Marzo 1940: retiro predicado en el Convento de las Madres Reparadoras, en la ciudad de El Cairo. Notas tomadas por la Sra. Abela, no revisadas por el Padre.

Hay en mí más que yo. El tesoro, el valor que me supera y en el cual tengo que eclipsarme para trasmitirlo a los demás, es Dios en nosotros.

El valor que llevamos dentro y que no es nosotros, el que valoriza todo, es la luz que brilla siempre, el polo, el hogar de todas las ternuras. Descubrir ese Dios interior. Escucharlo.

Tratamos habitualmente a Dios como ausente. Pero los ausentes somos nosotros.

"¿Cuántas almas lanzarán un día un grito de sorpresa al descubrir todo lo que llevaban dentro sin saberlo?” (Mgr. d'Hulst.)

 

"La luz brilla en las tinieblas y las tinieblas no la recibieron". Esa es la causa de la angustia de Cristo, ése es el gran pecado del hombre. Hizo fracasar el destino de la luz que es de iluminar las tinieblas. Jesús, puro amor, no puede sino amar. Así también la luz no puede sino iluminar. Pero ante nuestro rechazo de amor, él es impotente pues la ley del espíritu es ley de libertad. El espíritu no se puede imponer al espíritu: se necesita libre consentimiento. Dios es todopoderoso para crear, pero no puede forzar nuestro corazón. Queda desarmado ante el que no ama.

Tragedia del espíritu cuando el corazón se cierra, el alma se deteriora y se estropea. La culpa no es de la luz: los hombres prefirieron las tinieblas.

En Jesús está sólo el Dios que ama, el Dios condenado que no condena, el que muere a causa del mal, víctima en su agonía de un poder de amor que nos llama a colaborar libremente, amando. Es la gran proposición de bodas en un acto de confianza, la posibilidad que se nos ofrece de dar el "", la entrega de "sí mismo" entre las manos del Dios que está en nosotros y no se impone jamás.

Esconderse en Dios en estado de abandono y de renuncia total a nuestro "yo", para aceptar todo lo desconocido de Dios, eclipsarse en él para que él brille en nosotros. Dios es nuestro bien común; por él somos fecundos si nos eclipsamos.

Dios es el encuentro interior del cual pende toda nuestra vida. "En él vivimos, en él nos movemos y somos" (Hechos 17, 28) El que lo ha encontrado y ha entrado en ese océano de luz no puede volver atrás. El encuentro con el bien único es para cada uno algo imprevisible, espontáneo y personal. Cada uno recibe a su medida y según lo que es. A cada uno su descubrimiento interior para encontrar en él la plenitud de nuestra vida.

El Dios vivo debe permanecer siempre vivo en nosotros. Tiene que ser nuevo para nosotros cada mañana, un aspecto insospechado, una fuente nueva, un conocimiento profundizado que reactive en nosotros el entusiasmo.

Cuando la ternura se convierte en mero gesto exterior, es una profanación. Renovar el contacto con la belleza para obtener una armonía cada vez más perfecta. La belleza nos purifica de nosotros mismos, nos eleva por encima de nosotros, de nuestras miserias y de las necesidades que nos aplastan.

¡Cuánto conmueve el esfuerzo humano para lograr la belleza y realizar el punto de unión, la comunión, y entre más la descubre más crece y urge la exigencia!

Para que nuestra vida sea una obra maestra según el espíritu es necesario encontrar al Dios vivo, eclipsarse, entregarse con toda humildad y abandono de sí mismo. Los humildes son diáfanos y nos comunican el valor, la Presencia del Dios interior que hace fecunda y creadora la vida.

Toda la vida está dentro, vida interior e íntima del ser. Si nos exteriorizamos, arrastrados por el automatismo de la vida cotidiana, nos volvemos opacos y perdemos la transparencia que brota del centro de la presencia de ese valor íntimo. Lleven a Dios, que brille en ustedes, pero no hablen de él a los pobres. Lo estropearían.

El amor íntimo de Jesús no debe ser sólo para nosotros. Debe brillar a través de nosotros y constituir la marca, el vestido por el que se nos distinga. “Revestíos de Jesucristo”, es decir que debemos esforzarnos por vivir tomando lo más posible los pensamientos y sentimientos de nuestro Señor. ¿No decía San Pablo: "Vivo, pero no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí". (Ga. 2, 20)

Debemos parecernos a Cristo no sólo porque tomó una humanidad semejante a la nuestra, sino porque le dio a nuestra humanidad una vida semejante, idéntica a la suya, la vida misma de Dios. Nuestro Señor mismo lo explica con esta comparación: "Miren una viña. En los sarmientos y en la cepa circula la misma savia. Las ramas viven de la vida del tronco. Yo soy la cepa, el tronco; ustedes, los sarmientos. En mí, la vida divina total; en ustedes, mientras permanezcan unidos a mí, la vida divina por participación". (Juan 15, 1-6)

Unidos a Cristo el día de nuestro Bautismo, por él recibimos la vida divina que circula en nosotros, mientras permanezcamos en estado de gracia, y aunque la vida de Dios es sustancialmente la misma en Cristo y en nosotros, una sola cosa es diferente: la medida. Depende de la capacidad. En él es total, en nosotros, participada. Él la posee por naturaleza, nosotros, por adopción. Él no puede perderla, nosotros sí.

Importa una sola cosa: que mantengamos el contacto, que permanezcamos, como dice San Pablo "injertados en Cristo", enraizados en Cristo. De esa manera, la vida que circula en él penetra en nosotros y la vida de Cristo es la vida misma de Dios, contacto que nos libera de nosotros mismos en un abandono total y perfecto al poder que nos penetra y nos colma. La humildad en el amor, esa es la mística perfecta.

La entrega, la pobreza cuyo huésped divino enciende las almas, está en él en gado infinito. Dios es amor y su poder se identifica con su Amor que no puede ser sino altruista. El amor egocéntrico es imposible y monstruoso. Es Dios quien nos inspira el amor del prójimo y en él debemos encontrar la fuente del amor desinteresado y gratuito.

Hay en mí más que yo, el tesoro, el valor que me rebasa y en el cual debo eclipsarme para transmitirlo a los demás. Este don de sí mismo es posible en Dios, inclusive en lo más íntimo de la vida interior. El precio de nuestra vida es eclipsarse en él porque él está en la cumbre del don de sí mismo.

El altruismo de Dios es el movimiento que lo lleva hacia el Otro igual a él, el ser eterno e infinito como él, efusión infinita que brota del Padre al Hijo, la llama suspendida entre el Padre y el Hijo es el Espíritu Santo, pluralidad en la unidad del espíritu, pluralidad en la identidad. Unidad en la distinción y distinción en la unidad: Dios es Trinidad, si no sería inconcebible en el estado de don. Para que haya impulso de éxtasis, se necesita el don absoluto de sí al otro yo: impulso del Padre hacia el Hijo, del Hijo hacia el Padre en el Espíritu Santo.

En Dios la vida divina es un foco de altruismo en una exigencia de desapropiación y desposesión continua, modelo perfecto del trabajo de renuncia al que está llamada la criatura, en un esfuerzo cotidiano difícil y angustioso, pero que se vuelve lúcido y trasparente si ve en Dios mismo la fuente del amor que exige la desposesión para el impulso altruista.

Si la vida vale vivirse, ahí tenemos el valor que esperábamos, es que Dios es Pobreza eterna. El ser en su plenitud y su riqueza es don: ser y darse es lo mismo.

Dios es la pobreza como nunca lo seremos nosotros. Él se posee en su impulso como jamás lo haremos nosotros pues nosotros somos mezcla de sí y no, de luz y sombra. Dios es el candor de la luz eterna, la trasparencia del amor, el rayo que es el don de él mismo.

Dios es Dios porque es el don infinito, el éxtasis en que el don es sin retoma. Viene a nosotros en su humildad para atraernos hacia la belleza divina: éxtasis del PADRE Y DEL Hijo en el Espíritu Santo. Amar es darse, no es poseer. Uno no realiza todas las riquezas de un ser sino por el don total.

Amar en una pureza cada vez mayor, en una dimisión más total, una desposesión más completa: realizarse en estado de pobreza dándose. Este despojamiento de sí mismo es el privilegio que él nos otorga, es el llamado a la vida divina en un inmenso impulso del universo por medio del éxtasis de amor en que descansa el misterio de la pobreza de Dios. Así se explica la oración de Jesús en su despedida durante la Cena: "Padre santo, conserva a los que me has dado, que sean uno como somos uno nosotros, que sean uno en nosotros, yo en ellos y Tú en mí". (Jn. 17, 11- 22).

El discurso trasparente de la institución eucarística es análogo al de la Cruz, con el mismo sentido evidente y claro: la demanda de amor. Durante los tres años de su vida pública, Jesús buscó en cuanto posible acercarse a la muchedumbre y ganar su confianza. Quería llevar lenta y suavemente a ese pueblo enceguecido por una tradición falseada de la venida del Mesías, rey victorioso de un reino terrestre, a comprender las verdades inmutables de las promesas divinas tan mal interpretadas. No quiere seducir las almas sino abrirlas con su amor; sin presión sobre su conciencia: espera su consentimiento libre. Jesús quiere conformarse con el medio en que vive, esforzándose por una religión más pura. Hace lo posible por acreditar su mensaje de acuerdo con las palabras familiares a la muchedumbre. Lo nuevo es la persona de Jesús que da a esas palabras la nueva resonancia.

El Reino de Dios no vendrá como un golpe de teatro sino como pequeña semilla, como fermento escondido en la masa, el juicio de la luz que brilla en las tinieblas. A los que le piden milagros responde: "Esta generación es mala y adúltera. No se le darán milagros". Donde hace milagros recomienda el secreto pues no quiere llamar la atención con obras notorias. Lo que pide es la atención de las almas: "El Reino de Dios está dentro de vosotros", les dice, temiendo que se equivoquen sobre su misión.

Contra las tendencias de su entorno, contra la espera exacerbada de su pueblo, contra las insinuaciones entusiastas de sus discípulos, contra las insinuaciones pérfidas de sus adversarios, contra la red inmensa de consignas, de ritos y de prácticas impuestos a la vida por la tradición de los Doctores, contra el genio mismo de la lengua que habla, con divina obstinación, Jesús resume toda su doctrina en este dato central: "El Reino de Dios está dentro de vosotros". (Lc. 17, 21)

A los ojos de los poderes establecidos, no había provocación más terrible que esa palabra tranquila que los despojaba de todo el prestigio de su ciencia. Sin embargo, no había beneficio más grande ni más gran amor: la religión dejaba de ser propiedad de un pueblo, privilegio de una casta, especialidad de una corporación: era la vida, la vida abierta, la vida dada, la vida en su plenitud.

Entendía bien su incapacidad de comprender, cuando venían a él llenos de sí mismos, llenos de prejuicios y exigencias, con todo el aparato tumultuoso de su exterioridad para captar las fuentes silenciosas de la vida eterna. "Nadie puede venir a mí sino atraído por mi Padre que me ha enviado. Viene a mí el que escucha al Padre y se deja instruir por él" (Jean 6) porque venir a él es vivir su vida viviendo su muerte, es no ser sino un solo ser con él, en la suprema desposesión de sí mismo, en que la primera bienaventuranza tiene sus raíces eternas: "Bienaventurados los pobres en el Espíritu porque de ellos es el Reino de los Cielos" (Mt.5, 3).

Ahí está nuestra liberación y nuestra libertad: misterio de pobreza en la trasparencia del ser despojado de sí y diáfano a la Presencia de Dios. Estos valores se miden con nuestra intimidad con él y crecen en proporción de su crecimiento en nosotros y de nuestro eclipse en él, ya que dejándole todo el lugar es como nos hacemos testigos y huéspedes del infinito.

La Creación, por parte de Dios, está terminada. De nuestro lado no lo está y no se nos pide menos que hacernos colaboradores de Dios en la obra de puro amor que debe hacer de toda criatura la morada de su ternura.

Por eso nos asedia con su bondad misteriosa y nos está esperando, en su inefable Pobreza, para darnos el agua viva de su Amor, como estaba esperando a la samaritana en el borde del pozo a la hora del medio día. Ella no sabía que tenía sed. Pero él la estaba esperando y le habló como si ella hubiera sido la más grande contemplativa. A ella dirige esas palabras definitivas, más allá de las cuales nunca podremos ir, esas palabras que viven vida eterna, esas palabras salidas de la fuente y portadoras de su luz, esas palabras que el corazón esperaba y que reconoce en seguida como respuesta que colma su espera, "Dios es Espíritu y quienes lo adoran deben adorarlo en espíritu y en verdad" (Jn. 4, 24)

Donde se presenta, Jesús enseña a la multitud que lo sigue, subyugada por esa doctrina tan impresionante, cantando esas parábolas con todo el encanto que emanaba de él. Embriagados con los sueños de la muchedumbre, subyugados por la luz que emanaba de Cristo, sus discípulos se dejaban dominar por el espíritu de ambición: su preocupación de saber quién iba a ocupar el primer puesto. Entonces Jesús cuenta el relato de sus tres tentaciones como signo para orientarlos en la misión mesiánica.

Cuando los siente mejor preparados, Jesús interroga sus discípulos. Hacia el tercer tercio de su ministerio, después de la intimidad de la vida cotidiana y la experiencia de los milagros con que ilustra a veces su enseñanza, se sitúa la confesión de los discípulos: "¿Quién dice la gente que soy yo?" Y Pedro responde entusiasta: "Tú eres el Mesías." Esta confesión es crucial para los discípulos y demuestra su progreso espiritual. Sigue inmediatamente el anuncio de la Pasión, pues Cristo conoce el sentido material y nacional que le dan a la venida del Mesías. Era pues necesario moderar su entusiasmo. "El hijo del Hombre, les dice, será condenado a muerte". Pedro toma aparte a Jesús: "¡Imposible, Señor! ¡Eso no puede ser, que Dios no lo permita!". Volviéndose a él, Jesús le dice: “¡Atrás, Satanás! ¡Me escandalizas! ¡Tú no tienes el sentido de las cosas de Dios sino de las cosas humanas!". (Mt. 16, 21-23)

Ese es el momento crucial: aquéllos mismos con quienes contaba se muestran menos capaces, no entienden. Jesús está solo. Cristo no podía fracasar de manera más sensible. Ese gesto era un llamado de espíritu a espíritu. Y se vuelve contra el sentido de su misión. Sus discípulos hacen de él el campeón de sus sueños ambiciosos. Jesús huye a la montaña durante la noche y la pasa solo en oración: no puede retroceder sin hacerse cómplice del equívoco.

Al día siguiente, dirigiéndose a todos sus discípulos, dice: "El que quiera venir a mí, que renuncie a sí mismo, que tome su cruz y me siga. ¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?" Su Reino no es de este mundo. Sólo quiere reinar en las almas que lo escojan. ( Mt. 16, 24-25)

Dirigiéndose a los doce, les dice: "En verdad, os conviene que yo me vaya, porque si no me voy, el Consolador no vendrá sobre vosotros" (Jn. 16, 7). En cierto modo, su humanidad era para ellos un escollo. Era necesario retirar de sus ojos la carne que lo ocultaba a los ojos de sus almas. Esa carne, a pesar de ser tan soberanamente espiritual, a la que unían obstinadamente sus ambiciones carnales, había que manifestarla como el sacramento misterioso del Amor eterno. Tenía que proponérsela como la carne crucificada a la que sólo se puede llegar por la Cruz. Ellos tenían que entrar en su Pasión, aceptar su derrota, alimentarse de su oprobio hasta que murieran. Entonces les sería devuelta, pero del interior, como carne gloriosa y resucitada, como carne totalmente espiritual que sólo puede descubrir el Espíritu, iluminado por la fe

Así se les propone en la institución eucarística, bajo la figura del pan en que los sentidos no pueden presentir nada si no se han hecho como interiores en la fe. Su humanidad estaría con ellos y en ellos, pero carnalmente no tendrían nada y sus ambiciones serían anuladas en su propia destrucción.

El Verbo hecho carne sólo aparecería con apariencia de cosa. El Verbo hecho carne, la Palabra eterna, se convertiría en Verbo silencioso. La divina Pobreza entraba en su despojamiento supremo.

Ese es el Dios que es necesario salvar de todos nuestros rechazos de amar, de nuestra ausencia indiferente. Quiso permanecer en medio de nosotros para no dejarnos huérfanos, pero bajo la forma más humilde y despojada posible. Es el Dios cautivo que es necesario liberar. "Estoy tocando a la puerta. Si alguien escucha mi voz y me abre la puerta, yo entraré".

Ésa es la obra por realizar: hacernos capaces de semejante don, abrirnos a la luz, ensanchar los dinteles de nuestro corazón, demasiado estrechos, para dejar paso al divino maestro. Somos nosotros quienes ponemos obstáculo y hacemos fracasar su Amor. Sólo la pobreza de espíritu en que el alma renuncia a ser dueña de sí puede adivinar los abismos de amor de esa Pobreza inefable. "Denme su vida tal como es y yo haré de ella mi vida tal como es".

Tal es la religión del Hijo del Hombre. Si el alimento, el pan y el vino, pudieron ser transustanciados, si su ser pudo ceder a la invasión misteriosa del Señor y eclipsarse en él para no ser más que el foco inefable de su Presencia, ¿qué podría escapar a la asunción divinizante de su abrazo?

"Jerusalén, cuántas veces quise reunir tus hijos como la gallina reúne sus polluelos bajo sus alas, y tú no quisiste". (Mt. 23/37) ¿No es éste el enunciado más doloroso de la divina tragedia? ''Yo quise, siendo tu Señor y tu Dios, pero tú no quisiste ''. Es la espera eterna del Amor que se propone, con infinito respeto de nuestra libertad. Escuchen este llamado: "Los que pasan, vengan y vean si hay dolor semejante al mío".

Los sufrimientos de su agonía y de su misma muerte son el fruto de nuestros rechazos del amor, de la opacidad en que estamos, rechazando la luz. Si la Cruz es la redención del hombre, porque ve que es amado de Dios, la misa es la Redención de Cristo pues ahí ya no está solo, es su victoria, la presencia continua que quiere transustanciarnos en ella. Si este fermento del alma humana permanece ineficaz, es a causa de nuestra ausencia.

¿Por qué perder el tiempo lamentándonos por el tiempo perdido? Comienza, sé la lamparita ardiente, siempre presente Qué importa lo que nos suceda, lo que nos importa es lo que le suceda. Recibir en estilo cristiano es darlo todo. Vivir en total abandono a su divina voluntad. ¡Que yo haga de mi vida sólo algo sencillo y recto como una flauta de caña que tú puedas llenar de música! ¡Oh insensato que tratas de llevarte en tus hombros! ¡Oh mendigo que vienes a mendigar a tu propia puerta! Deja tu carga entre las manos del único que puede llevarlo todo y no mires atrás arrepentido.

"Anima con tu vida la lámpara del amor No dejes pasar las horas en la sombra. Aquí está la lámpara, pero sin que jamás vacile la llama. ¿Es ése tu destino, corazón mío? ¡Ah! ¡Para ti, la muerte sería muy preferible!".(Rabindanath Tagore)

"Tenaces son mis cadenas, pero el corazón me duele cuando trato de romperlas. Sólo necesito la liberación, pero siento vergüenza de esperar. Estoy seguro de que hay en ti una opulencia inestimable y de que eres mi mejor amigo, pero no tengo el valor de barrer delante de mi puerta todos los oropeles que la llenan. El trapo que me cubre es un lienzo de polvo y de muerte; lo odio, pero lo abrazo con amor". (La ofrenda lírica - R. Tagore)

"Mis deudas son grandes, mis deficiencias numerosas, mi vergüenza, pesada y oculta, pero cuando vengo a reclamar mi bien, tiemblo de que mi petición sea otorgada. Esta es mi oración hacia ti, Señor mío: golpea, golpea a la raíz de la mezquindad de mi corazón. Dame la fuerza de soportar con ligereza mis sufrimientos y alegrías. Dame la fuerza de elevar mi mente lejos por encima de las futilezas cotidianas y dame la fuerza de someter con amor mi fuerza a tu voluntad. Tú eres lo que quiero, sólo tú. Todos los deseos que me distraen día y noche son falsos y vacíos hasta el corazón. Como la noche guarda escondida en su sombra la exigencia de la luz, así en el fondo de mi inconsciencia, resuena el grito: Tú eres lo que quiero, sólo tú".

La Creación está terminada, por el lado de Dios, pero no por el nuestro. El hombre rompió la cadena e hizo fracasar el plan de Dios. Cuando el mundo fue creado en una evolución que lo llevó hasta el nivel del espíritu con la aparición del hombre, Dios que es espíritu no podía imponerse al espíritu creado sin su libre consentimiento, es decir un acto de adoración y de entrega de todo el ser en una ofrenda espiritual de toda la creación al Creador supremo.

Esta prueba a la cual fue sometido el primer hombre no era una trampa sino la proposición del amor de Dios, grandes nupcias del hombre con el universo del que lo dotaba Dios mediante la adhesión de todo su ser para re-crear en él el universo por el lado en que se relaciona con el ser (ver nota al final), a fin de rendir así testimonio al Espíritu.

El hombre rehusó su destino sublime, no respondió a su papel. Se complació en sí mismo, seducido por su belleza y su poder y prefirió apropiarse el universo de manera posesiva y egocéntrica en el campo exclusivo de su “yo”. Pecó así contra el Espíritu cuya ley de apropiación es relativa y altruista, donativa y desposeyente, cuya esencia es el don de sí mismo. Y por ese rechazo del amor se apagó el paraíso en sus ojos: hizo fracasar la luz ante las tinieblas, y así entraron en el mundo los poderes misteriosos del espíritu malo con todas las consecuencias de enfermedades y flaquezas morales y físicas.

Fuimos pues nosotros quienes creamos el sufrimiento. Entonces el sufrimiento no es bueno en sí ni querido por Dios y sólo puede llevar a Dios si es aceptado libremente y ofrecido a Él en un don total de nuestro ser, en sumisión y desposesión que restablezca la ley del Espíritu, tal como la estableció el Creador.

No puede haber remedio mientras no consintamos con el principio de nuestros males, mientras permanezcamos sordos al llamado del Espíritu, manteniendo a Dios exilado de nuestra alma, de nuestra casa o de nuestra ciudad. Nuestro mal es en verdad más profundo que todas las angustias aparentes y que todas las violencias de la carne: es el amor de un Dios que sangra en nuestros corazones.

El universo no es un espectáculo para mirar, es una obra por realizar, una creación a continuar por la adhesión de nuestro ser al plan divino para que la vocación espiritual del universo se realice, que el Reino de Dios llegue, para que todo sea “” en Dios.

El Salvador aprueba en términos felices la exclamación de la mujer que dijo: "Feliz el vientre que te llevó", afirmando que no sólo era bienaventurada la que había merecido engendrar corporalmente al Verbo de Dios, sino que también lo eran quienes se dedicaran a concebir espiritualmente al mismo Verbo, por la inteligencia de la fe y a engendrarlo y alimentarlo por la práctica del bien en sus corazones y en el de sus prójimos.

Llevamos dentro un valor supremo que no es nosotros y ante el cual todo lo que somos debe eclipsarse. Nuestra vida sólo tiene valor perdiéndose en ese Otro que nos es más íntimo que nosotros mismos. Y nuestros únicos deber y gloria son prepararle en nuestra alma y en la de nuestros hermanos la cuna misteriosa en que nuestro amor lo haga nacer. Cada vez que el yo se afirma le cerramos a Dios el camino en la oscuridad de un corazón que no deja pasar su luz.

Seríamos terriblemente culpables de verdad si no fuéramos tan profundamente inconscientes. Dios mío, sepárame de mí mismo y, más allá del tumulto de mis actos, más allá del ruido de mis palabras, recoge en mí la oración no expresada que tu Espíritu conoce mejor que yo mismo y, en el silencio más íntimo de mi alma, haz nacer tu Palabra que contiene toda verdad y que respira el Amor.

 

Nota: El texto francés dice: «  par le côté où il tient à l’être ». La expresión no es clara ni fácil de traducir. Según el diccionario larousse, « tenir à » puede significar apreciar, querer; estar contiguo a; estar unido a; depender de; referirse a, relacionarse con; etc., etc. Para Mme. Cadel, parece hacer alusión al costado de Adán de donde nació Eva o al “costado” abierto de Cristo de donde nació la Iglesia…

 

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