Landévennec 9-13 de junio de 1981.

 

6ª Conferencia: LA REVELACIÓN: DEL MONOTEÍSMO UNITARIO AL MONOTEÍSMO TRINITARIO.

El itinerario seguido en la conferencia precedente podría intitularse: “De la Revelación implícita a la Revelación explícita”.

Y así hemos preparado la Revelación explícita, teniendo en cuenta al hombre con todas las dificultades que le provoca su terreno anterior que lo lleva a reconocer un “tercer término”, con la hipótesis de un “caso límite”, de un hombre perfecto, totalmente abierto a la personalidad y que deviene como el paradigma o prototipo de la humanidad.

La Revelación viene a mostrarnos en Jesucristo la “exégesis” de toda revelación fragmentaria. La Revelación explícita será el encuentro interpersonal con una Presencia. La Revelación será caritativa, paciente y pedagógica, se adapta a la evolución del hombre manifestándose lenta y discretamente para llevar a la humanidad a reconocer en ella su polo interior.

La "pedagogía" de la Revelación es una progresión que pasó por tres etapas: preparación – acontecimiento – aclaración (y comprensión).

1. Preparación.

Preparación primero lejana: presentimiento de Dios que tomó forma en todas las religiones antiguas y primitivas. Subida hacia “lo divino”, hacia el “Uno”. Gilsón escribió que el pensamiento griego mismo se orientaba hacia el monoteísmo cuando el pensamiento judío parecía resistirse a ello.

Y preparación inmediata en el judaísmo, con la Biblia. Todavía no es la revelación de la Persona: hay ruptura entre el A.T. y el N.T., a través de lo que será el “acontecimiento”, la persona de Jesús, entre lo que hubo antes y después de Cristo. Éste es el punto de cambio, que llega para cierta retoma de la dignidad de Dios y por eso hay en el A.T. muchos pasajes que ofenden la dignidad de Dios y atestiguan así la indignidad del hombre. La parte de Dios en el A.T. es la parte de fermento espiritual que hace descubrir que Dios va a buscar en el interior del hombre tal como es. Si hay un pueblo elegido, es para hacerle comprender que su elección consiste en pasar de afuera a dentro. La Alianza propuesta es una alianza por el interior – Dios llama al pueblo elegido a unirse con Dios por la interioridad – no se limita al don de una tierra a un pueblo. La Tierra Prometida es la que espera al hombre en su interior.

Esto es lo que busca la historia del A.T., y por eso de repente, sin esperar más nada de las posibilidades del hombre cerrado en su exterioridad, aparece la 2ª etapa.

2. El acontecimiento-advenimiento – aparición de Cristo

Es el acontecimiento-advenimiento decisivo, una “transparición”

Pero, a lo largo de la vida de Cristo, el “tercer término” no sale de la pedagogía del diálogo. Cristo pertenece a la raza de Jacob, acepta la terminología de su tiempo, se adapta al hombre (suprema caridad) hasta en su violencia (cf. el lenguaje de maldiciones en el Evangelio), y también a su forma. Así, las parábolas: a través de un acontecimiento se debe llegar a un advenimiento. Jesús se revela poco a poco: las disputas sobre el sábado, los “más qué” de los Sinópticos (y el “¿eres tú más grande que Abrahán?”), los milagros, que solo se realizan si se los puede recibir de adentro (por eso, rechazo de ciertas peticiones de milagros), las declaraciones sobre la relación privilegiada con el Padre, la revelación del “Hijo del Hombre”, la triple confesión de Pedro (“Pedro, ¿me amas?”), la Transfiguración: la interioridad de Jesús llena su exterioridad. Luego la muerte y sobre todo la Resurrección, en que Cristo reaparece a partir de su interioridad – tal como es en lo secreto: Cristo es tan interior a él mismo que solo pueden descubrirlo quienes son capaces de conocerlo del interior. “No me toques », dice a María de Mágdala, pero acepta que lo toque Tomás, todavía incapaz de conocerlo así, y pase por el lenguaje de la exterioridad.

En la etapa del acontecimiento que se hace advenimiento hay todavía resistencias – los apóstoles están desconcertados por la muerte de Cristo en la Cruz – y por eso la tercera etapa:

3. La aclaración – el fuego de Pentecostés.

Fue necesario el don del espíritu, el fuego que surge en ellos, para que los apóstoles comprendieran que todo viene del interior, y es el comienzo del cristianismo. Pero para eso fue necesario que Jesús desapareciera de su exterioridad – y la Ascensión es el momento en que toda la exterioridad de Jesús se traduce en interioridad. El fuego de Pentecostés es “de adentro”, “nace” en ellos. Y en adelante es posible la universalidad.

Sin embargo, la Revelación no termina con Pentecostés.

La Iglesia tiene que retomar el mensaje, comprenderlo a la luz de la Persona de Jesús: papel de la dogmática, de las definiciones. Habrá que esperar los concilios de Nicea (325), con la definición del “homoousios”, y de Calcedonia (451) con la del “asynjytos” (inconfuso: las dos naturalezas sin confusión). La Revelación continúa invisiblemente, más allá de la Persona invisible de Cristo. “Es una de las formas de la Pobreza divina, haber aceptado abrirse camino en nuestra historia bajo rasgos que podían desfigurarla” (“Yo es otro”, p. 85; cf. Donzé, p. 129). Ese es uno de los riesgos del cristianismo, el de la “pobreza de Dios”, de su desapropiación.

Y ese proceso nos lleva al corazón, al núcleo de la Revelación cristiana, La Trinidad.

Paso del monoteísmo unitario al monoteísmo trinitario

“El cristianismo, más que doctrina, es una Persona, la Persona misma de Jesús”, y toda la vida del candidato al cristianismo consiste en acceder a eso (cf. “Yo es otro”, p.75).

¿Qué es la Persona? En el N.T. sobresale una afirmación: “Jesús es ‘el Hijo”, en un sentido único, lo cual quiere decir que Dios es su Padre en un sentido único: idea nueva – y revolucionaria – en la historia humana. (“Yo es otro”, p.76). “Según esta fórmula, Dios es único pero no solitario” (ib.). “Siendo hombre, Jesús pertenece en cierto modo a la esfera divina” (ib.).

Eso cambia por dentro la noción de Dios. Novedad absoluta. Ya no se trata del Dios de la filosofía griega, que debe ser único en sentido absoluto, y el pensamiento griego no se orientaba hacia un monoteísmo trinitario. Tampoco en el pueblo elegido existe la fe en un Dios trino. Ese es el secreto anunciado por Jesús. Dios es único, pero no “uno”.

Esto nos introduce en la intimidad de Dios y también en la nuestra. Dios es trino, y ahí, en el secreto de Jesús, está la perla del Reino. Y un fundamento del pensamiento de Zúndel.

La novedad de esta noción es tal que es necesario reaccionar en seguida. Conocemos la reacción del judaísmo (“ése blasfema”), del Islam que acusa los cristianos de politeísmo (“asociadores” que multiplican los dioses), pues para él Dios no engendra ni es engendrado.

¿No es la noción de un Dios único proyección de la unidad del hombre, del Yo biológico, posesivo? Por eso choca a una humanidad que todavía no se ha realizado. Así Job que acepta pero se queja de que Dios le quita todo. Precisamente, ¿cómo puede amar un Dios solitario? En el cristianismo, Dios no es solitario y por lo mismo, no es dominador, no es un Moloc en competencia con el hombre, sino un Dios ofrecido. La santidad de Dios consiste en una evacuación de sí mismo, en una kenosis, apertura al otro. La revelación trinitaria nos libera para siempre de un drama aterrador, de una terrible pesadilla.

Pero ¿cómo traducir eso en experiencia humana? Zúndel no es un teólogo dogmático, no busca definiciones, no quiere partir de arriba. Su enfoque es ascendente – a partir de la experiencia de lo espeso del hombre y de su corazón, elevarse hacia la Trinidad – y luego habrá una marcha descendente: de la Trinidad hacia el hombre. Va de la Trinidad implícita a la Trinidad explícita.

La Trinidad implícita. Toda la dialéctica zundeliana se apoya en una interioridad, es dialéctica de la libertad interior, desapropiada y dada (cf. el sabio en relación con la verdad, el artista respecto de la belleza, la relación interpersonal respecto del amor). Si existe en el hombre una “espera” de la Trinidad es porque está en “espera” de una “generosidad”. Su propio “yo” es otro, pues la persona se expande en libertad por el don de sí misma.

Una imagen de la Trinidad sería la Familia, en el sentido más pleno de la palabra: el Padre está totalmente orientado hacia la esposa, y vice-versa, y ambos juntos están orientados hacia el hijo, el cual a la vez entra en el don que se hacen el uno al otro. Así tenemos una imagen de la Trinidad, que podría ser también la de una comunidad en que cada uno está orientado hacia los demás.

Así es el camino que parte de la Trinidad implícita hasta el momento en que entramos en la Trinidad explícita, inmanente.

Basta leer a San Juan – I Jn. 4: “Dios es Amor”. Para que Dios pueda amar a los hombres tiene que ser Amor en Sí mismo, de la naturaleza misma del Amor, pues entonces podrá todo lo que puede el amor y no podrá nada de lo que no puede el Amor. Es pues necesario que en Dios haya el Otro, y que encuentre en Sí mismo a ese Otro.

Si pensamos esto en filosofía, vemos que hay complementariedad entre la “metafísica del Éxodo” (“Soy el que es” – “soy lo que soy”) o metafísica de existir (Gilson) y metafísica del Amor. En el A.T. Dios revela solo su existir, y no su naturaleza. En San Juan, al contrario, Dios revela lo que Él es: metafísica del Amor, que el A.T. no podía comprender. Amor, por tanto don de sí mismo. En él está el que da, lo que se da y la comunicación de donación.

La Revelación trinitaria se resume pues en esto: “Dios es amor”, y eso no solo en relación con nosotros sino en sí mismo, infinitamente. No es pues un simple enigma metafísico (¿cómo los Tres pueden ser Uno solo?). Se trata de la realidad de un amor independiente de todo objeto exterior. Zúndel no pretende “explicar” el misterio sino hacerlo perceptible a la inteligencia humana.

Dios abre el camino a la liberación del hombre, le da la posibilidad de despegarse de sí mismo, porque es el don perfecto. Dios es puro altruismo. Si Dios no fuera en sí mismo relación, no podría ser Amor.

“Qué Dios, qué hombre”, p.74: “La Trinidad divina, en oposición a nuestra toma de conciencia narcisista, presenta una toma de conciencia altruista. Es decir que Dios no se conecta con su ser sino comunicándolo, lo posee sólo por el don que hace de él. Entonces la dicción de sí en que no cesamos de decirnos a nosotros mismos, en Dios esa dicción se profiere en otro engendrado por ella, y el amor de sí mismo que engendra esa dicción en nosotros, en Dios se dirige a otro, exhalado como un soplo vivo”.

En Dios, el yo, en vez de ser solitario y narcisista, es relativo en las tres direcciones: Padre, Hijo y Espíritu Santo, y cada una está sostenida en las otras dos, que hacen de la Persona entera un impulso, un éx-stasis eterno orientado hacia los otros, “como un ave que no sería sino vuelo”.

De ahí la importancia capital de la noción de Relación, ya que la Trinidad se define esencialmente como relación, noción que encontramos desde los primeros concilios en el pensamiento de los Padres. A Zúndel le gusta la imagen de la armonía en una pieza amoblada:

Yo es otro”, p.80: “¿Qué hace Ud. para que una pieza sea habitada con placer? Establece un concierto de relaciones entre los muebles, los tapices, el color de los muros o del empapelado y todos los objetos que puedan adornar la pieza. Si lo logra, resulta una música silenciosa de esa armonía que sugiere una presencia acogedora para los huéspedes que entren.

Y sin embargo, parece inmediatamente evidente que las relaciones, que su gusto estético discierne de manera intuitiva, no añaden nada a la realidad de cada objeto que entra en concierto con los demás. El sillón no es sino un sillón y la mesa, una mesa, ya estén amontonados en un guarda-muebles u ordenados delicadamente en su casa, pero en el primer caso no dicen nada y en el segundo se vuelven música.

Hay que recordar que en el universo todo es relación. Si aislamos un átomo, una molécula del medio en que es engendrado, degenera en seguida. Eso lo presintió Bachelard: “Al comienzo estaba la relación” (El Evangelio del sabio).

En biología igualmente, una célula, fuera de su medio, se descompone – por eso la dificultad del injerto de órganos. Lo mismo en psicología: los estados patológicos, que son fallas de la persona, son accidentes de la relación humana. Y podríamos continuar, a propósito de la metafísica y de la ontología (lo cual no parece haber sido hecho).

El pensamiento cristiano introdujo en el pensamiento humano una noción, pero atribuyéndolo a su punta extrema: una mirada que nos orienta hacia el otro. Esa relación no añade nada a la existencia, a la sustancia divina, no multiplica a Dios.

Todo el ser divino está consustancialmente implicado en cada relación en forma de don absoluto y en infinita desapropiación de sí mismo. Tales relaciones son: de generación (el Padre), de nacimiento (el Hijo), de aspiración (el Padre y el Hijo) y de re-spiración (en el Espíritu). Relaciones subsistentes cada una de las cuales define una Persona. Cada una es un foco de oblación totalmente orientado hacia las otras. “Desapropiación subsistente”, dice Zúndel “En vez de una Divinidad solitaria centrada en la posesión de sí misma, una desapropiación subsistente que revela la esencia divina como arrastrada eternamente en un éx-stasis de amor con tres focos” (Himno a la alegría, p.98).

Es lo que expresa la palabra “homoousios” del Concilio de Nicea (= consustancial). Nos compromete a no introducir en la Trinidad ni dependencia, ni subordinación, ni jerarquía. Lejos de perjudicar la unidad divina, las relaciones la ponen en el grado supremo del amor, ya que no puede haber unidad de amor sin total comunicación de un altruismo eterno e inmanente (cf. Itinerario, p. 160). Dios “es” Trinidad. Lo propio de cada persona es su desapropiación, que hace de ella una pura relación con las otras dos.

No se trata de escribir un tratado de la Trinidad sino de interrogarse sobre lo que funda la Trinidad en la experiencia del hombre. Su devenir solo se puede realizar en el altruismo Parece que a Zúndel lo marcó un texto del P. Régnon (citado por el P. Garrigou-Lagrange: “¿Dónde encontrar aquí el menor egoísmo?”

cf. Qué hombre, qué Dios, p.75 (continuación de la cita): “El yo no es más que relación subsistente con el amado, ya no se apropia nada (…). Todo el egoísmo del Padre es dar su naturaleza infinitamente perfecta a su Hijo guardando para sí solamente la relación de paternidad, por la cual se sigue refiriendo al Hijo, todo el egoísmo del Hijo y del Espíritu Santo consiste en referirse el uno al otro y al Padre de quien proceden. Las tres Personas divinas, esencialmente relativas la una a la otra, constituyen el ejemplo eminente de la vida de caridad” (Gar.Lag. Dios, su ex., su nat.).

“La Trinidad es una donación realizada sin cesar en el seno de la divinidad” (Itinerario, p.165).

Así volvemos a la noción de Pobreza. La Trinidad es el paradigma de la Pobreza: “Dios es Dios porque no tiene nada” (Piedras vivas, p.74). “Dios es todo en el ser porque no es nada en el haber” (ib. p. 52). Eterno despojamiento en un don eterno, total desapropiación en total comunicación de sí mismo. En Dios no hay mirada hacia sí mismo, ni vuelta hacia sí mismo. “Dios es pobre, Dios es radicalmente desapropiado de sí mismo, Dios no tiene nada ni puede poseer nada. Dios es la Anti-posesión y el Anti-Narciso, como también la Virginidad en su fuente y en la distancia infinita que funda la transparencia del Amor” (Yo es otro, p. 78).

La humildad de Dios toma aquí todo su sentido, no es anonadarse sino no mirarse a sí mismo para darse totalmente. La única riqueza de Dios es el Amor, y es una vez más Pobreza” (cf. Donzé p.145).

Entonces, si Dios es el gran pobre, ¿cómo podrá el hombre realizarse sino en el don, en la oblación, aprendiendo la desapropiación? La Trinidad está entonces en el centro de la experiencia humana: ella funda la vida del Espíritu, ella funda el amor, ella funda la libertad.

Nuestra Sra. de la Sabiduría, p.13: “Así (en la desapropiación que hace de cada persona un altruismo vivo) se confirma que solo poseemos dando, que nos salvamos solo consintiendo en perdernos, y que por doquiera en definitiva, el ser es a la medida del don.”

Qué hombre, qué Dios, p. 174: “El antiguo sueño humano de ser como Dios”, que implicaba aparentemente un orgullo insensato, puede realizarse en adelante en una suprema humildad ya que vaciándose de sí mismo mediante un don sin reserva es como nos hacemos realmente semejantes a Dios que se personaliza comunicándose, en el despojamiento total de sus relaciones interiores, en que cada persona subsiste en relación con las otras dos.”

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