El 26 de febrero de 1972, en El Vaticano.

Beatísimo Padre, y ustedes, Padres míos en el Señor,

Si me pregunto, si me planteo la pregunta: ¿quién soy yo? Sólo puedo responderme que yo no soy, pues no encuentro en mí sino prefabricación. Sólo puedo ser en Dios, es decir que quizás no puedo ser sino en relación con Dios siendo lo que es cada Persona Divina respecto de las otras dos. Yo soy cuando soy considerado en esa relación. Cuando salgo de ella, vuelvo a caer en el “yo prefabricado y entonces ya no soy. Fue quizá lo que presintió Rimbaud cuando escribió esas palabras prodigiosas: “Yo es otro, y lo que había adivinado igualmente Flaubert, el gran artista que sólo quería estar al servicio de la belleza, cuando, habiendo recibido una carta de Baudelaire pidiéndole que apoyara su candidatura a la Academia Francesa, escandalizado de que un poeta quisiera otra cosa que la poesía, escribió en su diario: “¿Por qué desear ser algo cuando uno puede ser alguien?” Qué admirable en su sencillez: Por qué desear ser algo, ser un objeto del mundo, cuando uno puede ser alguien, un ser fuente y origen.

En Dios, lo verifico a cada instante, sólo en Dios alcanzo la autonomía. Sólo en Dios toma sentido y se realiza mi inviolabilidad. Es lo que tenemos para decirle al mundo que rehúsa toda sumisión, que rehúsa toda autoridad. Tenemos para decirle que la autonomía nos interesa tanto como a él, que tenemos una conciencia infinitamente aguda, que también nosotros encontramos, y con qué fuerza, nuestra inviolabilidad, pero que sabemos por experiencia que la inviolabilidad no significa nada, nada más que una vocación: no se nos da al comienzo, es un llamado. Habrá que realizarla descubriendo al que es más íntimo en nosotros que lo más íntimo de nosotros mismos.

En el fondo, todos los debates terminan en esto: ab intus o ab extra. Es natural y evidente que ninguna mente puede recibir su propia revelación ni su propia realización ab extra o ab extrínseco. Sólo puede entenderse ab intus, ya que por la interiorización es como realiza su vocación de espíritu. Es lo que nos dan a entender dos textos admirables, uno de San Juan de la Cruz y otro de santa Catalina de Siena.

San Juan de la Cruz, comentando la estrofa 28 del Cántico Espiritual, “Que yo solo en amar es mi ejercicio” nos dice: “Sólo el amor hace al alma agradable a Dios”. A Dios le agradan solo las manifestaciones del amor. En efecto, él sólo quiere una cosa: revelar la dignidad en nuestras almas. Él no puede buscarse a sí mismo en sus obras, pues no necesita nada. Lo único que le agrada es ver crecer nuestra alma. Pero no puede hacerla crecer más que haciéndola su igual y por eso el alma sólo le es agradable por el amor.

En efecto, es propio del amor poner al mismo nivel al que ama y al objeto amado y, como aquí el alma tiene el amor perfecto, lo cual le merece el título de esposa del Hijo de Dios, se encuentra en estado de igualdad con él, igualdad de afecto que implica poseer en común todos sus bienes.

Y santa Catalina en sus diálogos recibe de Dios este mensaje: “No quiero violar los derechos de su libertad. Pero cuando quieran yo mismo los transformaré en mí y los haré uno conmigo.

Tenemos pues que presentar a Dios precisamente como el espacio vivo donde nuestra libertad toma conciencia de sí misma y se realiza. Tenemos que presentarlo ab intus. Tenemos que mostrar al mundo la aventura a la cual aspira, pero la vivimos con pasión y sabemos bien que hay un mundo por crear, pero antes tenemos que crearnos a nosotros mismos porque el mundo que nos interesa es el que tenemos que crear creándonos.

Todos esos jóvenes que quieren crear, quiero decir, que quieren cambiar el mundo, ¿qué pueden hacer si no se cambian a sí mismos? Porque si el hombre no se crea, si no supera su yo prefabricado, todos esos “yoes” se opondrán unos a otros y será el caos, la anarquía o, más rápido todavía, la dictadura de hierro.

Sólo se puede cambiar el mundo cambiando uno mismo, y esa es la primera creación, la más apasionante, es justamente ahí donde nuestra autonomía se pone en obra, donde nuestra inviolabilidad encuentra su fundamento. La vida está adelante de nosotros como una realidad que debemos conquistar continuamente en la relación interpersonal con Dios al cual aprendemos a conocer en el adorable misterio de la santísima Trinidad. La santísima Trinidad revelada por Jesús es la inmensa luz que nos permitió tomar conciencia de que ser libre es ser liberado de sí mismo.

Vemos pues que esta aventura se les ofrece como la mayor aventura que no se agota jamás ya que, hasta el fin de la vida, tendremos que crearnos en Dios, por Dios y para Dios y que nada hay más exaltante y magnífico, tanto más exaltante cuanto que, a medida que nos damos, se realiza el Reino de Dios y la Presencia puede brillar a través de nosotros.

Desde luego, no tenemos que morigerar este mundo, reprocharle su rechazo, ya que un aspecto del rechazo se funda precisamente en lo más humano que hay en nosotros, la conciencia de nuestra inviolabilidad. No se trata de tentarlo ni de hacerle reproches. Es necesario más bien admitir que no sabe, que no rechaza una realidad que ha experimentado sino un fantasma, que rechaza finalmente una visión del deber, una visión de Dios que no corresponde a la realidad ya que en Jesús llegamos a una exigencia nupcial que pide todo, pero ab intus, que pide todo porque es la única manera de existir como existe Dios, que es eterna comunión de amor.

Se trata más bien de dar al mundo el testimonio de nuestra alegría pues, si tenemos experiencia de nuestra liberación, al menos si conocemos el camino hacia ella, si vemos abrirse el horizonte ante nosotros, si vemos que el universo se abre ante nosotros como mostrador de Dios, como inmensa ofrenda que debemos realizar dentro de nosotros, ese descubrimiento tiene finalmente que traducirse en nosotros por la alegría, sea cual fuere el sufrimiento ante el estado del mundo actual.

Hay algo infinitamente positivo y es la gracia, muy inmerecida pero tanto más maravillosa que hemos recibido, de encontrar a Jesús. Eso es totalmente positivo y debemos dar testimonio de ello por la alegría. Así, todos los que no conocen esa liberación, y que aspiran a una plenitud de vida, que quieren ser creadores de un mundo nuevo, aprenderán que su deseo no es vano, que simplemente les falta una verdadera dirección que no ha encontrado todavía su verdadero objeto y que interiorizándose es como alcanzarán lo que su corazón desea.

Si tenemos que realizar nuestro ministerio en este sentido, las palabras de nuestro Señor unas horas antes de morir son precisamente: “Les he dicho estas cosas para que mi gozo esté en ustedes y para que su gozo sea perfecto.” La alegría de Dios, la que proclama ante el altar de Dios el Judica me, Oh Dios que llenas de gozo mi juventud”, la alegría de que habla Agustín cuando dice: “et ipsa est beata vita gaudere a te, de te, propter te, “y esta es la felicidad, el gozo que va hacia ti, de ti, por ti”. En su carta a los Filipenses, San Pablo exhorta a sus queridos discípulos pidiéndoles precisamente que conserven la alegría. “Alégrense en el Señor Alégrense continuamente. Les repito: alégrense" (Phil.4, 4)

Es una de las formas de adoración más ricamente humanas el dar a Dios ese testimonio de alegría. “Si me adhiero a ti con todo mi ser, como dice Agustín, viva estará mi vida toda llena de ti.” Son las últimas palabras de san Francisco, san Francisco que pasó por la agonía, san Francisco que fue estigmatizado, san Francisco que lleva en su cuerpo las llagas del Crucificado, san Francisco, habiendo terminado la identificación, canta el Cántico del sol y, cuando va a morir, lo último que pide es que le canten el Cántico del Sol.

Va a dejar el mundo, pero no, no lo deja, se lo lleva en el corazón. La tierra, el sol, el agua, la hierba, las flores, todo el universo habita en él como en Dios, y él puede cantarlo antes de morir pues la muerte no es muerte, sólo queda un fino tabique separándolo del Rostro adorable que jamás ha dejado de llevar en su corazón. Entonces exulta estrechando el mundo entero contra su corazón para ofrecerlo con todo su ser.

El mundo necesita nuestra alegría, necesita saber que todo es ab intus que justamente Dios es nuestra autonomía, nuestra libertad, nuestra aventura y que es maravilloso llevar en la vida la Vida de Dios y poder difundirla sobre toda criatura.

Porque también nosotros tenemos que trasfigurar el mundo y, como el Señor mismo, tenemos que dejarlo vestido de hermosura en la conciencia profunda, en la certeza de que el Evangelio es la Buena Nueva y de que esa Buena Nueva, todavía hoy, la humanidad es capaz de escucharla si se la presentamos como la maravillosa respuesta de amor a todas las aspiraciones del amor.

Qué hacer entonces si no entrar en ese diálogo, perdernos con gozo en el resplandor profundo de la Inmaculada, dejando escuchar a los demás precisamente que ahí está todo, que estamos comprometidos con el alma entera en la gran aventura pues Jesús nos llamó a vivir, a vivir en la plenitud de la vida que es Él, ya que solo Él es la Vida de nuestra vida.

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