Landévennec 9-13 junio de 1981

 

5ª Conferencia

LA PRESENCIA – APERTURA A DIOS

Hacemos un paso lento de la antropología a la teología, que podríamos llamar una “entrada en teología” (entrar en teología es diferente de “hacer teología” – matiz importante para Zúndel).

La última conferencia no definía aun la persona, contentándose de presentar diferentes facetas de la misma. Pero tenemos que hacerlo. “El mayor descubri­miento de nuestro siglo es quizás el de la persona”, se atreve a decir Zúndel (Diálogo con la verdad, p.163), pues para él aclara todo el problema del hombre.

Con él podemos dar una primera definición:

“La persona es la manera única como cada hombre, apoyándose en sus determinismos, realiza su interioridad y su generosidad”.

Paso del yo posesivo al yo oblativo. Se trata de perder el “yo” pero llevándolo consigo, de asumir sus determinismos y transfigurarlos en un espacio de interioridad y generosidad. No hay dicotomía, ni dualismo en Zúndel.

En “Ser y Tener” de Gabriel Marcel encontramos la misma visión. Ser y tener son inseparables. El tener es una consecuencia del ser, el ser es animación del tener. No hay dualismo: el cuerpo es espiritual, el espíritu es carnal. Hay que pasar del uno al otro.

Hagamos aquí dos observaciones

  1. 1.Para Zúndel, la noción de persona definida así no es el único fruto de la reflexión filosófica en la historia. Tiene origen teológico, desacralizado progresivamente, humanizado, tanto en la teología de Oriente como en la de Occidente. En el islamismo monoteísta no existe la noción de persona. Fue la noción de Trinidad la que introdujo la noción de persona. Esta noción tiene pues un regusto de cristianismo. Es posible que si no se hubiera reflexionado sobre el misterio de la Trinidad – Dios que es totalmente “don” - no se habría llegado jamás a la noción de persona.
  2. 2.Toda actividad humana está atraída por un polo que la atrapa, un polo sin nombre, del que sabemos solo que debe ser perfectamente inmanente y totalmente trascendente. Este “tercer término” es como una necesidad para pasar del yo posesivo al yo oblativo (lo cual supone su inmanencia, pues ese “X” debe cogernos en lo más profundo de nosotros mismos, en nuestro yo posesivo – debe por tanto vivir dentro de nosotros – y ser trascendencia total, pues nos invita a unirnos con él, a elevarnos hasta él.

Esta primera definición nos detiene pues en un dintel, y habrá que decir quién es ese otro polo.

Por haberlo vivido, Zúndel conoce el nombre de ese Centro interior inmanente y trascendente, pero no puede nombrarlo por respeto para sus interlocutores. Algunos le dan solo el nombre de Belleza, Verdad, Amor. Dar su nombre sería prematuro, podría indisponer, ariscar y hasta alejar, pues todos no piensan que el Dios en que él piensa sea el mismo al que se va a llegar. Peligro también de llegar a una caricatura de Dios. Zúndel quiere hacer todo el camino con ellos.

Este es pues el momento de completar la definición de Zúndel para tener en la mente la visión que polariza su pensamiento.

Cf. Piedras vivas, p. 86 (y Donzé p.104)

“La ontología de la persona termina en mística de la unión transformante”. Y en esta perspectiva, la unión existencial se transforma en amor.

Esta humanización creciente nos lleva a un dintel, ante una Presencia, ante un “dios”, pero un Dios que no se nombra todavía. Pero entonces nos encontramos ante una dificultad, un “círculo”. Como ese centro, esa persona, nos es más interior que nosotros mismos, solo podemos descubrirlo si nos hacemos hombre, pero al mismo tiempo, solo podemos hacernos hombre abriéndonos a nuestra interioridad, accediendo a la interioridad trascendente. Hay pues complementariedad entre los dos descubrimientos, entre el crecimiento del hombre y su encuentro con la presencia interior, entre el despertar a lo humano y el despertar a lo divino.

Entonces el hombre solo crece en diálogo de persona a persona: el problema de Dios es inseparable del problema del hombre. “No me buscarías si no me hubieras ya encontrado” (Pascal). Solo creciendo en el diálogo se produce la luz: para comunicarse, la Presencia espera que el hombre la reconozca, porque si la persona es inviolable, es evidente que Dios respeta la inviolabilidad, él no fuerza las puertas de la interioridad humana, eso sería contrario a su naturaleza. La interioridad divina no puede utilizar los medios de la violencia, de la exterioridad. Será pues necesario que el hombre llegue a su estatura de hombre para encontrarse con Dios, pero es entonces para descubrir que Dios lo estaba acompañando y esperando, silenciosamente.

Pero esa experiencia de Dios se ofrece a todos los hombres, tanto como la posibilidad de hacerse persona, sea cual fuere la condición de cada uno, toda su cultura, su bienestar, su oficio, etc.

¿Quién no ha tenido la ocasión de encontrase con un más? Lo que escribe Kierkegaard a propósito de Abrahán, de sus angustias, su perturbación, tensión hasta el absurdo. Concluye que Abrahán puede ser cualquiera. El encuentro de Dios puede hacerse en la banalidad de la vida cotidiana. El único caso en que es imposible es el que está bajo el nivel de pobreza, el infierno de la miseria (en sentido de Péguy: infierno del que no se puede escapar). Cuando el hombre trata de salir, cae más abajo. Ahí es imposible encontrar a Dios. Ahí sería necesaria la ayuda de toda la humanidad para que el hombre pudiera descubrir su persona. Si no, es como el animal entregado al desespero orgánico.

Hasta ahora el descubrimiento de Dios no se realiza directamente sino por alusión, por intermediario, como conciencia de una “presencia” de un “tercer término”, de un “X”. ¿Y ese tercer término revelará por fin su Nombre? En la profundidad del hombre se aspira a una Revelación. Por sí mismo, no ha logrado aun penetrar su interioridad. Se vuelve hacia ella como hacia una pregunta – “¿quién eres?”, “¿a dónde me conduces?”. Del fondo de la conciencia humana nace el deseo de una revelación.

Mientras la Presencia aun no sea nombrada, hay todo el riesgo de equivocarse. Por eso es necesario desde el comienzo, descartar los caminos que no llevan a ninguna parte. En nuestro siglo, son el panteísmo o el ateísmo bajo sus diferentes formas.

El Panteísmo

Es un camino natural que se abre ante el hombre. Si hay en el hombre una presencia divina, entonces todo hombre “nace con un germen de panteísmo” (Búsqueda de la persona, p. 11). Consiste en buscar a Dios en las cosas, en el universo, en el desarrollo del cosmos, lo agota en la obra de arte o la creación científica, en el hedonismo – búsqueda de un placer al nivel de la epidermis, que pega al hombre en su horizontalidad, y creer que eso es Dios… hay paisajes seductores, músicas que nos rodean (así un Wagner: ¿porqué no estaría Dios en la cabalgata de la Valkiria?). Es un peligro enorme de no reconocer el verdadero nombre, la verdadera identidad de Dios.

Hay que decir ante todo que es un error sobre el hombre, pues es su inversión. Tuerce su impulso hacia el infinito y su profundidad en embriaguez de lo indefinido.

Su aspiración al infinito se extiende en la horizontalidad de lo indefinido. La búsqueda de lo indefinido puede suscitar impulsos muy nobles, pero que duran poco y solo queda un ser que se agota en su embriaguez, se embriaga de todo y de nada, y se agota en eso. Ese es quizás el caso de Rimbaud, que vio a Dios en un momento dado y luego se dejó absorber por lo indefinido de la sensación, escapando al llamado del infinito. Carácter predominante del erotismo actual: captar a Dios en los cuerpos, unir lo infinito a la sensación.

Donzé, op.cit.p.109: “Es desviar el infinito hacia lo indefinido, sustituir la interioridad por la exterioridad de una búsqueda que solo se satisface en las cosas, “el fervor equívoco en que el hombre coincide con lo Divino difuso en toda cosa o idéntico a sí mismo” (Búsqueda de la persona, p. 144). Puede inspirar impulsos muy nobles, pero que no encuentran su término por falta de centro. Se pierden en la divinización de lo finito, o se agotan en la búsqueda de un absoluto en devenir y que jamás existirá”.

Y es también un error sobre Dios, entonces ya no sería una persona sino que se convertiría en el cosmos, identificándose con él y con la historia. Y entonces, ¿por qué sería persona el hombre si no es invitado por una Persona? Es necesario poder entrar en diálogo con una Persona y no con una ausencia. Hay que recordarles esto a los que parten para Katmandú, a todos los técnicos de meditaciones orientales – Zen, etc.: hay que encontrase con una persona y no con una im-personalidad. Si no hay éx-tasis, se cae en el én-stasis, y el hombre se derrumba en su horizontalidad.

El Ateísmo

El ateísmo de que tratamos aquí es el que comanda una actitud existencial y no el ateísmo metodológico. “El ateísmo tiene aspectos tan diversos como los motivos que lo inspiran y los dioses que niega” – motivos a menudo nobles. Por eso Zúndel, reconociendo lo positivo que hay en esas diferentes corrientes, toma cada vez lo mejor que tiene, pero dirigiéndole a cada una su crítica.

Lo que hay de común en las diferentes corrientes – las que inspiraron a Marx, Nietzsche, Sartre es la aseidad: voluntad del hombre de no depender sino de sí mismo, reivindicación de autonomía, rechazo de toda dependencia.

Para Marx, es la reivindicación apasionada de la dignidad humana frente a la explotación del hombre por el hombre, frente a un sistema económico. ¿Y cómo no simpatizar con esa búsqueda de la dignidad? Pero se trata de saber por qué hombre lucha Marx, y contra qué Dios. El hombre, según su sistema, se reduce a un animal económico, una caricatura de hombre, que lucha contra un Dios tirano, caricaturesco, opio del pueblo: es el Dios de Hegel, Dios Moloc, que pide al hombree que no exista para dejar pasar la corriente de la historia.

Para Nietzsche hay rebelión contra la idea que se hace de Dios, inspirado también de Hegel: un Dios que quiere humillar al hombre, aplastarlo, un Dios Moloc, tirano, que se divierte haciendo sufrir al hombre.

Y en este sentido, ante semejante idea de Dios, no podemos no aceptar la rebelión de Nietzsche: “Si hubiera dioses, ¿cómo podría yo soportar no ser dios?” Pero como no hay dioses, o como son falsos dioses, va a tratar de superar todos los esfuerzos humanos para hacerse Dios – el más heroico esfuerzo para hacerse Dios, saltando por encima de su sombra para hacerse sol.

(Y sabemos que Nietzsche murió loco creyendo ser Cristo)

En Sartre, se trata del ateísmo sistemático, desde el comienzo mismo de su pensamiento. Su sistema está hecho para negar a Dios, partiendo de una mirada sobre una noción de un Dios que cosificaría al hombre para impedirle hacerse sujeto. A partir de su experiencia de niño – bajo la ducha, tuvo la impresión de que Dios lo miraba desnudo, lo cual es signo de la educación recibida – piensa en Dios como en alguien que todo lo ve, todo lo mira, violador de la intimidad del hombre y que se da el universo en espectáculo: un Dios “obsceno”, y de ahí su oposición contra ese Dios asfixiante. Pero ¿es el verdadero Dios?

Es evidente que para nosotros Dios mira al hombre con mucho pudor. Cf. la mirada de Jesús sobre la mujer adúltera: baja los ojos y escribe en el suelo, respetando su interioridad y dejándola hacerse sujeto, mirar su interioridad ella misma. Es respeto y no indiferencia.

Entonces, a todos los ateos, a Sartre como a Marx y a Nietzsche, hay que preguntarles: ¿qué Dios buscaban y qué Dios encontraron? ¿Qué Dios rechazan? Y entonces, para buscar a Dios tenemos que busca r al Dios que realiza y respeta a la vez la suprema dignidad y la suprema humanidad del hombre.

Vimos pues los caminos defectuosos, que no llevan a nada, los del panteísmo y del ateísmo. Tenemos pues que comenzar más abajo, y el hombre tiene derecho de inquietarse por esa identidad misteriosa sin la cual, abandonado a sí mismo, podría equivocarse.

Por eso, para Mauricio Zúndel, no hay respuesta adecuada posible fuera de la Revelación, fuera de Cristo. Y aquí pasamos de la antropología a la teología; “entramos en teología”. No se trata de un tratado de la Revelación, sino de descubrir por dentro, en el interior del hombre, para unir el misterio de la revelación con el misterio del hombre, para mostrar cómo verificar que una Revelación es perceptible al hombre, cómo es verdad, respetando (para responder a Nietzsche) la grandeza, la libertad (contra Marx) y la inviolabilidad (contra Sartre) del hombre. Pues si Dios existe, solo puede querer la libertad del hombre, de lo contrario sería un tirano.

Pero el paso del misterio del hombre al misterio de Dios no puede hacerse sino dentro de relaciones interpersonales. Una Revelación puede tener lugar en un diálogo interpersonal, diálogo en el cual Dios “transparenta” más bien que aparece. No es un Dios acabado, del exterior, sino un Dios que surge de adentro, proyectándose en la espesura del hombre: una transparencia de Dios en medio de nuestra inmanencia, de la experiencia de la interioridad humana. El resultado solo puede aparecer de adentro, ser movimiento de “subida” y no de bajada. Y quizá las imágenes suscitadas por las expresiones “arriba”, “abajo”, han falseado nuestra noción de Revelación. Si el hombre no es “capaz” de Dios, ¿cómo reconocería a Dios? Por eso Zúndel rechaza lo que dice Karl Barth: “lo finito no es capaz de infinito” (expresión que demuestra lo que es la noción de infinito para K. B.): en ese caso, no habría jamás reconocimiento posible. Al contrario, es necesario que con la ayuda de Dios, el hombre tenga capacidad de hacerse Dios, de entrar en teología, en el universo de Dios, pero no puede hacerlo sino bajo la atracción, la interrogación y con la ayuda del infinito mismo. La revelación no cayó entonces del cielo sino que es interior al hombre. El hombre debería sentir una presencia originada más allá y dentro de sí mismo. Hay dos registros interiores el uno al otro que se solicitan uno a otro. La inmanencia tiene significación transcendente...

Es lo que Zúndel expresa mediante la expresión acontecimiento-advenimiento. En el acontecimiento hay un “más”, algo nuevo que retiene la atención, que invoca la aparición del hombre, la gratuidad en medio del acontecimiento. Y, para hacerlo entender, Zúndel toma el ejemplo del martirio del P. Kolbe que ofrece su vida en remplazo de un camarada y cantando con sus compañeros de muerte en el “búnker del hambre”. Da testimonio de una realidad que rebasa su propia vida, de una vida y de una alegría más fuertes que la muerte, un acontecimiento-advenimiento en que cada uno discierne una presencia más alta que el hombre, una presencia que converge con sus deseos más profundos. Así el P. Kolbe revela a Aquél que hace vivir (cf. La Piedra viva, p. 21, Donzé op.cit.p.118).

Así debería ser toda revelación auténtica: advenimiento en un acontecimiento. La vida se abre a más que la vida.

¿Pero cómo discernir la autenticidad de una revelación sobre Dios? ¿Cómo puede una palabra ser vehículo de una presencia divina? Zúndel toma a menudo la comparación de la Revelación como una carta de amor, o de la carta de dos amigos íntimos. En manos de un tercero, la carta se vuelve extremadamente banal, pero para el destinatario toma un valor infinito (como un vitral transformado por la luz). Así en ciertos pasajes del Antiguo Testamento hay términos de una trivialidad extrema pero que, iluminados por dentro, toman todo su valor.

El aproche de una revelación no es discursivo sino ante todo diálogo y encuentro, lo que Zúndel llama “encarnación” (independientemente del misterio de la Encarnación) en el interior del acontecimiento-advenimiento. “Aquí entendemos por encarnación, en sentido analógico, - una manifestación de la presencia divina a través de una persona tomada formalmente como tal” (P.V., p.3l). Así Lacordaire iba a escuchar la predicación del Cura de Ars, no para enriquecerse en palabras o ideas, sino para comulgar en la presencia que consumía a esa alma totalmente entregada. Las palabras perdían sus límites para hacer sentir la plenitud de una presencia, se hacían presencia llevada por una presencia humana (cf. Donzé, p.120).

El acontecimiento-advenimiento comporta a la vez la transfiguración y la liberación del ser visible que sirve de intermedio al Espíritu, pero esa transfiguración jamás es total; es siempre parcial pues todo ser está marcado por determinismos en que ha nacido – Moisés sigue unido al contexto del Éxodo, Sto. Tomás de Aquino a la filosofía escolástica de su siglo XIII. Una revelación no se puede realizar de un golpe, y por eso la revelación cristiana, después de crecer en el pueblo de la historia de la salvación, tomó forma comunitaria con los discípulos, cada punto de vista siendo complementario de los demás.

¿Y cómo juzgar de la verdad de una revelación? No busca enseñar algo, sino poner en contacto con Alguien. Cf. Hechos de los Apóstoles: “Las masas se convertían al Señor”, a una persona, no a una doctrina abstracta. Una persona que revela a cada uno su dignidad (cf. Jesús lavando los pies a sus discípulos, reconociendo su grandeza y su dignidad). Una revelación auténtica solo puede ser liberación, solo puede hacernos crecer. “Luz, existencia y liberación son una misma y nos ofrecen indivisiblemente el criterio último al cual podemos referirnos prácticamente” (FV, p.22).

Además, una revelación no puede ser palabra que cae sobre el hombre ex abrupto, como pre-redactada sino que surge del corazón de un diálogo. Eso toma tiempo. El hombre tiene que personalizarse para acogerla. Hay crecimiento. El primer Amor suscita el nuestro. Hay que comprender poco a poco el polo que nos habita. La revelación es diálogo-dialéctico de la gracia y la gravedad; diálogo respetuoso del hombre. Dios toma al hombre ahí donde está. La gracia se adapta a cada uno, adopta nuestro lenguaje, pasa a través de nuestras pasiones. Es toda la historia de la Regla de san Benito. Dios toma al hombre más atado, quizás es el secreto de la elección de un pueblo entre otros, y si ese ser atado logra alcanzar el nivel del yo oblativo, entonces todos pueden lograrlo. “Señor que los has amasado de esta tierra, no te asombres de verlos tan terrestres” (Péguy). El diálogo supone crecimiento, progreso, y Dios lo respeta.

Por eso la revelación paciente, toma al hombre en medio de sus pasiones, de su posesividad y prepara el terreno. Por eso en la Biblia todo lo que no es del Espíritu – las estrecheces, los gritos de venganza… - no viene de la revelación sino de una pedagogía: viene del medio en que se manifiesta la revelación. Se trata de una confidencia que no podía expresarse de otra manera. Hay un movimiento de la revelación, un diálogo que comienza a programarse.

Pero ¿cómo imaginar en ese diálogo el caso límite de una revelación suprema y definitiva que sale del corazón del hombre? Puesto que la naturaleza humana no está personalizada sino en vía de personalización, está atraída hacia la presencia divina que la personaliza. El caso límite sería entonces un hombre totalmente trasparente a esa interioridad, totalmente despegado de su yo posesivo, totalmente oblativo, un ser que no “se haría” persona sino que “nacería” persona, sin ninguna adherencia a la naturaleza que lo lleva, sin ninguna distancia respecto de Dios.

La Piedra viva, p.91: “Así estaría constituido el hombre perfectamente santo, el cual, sin cesar de ser criatura limitada y dependiente en su orden de naturaleza humana, estaría íntegramente exento de los límites de la autonomía fraudulenta en que la naturaleza juega en nosotros a la persona, porque en él la misma naturaleza, dinamizada totalmente por un impulso divino, estaría revestida por eso mismo de una personalidad divina que la haría pasar entonces totalmente al reino de Dios, confiriéndole además una misión en relación con ese favor”.

Si tal hombre fuera posible, si existiera, la Revelación sería perfecta pues sería comunicación de Dios sin frontera, sin opacidad, sería advenimiento eterno e insuperable. Una persona tan personalizada que, nacida persona, sería totalmente abierta a su polo interior, a su Dios, inmanencia plenamente abierta a la trascendencia.

Ahora bien, para el cristianismo, ese caso límite existe y es Jesucristo, un hijo del hombre tan realizado que es al mismo tiempo hijo de Dios.

No se trata de catalogar, de enunciar el misterio de Jesús sino de ver que si existe, es el caso límite de la interioridad, total oblación, el “gran pobre”.

Si Jesús es la cumbre, la vanguardia de la humanidad, si él es realmente “el hijo del hombre”, entonces todo bosquejo, todo balbuceo de revelación en el mundo se orientará hacia la revelación de Cristo, pues él es el hombre en que se encarna la Revelación. Él es la Revelación misma. Y entonces todo lo que nos habla de Dios en el budismo, en el islamismo, en el judaísmo, todo eso será retomado en Cristo. Él es la Revelación. No se trata de un discurso “de” él o “sobre” él, sino de un discurso sostenido por una presencia, que viene a dar todos los discursos sobre Dios y todas las encarnaciones fragmentarias. No es extranjero a la historia humana, a todas las revelaciones parciales, sino las asume y las reúne. Él es la Revelación y finalmente la Revelación se resume en su persona. “Los archivos míos, escribía san Ignacio de Antioquía, es Jesucristo”, porque él es “el hombre”, hombre totalmente humano y está plenamente abierto a la Divinidad. Y a partir de ´él se aclara todo lo demás.

Pero no olvidemos que estamos todavía en la hipótesis “Si existe un caso límite…” (Continuará)

 

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