Landévennec 9-13 junio de 1981


2ª Conferencia: EL PROBLEMA DEL HOMBRE

Un problema que apasionó a Zúndel, por su vida de sacerdote, por sus viajes, por su actividad intelectual. Es la “entrada real” de su pensamiento. Es la única cuestión que merece plantearse; a partir de ahí se deben plantear todas las cuestiones. Y Dios tendrá sentido sólo si está por el hombre. Una posición que coloca a Zúndel en la encrucijada del existencialismo moderno.

¿Existe el hombre? (Valentía de M.Z., darle este título a uno de sus libros)

y: ¿qué hombre existe?

A la base de todos los malentendidos está el hecho de que hay una realidad terminada que sería el hombre, sin devenir. Son raros los “modelos” del hombre como valor representativo de la humanidad que se dirigen a todos los hombres. Un Ghandi quizás: tiene significado para todos por la no-violencia como disciplina y estilo de vida, y no como táctica. Por ese medio hizo retroceder la voracidad del Imperio británico. Pero la no-violencia no triunfa siempre: en Irlanda por ejemplo, huelgas de hambre ineficaces. ¿Pierde ahí su carácter universal la no-violencia?

En el hombre hay una distancia entre él y él mismo.

“No soy pero podría ser” tal es el “cógito” de Zúndel.

“En la evolución está el paso de la reflexión” (única alusión a Teilhard en la obra de Zúndel: la distancia de la conciencia reflexiva, signo de que hay en el hombre algo no acabado, capacidad de escogerse. Ahí se introduce la libertad: el hombre puede llegar a ser a partir de sí mismo, el hombre rehúsa sufrirse (mantenerse pasivamente en su estado).

El hombre solo existe si se escoge, solo llegará a ser si realiza sus posibilidades.

Con la distancia de la conciencia refleja aparecen la inteligencia y la voluntad (que siempre van juntas) para escoger algo hay que ser lúcido, para realizarlo hay que quererlo. “Sin la capacidad de la voluntad la lucidez permanece letra muerta”. En Zúndel no hay voluntarismo ni intelectualismo, sino concurso de ambos.

La capacidad de elegir se manifiesta en el rechazo, primera manifestación de la conciencia. El hombre es la única criatura que rechaza lo que es ella, no acepta un destino impuesto desde afuera y que haría de él un objeto, aunque la realidad dominadora tenga un nombre noble: Dios, etc. Para Hegel, la libertad consiste en adherir a la necesidad, a la conciencia de Dios que adviene – la historia de los hombres es más bien la historia de Dios, poco importa el sufrimiento, la vida, la interioridad de cada uno en relación con la totalidad de ese Dios. Y eso provoca la reacción de Nietzsche – si Dios no tiene en cuenta a los hombres, mejor rechazarlo y que la humanidad sea su propio Dios – la de Marx igualmente.

El rechazo del hombre a que lo traten como cosa da testimonio de la posibilidad de que el hombre exista.

Cf. Gilbert Vincent: “La libertad de un cristiano: Mauricio Zúndel.”

p.167-168: “Soñamos con una libertad sin ninguna imposición, sin límites ni fronteras. ¿Pero dónde situarla antes de comprender que la libertad esencial consiste en ser libre de sí mismo? Queremos ser reconocidos como valor irremplazable, como teniendo en y por nosotros mismos todo lo que constituye la personalidad. pero ¿qué sentido puede tener eso si permanecemos aferrados al yo prefabricado bajo la imantación del yo cómplice?” (Conferencia)

p.l78 “La vida nos revela a nosotros mismos como capacidad de infinito. Ése es el secreto de nuestra libertad. Nada hay a nuestra altura y la inmensidad misma de los espacios materiales no es sino una imagen de nuestra hambre. Toda barrera nos irrita y toda liturgia exaspera nuestros deseos” (Poema de la Santa Liturgia, p.13).

¿Quiere eso decir que existe un infinito que responde a ese deseo?

¿No es una ilusión, un absurdo del mundo, un hambre humana que no puede ser saciada? Tal es el pensamiento de Sartre: el hombre es una pasión inútil. ¿Por qué no sería absurdo el universo? Habría absurdidad – es lo que piensa Sartre – si hay en el hombre rechazo de los límites, un hambre que no corresponde a nada, que no tiene respuesta en el universo.

Pero si el universo fuera absurdo y nosotros hiciéramos parte de él, ¿cómo podríamos tener conciencia de lo absurdo? ¿Cómo podría un universo absurdo haber suscitado un ser capaz de ver, de sentir ese absurdo? Hay pues en nosotros algo más que lo absurdo. Para tomar conciencia ce ello es necesario que haya otro polo, no absurdo, se necesita algo que no sea ilusión, para notar lo absurdo tomamos distancia, y entonces, hay en nosotros ese otro polo.

Al hombre le importa entonces construir su devenir, le toca darle sentido. No es un dato terminado. Hay que descubrirlo, anclarlo en nosotros en la libertad: “posibilidad de promoverse en una existencia anclada en su propia libertad”. El hombre nacerá al mismo tiempo que su libertad.

¿Qué hombre y qué Dios?”, p.I73: “El pensamiento, capaz de explorar el mundo físico, desde el átomo hasta las más lejanas galaxias, debe pasar el nivel del animal al hombre, creando dentro de sí un universo que le cede en grandeza al universo cuya inmensidad nos revela y que atestigua de su inmensidad propia pues es ella la que escruta y confronta sus abismos. Hundirnos en el animal exaltando sus determinismos constituye pues un rechazo de ser, si consideramos como específicamente humana la posibilidad promovernos a una existencia increada en su propia libertad, que se anuncia en un yo cuyo origen es ella realmente y que los demás experimentan como bien universal, que los provoca para que se liberen de ellos mismos”.

El hombre no es un ser terminado, es movimiento. …¿Podemos decir algo sobre los polos de ese movimiento?

El hombre puede compararse a un cono invertido, puesto sobre la punta y cuya base está abierta al infinito de la punta. El hombre está enraizado en el cosmos por una punta de enganche, un cordón umbilical que nos integra en el conjunto de las solidaridades espacio-temporales.

Algunos quisieron reducir al hombre a esa sola punta: reducción a la fisiología, a la biología. Pero no se ha hablado aun de su vacuidad. Olvidaron el espíritu, lo meta-espacial, temporal, múltiple.

Para Zúndel, el hombre es naturaleza e historia (cf. La Piedra viva, p.15). La naturaleza es la punta, lo que lo engancha. La historia debe despegarlo. La naturaleza es todo lo que él no ha escogido, su equipamiento, lo que viene del entorno, de su nacimiento. La historia: todo lo que él hace a partir de su equipamiento, la iniciativa que desarrolla para escogerse y hacerse sujeto.

Hombre-Naturaleza (la punta del cono). Somos muy dependientes del cosmos – y eso no se debe descuidar – en ósmosis con nuestro universo, resultante de toda una evolución. Tenemos un mar de pulsiones, de exigencias, que nos vienen de muy lejos, llegan de la memoria vegetal y animal que nos precede. ¡Nacemos tan viejos! Llevamos dentro el rugido del tigre, las alas de la mariposa, el susurro de la concha… Dependemos también del entorno humano en que vivimos (cf. Freud): importancia de la infancia. Así heredamos la necesidad de hacernos valer, de valer respecto de alguien: deseamos que nos valoricen. Somos también dependientes de la historia colectiva que nos rodea, del medio social, de una biología social: instituciones, moral, religión, costumbres, modas, etc., tantas corrientes que nos atraviesan inconscientemente.

Eso va acompañado de fanatismo.

Como cada hombre debe ser cómplice de todos esos determinismos, de todas esas influencias, si uno quiere sobrevivir, se adapta, sin darse cuenta de que cuando uno dice “yo”, en ese “yo” no hay sino determinismo. Uno se ha identificado con todos esos determinismos. Toma en serio los eslóganes porque se ha identificado con ellos. ¿Ha comenzado a existir el hombre?

La humanidad es un museo de cera. Vemos grupos que hacen gestos, ocupan situaciones, juegan papeles, pero no hay nadie, no hay personas.

Alrededor de los tapices verdes de las negociaciones, hay intereses y reivindicaciones de grupo, pero no hay nadie, no hay personas.

Detrás de las conversaciones hay amores propios, esquematismos, vanidad herida, envidias y ambiciones, pero es siempre el mismo juego impersonal. No hay nadie más que los instintos del animal, de la raza, del partido, una inmensa ausencia. El obrero vende su trabajo, su presencia no importa, no hay personas.

Un hombre puede ser destruido por pertenecer a un grupo, a una raza, a un color: no hay personas.

Toda nuestra vida está mecanizada: no hay personas.

La religión se ha vuelto también un determinismo, un partido, no hay personas.

Un ser que no es libre hace todo por servidumbre, todo le sirve para afirmar el “azar”, palabra que es un “azar” que no es nosotros, nos es impuesto y lo soportamos: no hay personas… qué gran ausencia…”.

(De una conferencia citada por Marc Donzé: "El pensamiento teológico de MZ, p.35)

No habrá nadie (personas) cada vez que queden solo la punta del cono, el “yo” falsamente llamado sujeto, los diversos determinismos”.

¿Es necesario resignarse a la ausencia, a que no haya nadie? Hay que saber despegarse de la naturaleza (la punta del cono) permaneciendo unido a ella.

Tres son las etapas para este despegue:

  • El nivel biológico. El hombre no es solo biología, es una biología “abierta”, acompañada de lucidez y de razón, de conciencia de sí. El hombre es una biología que se va a racionalizar, un devenir. Nuestros orígenes animales están atrás de nosotros pero nuestros orígenes humanos están delante de nosotros. Hablar de ello es ya emerger.
  • El nivel psicosociológico. El yo biológico es visceral, el el yo exigente del sistema vegetativo, es exigente, prefabricado, infantil, se sirve de la mente como pretexto para satisfacer las necesidades del yo vegetativo; es el de un niño, de un animal. No será realidad humana sino cuando el yo personal haya emergido del yo biológico. Hablar de él muestra que lo humano emerge del yo biológico cuando el hombre se da leyes, etc., habla de dignidad humana, de justicia; cuando hablamos de él lo hacemos como sujeto, interiorizado, absoluto y no como “yo” ordinario. Un “yo personal” está presente como exigencia y, al contrario del yo biológico, no como cerrado sino como abierto, no como egocéntrico sino como don, como ofrenda, no como instinto sino como libertad y aventura. Estamos cogidos entre el “yo” posesivo y el “yo” oblativo. Ahí tenemos un punto de partida.
  • El nivel metafísico. Tenemos el paso del objeto al sujeto, del “yo posesivo” al “yo oblativo”. Es la distancia entre el hombre real y el hombre posible. “¿Por qué desear ser algo cuando podemos ser alguien?” (Flaubert).

Vimos a Peguy luchando por Dreyfus, pero era una lucha por el hombre. Lo mismo Emmanuel Mounier ante la prueba de su hija enferma, cuya minusvalía parecía reducirla a ser un individuo, pero que en la persona de sus padres alcanzó el nivel de persona (cf. Carta a su esposa).

Al cabo de esas tres etapas podemos decir que el hombre “puede existir”. Y Zúndel escribe: “el hombre es una indigencia maravillosa” (Búsqueda de la persona, p.194)

El hombre es un cono abierto al infinito. De eso tenemos una primera manifestación en la rebelión, en el rechazo. Pero también está la admiración, la de un niño ante un descubrimiento, etc. En la admiración está el descubrimiento de ese más que puedo contener. Pero debo tener dentro el poder de ese excedente, capacidad de admiración. Admiramos lo que podemos. Pero en la actualidad hay disminución en este campo – “admiramos cada vez menos” (Gabriel Marcel) – signo de que somos incapaces de captar más. La admiración significa que el hombre, ser finito, tiene capacidad de infinito.

Ese más que que define al hombre solo podrá realizarse si el hombre se da a un más que él mismo. Se necesita un polo de interiorización que nos invite a la interioridad, que nos atraiga. La exigencia de interioridad, de infinito, debe fundarse sobre un polo de infinito, de interioridad que nos llame más allá de nosotros mismos, que nos sea más interior que nosotros mismos. Mi verdadero yo está en relación con otro más interior que yo, que me invita a mi oblación, que dinamiza todo mi devenir.

Ese centro más interior debe ser don, ya que invita al don, pues nos sentimos llamados a dar. Debe ser libertad, pues nos sentimos llamados a la libertad; debe superar nuestros límites en la medida de la superación de nuestros límites que sentimos dentro. Es lo presintió Rimbaud cuando escribió “Yo es Otro” (título del penúltimo libro de M.Z. – pero, ¿es el mismo sentido en Rimbaud y en Zúndel?). En Rimbaud hay intuiciones fulgurantes: “un arcángel extraviado… pero es un arcángel”. Igualmente san Agustín (Conf. X, XXVII, 38, citado muy a menudo por Zúndel. “Yo es otro”, p. 22 etc., Donzé, p. 92)

“¡Tarde te amé, o Hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Pero tú estabas dentro de mí y yo estaba afuera de mí. Y afuera te buscaba, corriendo, en mi fealdad, tras la gracia de tus criaturas. Tú estabas conmigo, y yo no estaba contigo, retenido lejos de ti por esas cosas que no existirían si no estuvieran en ti. Me llamaste y tu grito forzó mi sordera, brillaste y tu luz alejó mi ceguera, exhalaste tu perfume, yo lo respiré y entonces suspiro por ti, te probé y tengo hambre de ti, sed de ti, me tocaste y me encendí de ardor por la paz que tú das”.

 

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