Landevennec 9-13 junio de 1981

8ª Conferencia: LA CREACIÓN – EL PROBLEMA DEL MAL

 

La existencia del Mal es la objeción más difundida contra la existencia de Dios. Si Dios existe, ¿cómo es posible que veamos una creación tan mal hecha? ¿Porqué tantos dolores y sufrimientos?

Acusación dolorosa para Zúndel: “Me irrito cuando me dicen que Dios permite el mal o es insensible ante el mal, cuando Dios es su primera víctima”. El misterio de la Cruz pone en evidencia la profundidad del mal y la respuesta que pide, y permite comprender lo que pudo o hubiera podido ser la Creación, y la relación entre Dios y la Creación. Entonces, a partir de Jesús podemos abordar la Creación, el problema del mal y la Redención.

 

La Creación

De la creación no hubo testigos. El relato del Génesis es muy posterior y muestra lo que el hombre podía imaginar, pues es obra de un hombre o de una comunidad. No hay pues que tomar el texto a la letra, sino interpretarlo a partir de la persona de Jesús. Y Jesús nos revela que Dios es Amor, que es Espíritu, que Dios es altruista y que Dios es personal. ¿Cómo puede ser entonces que el gesto de un Dios personal tenga como resultado una creación impersonal? Es imposible. Hay que situar el gesto de Dios como una relación interpersonal, entre una interioridad y otra (como la Alianza: alianza con la interioridad de un pueblo), todo lo demás viene después. El universo fue creado solo con miras a ese momento en que por fin interior a sí mismo entra en relación con Dios. La creación solo tiene sentido por el interior y no por sus consecuencias externas. Quizás también el tiempo es consecuencia de un instante de eternidad que podía ser diálogo de amor. Por eso el tiempo comienza con la Creación.

Considerando a Dios creador como una especie suprema de ingeniero damos pie a la objeción: ¿cómo fue que le salió tan mal? ¿Porqué está tan mal ajustado el universo? ¿Y cómo es que el hombre está metido en una aventura que no escogió, pues llega al final de un programa pre-establecido? Como si la creación pudiera no ser una aventura de una persona con una Persona que espera que esa persona nazca y entre en contacto íntimo con esa otra Persona.

No podemos pues imaginar la creación como una gran mecánica. La hipótesis “fabricadora”, que concibe a Dios como un artesano que crea un universo terminado con un destino predeterminado es insuficiente para explicar la finalidad de la creación, la cual es un cara a cara con el Creador. Pretende explicar mediante causalidad eficiente o formal, cuando lo importante es la causa final, que es intencionalidad, intención de amor.

Esa es, en efecto, la intención de la Creación: una comunicación de amor. Si Dios es Espíritu y Amor, la finalidad es una cita de amor entre Dios y el universo, y de ahí viene todo. Hay que situar la Creación en un nivel de comunicación personal de Dios. Dios se revela a la mente del hombre, a su interioridad, lo invita a construirse a través de su libertad. Entonces, toda criatura debe ser llamada a participar en la respiración de amor – y de amor desapropiado – de la interioridad divina.

El gesto creador no se debe pues tomar de afuera (el Creador “faber”), sino de adentro. La Creación es profusión gratuita, sobreabundancia, de la intimidad divina, de su gratuidad. En ese movimiento de amor, Dios se da totalmente, diferente de lo que podría ser un ingeniero que hace un plan, sin implicación personal. Y puesto que el gesto de la creación es un gesto interior en que Dios da su ser y se compromete por entero, es acto nupcial, en la pureza de una mirada virginal: acto de castidad fecunda que instaura un régimen nupcial entre Dios y el hombre, en una reciprocidad de libertad y de amor. Dios crea diciendo a su criatura ese “Tú eres yo” que se dicen los novios hindúes, y espera que la criatura le responda: “Tú eres mi propio yo”. Entonces entramos en la intención creadora, entrando en una aventura de dos, que es una historia de Amor en la cual puede colaborar el hombre creándose a sí mismo.

Pero el hombre puede salir de ese don y en vez de crearse, des-crearse, impedir que la acción creadora alcance su fin. Era una aventura de dos, pero como toda historia de amor y de libertad, se la puede rechazar, el otro puede romper el acorde y hacer una falsa nota. Ahora bien, toda esa historia de dos está totalmente centrada en el espíritu, es una historia imprevisible centrada en el espíritu, y por eso su dintel es la libertad, y ahí es donde la creación cobra todo su sentido cuando el hombre se libera, cuando comienza a conversar con Dios, a entrar en la “spiración” de la Trinidad. Como, a veces la última palabra de un poema es la que le da todo su sentido sin el cual todo lo que precede sería solo caos. El éxito de la creación es el éxito de nuestra libertad.

Hay pues entre el universo y Dios una relación de amor que excluye toda dominación; toda actitud tiránica o despótica. ¿Quién puede hablar de un Dios tirano y de un hombre con poca libertad? Entonces Dios espera esa libertad y su gozo es ver por fin un acto de libertad, de gratuidad en los hombres. La creación es pues sin déspota; se está realizando en todo hombre, siempre orientada hacia su fin, pero tiene que pasar por las conciencias humanas, el hombre tiene que decir “sí”, las conciencias humanas tienen que cooperar. “La creación no puede tener éxito sin consentimiento del hombre. Desde este punto de vista, que es supremo, todo hombre tiene valor infinito y cada latido de su corazón es indispensable para la realización del reino de Dios” (N. Sra. de la Sabiduría, p. 83). Todo instante cuenta para la eternidad, puede llenarse de eternidad, pero para eso es necesario decir “sí”.

Por parte de Dios entonces la creación está terminada. Por parte del hombre, sigue abierta, esperando realizarse, y eso implica la libertad del hombre. Para casarse se necesitan dos personas. Eso implica, pues, para tomar la expresión de Bergson, que el hombre sea co-creador del universo. El Anillo de Amor no se puede imponer, y en cierta medida, el hombre tiene a Dios en sus manos, es el árbitro que puede rehusar la cita con la eterna Pobreza que es el eterno Amor. Ése es el origen de la religión y la dimensión religiosa de la vocación del hombre. Religar al hombre a su fuente, darle su dimensión real. Ésa es la grandeza del hombre, su nobleza: cada instante de su vida es capital. A cada instante, todo el universo bascula en una conciencia humana. No hay un ser humano que no sea necesario, pues le toca transformar todo el universo en yo oblativo por medio de sí mismo, para ponerlo en contacto con su fuente. Si dejamos morir un niño, es una ocasión que pierde Dios, él pierde esa posibilidad y necesitará un acto de amor complementario. Ése es el origen del problema del Mal.

El problema del mal

El mundo no es prefabricado. Existía el riesgo de la libertad. A partir de ahí podemos comprender el sentido de todo el período que precede al hombre: la libertad que va hacia su madurez, una reunión en la intencionalidad. Todo el universo tiende hacia el pensamiento.

Ahí es donde debemos situar lo que hay de válido, de científico, en un Teilhard de Chardin: la complejidad creciente de la organización del mundo de las células para llegar al hombre, que puede llegar al “Yo”, abrirse al infinito. Todo tiende hacia la vida, sea por saltos o por continuidad, hay un cambio cualitativo en el momento del paso a la vida, con sus diferentes etapas (vegetal, animal, humana). Espiritualización creciente, desde el interior. Tal es el sentido de la creación, de la evolución: una subida hacia la conciencia humana, en la cual se encuentra la libertad y el amor.

Aquí se plantean dos cuestiones.

-Si la evolución está suspendida del espíritu, ¿cómo explicar todas las crueldades anteriores a la venida del espíritu, las de la vida animal, de la vida antes del hombre: hiato entre la vida infra-humana y la vida del hombre?

-Si toda la historia infra-humana viene a anclarse en el pensamiento y termina en el hombre, ¿podemos suponer que la decisión del hombre refluya hacia atrás e introduzca el desorden que vemos en el universo?

No son cuestiones inútiles: nos alejan más y más de una visión mecánica de la evolución en que el hombre llegaría en el momento previsto por Dios, pero sin lazos con todo lo anterior (como en un escenario deseado por un dramaturgo). Nos muestran la importancia del hombre dentro de la evolución, dentro de la historia del mundo. Si es responsable, lo es del universo entero y su responsabilidad se hace indefinida. Y quizás descubre que es infinita.

Así se plantea el problema del mal. Para Zúndel, como para muchos otros, es evidente que la creación no está en el estado en que debería, o en que debía estar. La creación fracasó, a causa de la existencia del mal.

Las definiciones clásicas del mal son conocidas. Siguen siendo válidas pero hay que situarlas y prolongarlas. “Privación de un bien debido”, de un bien que debería hacer parte de la esencia de una situación o de una persona (un niño ciego, un niño nacido en una familia desgarrada, un hombre torturado…). Para ser claros, Zúndel distingue tres tipos de mal: físico, cósmico y moral.

*Mal físico: privación de un bien debido, en el ser físico y psíquico, por ejemplo, minusvalías, demencia, muerte. Pero estos males no son todos irreversibles y el hombre puede reaccionar. “Todos los males no están en el mismo nivel y puede que algunos sean reductibles al bien y puedan concurrir a su desarrollo” (Yo es otro, p. 36). Por ejemplo, el caso de Denise Legrix (“Nacida así”), ascensión espiritual de tantos enfermos mediante su sufrimiento, la muerte del P. Kolbe, etc. Pero subsiste una pregunta: ¿a quién o a qué imputarle la aparición y la existencia de ese mal?

*Mal cósmico: privación de un bien debido, en la naturaleza. Así los cataclismos que destruyen vidas humanas, todos los “ogros” de la vida animal, verdadera jungla de colmillos, de picos y garras capaces de matar no solo al hombre sino la obra de su genio. “¿Cómo podemos enraizarnos en un universo que parece ignorar todos nuestros valores?” (QHQD, p. 104) • En las cumbres de la vida del espíritu el hombre imagina en efecto una naturaleza armoniosa. Isaías (1l, 6-9) escribió que “el lobo vivirá con el cordero”, Francisco de Asís habla con los animales, el mismo Gandhi enseñó a sus discípulos a vivir con las serpientes.

¿Cuál es pues la relación de Dios con su creación? El libro del Génesis dice que “Dios vio que su creación era buena”. Eso nos muestra un Dios que no puede querer el mal: esas palabras de la Biblia afirman por siempre la inocencia de Dios. Y sin embargo, san Pablo escribió (Rm 8:19-22): “Hasta ahora, toda la creación sufre dolores de parto”.

Ante el mal cósmico llegamos a suponer que el hombre, llamado a colaborar con Dios falló en cierto momento. Pero ¿cómo puede ser declarado el hombre culpable de todo el mal del mundo, del mal cósmico actual y del mal cósmico anterior a él, en la evolución animal en particular? Entonces es necesario formular lo que Zúndel presenta como hipótesis. Saber lo que es un acto libre: acto metafísico que no pertenece al mundo acabado sino al mundo que se debe hacer, y entonces a un más allá, un interior, que trasciende las condiciones del tiempo, en el punto de contacto entre el tiempo y la eternidad, y que pertenece al mundo del espíritu. Une el tiempo, en que se sitúa, con la eternidad. Tiene pues consecuencias eternas, y por ende, puede tener una duración que se repercute hacia adelante y hacia atrás en el tiempo (como alguien que ora pidiendo la salvación de almas después de él). Un acto libre eleva el mundo, promueve el universo. Y una falla es una caída de todo el universo. En este sentido, un acto libre puede crear el mundo o des-crearlo. Un acto humano puede provocar desórdenes cósmicos anteriores al hombre porque renuncia a su libertad. Esto nos permite comprender el texto de Isaías que presenta al lobo cohabitando con el cordero: ésa era su vocación, una armonía era posible, y quizás una armonía será posible. Así, el acto del hombre se repercute activamente hacia atrás sobre las épocas que le precedieron o que vinieron después.

No es sin duda más que una hipótesis, pero muy posible y en todo caso es conforme con la inocencia de Dios. Entonces, para Zúndel, Dios es creador de un universo que no existe todavía y que no ha alcanzado aun su plena dimensión. Hipótesis aventurera y laboriosa, Zúndel lo sabe. Pero vale la pena considerarla para tratar de explicar cómo puede repercutirse la falta del hombre sobre las épocas anteriores a él. Pues si Dios es inocente, ¿quién más puede ser responsable sino el hombre? (Donzé, p.178). De ahí la cuestión que se plantea: “¿Existe el hombre?”, y la respuesta de Rimbaud: “No existimos en el mundo, la verdadera vida está ausente”.

Yo es otro, p. 46: “Nada impide admitir que el Dios interior, oculto dentro de nosotros, sea también el Dios creador, pero de un universo que, por lo esencial, no existe todavía, de un universo que no ha alcanzado aun sus verdaderas dimensiones, de un universo que está todavía embrionario y que solo podrá terminarse después de nosotros si el hombre y las criaturas (en ese mismo universo) cumplen su vocación cerrando el anillo de oro de las bodas eternas, diciendo sí al Sí eterno que es Dios mismo.

El Dios interior, el Dios sensible al corazón, como dice Pascal, es el único Dios verdadero, nada se opone a que sea creador de todo el universo, a condición de ver en la creación una historia de dos, que no puede terminarse sin el concurso de criaturas inteligentes, porque el sentido mismo del universo es el Amor.

Y entonces, si se rechaza el amor, el Amor que es Dios no puede sino fracasar, sin cesar por lo mismo de ser Amor eternamente presente y ofrecido.

Por eso, finalmente, la única respuesta adecuada al escándalo del mal es la agonía y la crucifixión de Jesucristo.

En efecto, en él se expresa, como sacramento visible, la misteriosa fragilidad de Dios, que es ciertamente todopoderoso en el orden del amor, que puede todo lo que puede el amor, pero que no puede nada de lo que no puede el amor. No puede pues forzarnos, humillarnos, herirnos, rechazarnos”.

Ése puede ser el sentido profundo del sentimiento de nostalgia. No se trata solamente de un estado afectivo, sino más profundamente, de un sentimiento de ausencia; la verdadera vida nos falta, y esa vida es “alguien”, alguien que nos hace falta. La verdadera nostalgia es metafísica, teológica. Fue el poeta Rilke quien escribió: “Presencia de Dios, prueba; ausencia de Dios, prueba de la prueba”.

Mal moral: algo mucho más grave: rechazo, traición consciente de la libertad y el amor, voluntad de mutilación, autodestrucción de la libertad que ataca las raíces de nuestra vida y quiere impedir que exista el hombre como tal, matar su libertad en el huevo. Campos de concentración, tortura de inocentes. Y el grito de Iván Karamazoff: “una lágrima de un niño es una negación irrefutable de la existencia de Dios, una vida eterna no podría compensar el sufrimiento de un niño torturado”. Y Camus prefiere negar a Dios más bien que atribuirle el sufrimiento de un niño. Conocemos el adagio: “Si el mal existe, Dios no existe”.

Pero si se ataca a Dios por ese mal, es que los testigos encuentran ahí un escándalo absoluto. Y si sienten la existencia de un mal absoluto es que hay al fondo la posibilidad de un bien absoluto que debería poder existir en alguna parte. Y si se niega a Dios a causa del mal, eso equivale a afirmar la posibilidad de Dios, se lo niega en nombre del Dios presente en nosotros. En el escándalo del mal, Dios aparece como la primera víctima. Si un hombre se escandaliza por el mal, es que Dios se ha puesto del lado de las víctimas. Dios es el primero en llorar por la muerte de un niño, es el primero en estar de duelo cuando estamos en duelo, el primero en angustiarse cuando la humanidad se devora las entrañas.

La hipótesis de Zúndel no es pues gratuita: la primera prueba de ello es el hecho de la Cruz.

En verdad, “el Mal absoluto es que el “Amor no es amado” (Giacopone da Todi). Eso lo entendieron los grandes compasivos (Francisco, Catalina de Siena, Teresa de Ávila, Juan de la Cruz, Margarita María, Teresa de Lisieux) y quisieron asumir una parte del peso de la carga divina…”. “Jesús está en agonía hasta el fin del mundo (y desde el comienzo), y no hay que dormir durante ese tiempo” (QHQD, 107). (Continuará)

 

Ajouter un Commentaire

Les commentaires sont modérés avant publication. Les contributions doivent porter sur le sujet traité, respecter les lois et règlements en vigueurs, et permettre un échange constructif et courtois. A cause des robots qui inondent de commentaires publicitaires, nous devons imposer la saisie d'un code de sécurité.

Code de sécurité
Rafraîchir