Conferencia del Sr. Michel Fromaget en Estrasburgo, el 24 de abril de 2009, invitado por la AMZ. Agradecemos sinceramente al Sr. M. Fromaget por autorizarnos a publicarla.

Cuando leo los Padres de la Iglesia, san Ireneo, Orígenes o Dionisio el Areopagita, por ejemplo, pronto, a menudo si no siempre, su pensamiento me parece como “iluminado desde dentro”. Y eso no es mera apariencia Esa luz no se percibe por los ojos corporales, ni por la inteligencia del alma, sino por la del espíritu. Lo que ilumina cuando sabemos mirar, como dice tan hermosamente san Pablo, “con la mirada iluminada del corazón” (Ef. 1:18). A propósito de esa luz, de esa comprensión, de ese conocimiento, Uds. conocen el adagio espléndido propuesto por el Libro de los Proverbios: “La mente del hombre es una lámpara del Señor” (Pr. 20:27). Ahora bien, cuando leo a Zúndel, siento esa misma “luz interior”. Viene, no de que ese hombre improbable supo desarrollar un poder intelectual y adquirir conocimientos considerables – que le serán bien útiles, pero que son en sí mismos insuficientes – sino de que permaneció toda su vida, ante todo y sobre todo, fiel a las enseñanzas que le prodigó, al favor de alguna “hora estrellada”, el que lo despertó a la fecundidad del despojamiento y del vacío interior, antes de sus 15 años, cuando estaba orando en la iglesia roja de Neuchâtel ante una estatua de la Virgen María. Esa luz viene de haber sido perfectamente fiel a Aquél que por medio de la voz de un camarada, le hizo entrever poco a poco la profundidad insondable de las Bienaventuranzas. Fiel a Aquél que en la paz de la Abadía de Einsiedeln le reveló el secreto del silencio, a saber “que es realmente alguien”. Fiel a Aquél que, para consolarlo de esa “teología de objeto” que lo crucificó durante 4 años en el Seminario de Friburgo, y en el Angélico de Roma, le hizo percibir una mañana de septiembre de 1926, en la sacristía de san Lorenzo, en Florencia, ante la tumba de los Médicis de Miguel Ángel, la Belleza que está detrás de toda belleza y que sable liberar a todo hombre de la carga que es él mismo. Fiel a Aquél que más o menos en la misma época, en la persona de san Francisco de Asís, lo confirmó definitivamente en la desconfianza cada vez más clara que le inspiraba el Dios develado por la Suma Teológica de Santo Tomás de Aquino.

Sí. Zúndel permaneció toda su vida fiel a esas enseñanzas “estrelladas” que no cesó de meditar ni de profundizar y de las que acabamos de numerar cinco grandes momentos: la iglesia roja de Neuchâtel, una voz que lee el “Sermón de la Montaña”, el silencio de Einsiedeln, el descubrimiento de Miguel Ángel, el encuentro con el Pobrecillo. Pero no vayan a creer que esos momentos de iluminación fueron los únicos pues nosotros sabemos, como él confiesa, que Mauricio Zúndel benefició de gracias de admiración a lo largo de toda su vida. Pero lo importante para nosotros hoy, habiendo recordado la transparencia de Zúndel a su propia profundidad, no es el estudio cronológico o sintomático de las manifestaciones de ese hecho, sino el contenido mismo de la enseñanza sobre la naturaleza del hombre y sobre la experiencia posible de Dios que Zúndel sacó de ahí.

Ahora bien, antes de proponer algunas citas esenciales presentadas en ese orden, sobre los dos temas (lo cual será objeto de la segunda y tercera partes de esta conferencia), quisiera que descubramos juntos que Zúndel no pudo dar a luz la teología y la antropología que tanto nos interpelan hoy sin tomar al mismo tiempo distancia de ciertos “ídolos”. Particularmente de los tres cuya inmensa peligrosidad le mostro muy pronto su fe. Esos tres ídolos son: “El Dios de las naciones, el Dios guerrero” del Antiguo Testamento, la “Causa Primera” blandida por la Suma Teológica, y el último ídolo que llamaría yo “el hombre de los Derechos humanos”.

Al favor de unas citas ante las que yo me eclipsaré, - porque hablan por sí solas -, les voy a presentar esos tres ídolos en la primera parte de mi conferencia, a fin de que guardemos presente el espíritu de lo que Zúndel mismo pensaba precisamente. Yo veo en este procedimiento que nos permitirá mirar esos tres objetos como a través de los ojos mismos de Zúndel – mirarlos con su mirada de cristiano de excepcional envergadura – la mejor introducción a nuestra charla de esta noche.

  1. 1.A propósito de los tres ídolos

Los dos primeros ídolos son teológicos, el tercero, " antropológico". A veces Zúndel toma los dos primeros con un solo gesto. Así, en su Segunda conferencia en el Mont des Cats, en diciembre de 1971, en la cual no deja de recordar a los monjes que lo escuchan:
La noción corriente de Dios es una amalgama de filosofía imperfecta y parcial, una mezcla de Antiguo Testamento mal digerido, en que Dios aparece forzosamente como exterior, ya que es el Dios de una nación…”.

Pero lo más frecuente es que hable de ellos por separado. Escuchemos primero lo que Zúndel pudo decir del Dios véterotestamentario con el riesgo de pasar por discípulo de Marción, el hereje del siglo II que percibió el mundo que separa al Dios de Israel del Dios de Jesucristo, pero que sacó de ahí conclusiones particularmente erróneas.

  1. 1.El Dios único y solitario:

En Admiración y pobreza (1933, p.135) leo:
No se puede comparar un monoteísmo solitario con un monoteísmo trinitario. El carácter incomparable del Evangelio es que, aunque manifiesta a Dios como único, lo revela igualmente como un Dios que no es solitario. Dios es único pero no solitario.”

Esta observación tiene un peso inaudito. Que yo sepa, antes de Zúndel nadie la había hecho. Y en El problema que somos (2000, p. 40), el Maestro suizo va hasta escribir: “¡Jesús (…) nos liberó de Dios!” Más precisamente, Zúndel escribe: “Al revelarnos la Trinidad, Jesús nos liberó de Dios”. Pero la identidad del Dios de que Jesús nos libera no pone duda alguna: es el Dios del Antiguo Testamento, el Dios del que Zúndel dice que es forzosamente un “Dios exterior” ya que es el Dios de un pueblo, el Dios de una nación, el Dios que despoja a las demás naciones en favor de un pueblo elegido, y por eso, un Dios limitado”. (Segunda conferencia del Mont des Cats, 12/1971). Para Zúndel, ese Dios es una “pesadilla”, un Dios de esclavos. Y en muchos escritos, martillea esta afirmación: La Trinidad nos libera de esa pesadilla (Admiración y pobreza, p. 24). Nos “libera de un Dios que limita, de un Dios que amenaza, de un Dios que castiga, de un Dios que desvaloriza la existencia” (Ib. p. 31). Nos libera de una concepción “que hace de Dios una caricatura, un ídolo, y del hombre un esclavo y un mendigo” (Ib. p. 31). Y Zúndel que tiene horror de ese Dios – porque sabe toda la desgracia que el cristianismo le debe – sabe también hacer saborear las razones de su aversión:

Si Dios no fuera Trinidad, sería impensable (…) No podría sino tornar en torno a sí mismo, saciarse de sí mismo, alabarse a sí mismo, admirarse en un narcisismo horroroso y monstruoso” (Admiración y pobreza, p. 24). En otro lugar, Zúndel pregunta:

“¿Cómo puede ser amor, siendo único y solitario? ¡Un ser solitario sólo puede prensar en sí mismo, replegarse sobre sí, embriagarse de sí, complacerse en sí mismo! ¿Cómo concebir que la vida divina sea ese narcisismo a escala infinita, sin sentir náuseas? ¿Cómo imaginar un ser que se sacia de sí mismo, un ser que vive solo de sí mismo, que no necesita de nadie, pues se supone ser la fuente de todo? (…) ¡Es evidente que ese ídolo es insoportable! El monoteísmo solitario nos escandaliza y es tremendo solo pensarlo” (Vivir a Dios, 2007, p. 134).

Ese Dios solitario es el del Antiguo Testamento, el Dios que Zúndel llamaba gustoso “el Dios Faraón”, Zúndel lo encuentra como tal, y magnificado como tal, en el centro de una religión que conoció perfectamente, el Islam. Pero aunque en grados diferentes el oblato de Einsiedeln sintió una gran admiración por esa religión, no pudo sino sentirse profundamente horrorizado por su concepción de Dios (En: F. Rouiller, El escándalo del mal, 2002, p. 45).

Aquí tienen un último retrato del Dios que hombres como Nietzsche, Marx, o Camus, a los que Zúndel estimaba altamente, no pudieron menos que detestar, en lo cual les daba entera razón.

Una especie de capitalista trascendente, invulnerable, despótico y todopoderoso, a cuyos caprichos todo está sometido y al que nadie puede escapar: bajo estos rasgos de caricatura se representan muchos, en efecto, la divinidad. Toda embriagada de sí misma, ocupada por entero en celebrarse y agraciando solo a los que se aplastan ante ella, realiza a una escala infinita el tipo del Narciso mitológico (…). Todas esas concepciones, sean religiosas o anti-religiosas, gravitan alrededor de un ídolo” (in: F. Rouiller, Ib., p. 183).

Y, Zúndel lo sabe de fuentes seguras, habiendo sido vicario en parroquia, capellán de escuelas, capellán de benedictinas en París, de las Asuncionistas de Londres, de las Carmelitas de El Cairo, acompañador espiritual tanto en Ginebra y en Beirut, sabe (y eso era ciertamente motivo de inmensa aflicción para él) que innumerables cristianos, por permanecer incapaces de verdadera interiorización, siguen arrodillándose delante de ese ídolo, sin haber entendido la liberación, la sanación que trae el Dios Trinitario del Evangelio, el Dios de que Jesús reveló, para repetir las palabras de Zúndel, que es “el Anti-Narciso”, el “Anti-Faraón” absoluto (Cf. Admiración y pobreza, p. 52).

Pero algunos de Uds. lo habrán observado, al menos si han escuchado atentamente las citas precedentes, el proceso magistralmente intentado aquí no es solo el del Dios solitario del Antiguo Testamento: es también el del Dios “fuente de todo”, el del Dios “primer motor”, del Dios que santo Tomás de Aquino trató de poner en fórmulas y ecuaciones, en preguntas y respuestas, a todo lo largo de sus monumentales “Sumas”. Escuchen, el vocabulario no engaña.

2 – El Dios del tomismo, el Dios “contenido en palabras”:

En Yo es otro (p. 101), Zúndel hace esta observación que merecería encabezar todos los tratados de historia de las religiones:

Mientras el hombre permanezca exterior a sí mismo, coloca a Dios fuera de sí mismo. A medida que se interioriza, Dios se vuelve para él más y más interior.

A diferencia del Dios de Jesucristo que es “espíritu” (Jn. 4, 24), que es un “Dios interior”, un Dios del que Zúndel dirá que es “puro interior”, el Dios del Antiguo Testamento es un “Dios exterior”, un “Dios que habita detrás de las estrellas” (Vivir a Dios” p. 130) y, en este sentido, un “Dios objeto”. Hemos visto que Zúndel le reprocha también, es lo mismo, que es un Dios solitario, uno Dios que no necesita de nadie. Y estos reproches de exterioridad, de objetividad, de soledad e indiferencia, el Dios tan inquietante en muchos aspectos, que campea en la Suma Teológica, le caen también a él, por ser “el ser absolutamente necesario”, “el primer motor inmóvil”, “la causa no causada”, “la causa primera”, aquél cuya existencia no se percibe en la intuición inmediata sino solo por argumentos, “yendo de los efectos a la causa”.

Todas esas expresiones y proposiciones son muy exactas: las saqué de la Suma Teológica misma y las anoté para que comprendamos mejor el juicio muy firme que Zúndel – a la luz de su propia experiencia de Dios – terminará por dar sobre el Dios fabricado por la mente insaciable de santo Tomás. A este propósito, pocos católicos conocen el episodio, infinitamente revelador, pues con 7 siglos de anticipación, ofrece al juicio zundeliano la más maravillosa caución que podamos imaginar. En efecto, a fines del año 1273, pocos meses apenas antes de su muerte, a la luz de un éxtasis que tuvo durante la misa de la Pasión, iluminado por la misma luz que sobreviene a los verdaderos místicos, santo Tomás tomó conciencia de que la obra a que había dedicado lo esencial de su vida no tenía más valor que “paja”. Son sus propias palabras. Soltó la pluma y dejó de escribir.

Pero escuchemos lo que decía Zúndel de ese Dios en forma de teorema, de ese Dios del que muy probablemente el Dios de Jesucristo le reveló a santo Tomás en la iluminación eucarística lo que debía pensar. En el libro Para ti, ¿quién soy yo? (2003, p.251), Zúndel entra en el corazón del tema en estos términos:

“¿Hablamos de un Dios prefabricado, de un Dios contenido en palabras, o bien de un Dios que hemos experimentado, de un Dios que vivimos, de un Dios que descubrimos (…) de un Dios que depende de nosotros?”

Pero el Dios que enseñan en las universidades tomistas, y particularmente en el Angélico de Roma, no era ése. En los últimos años de su vida, Zúndel esbozó varias veces su retrato. Así, en 1971, en el Mont des Cats:

Podemos pues deducirlo de una serie ilimitada de conclusiones, manejando el silogismo que hará de Dios un objeto perfecto. Es totalmente indiferente a lo que nos pueda suceder, como nosotros podemos serlo a lo que le pueda suceder, ya que no le sucede nada”.

Y sobre ese Dios que, ante todo y sobre todo es “la causa primera” del mundo, en una conferencia pronunciada en Bois-Cerf en mayo de 1973, después de recordar que un “Dios causa primera” no puede amar a los demás por ellos mismos ni aprender nada de ellos, pues entonces dependería de los demás y dejaría de ser “la causa primera”, Zúndel tiene este resumen fulgurante:

Si Dios es eso, es el enemigo público n° Uno”.

De lo que tomamos acta. A algunos les gusta hacer conocer el pensamiento cristiano de Zúndel redondeando, borrando asperidades, para que “pase mejor” y se le acepte más fácilmente en una Iglesia cuya referencia última, en cuestión de doctrina, no lo olvidemos, sigue siendo santo Tomás, al que Juan Pablo II presentaba todavía no hace mucho como Apostolus Veritatis, “el Apóstol de la Verdad”, denominación suficientemente elocuente. Por mi parte, yo pienso distinto. Yo creo inclusive al contrario, que el pensamiento de Zúndel dará frutos tanto mayores cuanto más atentos estemos a darle toda la vitalidad, el vigor y la fuerza que le ha permitido ya hacer vacilar tantas convicciones e interpretaciones tan contrarias al verdadero cristianismo.

Pero vamos ahora a la antropología, a la concepción del hombre heredada del Humanismo de finales de la Edad Media y del Renacimiento, validada en los tiempos modernos y a las diferentes declaraciones de los Derechos Humanos. A Zúndel, sus grandes conocimientos del hombre y de la vida le enseñaron pronto que esa concepción era ilusoria.

3 – El hombre de los “Derechos humanos”:

Para el hombre es ventajoso imaginar que existe. Pero a priori el Padre Zúndel no está muy convencido de su existencia, alérgico a toda idea recibida, a todo argumento de autoridad. Como Diógenes que recorría la antigua ciudad con su lámpara en la mano en pleno día, Zúndel, habitado por el Espíritu que lo reveló a sí mismo, recorrió los senderos de su época. Y la conclusión de ambos filósofos, a más de 2000 años de distancia, es exactamente la misma: el hombre no existe. Al menos todavía no. Cierto, los propietarios y los ricos, los intelectuales y los expertos, para darse derechos y especialmente el de apropiarse su vida y explotar la de los demás, afirman con fuerza su existencia humana. Pero es un engaño. En el punto en que estamos, dice Zúndel, el ser del hombre es solo “su capacidad de ser” (Yo es otro, p. 67). En realidad, el ser le falta. De ese vacío provienen todos los sufrimientos y los crímenes que pesan sobre nuestro tiempo. De ahí viene también, como lo expone Zúndel en ¿Cree Ud. en el hombre? (1996, p. 36), el carácter trágicamente pueril de todas las declaraciones de “los derechos humanos”, que suponen algo que queda por conquistar.

Sobre este tema de la inexistencia del hombre contemporáneo, dos pasajes entre muchos de la obra de Zúndel son particularmente percutientes. Uno está en Escuchando el Silencio (1997, p. 49) y el otro en una conferencia citada por M. Donzé en Humilde Presencia (1986, p.19). Desafortunadamente, esta noche no puedo proponerles sino esos dos extractos. Comencemos por esta apreciación:

La humanidad de nuestro tiempo es un museo de cera. Vemos grupos que hacen gestos, ocupan situaciones, mantienen roles,… pero no hay personas. El mundo es como un gran cementerio, la casa de los muertos,… No hay personas, y esa es la tragedia de nuestro tiempo. Las figuras que vemos nos interesan hasta el momento en que vemos que no están vivas, sus gestos, sus actitudes están inmóviles. No hay personas”. (Nota del T.: personne = persona, o nadie).

Por otra parte, en Escuchando el silencio podemos leer:

Se acepta que el hombre existe, que sus derechos son indiscutibles, que su dignidad es inviolable, que ha alcanzado su mayoría de edad y es capaz de asumir todas sus responsabilidades. En realidad estamos en el siglo de guerras sin interrupción, del genocidio, de la tortura, de la deportación, de las dictaduras, del racismo y del lavado de cerebro – y oscilamos ente un universo concentracionario y un mundo completamente desorientado y disuelto. El problema fundamental es pues: ¿existe el hombre? Por su nacimiento carnal, que le es impuesto, no es sino un fragmento de universo, un producto de la evolución cósmica. El mundo físico y él son de una misma sustancia. La jungla de la selva virgen se prolonga en la jungla de su inconsciente. Su yo es la resultante de todos los determinismos internos que padece, de todas las presiones del entorno, de todas las sedimentaciones de su historia infantil (…) La única pregunta que permanece abierta es pues: visto que el hombre no existe naturalmente, no existe totalmente en virtud de su nacimiento carnal, visto que sufre en el más alto grado el peso de sus prefabricaciones, visto que con todos los seres vivos, no puede subsistir sino pillando todo el universo (…) la única pregunta que sigue abierta es: ¿Puede el hombre hacerse hombre?

Según M. Zúndel, el individuo que permanece en ese estadio de prefabricación por no haber engendrado todavía nada de realmente personal, cuando dice “Yo” no designa propiamente a nadie; ya que no existe todavía como persona. Y si decide encerrarse en esa condición en que es solo biológico y carnal – es decir constituido solo de componentes físico y psíquico, corporal y mental – entonces no existirá jamás. Peor aún: morirá aun antes de existir. Para existir, tiene que aceptar llegar a ser el que está llamado a ser desde toda eternidad, tiene que aceptar “despegarse” de sí mismo, “desapropiarse”, “perderse de vista”. Tiene que aceptar, dice Zúndel, “nacer de nuevo”. Si no, jamás será realmente humano. A este propósito, Zúndel no vacila en escribir:

El ser que rehúsa hacerse hombre, queda por debajo de su humanidad. No existe como hombre (…), se convierte en parásito de la humanidad y del universo”. (Otra mirada, p. 302)

Pero no podríamos apercibir mejor la importancia excepcional del “nuevo nacimiento” sin conocer mejor la antropología de Zúndel, que constituye justamente el objeto de nuestra segunda parte.

 

II – El conocimiento del hombre

 

Un hecho me sorprende siempre, y me maravilla, al estudiar la antropología de Zúndel y es la estrecha parentela que la une a la del Evangelio y también a la de los filósofos antiguos, especialmente a los estoicos. Para hoy, decidí darles una introducción al conocimiento del hombre, según M. Zúndel, demostrándoles, gracias a lo que llamo yo “tres marcadores esenciales” que es estrictamente idéntica a la del cristianismo de los orígenes. Pero antes, a la luz de algunas citas breves, me gustaría hacerles presentir la comunidad tan fuerte que une la antropología zundeliana con la de la filosofía antigua.

1– La mirada de la filosofía antigua:

Un tema fundamental de la antropología zundeliana es la similitud de la condición natural del hombre y la condición animal. Según él, es en realidad la misma. Escuchemos a Zúndel:

El funcionamiento de nuestras células, de nuestras redes nerviosas, de las glándulas endocrinas, nos es impuesto. Nada de eso es creación nuestra; somos como los guijarros, los vegetales, los animales. Somos un resultado, un producto” (Tu rostro, mi luz, p. 71).

En otro lugar, el gran predicador observa que a veces podemos ser “peores que los animales” (Ib., p. 58). En Zúndel la palabra “biológico” significa la condición natural, biológica, no liberada, no transfigurada del hombre. Lo que él piensa de ella es límpido: nuestra biología “no vale más que la de los insectos o de las cucarachas” (Escuchando el silencio, p. 57). Y quedarse en el nivel biológico es para el hombre no solamente permanecer “por debajo de su humanidad” sino también como hemos dicho, condenarse a morir (Ib., p. 58).

Y aquí tienen 4 breves proposiciones que remontan para mí casi a la noche de los tiempos, pero cuya forma, espíritu y estilo son tales que habrían podido ser firmadas ayer por Zúndel. Las dos primeras son de Epicteto (50-130), el filósofo esclavo. Las otras dos, son de Clemente de Alejandría (175 – 225) y de Boecio (480- 525), dos padres de la Iglesia que tenían en gran estima la filosofía antigua.

De Epicteto, en sus Pensamientos y conversaciones (L II, XIIV):

Es vergonzoso que el hombre se detenga donde se detiene el animal; su deber es realizar su naturaleza propia”.

Pues todos Uds. que se ocupan solo de dinero, de tierras, de esclavos y magistraturas, en todo eso no hay sino forraje”.

De Clemente de Alejandría, en su Exhortación (II, 113, 34):

Si no hubiéramos conocido a Cristo, si no hubiéramos sido iluminados por él, no seríamos mejores que las aves de corral que se engordan en la oscuridad para matarlas”.

De Boecio, en fin, en El consuelo de la filosofía (Garnier, p. 67):

Pues el destino de la naturaleza humana es de solo dominar el mundo en el momento en que se conoce a sí misma. Entonces se rebajaría si cesara de conocerse, pues para los demás seres vivientes ignorarse a sí mismos es ley natural, pero para los hombres es depravación”.

El “conocimiento de sí mismo” de que habla Boecio debe entenderse en el sentido fuerte de “nacimiento a sí mismo”. Ahí se trata del “segundo nacimiento”. Ahora bien, esta comprensión ontológica, existencial del nuevo nacimiento, con la concepción ternaria del ser humano y la manera libre de concebir su inmortalidad constituyen en mi opinión las tres características fundamentales, los tres “marcadores esenciales” de la antropología enseñada por Jesucristo y la Tradición apostólica original. Y estos tres rasgos decisivos que buscaríamos en vano en la doctrina católica moderna, como tres hilos de oro tejen toda la concepción zundeliana del hombre. Si el cuadro de esta conferencia no me permite ilustrar este hecho tanto como yo quisiera, al menos me permitirá informarles de ello. Estimulando lo suficiente la curiosidad de Uds., quisiera que después, a la luz de grandes lecturas y meditaciones tranquilas, Uds. mismos puedan prolongar este estudio.

2 – La mirada de la Tradición apostólica:

El Evangelio conoce al hombre como un ser con “tres dimensiones”: cuerpo, alma y espíritu. Yo diría más, un ser con “tres moradas”: física, psicológica y espiritual.

Lo conoce como un hombre que, para terminarse, para ser hombre hecho, debe nacer por de nuevo. Al respecto, los envío a la enseñanza dada por Jesús a Nicodemo, en el capítulo 3 del evangelio de Juan.

En fin, lo conoce como un ser que, lejos de ser inmortal por naturaleza, no podrá evitar la muerte sino creyendo en El que envió a Jesucristo. Es decir, naciendo de nuevo. Porque sólo ése “ha pasado de la muerte a la vida” (Jn. 5, 24).

Estos tres datos capitales del hombre evangélico son, claro está, bien conocidos de la primera Tradición, la cual supo perfectamente darles su justo puesto. Una sola cita, relativa a cada una, podrá convencernos.

De san Ireneo de Lyon (130-208 más o menos), a propósito de la composición ternaria del hombre. En este pasaje la “Luz de Galia” habla de los herejes. Dice (Contra las herejías, V, 9, 1):

No comprenden que el hombre perfecto (…) lo constituyen tres dimensiones, a saber: la carne, el alma y el Espíritu. Una de ellas salva y forma, a saber, el Espíritu. Otra es salvada y formada, a saber, la carne. Y otra, en fin, se encuentra entre las dos, a saber, el alma…” (la cual, les recuerdo, designa en esas enumeraciones únicamente el componente psíquico, mental, del ser humano).

A propósito del segundo nacimiento por el cual el hombre pasa de su condición natural y mortal a la condición espiritual e inmortal, condición en que participa de la naturaleza divina, Ireneo interpela a los herejes de esta manera:

Por otra parte, ¿cómo serás dios, si todavía no te has hecho hombre? ¿Cómo serás perfecto si apenas acabas de ser creado? ¿Cómo serás inmortal si en una naturaleza mortal no has obedecido a tu Creador?” (Ib. IV, 39,2). En otro lugar, Ireneo habla explícitamente del nacimiento natural como de un nacimiento de muerte y del segundo nacimiento como de un “nacimiento de vida”. (Ib. V, 1,3; IV, 33,4)

Las palabras precedentes de Ireneo lo atestiguan: si el ser humano se queda con su primer nacimiento, muere. Porque la inmortalidad no pertenece a su naturaleza, no le es congénita. Eso es lo que explica de manera tan viva san Teófilo de Antioquía a fines del siglo II, en ese pasaje memorable pero bien olvidado:

Pero nos dirán: “¿Morir no pertenece a la naturaleza del hombre?” ¡No! “¿Era pues inmortal?” Tampoco decimos eso. Y nos van a replicar: “¿Entonces no era nada?” Eso tampoco es lo que afirmamos. Esto es: por naturaleza, el hombre no era más mortal que inmortal. Si hubiera sido creado inmortal desde el principio, habría sido creado Dios. Por otra parte, si hubiera sido creado mortal, parecería que Dios era causa de la muerte. Entonces no fue creado mortal ni inmortal, sino capaz de las dos cosas”.

Este pasaje tomado de los Tres libros a Autólico (II, 27) es tan transparente que no necesita comentarios. Pero tomemos bien la medida de eso: Mauricio Zúndel pone sobre el ternario humano, el nuevo nacimiento y la inmortalidad exactamente la misma mirada que esos antiguos Padres de los que estamos seguros de que siempre transmitieron solo la más pura tradición heredada de Jesús por medio de los apóstoles.

3 – La mirada de Mauricio Zúndel:

Pero probablemente Uds. conocen mejor que yo lo esencial de lo que percibe esa mirada. En todo caso, respecto a las tres particularidades antropológicas que nos interesan, tenemos:

Primero sobre la inmortalidad. La posición de Zúndel no deja lugar a dudas. Para él, conforme a lo que dice la Escritura, y al contrario de lo que afirma el magisterio actual de la Iglesia romana, el hombre no es de por sí inmortal: tiende solo, pero fundamentalmente a serlo. Si no, muere. Escuchen:

“… si nos sepultamos en nuestra biología, ya estamos muertos porque nos entregamos a la muerte sumergiéndonos en las energías físicas limitadas desde el comienzo, que se nivelan sin cesar hasta el nivel de la muerte.” (Escuchando el silencio, p. 58)

En verdad, precisa M. Zúndel, el hombre es solo candidato a su inmortalidad. El pasaje siguiente es particularmente percutiente:

La inmortalidad no es una prolongación de la vida biológica con el temor de perecer. No es eso. La inmortalidad es un valor, una dignidad, una vocación, una exigencia: como la personalidad y como la libertad. Por eso nosotros somos candidatos a nuestra inmortalidad. No puede dársenos ya lista, como tampoco nuestra personalidad, ni nuestra libertad.” (Ib., p. 58)

Zúndel tiene el mismo concepto vertiginoso de la libertad que los Padres antiguos, concepto que dice que la libertad característica del hombre no es de hacer sino de ser. O de no ser, si decidimos no actualizar la libertad en liberación efectiva de nosotros mismos. En ese caso es la muerte. Por eso Zúndel une a menudo el tema de la libertad y el de la inmortalidad: va hasta escribir de esta última que ella es “consustancial con nuestra liberación” (Yo es otro, 1997, p.167). Lo cual significa que es consustancial con nuestra “personalidad”, nuestra “humanidad”, pero considerándolas como tarea, y no como un dato.

… Hacernos auténticamente hombre, es inmortalizarnos, en la misma medida” escribe Zúndel (Ib., p. 167).

Es la única tarea que se recomienza siempre pues nunca está asegurada:

Esa dignidad hay que reconstruirla constantemente, como la personalidad y la libertad, ¡es lo mismo!” (El problema que somos, p. 253)

¡Sí, es lo mismo! Y Justino el Mártir, Taciano, san Ireneo, Teófilo de Antioquía y, antes de ellos, Jesús, san Juan, o san Pablo no decían otra cosa.

Y respecto de las tres dimensiones del hombre, y los tres órdenes de realidad a que pertenecen, la constancia es también sin sombras. San Pablo, al final de su primera carta a los Tesalonicenses enumera las tres dimensiones: cuerpo, alma y espíritu. El cuerpo abre sobre el mundo sensible, el alma, sobre el orden inteligible, y el espíritu, sobre el mundo espiritual, el orden de las esencias. Blaise Pascal, en su « Pensamiento 793", presentó e ilustró magistralmente la distinción de los “tres órdenes”. Zúndel la conocía ciertamente por otros caminos, pero cuando la presenta, cosa que hace con frecuencia, le gusta referirse a Pascal.

Esa distinción es absolutamente esencial para Zúndel. Como dice Claire Lucques, en su retrato de M. Zúndel, (Esquisse d’un portrait de Maurice Zundel, 1996, p. 190), los tres órdenes están verdaderamente en el centro de su “universo espiritual”. Durante su estadía en El Cairo, Zúndel les dedicó todo un estudio que encontramos en El hombre rebasa al hombre. Del “Pensamiento 793” de Pascal, él afirma: “Esas palabras son de bronce y no pasarán” (p. 185). Pero, que yo sepa, fue con ocasión de conferencias pronunciadas en 1927-1928 dirigidas a las monjas benedictinas de la Calle Monsieur que Zúndel ilustró y explicó la tripartición del ser con más delicadeza y profundidad. En las notas preparatorias para esas conferencias, a propósito de la mirada “que ve las cosas en sus tres dimensiones”, a propósito de esa mirada de la que afirma que es una “visión sacramental”, que es una mirada que del universo hace brotar las “virtualidades latentes” y da “la más alta lectura” que se pueda concebir, M. Zúndel escribe esto, que es absolutamente capital y penetra ya al corazón mismo de la tercera parte de esta conferencia:

Las criaturas son un escollo, no porque las amamos demasiado sino porque no las amamos bastante. Si las amáramos, en vez de referirlas a nosotros y de encerrarlas (…) en nuestros propios límites, desearíamos que fueran, que alcanzaran su plenitud (…) Y entonces comenzaríamos a verlas en toda su profundidad secreta, es decir según el esquema pascaliano de los Tres órdenes, en su triple dimensión: sensible, inteligible y místico.” (Escuchando el silencio p.75). Después despliega Zúndel su hermosa meditación sobre la flor del lirio de los valles que ofrece a los sentidos corporales color vivo, contacto sedoso y delicado perfume, a la inteligencia racional de nuestra alma muchos temas de reflexión y que, en transparencia de su esplendor efímera, deja percibir a nuestro espíritu, para que lo contemple, “un rayo de la Belleza primera”.

Y al final de la meditación, Zúndel da esta enseñanza que, en un primer tiempo nos sorprende. Escribe (las itálicas son suyas): “La doctrina de los Tres Órdenes, la visión del universo en sus tres dimensiones, nos permite escuchar la doctrina cristiana del desapego” (Ib., p. 77) Y él explicita así sus palabras:

“En una palabra, que es todo el cristianismo, se trata de amar. Creemos que amamos. Y nos amamos a nosotros mismos… Atrayendo a nosotros el objeto que nos ensancha, haciendo contener todo el universo en el yo en que nos ahogamos, y hacemos aún más pesada nuestra cautividad. Si amáramos de verdad las cosas, querríamos su bien, les haríamos justicia y comenzaríamos por verlas en sus tres dimensiones. Entonces, sobrecogidos de inmenso respeto por su grandeza inconmensurable (…) ya solo soñaríamos con liberar, por medio de nuestra caridad, la Chispa divina que dormita en ellas. No atraer a nosotros las criaturas, sino entregarlas a su verdadero destino, hacerlas alcanzar su plenitud, dándolas a Dios” (Ib., p. 78)

Pero verse a sí mismo y a los demás en sus “tres maneras de estar ahí”, para retomar la hermosa expresión de Jean Guitton, es ya trabajar en el segundo y nuevo nacimiento al que Zúndel dedica en su obra un lugar verdaderamente sobresaliente. Y que no podría ser menos, ya que gracias al Evangelio y siguiendo a Padres antiguos pudo Zúndel comprender que tiene para el ser humano un significado decisivo, muy exactamente “vital”.

Se pudo decir de la obra del Maestro Eckhart – y vale lo mismo para Tauler, pienso yo – que toda su obra gravita alrededor del misterio del nuevo nacimiento. Pues bien, es lo mismo y quizá más todavía, de la obra de Zúndel que no cesó de explicar el mundo que separa al “yo objeto” del “yo sujeto”, que separa el “Yo que soy yo”, del “Yo que es Otro”, “el hombre algo” del “hombre alguien”, “el hombre real” del “hombre posible”, “el hombre prefabricado” del “hombre creador”, en síntesis, “el hombre biológico” del “hombre fuente, origen y valor”… Esto para que percibamos mejor el camino del nuevo nacimiento que permite pasar del uno al otro. No conozco menos de 60 textos de Zúndel sobre el misterio de ese nacimiento.

En mi opinión, uno de los más sobresalientes se encuentra en el primer capítulo de Yo es Otro. He aquí unos extractos, muy breves, de ese capítulo que, aunque no dicen todo, tienen el mérito de mostrar lo esencial.

Después de haber explicado la importancia capital de la experiencia de la admiración, a la luz de la cual entrevemos nuestra liberación y comenzamos a nacer a nosotros mismos, después de haber mostrado que esa experiencia no puede tener lugar sin el encuentro interior de una “Presencia inefable” que, imantándonos nos desvía de nosotros mismos, Zúndel escribe un poco más allá:

“O bien no hay hombre (…), o bien el hombre es posible (…). Y es cierto que la única manera de hacernos hombre (…) es ofrecer todo lo que somos a esa Presencia que nos ofrece todo lo que ella es. (…) Y así el rostro único, el rostro que nos está esperando en lo más profundo de nosotros mismos (…), ese rostro se revela a nosotros como un rostro de don, de despojamiento, de silencio y de pobreza. El único camino hacia nosotros mismos, el único camino hacia nuestra dignidad, nuestra personalidad y nuestra universalidad es Él (...). Es pues cierto que el encuentro consigo mismo coincide con el encuentro con Dios, ya que para san Agustín, como para nosotros, “La Hermosura tan antigua y tan nueva” es Él (…) Pero, hay que observar, y es capital, que es en el mismo momento que uno llega a sí mismo (…) y que encuentra en sí mismo “la Hermosura tan antigua y tan nueva” que extasió el corazón de san Agustín. Existe (…) una solidaridad indisoluble entre mi liberación y el encuentro con ese Amor “más íntimo en mí que lo más íntimo de mi ser” (…) La búsqueda del hombre solo puede terminar con la experiencia de Dios”. (Yo es Otro, pp. 22-23-24)

¡La experiencia de la Presencia, de la Hermosura, del Amor, de Dios! Ahí estamos. ¿Esa experiencia nos es accesible? Si lo es, ¿de qué manera? ¿Qué enseña Zúndel al respecto, él, cuyo amor y cuya vida dan tan bello testimonio?

 

III- La experiencia de Dios

 

La primera y más sencilla experiencia de Dios, sin la cual ninguna otra es posible, es la de nuestra propia incompletud, la de no estar a la altura de lo que pide nuestra naturaleza. “Estamos confrontados con una exigencia que viene del interior, una exigencia de ser, de ser siempre más…” escribe Zúndel (Yo es Otro, p. 26). Esta exigencia, esta “imantación ontológica” la experimentamos ciertamente nosotros, pero no viene de nosotros. Viene del Huésped misterioso que está en nosotros, viene de Dios. Pues como lo formula admirablemente Zúndel en un pasaje que no logro encontrar, “Dios no es el objeto de nuestro deseo, sino el sujeto”. Si experimentamos pues ese “deseo de ser” que es también indisociablemente “deseo de infinito, de belleza, de amor”, entonces tenemos ya de manera totalmente efectiva una primera experiencia de Dios en nosotros. Y mientras más escuchemos ese deseo, y dejemos que conduzca e ilumine nuestras decisiones y nuestros actos hasta los más humildes – escribir una carta, mirar al cielo, dar de comer al perro… - más aumentamos las posibilidades de ser conscientes de su presencia en nosotros. Como ven, en el fondo es muy sencillo.

También le debemos a Zúndel esta enseñanza formidable, a saber, que el horror del sufrimiento, de la muerte y del mal, especialmente cuando se trata de inocentes, a saber que la indignación que sentimos no es tanto nuestra como de Dios. Pero esa es una dimensión de la experiencia espiritual según Zúndel y yo no la trataré esta noche, porque prefiero hablarles del carácter paradójico de la mística zundeliana y de las primeras enseñanzas que de ahí fluyen.

Zúndel desea y sabe hacernos presente a Dios. Pues como le gusta decirlo, no es Dios el que está ausente, sino que nosotros no estamos presentes. Así, en la imantación para el Bien y el “ser más”, y en la repulsión hacia el Mal, que es siempre “disminución del ser”, ignorábamos sin duda que Dios estaba ahí. Lo creíamos ausente. Pero está ahí. Al contrario del Dios vétero-testamentario, y sin duda del Dios del tomismo, el Dios de Jesucristo es un Dios interior. Jesús lo dice a la samaritana: “Dios es espíritu” (Jn. 4:24). Zúndel dirá que es “puro interior”. Pero es también un Dios que no se impone jamás. Que se impone tan poco que lo más frecuente es el sentimiento de su perfecta ausencia. Ahora bien, hasta en esa ausencia tenemos que aprender a descubrir un signo de su presencia. Recuerden: Jesús mismo, en la cruz, tuvo el sentimiento de estar abandonado (Mt. 27:46). Pero no lo estaba, como lo atestigua su Resurrección de entre los muertos.

Esa presencia en la ausencia es un primer rasgo paradójico que, por maltratar nuestras esperas ordinarias nos coloca ya en una actitud justa. Pero hay otros. Especialmente dos, de los que Zúndel está particularmente bien al corriente, según atestigua hasta la construcción de sus frases cuando trata de la experiencia de Dios. Así, en Escuchando el Silencio, dice en una de sus frases lapidarias que le son tan propias: “Imposible llegar a nosotros sin encontrarlo. Imposible encontrarlo sin transformarnos, sin liberarnos de nosotros mismos” (p. 51). Traduzcamos: “Imposible liberarse sin encontrarlo. Pero también recíprocamente: imposible encontrarlo sin liberarnos”.

Entonces, ¿será que Zúndel se engaña y nos engaña? A no ser que nos advierta que estamos abordando un lugar misterioso donde ya no juegan las leyes de la causalidad ordinaria.

Pero escuchen todavía. A fin de instruirnos sobre la interioridad de la experiencia de Dios, a Zúndel le gusta citar a menudo este pasaje de las Confesiones de san Agustín:

“Muy tarde te amé, oh Hermosura tan antigua y tan nueva, muy tarde te amé. Y tú estabas dentro de mí, pero yo estaba afuera. Y ahí te buscaba (…) Tú estabas conmigo pero yo no estaba contigo” (Confesiones, X, XXVII, 38).

Ahora bien, más que nadie, Zúndel fue sensible a la eterna Hermosura que transparenta y brilla a través de la hermosura efímera de las cosas y los seres. Su sensibilidad y su agudeza en ese terreno eran tales que le debemos unas de las mejores páginas jamás escritas sobre la experiencia de la admiración. La consideraba como “la experiencia espiritual por excelencia” (Vivir a Dios, p. 35). Sin embargo, a diferencia de otras que son puramente intuitivas, esta experiencia es primero experiencia sensible. Entonces, esa Hermosura que hace apercibir, ¿es interior o exterior? Ya no es la lógica causal la que está en dificultad, sino la del espacio. Una vez más, ¿tiene Zúndel dificultad para comprender las gracias que recibe? ¿Está equivocado? ¿O se expresa de manera justa y, al hacerlo nos prepara del modo más justo para el estado de admiración sin el cual no podríamos nacer ni a nosotros mismos ni a Dios?

Por supuesto, un Maestro de la vida espiritual de la familia de Mauricio Zúndel – que es la de los grandes místicos – no se equivoca. Cuando propone, sin quitarlas, las tres paradojas, de la “presencia y de la ausencia”, de “la causa y del efecto”, del “interior y del exterior”, Zúndel nos presenta tres verdades.

La primera es que si no vamos más allá de las lecciones de la biología, si nos mantenemos replegados sobre esperas sensoriales – pues ahí está la tentación, de ver lo invisible, de oír lo inaudible… - si permanecemos paralizados por nuestros conceptos y razonamientos, si seguimos así limitando la creación a nosotros mismos poniéndole etiquetas y filtrándola con nuestras esperas egocéntricas, entonces no experimentaremos nada de Dios, ni Hermosura, ni Verdad, ni Bondad, ni Amor.

La segunda es que aunque el hombre no pueda actualizar su libertad en liberación de sí mismo, aunque no pueda manifestar su propia humanidad sin encontrar en lo más íntimo de sí mismo a Aquél que desde toda eternidad lo está esperando, sin embargo no debe concebir ese encuentro como medio para su propio nacimiento esencial. Pues Zúndel lo dice claramente: sin ese nacimiento, el encuentro mismo es imposible. Ya que “solo el semejante ve al semejante”. Para encontrar a Dios que es Espíritu, uno mismo tiene que “hacerse espíritu” afirma Zúndel. De suerte que la segunda verdad podría formularse así: “Estamos ahí en un camino sin camino”. Es decir, un camino en que las relaciones “de causa a efecto” y especialmente los de “medios a fin” ya no se aplican. La experiencia del Espíritu no se subsume. H. Corbin, el gran orientalista, especialista de la gnosis iraniita, lo decía así: “No se entra por efracción en la morada del Ángel”. Santa Teresa de Ávila por su parte la expresaba en estos términos: “La industria humana no puede en ningún caso producir los estados místicos, ni levemente, ni en un instante”. ¿Debemos pues deducir que no hay nada que hacer? En modo alguno, pues aunque Zúndel dice que no hay verdadera liberación sin ese encuentro interior, y deja entender que el encuentro es inconcebible sin la liberación, no dice que no podemos prepararnos a la liberación ni al encuentro. Muy al contrario, y esa es la tercera verdad, la tercera enseñanza a que nos invita Zúndel.

La tercera lección se resume en tres palabras: “Silencio, Oración, Desapropiación”. Tres idénticas son: “Interioridad, Contemplación, Vacuidad”. Si buscamos realmente la Belleza, que es “el esplendor de la Verdad”, entonces esas palabras serán para nosotros como lámparas en la noche. A condición, sin embargo, de que las escuchemos bien.

Conviene, dice Zúndel saber guardar silencio. Esto exige no solamente callar, sino más todavía, dejar de “hacer ruido consigo mismo” en el interior de su ser. Mil veces lo dice y lo escribe Zúndel: el silencio interior – silencio de los pensamientos, de las ideas, de las preocupaciones, de los proyectos… - es la condición indispensable de toda vida espiritual. No solo porque el lenguaje de Dios es un “lenguaje silencioso” (F. Darbois, en Oración sobre la vida, p.34), porque “el silencio es la cuna de Dios” (Vivir a Dios, p.47) sino porque Dios mismo “es silencio” (M. Donzé, Testigo de una Presencia, p.167). A cristianos desviados a menudo por la expresión equívoca “Palabra de Dios”, Zúndel les recuerda la verdad que experimentó muchas veces, especialmente donde los Benedictinos de Einsiedeln y más aún donde las Benedictinas de la Calle Monsieur: el silencio es alguien y ese alguien es Dios. Por eso uno de los grandes sueños de Zúndel fue elevar una iglesia en honor del Silencio, como Santa Sofía en Estambul está dedicada a la Sabiduría, Hagia Sigé (Nuestra Señora de la Sabiduría, p.58). El silencio pues, del cuerpo y del alma, para acoger la Presencia que es “espíritu” y que es “silencio”.

Pero el silencio zundeliano no excluye la oración, ya que es la oración en estado puro. Porque es consustancial con la verdadera oración que, más que en palabras, se expresa en los instantes de contemplación y de admiración en que el alma, abriéndose a la Presencia, se vuelve atención total hacia ella. Porque, dice Zúndel: “La oración no es otra cosa que la atención amorosa, la atención a una Presencia” (M. Donzé, o. c. p. 171). Atención que puede desplegarse igualmente escuchando la música que nos gusta, o caminando en un paisaje de nieve, o sonriendo a un niño.

Desde la edad de 14 años, como lo recordamos al comienzo de la conferencia, conducido por María, madre espiritual de todo cristiano, Mauricio Zúndel hizo una primera experiencia del “vacío creador”, del estado de “desapropiación de sí mismo”, fuera del cual, como él lo entendió muy pronto, no se puede hacer ninguna experiencia de Dios. Aquí M. Zúndel vuelve a encontrar toda la tradición mística neo-platónica, la de Dionisio el Areopagita especialmente, y la de los místicos renanos como Eckhart y Ángelo Silecio del que Zúndel habla muy amistosamente (F. Darbois, o. c., p.142). Es además sintomático que se exprese sobre la cuestión de la relación que une a Dios y al vacío interior precisamente en los mismos términos que el dominicano Juan Tauler (1300-1369), primero y mayor discípulo del Maestro Eckhart, Tauler que como Uds. saben nació y enseñó en Estrasburgo. En efecto, Zúndel, en una de sus conferencias en el Cenáculo de París (1966), irá hasta afirmar: “… Uno se llena de Dios cuando se vacía de sí mismo” (F. Darbois, o. c., p. 143). Y yo leo, en un sermón de Tauler en la fiesta de Navidad:

“Por eso debes callar: entonces el Verbo de este nacimiento podrá ser pronunciado en ti y tú podrás escucharlo. Pero debes estar seguro de que si quieres hablar él deberá callarse. No se puede servir mejor al Verbo que callando y escuchando. Entonces si tú sales completamente de ti mismo, Dios entrará totalmente. Cuanto tú salgas tanto entrará él, ni más ni menos.” (Sermones de Juan Tauler, Cerf p. 17).

En el lenguaje de Tauler, el desapego, el renunciamiento a sí mismo, el vacío de sí mismo es designado como una salida. Al contrario, Zúndel representa el mismo renunciamiento como el paso de afuera a dentro, como interiorización. Es la única diferencia, y aquí es solo de lenguaje. Pero el mensaje de fondo es exactamente el mismo y es fascinante ya que dos muy grandes místicos occidentales, a más de seis siglos de intervalo, se encuentran esta noche para decirnos exactamente la misma cosa sobre la experiencia de Dios.

¿La hemos escuchado bien?

A propósito, permítanme terminar esta conferencia de la manera que le gustaba a Juan Tauler terminar la mayoría de sus sermones, diciendo:

“¡Que esa sea nuestra parte
y que Dios nos ayude a ello!”

 

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