En Lausana, en 1960, en una jornada sobre las vocaciones sacerdotales.


Ustedes recuerdan ciertamente a Chessman, el joven americano que estuvo esperando su ejecución durante 12 años, es decir que sus abogados pudieron retardar su ejecución durante12 años, y como ya no había ningún pretexto legal para evitarle la muerte, su ejecución se fijó para cierto día. Y del mundo entero llegaron millones de peticiones pidiendo gracia y liberación de la muerte para Chessman. 1 de mayo de 1969.

Por desgracia no tuvieron éxito, pero ese inmenso movimiento de solidaridad muestra que ante una muerte inevitable se despierta en el hombre la conciencia para comprender que en el fondo de todo ser humano hay un tesoro infinito que es necesario proteger y salvar.

Ustedes conocen ese tesoro, esa intuición, ustedes buscan en sus hijos una riqueza ilimitada. Si los aman tanto, si se entregan con tanta dedicación y tanto amor para criarlos es porque creen en ellos. Ustedes creen en un valor infinito oculto en su consciencia, y amando con el amor más difícil y más elevado que es el amor conyugal, ¿qué es lo que buscan el uno en el otro, el hombre en la mujer y la mujer en el hombre, sino la fuente inagotable de la cual dice Jesús que brota hasta la vida eterna? En el fondo de ustedes hay pues fe en el hombre.

Ustedes creen que en el fondo de todo ser humano hay un valor ilimitado que debemos hacer y que es necesario proteger. Nuestro Señor Jesucristo creyó más que nadie; creyó en el hombre de manera única, ya que Jesús dio su vida por el Hombre, dio su vida por cada uno de nosotros y midió el precio de nuestra vida al precio de su propia vida.

Ese es el encuentro misterioso entre el Hombre y Dios, en la intersección que es la Cruz de nuestro Señor, el encuentro abrumador en que Dios da su vida por el hombre, para hacerse vida de la vida de cada uno de nosotros.

El evangelio de Jesucristo, es decir Jesucristo mismo, no es un libro, no es un texto escrito con tinta y papel. El Evangelio eterno es la Presencia de Nuestro Señor que quiere vivir con nosotros hasta el fin de los tiempos, que quiere vivir eternamente con nosotros, ser nuestro compañero de ruta.

Pero habiendo terminado, habiendo consumado su vida mortal, Jesús no podía permanecer visiblemente con nosotros en condiciones normales y por eso se presentó al mundo bajo forma de Iglesia, y por eso continúa su Encarnación en la Comunidad universal que es la Iglesia, tanto más cuanto que vino precisamente para hacer de toda la humanidad una sociedad humana que viva de adentro, que viva por el interior, que viva haciendo circular el bien infinito que es la Presencia misma de Dios.

Porque si sólo estuviéramos unidos por los intercambios materiales, por el alimento y las necesidades físicas que nos limitan y nos asimilan a los animales y las bestias, la sociedad humana no presentaría ningún interés y no valdría la pena defenderla.

Si la sociedad humana es tan importante, si no podemos vivir los unos sin los otros, es precisamente porque debemos intercambiar el bien infinito que es la Presencia de Dios.

Y cuando se intercambia realmente este bien entre los Hombres, cuando ellos están unidos por lazos de luz y Amor que emanan de la Presencia divina, se constituye la Iglesia, la Iglesia que es el Cuerpo de Cristo, que es su terminación y que le confiere su plenitud.

Pero ustedes saben muy bien que la Iglesia no puede ser entregada a lo arbitrario y la anarquía. La Iglesia reposa sobre la misión de los Apóstoles, enviados por el Señor para comunicarnos su Presencia. Y los Apóstoles que consumaron su vida mortal no terminaron sus funciones en la tumba; sus funciones continúan cumpliéndose en sus sucesores, pero es necesario que haya sucesores y, justamente, la jornada dedicada a las vocaciones sacerdotales quiere hacernos tomar consciencia de que la misión apostólica tiene que continuar, debe durar hasta el fin de los tiempos, debe ser retomada por hombres que se sientan como los Apóstoles, llamados por Cristo para engendrar la humanidad a la vida divina.

Y los sucesores de los Apóstoles son los Obispos, los sacerdotes, cuya vida parroquial simboliza para nosotros la presencia de la Iglesia.

Si vinieran a faltar los sacerdotes ya no habría Iglesia. Y si no hubiera Iglesia, ya no sería trasmitida la Presencia de Cristo para ser la inmensa respiración de luz y de Amor en la Comunidad humana.

Se necesitan sacerdotes, hay que suscitar en el corazón de los niños y los adolescentes el amor del sacerdocio. Los niños y los adolescentes deben comprender que es prodigioso correr esa aventura y vivirla, que es una paternidad universal hacia todos los seres humanos.

Sus hijos escucharon tal vez el llamado de Dios. No les impidan responderle y si jamás les toca tratar de que un niño descubra una vocación que tarda en brotar en su intimidad, tengan mucho cuidado de no oponerse al llamado que parece surgir, procuren desarrollarlo, es decir rodearlo de condiciones favorables a su desarrollo.

Se necesitan sacerdotes, cada vez más, dadas las necesidades del mundo y las especializaciones que requiere, se necesitan sacerdotes, también se necesitan monjes, pues aunque llevamos dentro el tesoro de la vida divina, la mayor parte del tiempo no nos damos cuenta de ello y no la vivimos. Esa es nuestra desgracia e infortunio, tener el Cielo en el alma y no saberlo, poder intercambiar un bien infinito unos con otros, y no ser conscientes de ello.

Los monasterios constituyen comunidades donde el fin último del hombre es también el fin primero de la comunidad, donde se vive para Dios, en función de Dios, donde se respira a Dios, donde se acumula la luz de su Presencia para comunicarla al mundo. Nada es más precioso que los monasterios que viven su vocación y que constituyen sacramentos colectivos de la Presencia infinita.

Si se despierta en el corazón de sus hijos o hijas una vocación monástica, considérenla como una gracia inmensa, pues sin los monasterios, la vida divina se lentificaría, la llama de la fe y del Amor se debilitaría y la vida sacerdotal misma, anémica, no podría dar todos sus frutos.

En fin, hay que preparar la inteligencia humana en sus raíces para el encuentro con Dios, pues las deliberaciones tienen sobre todo más peso por la orientación que le dan a la mente, para orientar al niño y al adolescente hacia el encuentro con el Dios vivo que está oculto en lo más íntimo de nosotros y numerosas congregaciones se han constituido para la educación de niños y adolescentes.

Y una vez más, si surgen vocaciones en el corazón de sus hijos, pongan todo el cuidado en permitir que surjan y crezcan. En fin, ya que el Reino de Dios se extiende hasta nuestro cuerpo, pues también el cuerpo está llamado a ser eterno y a vivir desde hoy la vida de Dios ya que somos miembros de Jesucristo, es necesario asegurar al cuerpo la dignidad, la grandeza, el equilibrio y también la salud, hay que conjurar sus enfermedades, descubrir y eliminar sus desórdenes mentales y por eso, como última instancia de amor, la Iglesia vio surgir numerosas congregaciones dedicadas a cuidar a los enfermos, a salvar los cuerpos, templos de Dios, cuyo equilibrio es indispensable para el desarrollo de la vida divina en nosotros.

Esta revisión de las vocaciones religiosas debe hacernos tomar consciencia de la colaboración que debemos prestar a la eclosión de los llamados de Dios en todas las almas que él toca, colaboración espiritual, colaboración por la oración, colaboración material y pecuniaria, colaboración educativa, en fin interés apasionado que debe despertar en nosotros para que surjan todas las colaboraciones con la vida divina en el mundo.

Pero también, tenemos que recordar que todos tenemos la misma misión de dar testimonio de Cristo y de comunicar su Presencia.

Y a propósito, les voy a contar una historia muy hermosa. Tuve la ocasión de encontrar en un plano de amistad la pareja admirable de los Van der Meer, que eran holandeses comunistas que vinieron a París a comienzos del siglo, que tuvieron la suerte de encontrarse ahí con León Bloy, y que se convirtieron de todo corazón al Amor de Cristo. Como me decía Pierre Van der Meer, "Jamás he hallado un hombre que amara a Dios tanto como León Bloy."

Habiéndose convertido, los Van der Meer fundaron su hogar sobre el Reino de Jesucristo. Tuvieron dos hijos, un hijo y una hija, que abrazaron la vida monástica en la Orden de San Benito. El hijo Van der Meer se hizo monje y sacerdote y sufrió una enfermedad que se lo llevó precozmente.

Después de la muerte de su hijo, la pareja Van der Meer decidió abrazar la vida monástica también. Marido y mujer ingresaron en la Orden de San   Benito, el padre en el mismo monasterio que el hijo, para remplazarlo, y la esposa en un monasterio francés de san Pablo de Wisques, y cuando iba a pronunciar los últimos votos, la esposa cayó muy gravemente enferma y tuvo que salir del convento lo mismo que su marido porque esa era y es todavía la regla canónica que los esposos no pueden ir al convento sino juntos, cada uno por su lado.

Pierre Van der Meer tuvo pues que salir del convento a donde había entrado y retomar la vida conyugal y en esa ocasión me dijo estas palabras admirables: "Jamás entendí tan bien la santidad del sacramento del matrimonio como cuando tuve que retirarme del convento para estar con mi mujer."

Y volviendo a la Orden tercera, la cuidó hasta que murió y cuando ella murió, el volvió al convento donde se ordenó como sacerdote alrededor de la fiesta de navidad, hace tres o cuatro años, y tuvo la dicha de celebrar su primera misa en la abadía cercana de donde estaba su hija benedictina. (En la Abadía benedictina de Oosterhout, el 22 de diciembre de 1956).

Ustedes pudieron sentir la síntesis admirable en la vida de una pareja profundamente cristiana, entre la vocación al matrimonio que es una de las más santas que existan y la vocación monástica y sacerdotal.

Conservemos pues el sentido de esta síntesis y pidamos a Dios todos juntos que haga de nuestra vida una vida apostólica en que tengamos cada vez más el sentimiento y la convicción profunda de que todos estamos encargados de vivir la vida de Jesucristo y de comunicarla a los demás, sin decir nada, viviéndola con tal intensidad, con tal entusiasmo y alegría que, al encontrarse con nosotros, los demás respiren la Presencia y el Amor en Jesús.

 

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