El Jueves de Ascensión, 23 de mayo de 1963, en Heliópolis, El Cairo.

Como vimos, el cuerpo tiene dos funciones: por una parte, es el cordón umbilical que nos une al universo físico y por otra, el sacramento de una presencia; es decir que el cuerpo es al mismo tiempo una esclavitud pero también espacio y libertad.

¿Qué buscamos en un rostro? Buscamos una presencia y lo maravilloso es que en el cuerpo humano es la capacidad de expresión que hace de un rostro una revelación infinita. Y puesto que el cuerpo tiene esas dos funciones, la muerte puede ser considerada bajo dos aspectos.

La muerte es siempre ruptura con los lazos cósmicos: es la ruptura del cordón umbilical, y esa ruptura puede ser un desgarramiento si no se ha podido hacer de ella un acto libre. Y la muerte es una liberación que corta los lazos con el universo físico, sin destruir la capacidad de presencia que constituye toda la gloria de nuestro cuerpo y hace que detrás de un rostro humano busquemos siempre una fuente, un origen. Y bajo este aspecto, el cuerpo no muere.

El cuerpo es un largo de onda, es el número de un largo de onda. Su voz es única, su laringe tiene la capacidad de emitir cierta música que sólo le pertenece a Usted y, como su voz tiene personalidad, un número, un largo de onda, también su cuerpo tiene personalidad, un número, un largo de onda. Si nuestro cuerpo sigue siendo el mismo, eso se lo debe a la permanencia de ese número, de ese largo de onda. El cadáver no es el cuerpo: es la placenta que nos une al universo. El verdadero cuerpo está en otra parte y en la muerte física subsiste justamente ese número único, ese largo de onda único, que es el misterio mismo de nuestro cuerpo y de su capacidad de presencia.

Lo vemos en las apariciones de Cristo. Cristo tiene la capacidad de hacerse presente pero ya no está atado a este universo. Se hace presente en él, pero no está en él. Todo esto para situar el acontecimiento de la Ascensión.

La Ascensión no significa que Jesús subió allá arriba. Como sabemos, el “Cielo” no es localizable. Jesús nos dijo que el cielo está dentro de nosotros. Si los apóstoles lo vieron subir, eso fue una visión conforme con su psicología, con sus conocimientos. Para nosotros, la Ascensión quiere decir: “Cristo se separa definitivamente de sus discípulos, y si se separa definitivamente de ellos, es que fracasó completamente.

Lo que vemos es el fracaso por parte de Jesús. Y él lo expresa en lo que dijo durante la última charla de la Cena: “Les conviene que me vaya, si no, el Espíritu Santo no vendrá sobre ustedes”. No hay mejores palabras que ésas para expresar el fracaso de Jesús. Fracasó tanto que era necesario el Espíritu Santo par que los discípulos descubrieran por fin quién es él.

Ellos limitaron a Dios. Hicieron de él un dios local, un dios nacional, el dios de una nación como si a Dios se le pudiera monopolizar y esperaban que Jesús sirviera para exaltar la nación, para explorar sus ambiciones. No entendieron lo que dijo Jesús a la samaritana. No entendieron que Dios está dentro de nosotros. No entendieron que el verdadero santuario de Dios es el hombre. No entendieron que el cielo auténtico es nuestra alma. “El cielo es el alma del justo”, como dice san Gregorio. Hicieron de Dios un ídolo. Por eso no pueden comprender mejor al Maestro. No pueden verlo en su realidad auténtica. Proyectan sobre él sus sueños esperando que realice sus ambiciones.

Es por eso que Jesús está profundamente solo. Está solo en el Huerto de la agonía. Está siempre solo y se siente mejor con los publicanos, con los cismáticos, con los herejes, con las mujeres de mala vida.

Hay en el Evangelio toda una corriente de divina ironía cuando vemos a Jesús poniendo en valor al pagano, canonizando al centurión porque “su fe es más grande que la de nadie en Israel”. Lo vemos obligando al doctor de la ley, orgulloso de sus virtudes y convencido de sus méritos, a reconocer en la parábola del buen samaritano que el único hombre fiel al amor es justamente el extranjero, el cismático, el samaritano. Y con qué fuerza lo vemos tomar la defensa de la pecadora que había amado mucho, y de la mujer adúltera, pidiendo que el que nunca haya pecado le tire la primera piedra. Lo oímos declarar: “los publicanos, los hombres despreciados, los hombres detestados y rechazados, las prostitutas, os precederán en el Reino de los Cielos”.

Jesús está solo y por eso tiene que irse para que sus discípulos lo reconozcan y ése es el significado de la fiesta de la Ascensión. El día de la Ascensión sella el fracaso de Jesús. Los ojos de los apóstoles se abrirán con el bautismo de fuego del Espíritu y entonces comenzarán a entrar en la catolicidad del amor.

Eso justamente fue lo que les faltó: la catolicidad, es decir, la universalidad del amor. Veían a Dios como un diosecito a su imagen, un diosecito a su medida, un dios local, un dios nacional, un dios que uno puede monopolizar y apropiárselo, un dios que tiene un pueblo elegido e ignora a todos los demás. Los demás son para él solamente la ocasión y la condición de la exaltación de su pueblo. Esa idea abominable del pueblo elegido, pueblo que nunca existió además, ¡jamás! El sacrificio de Abraham muestra justamente que no fue elegida la posteridad de la carne sino la posteridad de la fe, la posteridad del amor. El pueblo elegido es el que se elige a sí mismo en la fidelidad y el amor.

Antes de Jesús hay una iglesia, hay una iglesia desde el comienzo del mundo, es la iglesia de los fieles, el pequeño resto de que habla Isaías, el pequeño resto que será salvo, es decir el pequeño resto que permanecerá fiel y dentro del cual se levantará el santuario de la divinidad.

Es pues necesario que Jesús se vaya para que los discípulos ya no lo tengan ante los ojos, sino que lo lleven dentro. Porque dentro de sí mismos van a descubrir en él una presencia universal.

Porque Jesús no es el rey de los judíos. Él no es judío pues nació de la Virgen. Nació de la Virgen, nació del Espíritu. No pertenece a ninguna raza, a ninguna nación. No es un hombre, es El Hombre, el Hijo del Hombre, el segundo Adán, el Hombre, el origen y la fuente de una humanidad nueva que nace del espíritu, de la humanidad persona, de la humanidad que no tiene frontera.

No hay pueblo elegido, no hay cristiandad elegida. Todos los hombres están llamados, todos los hombres fueron redimidos, fueron estimados al precio de la sangre del Señor. Y Cristo está presente a todos sin excepción, a todos, piensen lo que piensen o crean lo que creyeren. Está presente en todos como invitación de una generosidad infinita y eso es lo que los apóstoles tenían que descubrir: tenían que descubrir la universalidad de Cristo, la catolicidad de su amor, tenían que reconocer en él la presencia total de Dios en una humanidad totalmente vaciada de ella misma.

Pues, justamente ¿qué es Cristo? La presencia total de Dios en una humanidad totalmente vaciada de ella misma. En Cristo brilla sin sombra y sin fronteras la presencia de Dios porque la humanidad de Cristo no tiene adherencia a sí misma, porque es totalmente pobre, porque Cristo en su humanidad no puede decir “yo”, porque su humanidad es la humanidad sacramento, la humanidad diáfana, la humanidad hostia, la humanidad en que Dios se revela y se comunica personalmente. Y justamente, la iluminación de Pentecostés, en el corazón de los discípulos, será el descubrimiento de esa presencia ilimitada, de esa presencia sin fronteras pero que justamente sólo puede revelarse en nosotros en la medida en que nos hacemos universales.

Jesús permanece, pero invisible. Permanece con nosotros como lo dijo a Saulo en el camino de Damasco: “Yo soy Jesús a quien tú persigues.” Permanece con nosotros, estará siempre con nosotros, estará siempre dentro de nosotros, como lo descubrirá Agustín en el momento de su conversión: “Tarde te amé, Hermosura siempre nueva, Hermosura siempre antigua; y sin embargo tú estabas dentro de mí pero yo estaba afuera, y corría sin belleza tras esas bellezas que sin ti no existirían. Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo.” Dios está siempre dentro, pero nosotros estamos afuera. Dios está siempre ahí, pero nosotros estamos ausentes.

Y justamente, el día de Pentecostés, los apóstoles van a descubrir que su maestro está dentro de ellos y que sólo pueden reconocerlo en la medida en que, perdiéndolo de vista, hacen el vacío dentro de sí para transformarse en el espacio universal donde es acogido el mundo entero.

La Ascensión que ilustra el fracaso de Jesucristo es igualmente el cambio de la historia maravillosa en que el Espíritu se manifiesta como luz interior en cada uno, como fermento de liberación enraizado en la intimidad de toda conciencia humana. En adelante no habrá más divisiones, no habrá más separaciones que se puedan autentificar y consagrar en nombre de Dios. Dios aparecerá como el que hace caer los muros de separación, como aquél que sólo se puede conocer y amar en la medida en que uno se abre a todos los hombres.

Y por eso la Ascensión que anuncia Pentecostés anuncia igualmente la vocación universal de todo hombre y, con mayor razón de todo cristiano. El cristiano sólo puede ser alguien que hace de su vida un don universal. Si conservamos alguna frontera, si mantenemos algún resentimiento, si conservamos el menor fanatismo, limitamos a Dios y hacemos de él un ídolo, limitamos a Cristo y él se vuelve incomprensible.

El cristianismo no es otra cosa que la presencia permanente del Cristo silencioso, del Cristo interior, del Cristo escondido dentro de nosotros y que nos envía a llevar al mundo la Buena Nueva: si cayeron los muros de separación y todos los hombres son amados con el mismo amor, viven de la misma vida y están unidos en el mismo Cristo, no un Cristo que uno se pueda acaparar, no un Cristo que uno se pueda apropiar, no un Cristo que uno monopolice, sino un Cristo que sólo se conoce, sólo se encuentra haciendo el vacío dentro de uno mismo, entrando en la pobreza divina que es el secreto de la eterna pobreza, evacuando el yo propietario que nos impide acoger la luz sin limitarla y dar testimonio del amor sin excluir a nadie.

Finalmente, la Ascensión quiere decir: el cielo es el hombre mismo, el cielo está dentro de nosotros, el cielo es hoy en la medida en que nos abrimos a ese llamado, en la medida en que accedemos a nuestra grandeza y dignidad, en la medida en que nosotros mismos nos hacemos presencia real.

Así venceremos la muerte: la muerte no existe para los que viven en la verdadera vida. El cuerpo puede ser glorificado, puede ser transfigurado, está llamado a ser resucitado, es decir a vivir eternamente. Se trata justamente de establecer en él el orden de luz que puede crecer sin cesar en el silencio y la armonía del amor. Es necesario instaurar en él la dignidad que hará de él el tempo del Espíritu Santo.

La Ascensión que parece ser – y que es en cierto plano – el fracaso más claro de Jesucristo, es también el comienzo de la nueva historia que no puede escribirse en los libros, que sólo puede escribirse en vidas, de la historia que es la historia del Espíritu, el cual es desde siempre y reúne a todos los hombres en un eterno presente, que hace gravitar toda la historia en cada conciencia humana y nos llama hoy a tomar conciencia de la vocación universal que es el verdadero significado de la palabra “católico”.

Católico no es el nombre de una secta. Es la vocación de todo hombre y de todo cristiano, ser universal. Por eso la oración normal del cristiano, la oración de todos los días, es la oración sobre la vida que permite a cada uno descubrir en cada uno al Dios escondido en toda conciencia humana. Detrás de cada rostro, incluso del más disforme y el más infame, detrás de cada rostro hay la posibilidad de revelación infinita, una posibilidad de maduración divina, de un nacimiento cuya cuna es la fe de cada uno.

El cristiano no es alguien sepultado bajo las obligaciones de su vida profesional, en la rutina de la vida diaria. Es cristiano auténtico aquél que vive siempre en dos planos: el plano visible, el plano de las necesidades, el plano de los lazos físicos que nos atan al universo, sino más todavía, el plano de la liberación, el plano en que cada rostro puede devenir el sacramento indispensable de una Presencia infinita.

Y, como Cristo en Nazaret, ocupándose de su vida de obrero, no dejaba por eso de portar el mundo y de realizar toda la historia tomando a cargo, por dentro, toda conciencia humana y toda vida, fuere cual fuere, así nosotros, a cada instante, en todas nuestras actividades, tenemos que encontrar, re-crear, devenir el espacio infinito en que respiran la libertad y la dignidad.

Ése es el sentido de la palabra sacrificio que quiere decir exactamente hacer sagrado… ¡hacer sagrado! ¡Eso es! Tenemos que consagrar nuestra vida, consagrarla a los demás, consagrar la vida en todas las fibras de nuestro ser, y en todos los movimientos de nuestra acción. Tenemos que consagrar la vida, transfigurarla, divinizarla, hacer de toda realidad una hostia, porque lo que hacemos en la Misa es simbólica y sacramentalmente lo que tenemos que hacer todo el día, todo el día: elevar la vida, transfigurarla, promoverla a un plano divino, a fin de que hoy nos hagamos eternidad, a fin de que el cielo sea verdaderamente dentro de nosotros, a fin de que ya no haya separación entre la tierra y el cielo, entre el tiempo y la eternidad, entre lo visible y lo invisible entre los vivos y los muertos, sino que todos sean uno, y no haya más que una sola realidad en un mundo transfigurado por el amor como custodia de la divinidad. (Según notas del P. Nury)

 

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