Landévennec 9-13 junio de 1981


7ª Conferencia: LA PERSONA DE JESÚS

Recordemos que es propio de Zúndel descifrar la banalidad a partir de la experiencia humana.

El hombre busca realizarse, pero permanece apegado a sus determinismos, inclusive en su relación con Dios; le toma tiempo descubrir que Dios es amor. Ejemplo: el escándalo de los contemporáneos de Jesús.

Para salir de toda ambigüedad, faltaba que Dios se revelara en una humanidad perfecta, sin límites ni fronteras, para todos los espacios y tiempos. Esa personalidad será la respuesta definitiva a la cuestión del hombre. Se revelará pues en cierta continuidad (pero no absoluta) con la espera del hombre, su impulso. Y ese es el interés de la Encarnación. La experiencia de la comunicación con Dios alcanza en ella su cima. En su misterio, Jesús está en el centro de las aspiraciones del hombre.

Él nace persona, el hombre tiene que llegar a serlo. “Debemos mirar a Jesús como nuestra realización plena” (Berulio).

Pero es más fácil decir el porqué de una encarnación que explicar la manera como Dios se hizo hombre. Antes, es necesario tomar ciertas precauciones. El Dios que se va a encarnar, ciertamente no tiene nada que ver con ciertas concepciones humanas, con el Dios tirano, con el Dios solitario… Sería inconciliable. Hay que saber también que para ciertos teólogos protestantes, los teólogos de la muerte de Dios, que descubren al hombre Jesús en su divinidad, hacen de él un sabio cristiano, un superhombre (¡súper-estrella!), un hombre superlativo. Es también necesario dejar de lado la idea de las relaciones entre Dios y la creación como relaciones entre dominador y dominados. Él se revela en relación interpersonal, en el interior (y conviene evitar las imágenes evocadas por “arriba”, “abajo”, “bajar”). En fin, para hablar de Dios encarnado, quizás es demasiado remontar la historia buscando esa idea de Dios antes de Nicea, Calcedonia, etc. Estos concilios son la prolongación de la revelación de Jesús en la historia. La revelación está en marcha en la historia.

Hay pues que abandonar toda exteriorización de la idea de Dios. No buscar en el cosmos, en sus proyecciones antropomórficas a partir del hombre, sino del Dios revelado en Jesús, como a la samaritana: a Dios no se le adora en la montaña sino en espíritu y en verdad, en el interior. Brotará como una fuente de agua viva. San Gregorio pudo decir: “El cielo es el alma del justo”, y San Agustín al descubrir a Dios, encuentra este proceso: “Yo te buscaba fuera de mí, pero tú me estabas esperando dentro”. Es el hombre el que debe ir a Dios, pues Dios ya está ahí. Para que Dios fuera reconocido, era preciso que una humanidad subiera hasta el nivel de la interioridad, de la transparencia de la divinidad. Si hubiera habido otro hombre como Jesús de Nazaret, quizás Dios se habría encarnado en él, pero ninguna otra humanidad tuvo desde su concepción la transparencia de Cristo.

¿Cómo se realizó la encarnación? – Para responder a esta pregunta, hay que hacer otra. ¿Qué sucede en Dios por el hecho de la Encarnación? Hay que responder que en Dios no hay ningún cambio. Todo sucede en el hombre, y sucede en una “asunción” de su humanidad a Dios, como lo expresa el Símbolo de San Atanasio (“Unus autem non conversione divinitatis in carnem sed asumptione humanitatis in Deum” – Cristo es “uno, no por transformación de la divinidad en carne, sino por la asunción de la humanidad en Dios”). Dios unió consigo la creación, de modo totalmente nuevo.

¿En qué consiste entonces el cambio en la criatura? En que el hombre fue liberado de toda adherencia a sí mismo, convirtió en totalidad su yo posesivo en yo oblativo, se hizo puro movimiento de don hacia el otro. Desapropiación radical, la humanidad absolutamente incapaz de decir “Yo” por cuenta propia. El “Yo” es tan “Otro” que es Dios quien se expresa a través de ella. Su persona es asumida por la Persona del Hijo eterno. Hay una “kenosis” tal (evacuación de sí mismo) de la humanidad del Hijo que ella recibe la kenosis misma de la Trinidad. Así, la humanidad de Jesús es totalmente liberada, subsiste en el nivel de la personalidad del Verbo que la inviste totalmente, su naturaleza humana es como arrastrada en la ola que arroja al Hijo en el seno del Padre, en la aspiración de la Trinidad. Su “pobreza” es la encarnación de la pobreza trinitaria. Cuando Jesús dice “Yo”, es la pobreza de la Trinidad la que habla”. Pudo revelar la Trinidad solo porque es la encarnación de la Persona del Verbo, de su despojamiento… Es decir que se trata de una humanidad sacramento, la hostia a través de la cual se da la Trinidad por medio de la Persona de Hijo en su humanidad. Esta humanidad es totalmente relación con Dios – no puede decir “yo” - pero esta plena apertura de la humanidad a la divinidad no conlleva ninguna confusión de la humanidad con la divinidad. Si no, si en Jesús tuviéramos un Dios revestido de una humanidad prestada, no habría anulación del hombre, la humanidad no sería ya sacramento de la divinidad y la unión con Dios sería, finalmente, imposible. Jesús ya no sería mediador.

El peligro de confusión existió – monofisismo, monoteísmo, monoenergetismo, y por eso la importancia de la definición de Calcedonia “inconfusa” – sin confusión.

Para esclarecer el problema de la humanidad de Cristo, Zúndel se detiene en dos aspectos: la conciencia humana de Jesús y la oración de Jesús.

? la conciencia humana de Jesús.

Vemos en el Evangelio pasajes en que se manifiesta la personalidad divina y soberana de Jesús – Dios habla en él, legisla, ordena, perdona, resucita muertos, se sitúa antes de Abrahán y en la consumación de los tiempos, en la eternidad. Pero en otros lugares lo vemos manifestar su subordinación al Padre: dice ignorar el Día del fin, no dispone del puesto de sus discípulos en el Reino, pasa por las tinieblas de Getsemaní y del Calvario; es pues limitado.

Esta segunda serie de aspectos es también reveladora de la divinidad de la que es sacramento. Su grito en la Cruz: “Padre, ¿porqué me has abandonado?” revela a la vez toda la desesperación del hombre y la pobreza divina. Es a la vez la humanidad que pide socorro y también la divinidad que pide socorro. El misterio de Jesús está hecho de esa doble tensión (Cf. “¿Qué hombre y qué Dios?”, p. 148: solidario del pecado del hombre del que se siente culpable, inmergido en la noche del pecado y rechazado por la santidad divina con el pecado, con una impresión de abandono tanto más insoportable cuanto que precisamente su obediencia a la misión recibida del Padre es la que lo eleva sobre el Gólgota… Muerte “interior”), Cf. también ib. p. 145.

Para hablar de la conciencia de Jesús, Zúndel se refiere a ese momento extremo, citando al P. Mac Nabb o.p. cuando respondió a los teólogos anglicanos distinguiendo 4 niveles de conciencia en Jesús:

1/ conciencia divina, por ser Dios, tiene conciencia de su divinidad.

2/ conciencia beatífica, por vivir en perpetua visión directa de Dios, por su condición divina. En esta visión, lee el misterio del Verbo, secreto de su vida.

3/ conciencia profética pues tiene conocimiento de su misión y debe proponerla a los hombres en un lenguaje humano: no hay duda de que en este nivel igualmente tiene conciencia de ser lo que anunciaba.

4/ conciencia experimental, de orden natural y de origen sensible, no ordenada de por sí a la percepción clara e inmediata de las realidades sobrenaturales y que lo abría a descubrir el mundo que lo rodeaba, asimilando el lenguaje y la cultura de su medio. Mediante ella vivía él temporalmente la eternidad en que subsistía y permanecía sensible a la novedad de los acontecimientos que, no por haberlos previsto en una visión que sobrevolaba el tiempo conservaban menos la punta viva de la vivencia que se realizaba. Y en este nivel no es impensable que en ciertos momentos el conocimiento experimental, habitualmente iluminado por los otros, a causa de un desbordamiento de sufrimiento, se haya separado de los otros grados de conciencia, por un exceso de tensión humana, “precisamente en esa zona experimental, haya dejado de sentir su unión hipostática (personal) con Dios” (Qué hombre y qué Dios, p. 147). Esto nos muestra todo el abanico del conocimiento de Jesús (nota: Zúndel desarrolla esto notando que en su propio conocimiento hay diferentes niveles, y una división posible entre ellos: así, todo hombre sabe que es mortal, puede saber que está en peligro, pero siente un choque cuando le anuncian su muerte, que es a menudo un “accidente que ocurre a los demás”).

 

? la oración de Jesús

Algunos pudieron pensar que Jesús no necesitaba orar, porque era Dios. Sin embargo, encontramos en él todos los registros humanos de la oración: adoración, acción de gracias, alabanza, intercesión, obediencia, sacrificio. Y no es solo a título de “ejemplo”, para enseñarnos, sino oración real, insistente. A cada instante de su vida; Jesús está en oración, a cada instante de su vida su humanidad se abre a su divinidad, la oración es la respiración no interrumpida de su alma (PV, p. 1C1). La humanidad de Jesús se ofrece por entero en una oblación de alabanza y de acción de gracias a la Persona del Verbo que la asume y la reviste.

La Piedra viva, p.97 : "Permanece de rodillas ante el destello divino que la atraviesa consumiendo el yo-individuo en que habría podido encerrarse, en el yo-persona que la rebasa infinitamente, la absorbe sin que ella lo absorba, lo universaliza sin que pueda limitarlo, que dispone de ella sin que pueda ella disponer de él”.

Dios es el que responde, por medio de la humanidad de Cristo, despojada totalmente de sí misma, sumergida en la eucaristía incesante de una infinita presencia (cf. Donzé, p.159).

? La Misión de Cristo

Si el Verbo se encarnó, fue con miras a una misión. ¿Cuál es pues la misión de la humanidad de Jesús, despojada toda de sí misma y tomada así, asumida en la Divinidad, y cuál es su lugar en la historia?

El Verbo se encarna en Cristo para que éste nos revele el verdadero rostro de Dios y nos restituya el verdadero rostro del hombre y del universo. El N.T. da de él tres rasgos, tres títulos.

Es “Hijo de Dios”, “Hijo del Hombre” y “segundo Adán”

Hijo de Dios”

muy claro, por ser supremo y definitivo Revelador del Amor divino, por sus palabras y por su ser mismo, totalmente abierto al infinito de Dios. Hijo de Dios, nos revela la clave del misterio de la Trinidad en su pobreza. Pero nos entrega también la clave del misterio del hombre, creado a imagen de Dios y llamado a ser sacramento de Dios, a devenir sacramento de Dios.

Hijo del Hombre”

no solo como representante del género humano, sino como “el hombre”, que recapitula en sí mismo toda la humanidad en su universalidad, sin frontera, sin límite, en la ausencia total de “yo-individuo”, pues por la ofrenda de sí mismo que define al hombre y su personalidad, Jesús es el sacramento de todo hombre en todo tiempo y lugar. “Él es el Hombre con la amplitud ilimitada que cauciona la pobreza absoluta de su Humanidad, radicalmente expropiada de sí misma para ser totalmente apropiada por el Verbo de Dios” (Moral y Mística, p. 120-121). Retomando las palabras de Fenelón, Zúndel escribe: “La diferencia (de Jesús), es que no tiene diferencia”.

Por su situación ontológica, Él es el revelador de todo hombre en su plena realización, que pasa por la expropiación del “yo propietario” y por el nuevo nacimiento a un “yo oblativo”, orientado totalmente hacia Dios con una desapropiación oblativa.

Y al mismo tiempo, Él es:

Segundo Adán”

principio de un nuevo nacimiento del hombre, de una nueva creación reunida por el Amor. El hombre que somos nosotros está más a menudo ausente de su grandeza de pobreza, de sí mismo, para recaer en la multiplicidad, la diversidad de las individualidades. Jesús reúne en sí mismo toda la humanidad, de todos los tiempos, en una contemporaneidad absoluta.

Zúndel sintió vivamente la ausencia del hombre respecto del hombre al visitar el cementerio calcolítico de Biblos. Se preguntó qué lazos podía haber entre él mismo y el esqueleto de alguien que había vivido ahí 5500 años antes, qué otro lazo que biológico, qué lazo fundado sobre la dignidad de la persona.

Qué hombre y qué Dios, pp.136-139: “Fue entonces cuando la figura del 2° Adán me apareció como la única respuesta que podía caucionar la afirmación de un lazo personal y siempre vivo entre las generaciones. En efecto, Jesús no es un eslabón de la cadena formada por sus sucesiones. Al contrario, es Él quien mantiene la cadena y le confiere su unidad, ordenándola por entero a la realización de un mismo proyecto, por eso justamente él nace fuera de serie si se puede decir, de la virginidad sobrenaturalmente fecunda de la 2ª Eva.

En Él, la sucesión de las generaciones se hace contemporánea. Ahí está el principio de la solidaridad universal. Viene de lo alto para la humanidad de Cristo que contiene toda la humanidad como injertada sobre la misma fuente. Sentido de nuestra capacidad de salvar, por nuestra oración actual, inclusive a los que nos precedieron: pudieron recibir antes de su muerte la gracia que nosotros pedimos para ellos.

Jesús no es pues “un eslabón de la cadena” sino que “mantiene la cadena”; vive en cada uno, es contemporáneo de todas las generaciones. Pero solo puede asumir a todos los hombres dejándoles su libertad. No puede descargarlos de sus responsabilidades, no puede hacerles violencia, eso sería faltarles al respeto. Por eso lleva ya en sí mismo la sombra de la Cruz, el peso de todos los rechazos que pronunciarán todas las generaciones. Su amor infinito va a tomar el aspecto, el color del sufrimiento, de la pobreza ofrecida, vulnerable y herida. Sólo un Dios puede morir por la humanidad, porque lleva en sí mismo la humanidad.

Esta reflexión nos va a introducir en el problema de la Creación, del Mal y de la Redención. (Continuará)

 

Ajouter un Commentaire

Les commentaires sont modérés avant publication. Les contributions doivent porter sur le sujet traité, respecter les lois et règlements en vigueurs, et permettre un échange constructif et courtois. A cause des robots qui inondent de commentaires publicitaires, nous devons imposer la saisie d'un code de sécurité.

Code de sécurité
Rafraîchir