El papa Pío XII tuvo la admirable idea de hacer del primero de mayo, fiesta del trabajo, la fiesta cristiana de San José obrero. Es importante en efecto dar a la Fiesta del Trabajo su verdadera dimensión. El trabajo tiene la nobleza del hombre en la medida en que es una segunda creación que comunica al universo la presencia, el alma, el aliento, el genio, el amor del hombre. El hombre es creador como Dios. El mundo es un intercambio entre Dios y el hombre. El mundo es un regalo, un don del Amor eterno que sólo puede tomar toda su significación por la presencia de nuestro amor. El regalo tiene la cualidad de ser intercambio y sólo es regalo si se lo recibe con el mismo amor con que se da. El sí del que recibe es tan necesario como el de quien da.

El sentido del trabajo es hacer efectiva esa dimensión de amor, es colaborar con Dios, dar rostro humano a toda cosa para que el hombre no se encuentre ante el mundo solamente como poderoso productor sino que, mediante su trabajo, el universo tenga rostro de fiesta, de amor, como vemos en un jardín donde las flores cultivadas por la mano del hombre rinden testimonio a Dios.

Para el hombre, el trabajo era la manera de ganar su pan y así construirse a sí mismo. Pero poco a poco el trabajo se alejó del alimento. Dejó de aparecer como medio de intercambiar cosas por alimento para el hombre. Apareció en la grande industria, se convirtió cada vez más en el medio de procurarse dinero. Así el hombre se aleja de la naturaleza dejando de darle su rostro.

Luego se estableció la distinción de clases, entre los que de lejos dirigen el trabajo y sacan de él mayores beneficios que los que trabajan y que tienen apenas de qué mantenerse. Entonces el trabajo perdió su verdadero rostro, pues se olvidó que el verdadero fin del trabajo no es hacer cosas sino hacer hombres. El instrumento, el medio, tomó poco a poco el lugar del fin, pues cada vez más se olvidó que el trabajo no es hacer cosas sino hacer hombres y así fue como se estableció esa lucha atroz que divide el mundo en dos.

Finalmente, el trabajo debe crear hombres en un mundo de seres más humanos. Ése es el verdadero sentido de la fiesta de hoy según el pensamiento cristiano: dar al trabajo su dimensión humana, su ordenación y su creación del hombre en un universo que tenga rostro humano y la hermosura de Dios. Por eso en la liturgia de hoy se dice que Cristo es artesano e hijo de artesano.

Y para dar al trabajo esa dimensión humana, tenemos que comprometernos y podemos preguntarnos si San José, padre legal de Jesús, es de talla para justificar el personaje de que está revestido.

¿Qué sabemos de este hombre? Sabemos más que el nombre en el Evangelio de San Mateo. Leemos en cuatro líneas el mayor drama que haya existido. En ese texto nos dice Mateo, con palabras sobrias y trasparentes, con una discreción infinita, el silencio colosal y heroico de San José cuando la maternidad de María que fue evidente físicamente sin que él conociera su origen.

Pasternak sintió ese acontecimiento y opone al fasto de los imperios, al ruido de los ejércitos, al tumulto de los pueblos, esa joven que no tiene nada socialmente y que lleva dentro toda la esperanza del mundo. Y la lleva en el secreto más profundo de su alma. Nadie está al tanto, excepto Dios mismo: Él la llamó a esa misión única que hace de ella la segunda Eva y José, que es responsable de ella por estar comprometido con ella y que debe realizar el matrimonio definitivo, José tiene pruebas evidentes del hecho, pero sin conocer la explicación.

Son dos seres encerrados en el silencio del respeto y del amor mutuo. Hay coraje de parte del novio: ve una sombra en esa alma, pero no la sospecha. Hay un hecho. ¿Qué ultraje se ha realizado? Las palabras son demasiado pesadas. Él no habla y, para no deshonrarla, la va a dejar sin decir nada. Esa decisión muestra por sí misma qué estima, qué confianza, qué fuerza de amor hay en él para con esa mujer única. Y ella por su parte, silenciosa por inspiración divina, comprometida en una misión que no esperaba y que aceptó en su humilde obediencia sólo puede abandonarse a Dios. José comprende. En su alma surge la certeza de la misión divina y de que, de la Virgen inmaculada, va a nacer el segundo Adán, Cristo nuestro Señor en quien el mundo va a recibir nuevo origen en la pobreza, en la oscuridad de una vida de artesano.

Ése es un matrimonio en que fue plantada la Cruz, en que el uno y la otra aceptaron separarse por amor del uno para el otro. Pero el honor de María exige más la presencia de José, y por haber dado todo, porque entre ellos hay esa distancia infinita, el amor creó así la intimidad suprema, la intimidad en que se respira a Dios, la intimidad que es justamente la comunicación, la presencia y el nacimiento de Dios.

Esta nueva pareja está verdaderamente al origen de la nueva humanidad y en esos dos corazones recibió la humanidad una cuna totalmente nueva. La primera pareja original precisamente había rehusado establecer esa distancia de luz, establecer como funciones de la vida el don infinito capaz de llevar la vida hasta el fin de la Historia y hacer de toda la humanidad una secuencia, una unidad orgánica en que todas las generaciones se fundan y hagan como un solo hombre. En esta nueva pareja hay esa apertura ilimitada en que se espera y se acoge a todos los humanos, y la fuerza de amor es el don perfecto, el despojamiento absoluto que le permitirá a San José devenir el protector y patrono de la Fiesta del Trabajo destinada precisamente a darle al trabajo humano su dimensión divina recordándonos que todo el centro de la producción y de la economía es de producir y crear hombres a través de las cosas que fabrican.

En esta capilla dedicada a la adoración, es necesario hablar de las horas pasadas delante del Santísimo Sacramento, pues ¿qué es el Santísimo Sacramento sino el pan hecho hombre, el pan que crea al hombre, el pan que le da al hombre su dimensión divina y, en él, los elementos de la tierra, el pan y el vino, el trabajo del hombre está presente como la oración del hombre que aspira a divinizarse.

Ese pan vivo que da vida, que realiza el fin del trabajo que es hacer, no cosas, sino hombres. Por eso de esta capilla deberían difundirse ondas de luz sobre toda la tierra. El mundo entero debería recibir su pan vivo y ése es, hermanas mías, el sentido mismo de su acción, de llevar al hombre el contrapeso de la presencia de ustedes.

Eso bastaría para justificar la existencia de ustedes: asumir continuamente en el silencio, en el resplandor del pan vivo, todas las luchas, todas las rebeliones, todas las soledades, todas las esperanzas de los hombres.

Existe por fortuna una soledad que atraviesa todos los mares. Ahí es donde se aplican las palabras de Elisabeth Leseur: “Toda alma que se eleva, eleva el mundo” y, justamente, las almas adoradoras deben dar la vida al mundo entero y eso es lo que vamos a pedir esta noche a ese gigante del silencio que es San José, por la intercesión de la Virgen que es la segunda Eva, pidámosle que los hombres que celebran esta noche la fiesta del trabajo en el mundo entero, reciban a través del silencio de nuestra oración, un rayo de esa luz que trasfigura, que apacigua, que otorga lo que el hombre desea dándole la nobleza divina y haciendo de él lo que está llamado a ser, un creador.

El trabajo es colaboración con Dios y tiene como fin producir hombres antes que cosas. Tenemos que recordarlo: “Dios creó creadores” (Bergson)

 

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