Intervención del P. Patricio Sonnier en París, el 15 de octubre de 2011, en la Jornada de la Amistad de la Asociación de los Amigos de Mauricio Zúndel de Francia.

La Eucaristía y la Iglesia

El instituto religioso al que yo pertenezco, los Misioneros Identes, es de origen español. Fue fundado en 1959 por Fernando Rielo, un seglar, es decir no sacerdote. En nuestro instituto hay religiosos de los cuales la mayoría son sacerdotes y religiosas. Hay dos superiores generales que residen en Madrid, uno por cada rama, y un Presidente que reside en Roma.

Nuestra misión común consiste en dar testimonio de nuestra relación con el Padre celestial, ante todo por la vida fraternal y misionera. El carisma de los Misioneros Identes es la filiación divina. El objeto de nuestra vida consagrada no es Cristo ni el Espíritu Santo, sino la figura del Padre: conocer y hacer conocer la figura del Padre, en Cristo, por el Espíritu Santo que está actuando.

Tenemos dos ejes pastorales. El primero es el mundo de la cultura. Nuestra presencia en San Pedro de Montmartre se inscribe en este contexto de diálogo con escritores, poetas y pintores. El segundo eje es la juventud. La catequesis parroquial es muy importante, pero nuestra misión particular es tratar de encontrar a los jóvenes que aún no han oído hablar de Cristo, y son muchos.

¿Qué quiere decir “Misioneros Identes”? Idente viene de id, imperativo del verbo ir, lo cual nos identifica de manera permanente con Cristo. La relación con Cristo es vivida de manera permanente en nuestras actividades cotidianas, a cada instante.

A lo largo de su vida, el P. Zúndel dio mucha importancia a la Eucaristía y la oración. Algunos recuerdan que tomaba tiempo para celebrar la Eucaristía y la importancia que le daba a la escucha interior, en el corazón mismo de la oración de la Iglesia, para entrar en ese diálogo, en esa relación íntima con el Señor.

Esa particularidad suya, le venía de que había sido alumno en la Abadía benedictina de Einsiedeln. Siendo aún adolescente o joven adulto, había sido tocado por la gracia que se manifestaba en la manera de orar de los monjes. Aunque no fue benedictino, toda su vida llevó el hábito monástico y conservó la particularidad de dirigirse al Señor como lo hacen los monjes.

Yo quisiera pues ayudarnos a descubrir o quizás a profundizar el sentido de la relación con Dios en la Eucaristía y en la Iglesia, a partir de su pensamiento. El encuentro con el Señor Jesús en la Eucaristía se hace igualmente al mismo tiempo en la Iglesia pero no solo en la institución eclesial. Más a menudo uno solo percibe las estructuras eclesiales: la Santa Sede, los sacerdotes, pero no se reconoce de inmediato en la palabra “Iglesia”.

Cuando Zúndel se dedicó a describirla, a hablar de ella, a hacerla amar, no se contentó con describir sus estructuras establecidas, visibles del exterior sino que quiso siempre relacionar la Iglesia con sus miembros, es decir, con los bautizados, con las “personas”. Para él, era ante todo una comunidad de personas, reunidas en nombre de Cristo y viviendo la fe en Cristo.

Para Zúndel, el primer elemento para definir y comprender lo que representa la Iglesia es esa relación interpersonal; y es, podríamos decir, únicamente a partir de esa relación interpersonal como podemos comprender la naturaleza profunda de la Iglesia y captar el sentido de la palabra “Iglesia”.

El método que Zúndel utilizaba para profundizar el sentido de la vida humana eclesial era un método que le era propio, a saber, el método inductivo. No partía nunca de nociones abstractas y teológicas sino de un contexto vivido: parte de lo general para llegar a lo que es central e inaccesible a la inteligencia pero que puede alimentar la reflexión a partir de hechos concretos.

Leyendo los escritos de Zúndel, escuchando sus conferencias, vemos que toma situaciones concretas, relaciones entre las personas, y en esa reflexión, en esa escucha del contenido propio del hombre, él percibe algo. Es como la naturaleza y el origen de sus “fulguraciones”, para tomar la expresión de Pablo VI. Esas fulguraciones provenían de su contacto particular con las personas, con su entorno.

No podemos apropiarnos el conocimiento espiritual que nos viene de Dios. No podemos encerrar a Dios en un concepto proveniente sólo de nuestra reflexión. Para Zúndel, ese conocimiento viene del contacto interpersonal. Para conocer la naturaleza de la Iglesia es necesario ponernos en relación interpersonal de diálogo e intercambio. En esa mirada, en ese cara a cara, en esa escucha es donde la descubrimos.

La escucha nos hace descubrir que las nociones, los términos teológicos, los términos de la Iglesia, tienen sentido no solo teológico y filosófico sino también místico, es decir que la definición, el término, es alimentado por el Espíritu de Dios que le da sentido.

La Eucaristía.

Para Zúndel, la Eucaristía es ante todo un encuentro con Aquél que se da y no simplemente un “objeto” – impresión de numerosas personas – un objeto presentado como un ídolo, colocado ante nosotros y mantenido a distancia. Para Zúndel, la Eucaristía es Cristo en persona que viene a nuestro encuentro, que viene a dársenos. El don que Cristo hace de su persona engendra, suscita en la persona del que lo recibe ese mismo movimiento.

Quiero abordar un punto, una tesis: Zúndel en su relación con las personas, la relación interpersonal. En el intercambio que quería mantener, alimentar escuchando al otro, haciendo silencio, diciendo una o dos palabras. La tesis consiste en decir que él tenía como fuente, como medio para darse, para abrirse, la manera misma de actuar de Cristo.

En la Eucaristía, Cristo es el que viene a mi encuentro, viene a mí, se da, a fin de suscitar en mí, en el espíritu, el mismo don. Cuando me doy a los demás, en nombre de Cristo, a través de mí, se da a los demás Cristo mismo.

Aquí vemos un elemento importante para recorrer el espacio entre el que se pone en oración ante el Santísimo Sacramento, y el Sacramento mismo. Retomando un término zundeliano, hay una distancia infinita entre mi persona y el Santísimo Sacramento expuesto en el altar y es importante captar el sentido de esa distancia.

Así mismo, en nuestra relación eclesial, fraternal e interpersonal, hay una distancia que recorrer. Cuando me pongo en presencia de un ser querido, de alguien a quien escucho en confesión, o que encuentro en la calle, a quien saludo, hay la misma distancia que cuando estoy en la Iglesia ante el Santísimo. Puedo estar al pie del altar donde se encuentra Jesús en su Presencia real, puedo estar al fondo de la iglesia: la distancia espacial es diferente, es cierto, pero la distancia interior por recorrer es la misma.

¿Cómo puede la oración contemplativa, la oración ante el Santísimo donde se produce un encuentro eficaz, performativo podríamos decir, es decir que actúa, cómo puede ese encuentro, esa distancia recorrida, ayudarme a encontrar al que se me presenta?

La Iglesia Eucaristía, la Iglesia que se me presenta bajo forma litúrgica podríamos decir, con principios y reglas, la institución, ¿cómo está igualmente presente en mi relación interpersonal? La distancia por recorrer no la recorremos con el cuerpo, no podemos ir corporalmente al otro (con minúscula o con mayúscula). El contacto visual, el contacto físico es la base que me permite ir más allá.

En el pensamiento de Zúndel, aquí encontramos el método inductivo. Parte de un hecho concreto: un contacto físico, visual, auditivo, pero esas fulguraciones emanan del contacto primero. Así mismo, cuando estoy ante el Santísimo, si creo que soy bautizado y reconozco que el bautismo es una clave que me permite entrar en relación con Cristo, soy consciente de que mi presencia ante el Santísimo, que es ante todo presencia física, desemboca en algo interior. Hay contacto realizado en lo más íntimo mío. Hay por ejemplo un signo visible, concreto, perceptible que es el de la paz. Cuando entramos en un edificio religioso, habitado por la Presencia real de Cristo, el signo perceptible pero incomprensible, es la paz.

Lo que encontramos en nuestra relación con la Eucaristía lo encontramos también en la relación que tenemos con las personas que nos rodean, en la Iglesia que formamos. Hay que ir más allá del primer contacto, no quedarse en la periferia del encuentro. Cuando leemos o escuchamos a Zúndel, vemos que nos invita a dejar la periferia de los elementos, de los acontecimientos, para entrar más profundamente en lo que hace la naturaleza de la persona humana, o en lo que hace la naturaleza de la Eucaristía: lo que representa el Cuerpo de Cristo. También podríamos tomar una espesura que se debe superar en la relación con el hombre. Ir más allá de la espesura de lo creado para poder penetrar más profundamente en lo que constituye el ser.

En lenguaje teológico, ese movimiento es un paso entre realidades visibles y realidades invisibles. La distancia por recorrer no se realiza solo con el cuerpo o la inteligencia, se la recorre reconociendo la importancia del paso a realizar; y el que dice paso, en lenguaje clásico, hace referencia a la pasión, a la muerte y la Resurrección de Cristo.

Para llegar a Cristo, y yendo más lejos, para entrar en la comunión con el Padre, para entrar en el corazón de la vida, lo que da sentido al ser, hay que hacer ese paso: pasar de las realidades visibles, ir más allá de la periferia de los elementos, es decir, del primer contacto que tengo con la realidad, y entrar en Cristo, en ese espacio, en esa realidad invisible que se me presenta.

Si volvemos a la imagen de la persona arrodillada ante el Santísimo Sacramento, o de la persona que se encuentra con otra persona y la escucha, la distancia por recorrer se realiza, se actualiza en ese paso de la vida humana en la muerte a mí mismo que me permite entrar en Cristo, en la Vida, captar y comprender que el hombre está habitado por la Presencia de Dios, que le confiere la dignidad de ser hijo de Dios. Ese paso hermoso debe pues realizarse en mi relación con la Eucaristía y en mi relación con los que estén conmigo.

La desapropiación. Es un término que viene a menudo. Zúndel quiso vivir ese despojamiento. A través de la experiencia de San Francisco de Asís, en el encuentro con el que considera como el mayor de los teólogos, se inscribe precisamente ese génesis, ese desarrollo, ese paso. Partir primero de las realidades visibles, no dar en primer lugar importancia a las nociones, a las palabras, sino cuidar ante todo el contacto físico y sentir la necesidad de vivir la pobreza, el despojamiento, la desapropiación.

En la medida de esa desapropiación, yo soy puedo realizar el paso, recorrer la distancia. Tengo que renunciar a la dominación del yo prefabricado, al yo posesivo que define primero el ser, la persona humana. Mientras permanezca con el yo posesivo en la relación con los demás, sigo siendo incapaz de ir más lejos, de encontrar al otro, de atravesar ese espacio, de reducir la distancia, de superar la espesura de la vida. Tengo pues que aceptar el renunciamiento, la desapropiación.

En mi opinión, la desapropiación no es para Zúndel fruto de una gracia que se me da sin mi participación. Mi inteligencia y mi voluntad intervienen, no para rechazar el “yo” posesivo, el “yo prefabricado” sino para devolverle su dignidad. Para Zúndel, encontrando de nuevo su naturaleza auténtica en Cristo, el “yo” que me define como persona toma el nombre de oblación: el “yo oblativo”. Cuando se hace visible, el yo oblativo permite a la persona no ser solo individuo sino persona, auténticamente imagen / semejanza de Dios.

Mientras vivamos en este mundo, el yo oblativo no puede jamás definir plenamente la persona. En la desapropiación hay un trabajo personal: renunciar a sí mismo para vivir el don. Cristo, que se une al hombre en esa búsqueda, interviene, participa, purifica, santifica para que la persona entre en el movimiento del don que es también movimiento de sacrificio: morir a sí mismo para renacer en Cristo. Pasamos de un “yo prefabricado” que agarra, al “yo oblativo” que se abre y que se entrega.

La distancia que recorremos se realiza en esa transformación, se podría decir, en esa “transfiguración”, para tomar un término corriente en el lenguaje teológico: es un “yo transfigurado”. En eso, Zúndel nos muestra cómo podemos entrar en la relación con Cristo, conocer su sentido, su sabor, cómo encontrar al otro por medio del paso del yo posesivo al yo oblativo.

En el hombre, en el fondo de sí mismo, ya está presente la capacidad de vivir esa transformación y de pasar del yo posesivo al yo oblativo. Dios da a todo ser humano la posibilidad de emprender ese trabajo. Si Dios no le hubiera dado esa capacidad, la transformación del “yo” sería fruto del orgullo: “Yo soy capaz, solo, de ceder y de vivir el don de mí mismo”. En el corazón de todo hombre hay pues esa capacidad dada por Dios.

El silencio es uno de los aspectos importantes de la vida espiritual que hace posible la transfiguración: el silencio habitado. Alrededor del tema del silencio hay otro aspecto importante para la vida de Zúndel: la palabra. El verbo, el lenguaje, la expresión, se encuentran presentes en el corazón del hombre: la Palabra de Dios ya está inscrita en su corazón; en el cristianismo, la Presencia de Dios es una presencia que habla. El cristianismo nos revela a Dios se hace comprensible, se hace conocer por la palabra, y solo por la palabra.

La palabra no se limita solo a lo que conocemos, al sentido, a las palabras que pronunciamos. Zúndel dirá, para aclararnos sobre el sentido de la palabra: “Lo más importante no es lo que se dice sino lo que no se dice”. Dicho de otro modo, antes de que yo formule una palabra, una oración, antes de que yo conciba en mi mente una idea, un pensamiento, esa palabra, ese pensamiento, esa idea, esa oración que me permite entrar en relación con el otro, tiene su sede en mi corazón. En la intimidad del corazón o de la mente del hombre nacen las palabras. Si la Presencia de Dios me habita, si la Palabra de Dios vive en mí, la palabra que yo pronuncio expresa o deja expresar lo que yo llevo dentro. Entonces, para unirme a las personas que me rodean, en la Iglesia, para unirme a Cristo en el Santísimo Sacramento, para reducir la distancia, tengo que dejar que se diga la Palabra de Dios.

Cosa extraordinaria en nuestra religión cristiana: Dios sigue haciéndose conocer por medio de los hombres, de los bautizados que forman el cuerpo de Cristo que es la Iglesia. Para que la palabra de Dios suba a la superficie – tomando la imagen del pozo y de la viña – tengo que hacer silencio, un silencio habitado. Es un elemento que se debe tener en cuenta para descubrir en la enseñanza, en la palabra de Zúndel, esa realidad: la importancia del silencio habitado.

Pero el silencio habitado no puede ser percibido sino en la medida en que yo entro en el movimiento propio de Cristo que es darse. Hago silencio, escucho, no para comprender lo que se esconde o se revela en mí; el silencio, la escucha, me invitan a entrar en el movimiento de la palabra que se da: dándome, viviendo el yo oblativo es como Dios se da a mí y a los demás.

Así podríamos presentar el pensamiento de Zúndel en un contexto teológico, eclesial, alrededor del tema de la Iglesia y de la Eucaristía. El interés de los teólogos, de los pensadores no está en ofrecernos un pensamiento original, sino también, y ese es en parte el fin de esta Asociación, dar sentido a lo que sabemos, por ejemplo de la Iglesia. El pensamiento nos ayuda a expresar más profundamente la naturaleza de las cosas, de los elementos, de los conceptos que tenemos costumbre de frecuentar y escuchar.

Para comprender el pensamiento de Zúndel, terminaré recordando algunas palabras importantes, y primero su método inductivo: partir siempre de un hecho concreto, encontrar la persona, captarla con las manos, con la mente, no para poseerla sino para iniciar un movimiento: el movimiento del don; abrirme, darme, dejar que Cristo que me habita encuentre al otro presente: “El Amor, la Caridad”. Mediante esta condición, la distancia que a veces me parece infranqueable e infinita, se reduce. Una distancia en que ya no soy yo el que capta, sino que, a medida que la distancia disminuye, me permite pasar del “yo posesivo” al “yo oblativo”, cuando yo soy captado.

Padre Patricio Sonnier

Ajouter un Commentaire

Les commentaires sont modérés avant publication. Les contributions doivent porter sur le sujet traité, respecter les lois et règlements en vigueurs, et permettre un échange constructif et courtois. A cause des robots qui inondent de commentaires publicitaires, nous devons imposer la saisie d'un code de sécurité.

Code de sécurité
Rafraîchir