Landévennec 9-13 de junio de 1981 

3ª Conferencia: EL ARTE Y LA CIENCIA

La obra de arte

Evocación del "Pensador" de Rodín: el lugar de la meditación está en el interior. Es el discurso de toda obra de arte. La materia parece esculpida en el interior, se trata de hacer pasar en la materia, como en una morada, la obra de la mente para que exprese más que ella misma. El arte es materia transfigurada, es un lugar de reposo para la interioridad.

Para que haya obra de arte, se necesita por parte del autor una captación no utilitaria del mundo, para llegar a una contemplación: llamado a la interioridad. La percibe sólo quien tiene sensibilidad ejercida, no posesiva sino abierta, al que le guste la obra por sí misma y por más que sí misma.

La mirada del arte es gratuita y ofrece a la materia recursos infinitos. El arte hace así alusión a una belleza, a una presencia, a una verdad del interior. Conduce a un dintel que no se puede pasar, que permanece impenetrable.


¿Qué hombre y qué Dios?, p.98: « Todas las artes tienen encantamiento (...). llevan todas las cosas al mismo punto de origen. Evocan un más allá que está dentro. Gravitan en la órbita del mismo absoluto. Nos abren a una presencia idéntica y nos liberan de nosotros mismos sumergiéndonos en su infinitud por una alusión integrada a la obra que la informa toda entera como la huella de un momento creador en que el artista mismo percibió en una realidad cualquiera lo que Rodín llama “la verdad de adentro”.

No se puede subrayar demasiado la importancia de la visión no utilitaria del mundo bajo un modo contemplativo. Desde la prehistoria ha sido una iniciación a lo sagrado que interioriza el espectáculo de la naturaleza confiriéndole una especie de transcendencia vivida a través de la percepción sensible (...). El arte sugiere la trascendencia mediante “correspondencias” inscritas en la materia sobre la cual opera – sin hacerlo explícito – pero eso es justamente lo que asegura su fuerza de penetración hasta la raíz de nuestro inconsciente, tan abierto al simbolismo como insensible al discurso”.


Se trata pues de percibir la verdad desde dentro, lo cual es referencia a una presencia, que inviste la obra de adentro (alusión a la arquitectura del monasterio, a un adagio de Bach escuchado).

Para eso es necesario que la mirada del artista se haya hecho santuario de la interioridad, y que el que entra en el santuario lo haga con una mirada que vuelve a crear la interioridad.

Esto vale para la obra de arte, para el artista y para el que contempla la obra:

1. La obra de arte. No se viene a “pesar la materia” no se la mide en cantidad como objeto de mercado. No se pesa una estatua, ni las palabras de un poema. Es una especie de sacramento que vehicula una experiencia en que la humanidad es liberada de sí misma, de su parte nocturna e infrahumana, de su caos.

2. El artista ha debido también liberarse de su anarquía interna para liberar la fina punta en que hace converger todas sus energías. Se trata de llegar a un misterio, a un centro infinitamente sencillo, al “misterio que rodea las muy bellas obras de arte” (Rodín). Por el arte, la materia va infinitamente más allá de la materia. La obra de arte, con un gesto, abre al silencio, a la contemplación. “En mis versos, gramático, no busques el camino sino el centro” (Claudel). Para el artista no basta el talento y no puede bastar, aun con todos los medios técnicos. Si solo se cuenta él mismo, aburre, porque lo que lleva en sí es agotador. Todo narcisismo es humillante. El artista debe pues liberarse de su propia subjetividad para dejar pasar la corriente, para escuchar otra cosa, un “más”, una presencia. Debe escuchar su persona, pero su persona debe escuchar, en su totalidad, otra cosa. Escucha un secreto interior y lo deja pasar.

¿Cómo podría el artista liberar así la materia si no se ha liberado antes a sí mismo, si no ha descubierto su propia interioridad, si no se hace obra de arte él mismo, si no aumenta su poder de interioridad? “El poeta es un santo si él mismo está en su alma”. Nada más decepcionante, nada más triste que un artista que todo lo refiere a sí mismo. “¡Qué tristeza cuando un artista saborea con vanidad sus éxitos o acecha los homenajes y hasta los solicita! Entonces se acapara el mérito de una obra cuyo misterio es incapaz de explicar. Se apropia una gloria que no le pertenece. “Cae del cielo a donde lo había llevado la inspiración” (Donzé, p.55; cf. Itinerario, p.129-131). El artista debe unificarse, armonizarse para poner en su obra la riqueza que es él. Cf. el pianista que ejecuta una obra maestra y que puede decir: “todo eso, soy yo”.

Dicen que Bach lloraba de compasión al escribir la Pasión según S. Mateo. La obra del artista le cuesta el don de su vida. Para escribir una obra así, se necesita una experiencia interior tan espiritual como la espiritualidad de la obra que se traduce. Un Rimbaud, un Baudelaire son realmente emocionantes cuando exaltan el campo de los sentidos. ¿Pero no habrían sido mucho más grandes utilizando todas sus energías para entrar en su propio interior? El artista sólo puede ser tal poniéndose en el nivel de armonía de su obra. Dentro de sí mismo es donde debe realizar su más hermosa obra maestra, la más difícil sin duda.

3. El admirador, el espectador, el “contemplador”. A su entrada, lo invitan a una fiesta del arte, pero no solamente afrontándolo con colores, formas y sonidos. Es como si su mirada fuera atraída al interior por el misterio de una persona que se expresa dentro. La obra solicita su mirada, pero es sólo un aproche, y debe llegar a un encuentro, a un diálogo. Eso puede realizarse cada vez que el artista se ha olvidado a sí mismo, en provecho de su obra y que a él mismo lo invitan a olvidarse. Es el encuentro de dos “personas” y no de dos “yoes”.

Ese diálogo exige tiempo; se necesita iniciación, lo cual es normal pues la obra de arte es el resultado de un esfuerzo de simplificación. La obra de arte es algo muy amplio, pero algo que se dice mediante voces, técnicas, etc…. La obra de arte no nos impresiona al primer toque (cf. las obras de Ravel, de Stravinski…). Una vez realizada la comunicación, todo es sencillo, se ha hecho un puente entre el admirador, el artista y, más allá, la obra misma. Encuentro extremadamente rico, que se manifiesta en particular por el tiempo de silencio que separa el final de una ejecución de los aplausos: tiempo de intensa comunión: todo el mundo se ha sumergido en el “sacramento de la Belleza”.

 

¿Qué hombre y qué Dios?, p.143: La capilla de los Medicis en San Lorenzo “(Florencia), que conserva algunas de las más bellas obras de Miguel Ángel, es para mí un recuerdo particularmente precioso. Un amigo y yo nos habíamos refugiado ahí una mañana para descansar del cansancio de los museos cuya visita nos había agotado. Ya no queríamos ver nada, pues los ojos estaban saciados con obras maestras que abundaban en esa metrópolis de bellas artes. Estábamos solos y en silencio, sentados ante las tumbas de Lorenzo y Julián y contentos de encontrar donde descansar de nuestra fatiga. Eso no impedía que mi mirada se posara sobre el conjunto escultural que respiraba en ese espacio, bastante grande para contenerlo. Y poco a poco me invadió la belleza que emanaba de esas figuras, interiorizadas por un prodigioso recogimiento, como una presencia que me liberaba muy suavemente de mí mismo. Era una sensación tan apacible que excluía toda exaltación. Yo me perdía de vista en la admiración en que estaba suspendido y mi admiración misma despegaba de mí mismo para adherir a ella, como si yo llegara a ser yo en ella. Supongo que todo el mundo ha hecho alguna vez una experiencia análoga y ha sentido esa alegría de ser él mismo en otro, a la vez trascendente e interior en él, que es en síntesis el encuentro de lo sagrado y el descubrimiento de la libertad como liberación. También se puede ver ahí una imagen de la Trinidad y un presentimiento de la encarnación, dos misterios en que se realiza eminente y diferentemente la paradoja maravillosa de ser uno mismo en otro” (Cf. también Donzé, p.57).

¿Qué es esa belleza? podemos preguntarnos si esa belleza misteriosa es misterio del orden, irradiación de la unidad, esplendor de una “forma” (en sentido aristotélico: que informa desde dentro), una chispa del ser.

La belleza es todo eso a la vez. Cada obra de arte es candidata a la belleza y ninguna la agota. La belleza brota de dentro como un impulso que surge de un ser hacia algo más que él mismo.

La belleza se dice a través de todo, en la medida en que invita a otra parte, a un adentro. “El viaje está en otra parte” (Plisonnier).

No podemos decir qué es la belleza en sí, solo podemos adivinarla por la sombra que dibuja su luz en nosotros; es como una presencia en nosotros del artista a una cita misteriosa. Nada la agota porque es metafísica. Cada cosa es solo alusión a la belleza. Y porque es metafísica, el hombre se enriquece encontrando la obra de arte. Da un suplemento de ser, suplemento que nos acerca al infinito.

La ciencia

También la ciencia nos lleva, por sus propios caminos, al movimiento a que nos invita el arte, hacia otra parte, interior igualmente. El conocimiento científico le da al hombre la posibilidad de organizar el universo, de liberarlo de sus opacidades inextricables.

A Zúndel le interesaba muchísimo la ciencia. Da numerosas referencias a Bachelard (epistemólogo), a Remy Colín (biólogo), a Rostand (biólogo, ateo), a Einstein (físico). Sabe que la ciencia es la tentativa heroica de un genio humano en búsqueda de la inteligibilidad del universo, búsqueda de una verdad que escapa continuamente dejando siempre algo de sí misma, como el borde de su capa. Y eso era lo que apasionaba a Zúndel.

Insiste ante todo sobre el hecho de que la ciencia es obra del hombre pues en su punto de partida implica un acto de fe del sabio en la armonía interna del universo, en su inteligibilidad, en la armonía de los fenómenos. No hay ciencia si el sabio no cree en esa inteligibilidad, en las relaciones por comprender entre los fenómenos. Cf. Einstein: la ciencia implica creencia en una armonía interna.

Toda palabra es ocasión de una creación doble: de parte del que habla y del que escucha: los dos son creadores (el primero, yendo del sentido a la palabra, el 2º, de la palabra escuchada al sentido). En la ciencia igualmente, el sabio presta inteligibilidad al fenómeno y debe reconstruir el génesis de un fenómeno, afirmando así su creencia en la “armonía interna”. La verdadera ciencia no se limita a grabar ciertas recetas. Cf. la distinción establecida por Newman (Grammar of Assent) entre el asentimiento nocional, al que nos obligan las evidencias y el asentimiento real: el sabio debe poner toda su persona al servicio de la verdad a cuyo servicio está. Se debe liberar para entrar en la verdad. Así, la ciencia no se identifica con la constitución de un fichero, con un simple registro de datos, sino que supone el compromiso de una persona. El sabio y el universo son activos y mientras más rica y compleja sea la verdad, más de su persona deberá comprometer el sabio y liberándose abre el camino a una nueva investigación.

El compromiso de la persona del sabio es necesario para darle a la ley una certeza que no tiene. Esto vale ya para la ley física. Valdrá más aun para la verdad histórica: distinción entre el primer plano de atestación y el centro de convergencia (así la triple negación de Pedro, a través de los diferentes relatos). El historiador se convierte así en testigo y no es mera grabadora. Y así la historia de un país debe escribirse cada diez años, pues hay que enriquecerla con las preguntas que se plantea la historia. ¿Y qué decir entonces de la ley psicológica? El psicólogo podría ser simple manipulador de informaciones, pero para comprender a su paciente, necesitará una gran riqueza de experiencia interior. La verdad solo se manifestará si él compromete todo el interior de su persona, con la misma riqueza que comporta la verdad.

La mirada del sabio sobre el mundo es así la mirada del hombre sobre sí mismo. El sabio "antropomorfiza” el mundo, reduciéndolo a sus teorías, con la parte de artificio que conllevan, pues vienen a ilustrar los fenómenos elegidos: así, la óptica geométrica elaborada toda a partir de postulados que, tomados a la letra, son falsos. El lenguaje matemático hace pasar la calidad a la cantidad. Pero el sabio no ignora los límites de la verdad científica; ya no creemos, como en el siglo 19, que la ciencia es un absoluto. Los sabios mismos hacen la crítica de su saber. Como decía Poincaré: “¿Es verdad la geometría? Esta pregunta no tiene sentido. La geometría es útil”. Eso es suficiente. (Ejemplo de la geometría euclidiana y de las geometrías de Rieman y Lobachewski). Y Luis de Broglie decía: “el sabio solo sabe una cosa y es que no sabe nada”.

Para encontrar la verdad en la ciencia, hay que hacerla. Pero si es verdad, obliga al sabio a una docilidad absoluta al organizar sus hipótesis y su instrumentación; tiene que escuchar a los demás, saber esperar para afirmar su ciencia. Dejar sus pasiones a la puerta del laboratorio. “El verdadero saber es una forma de la obediencia” (Louis de Broglie). El sabio elabora una parte de su ciencia solo para escuchar mejor a otro, la inteligibilidad de la naturaleza. La experiencia una superación. Se vacía de su yo prefabricado para ponerse a la escucha de un más, de un yo que lo enriquece. La experiencia de la verdad científica es un “más”: es una experiencia metafísica.

¿Qué significaría para el sabio escapar al determinismo de la naturaleza si no se liberara al mismo tiempo de sus propios determinismos y pulsiones? ¿Qué significaría liberar la naturaleza si no se libera de sí mismo? En la ciencia hay a la vez cosmogénesis y antropogénesis, porque debe sacar de la naturaleza más que naturaleza (cosmogénesis) y debe también liberarse a sí mismo, ir más allá de su ciencia (antropogénesis), hacer nacer una persona. Para liberar el pensamiento hay que liberar al hombre entero.

Si el sabio entiende eso, entonces ha llegado a un nivel en que se ha humanizado él mismo, armonizando el mundo, alcanza un dominio de sí mismo sin el cual no hay ciencia. Pero entonces ya no puede jugar con los datos científicos (ADN o energía atómica por ejemplo), manipularlos contra el hombre, contra el respeto y la dignidad del hombre. Ya no puede tomar al hombre por objeto cuando hace todo para que no lo tomen a él como medio sino como fin.

Así, el verdadero sabio, como el artista, es raro; no es frecuente encontrar “el” sabio que libera el universo. Poco importan los que trabajan por su gloria o por la utilidad inmediata. “Creo que el sabio de mañana deberá ser santo” (Miguel Serre, agnóstico).

Entonces, ¿qué es lo que hace que el sabio sea capaz de sacrificar todo para estar solo atento al secreto de la naturaleza que jamás podrá encerrar en una fórmula, pudiendo solamente detectar la verdad para hoy, verdad que será superada mañana? ¿Por qué ese ascetismo, esa vida dedicada a buscar un secreto que lo supera, que lo obliga a superarse sin cesar, a buscar cada vez más lejos? Es que, más allá, como dice Zúndel, hay un “tercer término” un “X”, una luz indecible “convicción profunda de una razón poderosa y superior que es la conciencia del universo” (Bachelard). “Lo que supera todo lenguaje humano” (Rostand).

Es que, más allá de la ciencia está “la" Verdad, que llama siempre al sabio más allá de él mismo, y que como presencia es suficientemente rica como para merecer el don que el sabio hace de sí mismo.

Ese tercer polo es interioridad y liberación.

Llegamos así a distinguir tres polos: la naturaleza, el sabio y la verdad (como habíamos distinguido para el arte: el artista, el admirador y la belleza). Como la Belleza, la Verdad es metafísica. Ante ella, el "yo” posesivo se deshace, parece olvidado. Se hace él mismo haciendo la verdad. El artista, el sabio y el santo se pueden encontrar si cada uno es auténtico. Todos van en el mismo sentido, hacia un Rostro al que habría que dar nombre, y vemos como ese rostro se precisa.

(Continuará)

 

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