Landévennec 9-13 de junio de 1981


9ª Conferencia: EL PECADO ORIGINAL – EL MISTERIO DE LA CRUZ


Nota: En la perspectiva que tomamos con Zúndel, habríamos podido abordar muchos otros temas.

-La Iglesia y los Sacramentos, como misterio de humildad y de pobreza;

-La infalibilidad del Papa, en una Iglesia totalmente desapropiada de sí misma y totalmente pobre para dejar que Cristo hable;

-La Virgen María, anuncio y puerta de la transparencia de Jesús, introductora de Cristo y que revela por su feminidad que Dios es padre y madre a la vez (ayuda para no ver en Dios solo al “padre” autoritario ya que también es delicadeza). Enraizamiento de la feminidad en la Trinidad, tan importante como el enraizamiento de Jesús en la Trinidad: en ella todo se debe ver a partir de Jesús. Ella es “Hija de su Hijo” (Dante). Su “sí” es para el “sí” de Jesús. Ejemplo de procreación que tiene por resultado una persona (mientras la maternidad ordinaria se sitúa en el orden de la naturaleza) y entonces su maternidad solo puede ser virginal, pues Jesús solo podía nacer de un “sí” de un “yo” oblativo. Como escribió Zúndel, María es el “sueño de Dios realizado por la mujer”, y así es como María engendra al hombre a la vida de la persona.

-La moral y la mística; muerte e inmortalidad, resurrección de los cuerpos, respeto de las pasiones y secreto de la castidad: no rechazar sino superar, ofrenda, conversión de todas las potencias hacia más que sí mismo;

-Amor y sexualidad,

-Derecho de propiedad,

-Silencio y alegría…

Pero volvamos al problema del Mal y a sus consecuencias.

Giacopone da Todi escribió: “El Amor no es amado”. Ése es el secreto del Mal en el hombre, su única razón. La total alteridad de Dios, su gratuidad, no encuentra respuesta absoluta en el hombre. Nuestra relación con Dios está a menudo en crisis.

En estas condiciones, la respuesta de Dios no podía ser sino un amor de víctima y la crucifixión de Jesús. Hubo santos que lloraban porque la creación no tuvo éxito, porque “el amor no es amado”. Francisco de Asís se volvió ciego después de llorar así durante 20 años.

Solo hay mal en un rechazo de existir y de ser. Pero en nosotros, en nuestro estado de rechazo hay consecuencias infinitas pues el mal es parásito del infinito y no podemos liberarnos de él sino mediante el encuentro con el infinito. Ahí está el secreto de la reconciliación: reconciliarse con el infinito.

El pecado consiste en aferrarse a su estado de individuo, en mirarse a sí mismo, negándose a lo más profundo que hay en sí mismo. Mientras que el hombre no unificado por dentro es como un buque sin mástil, a la merced de todas las tormentas, del absurdo (es in-sensato). A ese rechazo, Dios solo puede responder con una fidelidad desgarrada y desgarradora hasta que prepare en el hombre una respuesta, hasta que el Amor responda finalmente al amor”.

Por eso, todo pecado del hombre es pecado original, es decir, negarse a ser origen. El pecador puede des-crearse, rehusando ser yo-origen, yo-fuente, y encerrándose en su yo prefabricado. Inversamente, cada vez que nos hacemos yo-fuente re-creamos el universo. Eso significa que el pecado original re-comienza en cada uno (o que cada uno lo vuelve a comenzar en sí mismo).

Teológicamente, en el sentido más específico, el pecado original es el primer pecado del primer hombre libre en el universo. Y ese primer movimiento de pensamiento es inicio de libertad, y por ello, de verdad con la creación. Ese primer movimiento del pensamiento tiene consecuencias metafísicas, responsabilidad capital, que se repercute hacia adelante y hacia atrás. Ese negarse a ser origen, a ser creador, tuvo consecuencias incalculables, por ser un pensamiento que no se injertó en el universo, sino que se puso de través en el tejido mismo del universo, y si el corazón desfallece, el temblor se trasmite a todo el universo.

¿Es un acto de la primera pareja humana, o de otra pareja? ¿Tuvo lugar en un punto preciso o en varios lugares a la vez? Para todo esto, y para las discusiones sobre monogenismo o poligenismo, sobre monofiletismo o polifiletismo, se trata de hipótesis y de tentativas de la ciencia. Y en el fondo tiene poca importancia; eso no cambia nada respecto al pecado original. Lo importante es que se trata del despertar del pensamiento. Cf. Rm. 5, 12: “Así como por un solo hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte… (así también) la gracia de Dios y el don conferido en la gracia de un solo hombre, Jesucristo, se difundieron profusamente…” “Un solo hombre, un representante de la humanidad.

Sin duda, no se debe seguir demasiado a la letra el relato bíblico del Génesis: la manera de presentar el acto creador (¡sin testigos!) podría inducirnos a error en nuestra manera de hablar del primer acto del pensamiento. ¿Podía ser una “prohibición” de parte de Dios – no tocar al árbol del bien y del mal, que algunos asocian con la sexualidad – y Dios se presentaría entonces como alguien que recurre a prohibiciones, como un reto que suscita como resultado el deseo?

Una vez más hay que referirse a la persona de Jesús, a la Cruz. Ésta es una herida de amor y entonces el pecado original solo puede ser una herida de amor. El pecado original es un pecado de amor y no una trampa que Dios le habría puesto al hombre. No podía ser sino un llamado al altruismo, una respuesta de amor a un llamado de amor. “El Amor no es amado”: ése es también el sentido y el secreto del pecado original. Hubo una traición de amor y por eso desde el primer instante comenzó la pasión de Jesús. “Jesús está en agonía desde el comienzo del mundo”, escribió Zúndel, adaptando el pensamiento de Pascal, que tenía razón de hablar de una agonía “hasta el fin del mundo”.

En su respeto por el hombre, Dios lo hizo árbitro de la creación, y el hombre condenó a Dios. Hay que tomar la creación como un riesgo y no como un capricho. Dios corrió el riesgo del rechazo del hombre y entonces la libertad humana tiene un precio infinito, una presencia extraordinaria para Dios. Y si el hombre rehúsa, todo el universo queda en la incoherencia. Ése es el pecado: el universo se volvió absurdo para Dios, la armonía que se preparaba quedó en pedazos.

Pero lo absurdo de nuestra experiencia es una prueba irrefutable de la existencia de una trascendencia. El que denuncia el absurdo lo hace a partir de la experiencia de la armonía. El absurdo proclama la existencia de un meta-absurdo, de un trans-absurdo. Dios sigue amando, sigue en estado de amor. Y por eso Cristo, revelación de la Trinidad, es para todos los tiempos el ícono indeleble de un Amor crucificado. La Cruz es signo de la fragilidad de Dios. El Todopoderoso puede ser terriblemente herido: cf. Cristo en el Pretorio, quieren desnudar a Dios, aplastar en el tiempo lo que es eterno. Lo que desarma es la fragilidad de Dios, su humildad en su compasión para con el hombre. Sufre a través del hombre mismo (cfr. Mme. de Sevigné: “Me duele su cabeza”), sufre en compasión por el hombre. En la Cruz, Jesús sufre a la vez por los límites impuestos a Dios y por los límites impuestos a la naturaleza humana, unos y otros impuestos por el hombre mismo. Eso es la Pasión. Jesús siente el dolor a través del pecho del hombre que es capacidad de infinito, de manera que hace el gesto que sella para siempre el secreto: el hombre, igual a Dios. Si es necesario que Dios dé su vida por un hombre, para restablecer el diálogo entre el hombre y Dios, eso demuestra que el deseo de Dios era hacer del hombre un ser de diálogo, ser Su igual. Y para eso, Dios sella los gestos indelebles: en la Cruz, Dios da en un hombre toda su vida de Dios.

De esos gestos tenemos anuncios en el Evangelio: así el lavatorio de los pies, Dios arrodillado a los pies del hombre, para enseñarle al hombre que logrará su verdadera grandeza en la desposesión de sí mismo.

En la Cruz, la ecuación se hizo total y perfecta: el hombre = Dios, pero mediante la desapropiación perfecta. Por ese gesto, Jesús compensa todas nuestras fallas al amor. Al poner en el platillo el contrapeso, nos da igualmente la oportunidad de redimirnos en él, a través del contrapeso que es él, en la medida en que aceptemos liberarnos en él, cuando hayan caído todos nuestros rechazos de amor y hayamos vuelto a la condición de personas.

Así, la Cruz es la suprema revelación que Jesús hace sobre Dios y sobre el hombre: sobre un Dios que espera todo de su interioridad y sobre un hombre que, ante la Cruz, comprende el precio infinito que representa a los ojos de Dios, todo el peso de amor que tiene para Dios. Entonces el valor de la Cruz es infinito para todos los hombres de todos los tiempos y lugares, para los que saben y los que ignoran, porque Jesús es El Hombre total, sin fronteras. La Cruz engloba toda la historia, el antes y el después.

En esta perspectiva, la Cruz no borra el mal porque es fruto del hombre libre, sino que permite que el vacío del rechazo del hombre sea colmado por el “sí” del amor infinito, de un yo oblativo infinito.

La redención no es pues el pago de una deuda, considerada en el plano de la justicia, como fruto de un cálculo. Sino que es como la creación, fruto de un altruismo perfecto, de pura gratuidad, en el universo del Amor. Jesús “pesa cada alma con el peso de su propia vida, a fin de elevarla al nivel de la Trinidad” y por eso “él se hace pecado” (2Co. 5:21), identificándose con el hombre que se niega, identificado con el infierno del hombre, y rechazado por los hombres, perseguido, como Verbo encarnado solidario de Dios, por todos los rechazos que se oponen a su amor y culminan en su crucifixión (cf. QHQD, p. 148).

Entonces la muerte de Jesús no es solo fruto de las sevicias sufridas (después se inventaron otras, más atroces), sino una muerte de adentro, espiritual. Al nivel de su conciencia experimental, Jesús es solidario con todos los hombres. Pero al nivel de su conciencia profética, es solidario, responsable del anuncio de Dios, que está como oculto. Y está estirado entre los dos. Esa presencia simultánea de la inocencia perfecta y la culpabilidad infinita en Jesús es lo que provoca su muerte desde adentro, mucho más de lo que las heridas de la crucifixión la provocan desde afuera.

Qué Hombre y Qué Dios, p.l48: “Jesús se sintió identificado con el mal – cuyo horror conocía en la visión misma de Dios – hecho su garante y como el responsable de todos los reniegos, tan invadido por su horrorosa realidad que sus verdugos le parecían quizá menos culpables que él mismo, con el anatema infinito que pesaba sobre él”.

El poema de la santa liturgia, p.225: “Va a morir, de esa muerte indecible que viene de adentro, donde el alma es herida y molida en los más íntimos secretos de su ser, aun antes de que el cuerpo haya podido sentir sus heridas. Va a morir de esa muerte única en su atrocidad en que la muerte misteriosa del alma, crucificada por el gran anatema de la terrible Ausencia, precipita la agonía del cuerpo suspendido y lo entrega a la muerte visible que es solo un reflejo de la suya”.

Esa muerte tiene motivación sobrenatural, voluntariamente asumida como misión: es muerte “por sustitución”. Jesús muere de nuestra muerte, para que nosotros tengamos su vida. Y por eso la muerte de Jesús es quizás el mayor milagro que exista. La inmortalidad es para él connatural en cierto modo, y la muerte es una especie de milagro al revés.

En este sentido, la Resurrección de Jesús – como el milagro – no es un problema; es lógica, conforme con la naturaleza de Jesús, y por eso Zúndel habla poco de ella. Para encontrar lo que pone problema hay que ir con el mal hasta el origen. Y así nos encontramos con la Redención; todo hombre que se abre a la interioridad de Jesús resucita con él. La resurrección es la respiración natural de Jesús, manifestación de su interioridad: y cuando aparece a sus discípulos, es su interioridad lo que aparece, su caridad suprema es que toma una exterioridad que pueda reconocerse. Así, a María Magdalena, infinitamente delicada: “No me toques…” pero para Tomás, hombre de experiencia, acepta dejarse tocar: respeto del nivel de interioridad de cada uno. Un Dios que es puro altruismo, totalmente desapropiado, no se lo puede eliminar, matarlo, y cuando aparece de nuevo, retoma simplemente su interior y se deja ver a condición de que la mirada sea capaz de percibirlo.

Jesús es pues realmente la puerta de la resurrección, el primer resucitado. Y ante la Cruz es necesario no solo tener compasión, sino también descifrar el testimonio de la grandeza del hombre. El hombre tenía que ser verdaderamente grande para que Dios aceptara hacerse crucificar para atraerlo hacia Él.

Toda persona entregada al amor – especialmente los santos intuyen esa grandeza. Y el mismo Nietzsche, sin saber el valor de lo que afirmaba (hablaba del lazo entre el hombre y la mujer), pudo escribir: “Que vuestro amor sea compasión por los dioses sufrientes y ocultos”. Zúndel ve ahí la intuición de una solidaridad revolucionaria con todos los hombres y con Cristo (cf. QHQD, p. 190), “reconocimiento, en todo hombre, de un Infinito misteriosamente cautivo y que el amor debería dedicarse a liberar”.

Delante de la Cruz, nos queda por realizar una acción concreta y dinámica, para impedir que el universo hiera a Dios, combatiendo el mal por la apertura total de sí mismo al Otro y a los demás. Ahí está su grandeza última. Tenemos que des-crucificar a Cristo.

Es lo que significan las prodigiosas palabras de Graham Greene: "Amar a Dios es quererlo proteger de nosotros mismos” (citado en QHQD, p.90).

(Fin de la conferencia)

 

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