en su inviolabilidad, comprendida en sus aspiraciones profundas que no son sino los llamados y los toques de la gracia. No atenúa en nada su convicción adquirida de su experiencia. Con piedad, ya que tiene horror de la rebeldía, pide a la Iglesia que renuncie a todo lo que es parte del sistema, tanto en la enseñanza del dogma, de la moral y de la exégesis como en la práctica de una pastoral y de la jurisdicción. Ese retiro, creemos, contará en la evolución de la Curia romana.

Se puede lamentar que una proposición que hizo Pablo VI al P. Zúndel no haya tenido efecto. Al despedirse del Vaticano, el P. Zúndel tuvo una segunda audiencia particular con el Papa el cual, agradeciéndole, le dijo estas cálidas palabras: “Sepa que en mí tiene un amigo”. Y luego, mostrando el catecismo que el P. Zúndel había escrito en Egipto (2) y que se encontraba sobre su mesa, el Papa le preguntó si no podía volver a trabajar sobre esa obra.

Yo le pregunté al P. Zúndel: “¿En el pensamiento del Papa, ese catecismo debía hacer contrapeso al Catecismo holandés?

– Yo no sé, me respondió. El Papa no me dijo nada de eso.

– ¿Si emprende ese trabajo, continué yo, iría Ud. tan lejos como los autores del Catecismo holandés?

– El P. Zúndel estalló en una sonora carcajada y dijo: Yo iría mucho más lejos, pero esas audacias no alarmarían el Vaticano, porque procederían del misterio mismo de la Sma. Trinidad. Sin embargo, es probable que yo nunca escriba ese catecismo; no tendría tiempo para ello.

Ese catecismo hubiera indicado una vez más que las dificultades que oponemos a la Iglesia no tienen solución en las alteraciones que impondríamos a la fe o a su doctrina. Una síntesis teológica superior responde mejor a la parte de verdad contenida en las tendencias y recriminaciones del mundo, porque al superarlas las contiene, las corrige y da satisfacción a todas. Una espiritualidad más profunda terminaría este trabajo haciéndonos conocer mejor por el corazón a Aquél en quien todas las cosas encuentran su armonía.

¿Nos lamentaremos de que ese catecismo no haya visto la luz del día? Tal vez no. Primero, porque su contenido eventual ya está en las obras del P. Zúndel. Por otra parte, un catecismo es una especie de manual. Y como tal no sería del gusto de la mente del padre, ni les habría gustado a quienes les repugnan los tratados sistemáticos.

Le faltaba al P. Zúndel coronar en la muerte la victoria de su fe en el hombre mediante su fe en Dios. Mientras que hacia 1971 se sentía tan joven, decía él, que podía emprender todavía grandes cosas, de repente en febrero de 1975 le dijo a un amigo: “Tengo el presentimiento de que voy a morir este año”. Y murió efectivamente el 10 de agosto siguiente. Sin embargo, entre el primer golpe de la enfermedad (hemorragia cerebral) que sufrió y el último, transcurrieron cinco meses. En el intervalo perdió en parte el uso de sus miembros, pero sobre todo, perdió la memoria de los mecanismos del lenguaje, mientras que la posesión de sus facultades permaneció perfecta. Le falló la palabra que brotaba en él al ritmo de su pensamiento. 

Aunque su tormento fue grande, solo una vez, al principio, percibí yo una ínfima impaciencia. Muy pronto se sometió a las exigencias de su mal. Quiso luchar con tenacidad contra su enfermedad siguiendo lecciones de ortofonía tan agotadoras como inútiles. Ya había pasado la época en que trataba su cuerpo como se le antojaba. Ahora tenía que alcanzar otra victoria, la última, que completaría todas las demás: ¿triunfaría la ternura de Dios sobre la angustia de los hombres? 

El P. Zúndel fue muy sensible, se inquietaba a menudo y, a pesar de su fe embriagadora y entusiasta, sufrió una angustia que creció con los años y las consolaciones que prodigaba. Su conciencia delicada y escrupulosa agudizaba esa angustia hasta el infinito ante la ternura infinita de la Majestad divina. Durante esos meses de prueba, repetía a menudo a sus pocos amigos sacerdotes: “Tengo miedo… tengo miedo”. Esa confesión de niño era desgarradora en los labios de ese ardiente luchador. Necesitaba entonces la palabra de otro, así fuera muy pobre, para darle un momento de solaz.

En los momentos de grande sufrimiento se le oía también gritar: “¡Mamá, mamá…!” ¿Era un grito instintivo llamando a su madre terrestre fallecida desde tiempos? ¿O más bien un llamado a la Virgen María, su Madre celestial? ¡Sin duda! Pero en su retiro del Vaticano se explicó sobre el papel irremplazable de María: Ella “es incomparablemente capaz de hacernos sentir maternalmente la ternura infinitamente maternal de Dios y de autorizarnos a dirigirnos a él en femenino, como a nuestra Madre. Así la palabrita “mamá” puede llegar a ser un grito de nuestro ser, la oración que expresa todo, que pide todo y que da todo.” (Qué Hombre y Qué Dios, p. 164,165)

Y el P. Zúndel murió sin agonía: la angustia original del hombre se había resorbido de repente en la ternura de Dios. ¿Se puede hablar de heroicidad a propósito del P. Zúndel? Sin lugar a dudas, practicó por los dos cabos de su ser: en la desapropiación de sí mismo para acoger perfectamente al Otro.

* * * * * * *

¿Qué quedará de él? Una vez decantado de su estilo de vida, a veces sorprendente, el P. Zúndel seguirá siendo el místico moderno que necesita nuestro tiempo. Él conoce esta época. Estudió sus mejores representantes, pensadores, hombres de letras y de ciencia. Mejor aún, él mismo es moderno. Amante de conocimiento y de acción, resueltamente orientado hacia el devenir del mundo, apasionado de libertad, rechazando toda restricción, tenía un alma tumultuosa a la manera quizá de Lammenais. Habría podido terminar indignado, pero terminó en la ternura. ¿Porqué? Él, que a propósito de sus obras se opuso a tantos teólogos hasta por matices de palabras, como para proteger su bien supremo, la libertad de conciencia y la de la Verdad, indisolublemente unidas en él como lo están en Dios. ¿Porqué?

Pudo aprovechar de los ejemplos de revoluciones anteriores y ambiguas. Sin embargo, la razón de la victoria de la ternura sobre su temperamento debemos buscarla más al fondo de él, allá donde se decide la suerte de la persona, en el espacio de verdad en que la libertad y la fe se reconocen y se abrazan. El P. Zúndel encontraba en su íntima experiencia la luz para deshacer los nudos de los embrollos humanos. Al respecto tenía palabras sibilinas pero que resolvían en lo profundo lo que queda por resolver en la superficie: “En Dios no hay problema y fuera de Dios no hay soluciones”. En estas alturas es donde germina la libertad; allá fueron selladas las dos alianzas de Dios con los hombres.

El P. Zúndel se abre así un camino entre la objetividad pura que conduce al totalitarismo y la subjetividad pura que conduce al suicidio. Nuestra época toca a esos dos extremos. En los dos casos se acaba con la libertad y la ternura. Entre los dos, en la cima o en la sima, da lo mismo, pasa el sendero, la vía estrecha: el camino del corazón. Esta vía no es nueva en la Iglesia. Pero hay que volver sin cesar a descubrir la pista y reconstruirla en el día de hoy con materiales modernos.

Disminuiríamos al P. Zúndel si lo aislamos. Descubrimos mejor el sentido de su vocación poniéndolo en la corriente de fondo que renueva la Iglesia de este tiempo y que el Vaticano II acaba de autentificar. ¿No se mueve el P. Zúndel en esos espacios infinitos en que entró Newman que quizás estuvo solo (Jean Guitton, Diálogo con Pablo VI, p. 160), como se ha escrito, para comprender en el siglo pasado que se podía explorar la consciencia… Que no nos llevaría a la nada sino al Ser, que la ciencia del devenir no nos llevaría a disolver el cristianismo sino a comprenderlo en sus profundidades?

Indudablemente, ciencia y conciencia se desarrollaron en los últimos siglos fuera de la Iglesia y a veces contra ella. ¿Es eso una desgracia en todo punto? ¿Debe todo lo humano tener su origen en la Iglesia jerárquica? ¿No arriesgaríamos entonces confundir Iglesia y Desarrollo humano? ¿No es mejor que el mundo, conforme a su vocación (pues también tiene vocación), descubra en sí aspiraciones que la Iglesia reconozca después como verdaderas y las asuma, para permitirles consumarse en Dios a quien buscan a menudo sin saberlo? ¿No es ése el sentido mismo de la existencia del P. Zúndel y el soplo de su vida: permitir a Dios realizar en nosotros el matrimonio perfecto de su infinita ternura con nuestra libertad humana? A este título, la teología dogmática y moral, la predicación, la pastoral, sobre todo en el contacto espiritual con el hombre total, podrán beneficiar prestando una atención particular a la espiritualidad del P. Zúndel. Indudablemente, él no experimentó todo ni dijo todo. Ésa no era su misión. Su papel era abrir a nuestros contemporáneos la puerta del fondo, la puerta del misterio. Después de él, quienes se dediquen a tareas más orgánicas discernirán en él un guía seguro y comprensivo.

Se trata de construir de nuevo en la Iglesia. El P. Zúndel era consciente de ello. Él hizo su trabajo (3). Nosotros tenemos que realizar el nuestro. ¿No sería una victoria de la Iglesia, crucificada en nuestros días, si el mundo puede ver aparecer en aquella de quien se alejan, la ternura del Dios rechazado que creían definitivamente muerto?

Notas.

[1] No cesó de venerar a Santo Tomás, el cual, hacía notar él, dominaba su sistema racional mediante el misterio mismo de Jesús del que vivía.

[2] Este catecismo por preguntas y respuestas fue primero policopiado y publicado por el P. Moos O.P., si no me equivoco, y después fue publicado en su estado primitivo de manual, pues el P. Zúndel no tuvo tiempo de volverlo a trabajar.

[3] Sería interesante ver cómo, mediante los dos polos de su espiritualidad (desapropiación de sí mismo y acogida del Otro), habitualmente encuentra el P. Zúndel su puesto en la santidad alta y moderna de la admirable Teresa de Lisieux.

 

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