Landévennec, 9-13 junio de 1981

 

4ª Conferencia: EL CONOCIMIENTO INTERPERSONAL

Dimensiones de la personalidad

Hemos subido los primeros escalones de la libertad: el conocimiento poético por el arte y el conocimiento racional por la ciencia. Tales son las primeras tentativas, pero solo incoativas respecto a la tercera, el conocimiento interpersonal de los hombres unos respecto de los demás.

Como escribe Remy Colín, el hombre de ciencia construye con ardor una figura jamás terminada, pero con la esperanza de contemplar un día la forma eterna e inmutable a la cual le ha dedicado su vida (participa, sin jamás lograr esa forma).

"Yo es otro", p. 21 (Rostand y su admiración ante la verdad) “La admiración es precisamente el momento en que emerge en nosotros una nueva dimensión, es el momento privilegiado en que de repente somos por un instante sanados de nosotros mismos y arrojados en una Presencia que no necesitamos nombrar y que nos colma al mismo tiempo que nos libera de nosotros mismos.

Como lo sabemos, podemos sentir la admiración en todos los sectores, ante el amor, ante un niño que nace o que duerme, ante un descubrimiento científico o ante una creación artística. No hay campo en que la admiración no nos abra horizontes infinitos, y donde no podamos tener en ciertos momentos el sentimiento de un encuentro liberador, de un encuentro siempre con la misma presencia, precisamente porque produce siempre en nosotros el mismo efecto, porque encontrarla es dejar de ser esclavo de sí mismo y entrar en un campo en que la libertad se actualiza en liberación de sí mismo.

Incontestablemente, hay momentos en que el universo pasional, como el universo objeto de la ciencia, se abre y respira en una inmensa libertad que suscita justamente la admiración y, por un instante al menos, el don total de sí mismo.

¡Cuántos sabios, sin nombrar a Dios, están imantados por el cuidado de no hacer trampas, por la voluntad absoluta de ser fieles a todas las exigencias de sus investigaciones! ¡Cuántos consagran secreta y silenciosamente sus vidas a la verdad, fuente de su admiración!

Ese encuentro con la Presencia que nos sana de nosotros mismos se va a realizar sobre todo en encuentros interpersonales, pues se trata entonces de dos sujetos, descubrimiento del hombre, que produce una real transformación. Conocimiento trans-subjetivo, bien distinto del conocimiento artístico o científico. Si en el arte existe compromiso total, es la verdad lo que cuenta, y más que las verdades. Aquí, el compromiso es aun más total, pues aquí se llega al otro como sujeto, como persona (al menos potencialmente). Este conocimiento exige pues una interioridad proporcional a la que se quiere descubrir en el otro. Se la debe haber presentido ya en sí mismo. Entonces el compromiso debe hacerse más y más profundo, más total, ser obra de amor, pues una interioridad sólo puede abordarse con mucho respeto. El diálogo con una libertad exige libertad, y finalmente, uno se abre a la gratuidad, comienza a hacerse gratuito ante la gratuidad del otro. Por eso el conocimiento interpersonal “respira el amor”. El amor, como lo bello y lo verdadero, no se alcanza jamás: escapa siempre indefinidamente al que ama.

Y aquí, más que en cualquier parte, sólo conocemos en la medida en que amamos, ya que no podemos devenir el otro sino en la medida en que nos desembarazamos de nosotros. Aquí, la verdad resulta de una interioridad recíproca del uno respecto del otro, y el encuentro se hace en la medida en que cada uno está abierto a más que sí mismo.

¿Diremos que se trata de un conocimiento objetivo?

Sería falso decir que se trata de un conocimiento subjetivo, pues a ese conocimiento llegamos en la medida en que estamos totalmente desposeídos de nosotros mismos. Conocemos a los demás, e incluso a nosotros mismos, solo por la mediación de un infinito – “la proximidad infinita en la distancia infinita” (Kierkegaard). No es promiscuidad la intimidad que une a los seres, que abre el alma al alma. Es necesario pasar por el centro al que uno se abre y al que uno invita al otro a abrirse. Así se encuentran las interioridades, y finalmente “el camino más corto entre yo y mí mismo pasa siempre por el otro” (E. Mounier, El Personalismo).

Entonces, si para conocerse en amistad, en amor, los amigos deben superarse y pasar por un centro infinito hacia el cual se orienta cada uno, debe haber un “tercer término”, un X, que sea amor hasta estar por encima de todos los amores, que sea plenamente persona, interioridad, desposesión, compromiso, inmanente a la experiencia, absolutamente desposeído del yo posesivo para no ser sino yo oblativo, totalmente trascendente a la inmanencia que abre él en dirección hacia él. Así el misterio del surgir de la persona humana nos abre al infinito de la Presencia.

Y el descubrir en nosotros esa Presencia nos va a plantear una interrogación sobre el Nombre, la naturaleza de esa Presencia (que quisiéramos que se revele), mientas que las conciencias están orientadas hacia ella.

En este itinerario descubrimos las facetas complementarias de la persona: aparece como inviolable: jamás podemos entrar por fuerza en una persona, ni podemos entrar en nosotros mismos por violencia, so pena de endurecernos en exterioridad y por lo mismo en impersonalidad: entonces nos perderíamos infaliblemente. El ser no se manipula, ni se manipula uno mismo (Cf. Vercors, “Las armas de la noche”). Cuando se viola una inviolabilidad se destruye el ser, nunca más será el mismo. Al contrario, abrir a alguien a su interioridad es revelarle su Rostro en espera, su verdadero rostro. Descubrir una interioridad es descubrir el infinito que lo habita.

 

¿Qué hombre y qué Dios? p.31 "Y el pequeño Enrique dejó de orar"

“En un ejemplo infinitesimal, un escritor suizo alemán del s. 19, Gottfried Keller, nos hace sentir el descubrimiento de la inviolabilidad. En una novela que se dice autobiográfica, “Enrique el Verde” (Heinrich der Grüne), cuenta un episodio de la vida de su héroe. El pequeño Enrique es hijo de una mujer viuda, que lo educa lo mejor que puede, dedicándole toda su ternura. Está entonces de 8-9 años. Llega de la escuela al final de la tarde. La comida lo está esperando y él se pone a la mesa, por primera vez sin rezar. Su madre, pensando que se trata de un olvido, le llama delicadamente la atención.

Él finge no oírla. Ella insiste. Él se afirma, en muda resistencia. Entonces la mamá, con tono de autoridad: “¿No vas a hacer la oración? - ¡No! – ¡Entonces, anda a la cama sin comer!” Valientemente, el niño recoge el guante y se va a la cama sin replicar. Al cabo de un momento, llena de remordimiento, la mamá le lleva la comida a la cama. Demasiado tarde: desde ese momento el niño abandona la oración.

Ese pequeño incidente está lleno de significado. Nos hace asistir precisamente a la toma de conciencia de la inviolabilidad de un niño. Descubre que hay en él un campo en que su madre no puede entrar sin su autorización, un campo que le pertenece y del que solo él puede disponer. Es incapaz de definirlo, claro está, pero lo percibe tan claramente que desde ese momento no vuelve a orar, para no dejar de afirmar, contra su madre, su intangible independencia. Ahí encontramos uno de los factores más esenciales de la experiencia humana (...).

La experiencia de la inviolabilidad del hombre para sí mismo (no puede poseerse, manipularse, sufrirse en sus pasiones y determinismos, todo lo que es efracción de sí mismo por sí mismo), Zúndel nos la hace sentir a través del drama de lady Macbeth. Para satisfacer su ambición de ser reina, no retrocede ante el asesinato y luego se embriaga recibiendo homenajes. Pero a un asesinato siguen otros, los descubren y en los ojos de los hombres ya no ve sino sospechas, acusación y odio. Y su sueño se derrumba. El mundo exterior que ella deseaba ver a sus pies, se le escapa. El mundo interior no existe, está sepultado bajo la tiranía de su yo. “Sin las dos vertientes del ser, no puede subsistir en ninguna parte”. Entonces ve en sus manos – al exterior, lo que es muy significativo – la mancha de sangre de sus crímenes, y se mata. Ni siquiera el remordimiento puede entrar adentro de ella para abrir un espacio a la misericordia” (Ib. p. 35; cf. Donzé, p. 87).

Su dignidad, que representa un valor por realizar. Es lo que constituye el precio de nuestra vida, lo que no aceptamos sacrificar. No la dignidad social, el prestigio, sino la dignidad interior, ese pequeño “algo más” que es indispensable. “Querías tu pitanza y algo más” (Sartre. Las manos sucias). En el hambre y la miseria hay algo más que eso, una dignidad herida. “El proletario no necesita solamente pan, sino rosas” (Marx). Es también el grito de la mujer pobre que encontró Zúndel “El mayor sufrimiento de los pobres es que nadie necesita su amistad” (¿Creen Uds. en el hombre?, p. 19 - Donzé, p.88). Sufrimiento del que está pegado a su tarea, considerado solo como “un paquete de necesidades”, sufriendo de no poder dar. “¡Qué importa que nos den la felicidad, si nos rehúsan la dignidad!” (Jean Guéhenno). Cf. también W. Georghiu: la hora 25: nos hemos convertido en semental, ya no hay dignidad.

Tal sentimiento de dignidad no existiría si la dignidad no estuviera basada en un valor absoluto.

Su interioridad, unida a su dignidad, pues la dignidad nace de dentro del ser. La interioridad no consiste en un universo cerrado, la “zona privada”, que es más bien un álibi, el momento en que somos lo menos interiores a nosotros mismos, donde ya no nos reconocemos. Un ser interior se vuelve como transparente. ¿Para qué los muros de la vida privada si uno es transparente? “El bien privado es el bien del que privamos a los demás” (Mounier). Nos encerramos entonces en una falta de ser. Por fin solos. ¿Para qué? ¿Para entrar en nosotros mismos o para escaparnos? Cuando uno se ha hecho incapaz de tener vida privada, cuando es pura apertura, es quizá el momento en que uno es más interior a sí mismo, listo para acoger al Otro que lo habita. La interioridad es el momento en que se prepara la apertura a una presencia infinita. “Tarde te amé, Hermosura… Tú estabas dentro de mí, pero yo estaba fuera de mí mismo…” (S. Agustín, conf. L.X, XXVII, 38 - cf. supra p.11). No podemos comunicar con una interioridad si buscamos poseerla, con miradas indiscretas y curiosas. Sólo podemos entrar en ella con los ojos cerrados, dejando fuera al yo. El ser rehúsa que lo reduzcamos a su apariencia, de ahí su silencio y su pudor. Uno sólo puede expresarse ante alguien que sea todo interioridad, entonces el pudor ya no entra en juego.

Su libertad. La experiencia de la libertad es experiencia de interioridad, pues tampoco puede ser violada. Es igual a la vida. No “tenemos” libertad. Uno es libre, o no. Destruir la libertad de un ser humano es destruirlo.

Primer enfoque de la libertad

La libertad no se reduce a una autonomía que reivindicamos, a la posibilidad de hacer lo que nos da la gana (eso nos llevaría al puro determinismo). Algunos se dejan llevar por sus diversiones, en vez de decidirlas: los domina la televisión, el auto conduce al hombre que tiene el volante; uno se vuelve servidor del refrigerador. Sabemos que las revoluciones se hacen en nombre de la libertad, pero más a menudo la libertad se vuelve contra ellas por una dialéctica simple y obligatoria. Para oponerse a un poder, a un determinismo, uno tiene que someterse a un determinismo, a un poder más fuerte. Más a menudo, las revoluciones no llegan a una libertad sino a un imperialismo más duro que el precedente.

La libertad no se demuestra sino que se vive. “Un ser libre es un ser disponible" (Gabriel Marcel), ya que en él hay lugar para los demás, es libre de sí mismo. Pero si quiere mostrarse su libertad, verse como libre, choca con su Yo, se encierra en los muros de éste. La toma de conciencia es cosificante.

Solo hay libertad condicionada por las determinaciones concretas que la limitan. Existe un “terreno” de la libertad, brasas que hay que arrojar al fuego de la liberad. En la ilusión de la libertad “creación de sí mismo”, hay al menos eso de positivo: el rechazo de la heteronomía, rechazo de depender de otro que Yo, rechazo de toda obligación exterior. Eso significa que la libertad es grandeza: es un combate en el cual crece la persona.

Al final de este primer enfoque podemos pues decir que la libertad no es búsqueda de autonomía, sino al menos rechazo de obligación exterior.

2° enfoque: La libertad es liberación de un afuera y de un adentro: libre de los demás y también de sí mismo. Eso supone poder dialogar con otro que uno mismo pero aun más interior a uno que uno mismo, libre absolutamente. Encuentro que es mediación entre uno y uno mismo, pues cómo satisfacer su sed de infinito sin encontrarse con Otro, infinito. (Volvemos a encontrarnos con S. Agustín). Solo ante lo ilimitado aceptamos renunciar a nuestros límites. Porque entonces ya no es obligación sino ilimitado interior. De ahí:

3° enfoque: La libertad es desapropiación: hace estallar todos los determinismos para transformarlos en dones. Es verdaderamente el paso del yo posesivo al yo oblativo, del individuo a la persona, de algo a alguien.

Entonces la experiencia más total de la libertad es la de obedecer: ahí llega la libertad a su zenit. La liberad es todal porque se hace dócil.

Entonces la libertad es el ser, “la totalidad del ser en estado de don”, no solo propiedad del ser sino su total densidad, todo lo que acepta renacer en estado de total libertad. Y entonces podemos repetir el “dilige et quod vis fac” – “ama y haz lo que quieras” - de S. Agustín. Si entendemos así el amor, “en ese nivel, la libertad es ley para sí misma, pues está toda contenida en un amor que confiere a su iniciativa una rectitud infalible”, es “poder de darse y de darlo todo dándose” “para que el mundo sea hermoso cuando lo mire el sol” (para esto, cf. Donzé, p.99)

La pobreza de la persona, del sí mismo. Ella hace la unidad de todo lo que precede. “La existencia auténtica se realiza en forma de pobreza, porque es toda impulso hacia el Otro en quien ella despega de sí misma. Entonces el bien saca su luz del éxtasis que es él en la trasparencia del amor en que él se gasta” (La Pierre vivante - La Roca viva, p.70. “éxtasis” significa “salir de sí”). Ex-tasis hacia el otro para legar a ser uno mismo, liberándose de la tiranía más sutil que puede tomar las formas más ocultas. Ahí es donde el hombre es más persona, inventa su propio genio porque escapa a todo lo finito, a su impersonalidad, para terminar en éxtasis y pobreza. El día en que Francisco contrajo nupcias con Dama Pobreza es cuando fue más libre.

¿Y en qué consiste la pobreza? No es proceso biológico sino nuevo nacimiento más allá de las posesiones del yo propietario, abierto por fin al infinito. Uno nace a la vida del espíritu, se abre al infinito, en el momento en que nace a sí mismo en esta pobreza. Aceptar desapropiarse incluso de sus propias razones para obrar. Consentir en recibirse uno mismo de esa Presencia.

Desapropiación respecto de las cosas. No solo renunciar, sino transponer los límites de las cosas (no limitar a nosotros lo real), darles la posibilidad de dar lo máximo, conservarles un rostro orientado no hacia nosotros sino hacia la hermosura del mundo. La pobreza da a la materia la posibilidad de ser recurso para alguien.

Y sobre todo, desapropiación respecto de sí mismo, para ser uno mismo. Es la desalienación más profunda: hace saltar la tiranía del yo, que es la tiranía más sutil: hace saltar las barreras del yo. Solo el que no tiene nada puede volverse totalmente hacia el otro, hacia el universo. Por eso la pobreza es fuente del gozo, de la hermosura y de toda fecundidad.

Pero esa pobreza no puede descubrirse sino en el encuentro con un Valor absolutamente pobre de sí mismo. Ante el Don podemos hacernos don, ante la Persona nos hacemos persona.

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