Notas muy antiguas de M. Masson (sin lugar ni fecha).


 

A la entrada de la iglesia hay agua bendita, agua que lava y desaltera, el agua que cantan las odas del poeta, el agua también que purifica el corazón y hace nacer el alma a la vida del espíritu.

Sin renacer de agua y espíritu, nadie puede entrar en el Reino de los Cielos.

A la entrada del coro, el aceite se consume en tranquila adoración y en el arca misteriosa reposa el pan transformado en Pan de Vida.

Así es como la materia es portadora del espíritu y no es el espíritu el que se hunde en la materia sino la que materia se transfigura, se ofrece, recibe el Espíritu, lo representa y lo da.

La materia es portadora del espíritu. Mi materia está investida de gracia, está llena de la Presencia de Dios.

El universo tiene tres dimensiones de ser: la primera es accesible a los sentidos, la segunda, al espíritu que nos conduce hasta la tercera, a la cual sólo tiene acceso la fe.

Y esa estructura del universo, esa triple dimensión del ser nos revela también su vocación. La distancia infinita de los cuerpos al espíritu es figura de la distancia, infinitamente más infinita, de los espíritus a la caridad, que es sobrenatural.

La vocación del universo es pues de representar a Dios, y esa es también la vocación del hombre.

KANT lo había presentido cuando dijo: "Obra de tal manera que el lema de tu acción pueda ser ley universal, es decir a la escala del universo, obra de tal modo que dejes brillar en ti lo universal de cada uno y de todos, y que es tanto más de todos por cuanto cada uno lo posee".

La vocación del hombre, como la del universo, es expresar a Dios.

Una discusión está amenazando degenerar en disputa cuando uno de los interlocutores se da cuenta de ello, se recoge y piensa que la verdad es una persona y que no se trata de que él triunfe sino ella. Y que debe entrar en la luz de su amor. Baja el tono, deja que su interlocutor agote las vanas razones sugeridas por el amor propio, deja aparecer el rostro de amor y se convierte en el que los vence a todos – aquél ante el cual pueden humillarse sin peligro. "La verdad nace y se establece la paz."

La verdad es una persona y renunciando a sí mismo ante ella, dejándole todo el lugar, dejándola brillar a través de sí mismo, en el silencio del alma, establecemos el Reino de Dios entre los hombres.

Vocación de los pueblos, pues no hay diferencia, no hay dos morales y el fin último de las naciones es el mismo que el de los individuos. Vemos al fin que las naciones, como los individuos, están destinadas por entero al reino de Dios – toda su actividad encuentra su expresión suprema en el reino de Dios.

No hay diferencia, pues como dice san Pablo: "Ya no hay judíos ni griegos, ni esclavos, ni hombres libres, ni hombres ni mujeres, pues todos sois un solo ser en Cristo Jesús"; no hay dos morales, una para los pueblos y otra para los individuos, no hay dos morales, una para los clérigos y otra para los seglares, pues a todos se dijo: "Sed perfectos como vuestro Padre Celestial es perfecto".

Dios no es más Dios de los monjes que de los seglares: él es el Dios de todos, el Padre de todos.

Él es el amor que se inclina hacia todos y requiere por eso el amor de todos – el amor total, hasta la última fibra del ser. "Amarás al Señor tu Dios con todas tus fuerzas, con toda tu mente y con todo tu corazón" – No hay diferencia en el don. Todos deben darse totalmente, con todo lo que tienen y todo lo que son – Y todos son consagrados a Dios, consagrados al sacerdocio real de Jesús el día del Bautismo.

Y ese día todos hacen una profesión que se renueva cada vez que reciben un sacramento o que realizan un acto de caridad.

Todos están consagrados, todos son hermanos, pues todos han revestido la vida de Jesucristo que es esencialmente sacerdote por todo su ser, puesto que es el mediador que une a los hombres con Dios – y en la medida en que las almas viven de Cristo, viven también del sacerdocio de Jesús, son sacerdotes: con Jesús, deben dar testimonio de Dios, deben ser mediadoras entre el Padre y sus hijos.

Unos dan los sacramentos y otros los reciben, pero los reciben para convertirse a su vez en sacramentos vivos, para ser sacerdotes a su vez, incorporados al sacerdocio real de Jesús.

No hay dos morales, no hay dos perfecciones, no hay dos medidas en el Amor, y por eso, aunque distingamos estados en la sociedad cristiana y digamos en particular que el estado religioso es un estado de perfección, lo entendemos sólo en el orden de los fines – porque es imposible que unos estén obligados a amar a Dios más que los demás, y que los demás puedan contentarse con un mínimo: ser los pobres seglares que realizan su salvación pegados del hábito de los monjes.

No es así. La salvación es un matrimonio de amor con Dios, y toda alma debe consentir en el matrimonio de Amor y darse a Dios en un acto libre – con lo que puede, con todo lo que hace y todo lo que sirve.

Todos se deben a Dios, totalmente, todos deben dar testimonio de Dios, todos son sacerdotes, todos están consagrados, todos están llamados a la perfección del amor.

Esa es la vocación universal de todos los hombres. Deben expresar a Dios en sus vidas, y para expresar a Dios en la vida tienen que ofrecerse, estar enteramente disponibles, su vida tiene que respirar en la oración, como Saulo derribado en el camino de Damasco: "Señor, ¿qué quieres que yo haga?”

Cuando un alma está en ese estado, cuando su ser está abierto, disponible a la voluntad de Dios, en ese momento ha respondido a la vocación universal del hombre que consiste en expresar en su vida la Realeza de Dios.

Y como la vida es movimiento y sigue avanzando sin fin, nunca nos habremos dado hasta el fondo, siempre podemos hacer más y mejor.

Pero la vocación del hombre, y por lo mismo, eminentemente la vocación cristiana – pues el cristianismo sólo pretende realizar en nosotros la plenitud misma de la vida – es la de esta r abierto y disponible.

• ¿Señor, qué quieres que yo haga?

• He aquí la esclava del Señor.

• Hágase en mí según tu Palabra.

Pero la vocación universal pide justamente integrarse en la vida, coincidiendo con la actividad que nuestra vocación particular nos asigna de manera especial. La vocación general a la que estamos llamados, manifestar a Dios, expresarlo en nuestra vida, se realiza para cada uno de nosotros en la vocación particular que nos indican de parte de Dios los deseos que tenemos, combinados con las circunstancias en que vivimos.

Y para conocer esa vocación sólo tenemos que hacernos cada vez más dóciles a la vocación general que es la vocación a la santidad, la cual consiste en un llamado a la perfección del Amor.

Toda alma que está perfectamente abierta – enteramente dada – que se abandona sin reserva en las manos de Dios terminará por conocer cuál es el camino particular en que Dios quiere que se comprometa para realizar más perfectamente la vocación universal de expresar en su vida la Realeza de Dios.

Y una vez conocida la vocación particular, una vez escogida, una vez que nos hayamos comprometido en el camino que nos parece ser el nuestro, de nuevo la ley esencial de su realización es siempre la total disponibilidad.

Porque es claro que hay diferentes maneras de criar a los hijos, de organizar una casa o de amasar el barro; y para saber precisamente cómo quiere Dios que obremos en tal o cual circunstancia, tenemos de nuevo que abandonarnos en sus manos, y poner en sus manos los remos de nuestra propia actividad, abrir las velas de nuestra entrega y de nuestra confianza al soplo del Espíritu, para que Él nos conduzca hasta la orilla según su voluntad. Eso es lo esencial, ese es el camino que siempre nos trazó Jesús.

Es más importante que nos abandonemos en las manos de Dios, que obrar según nuestras propias ideas.

No se trata de hacer sino de dejarnos hacer, dejarnos llevar por el Amor que vive en nosotros, que está siempre presente en nosotros y que es el medio en que se desarrolla nuestra vida. "Dejarnos hacer", más bien que "hacer" nosotros, dejarnos llevar por el Amor que sabe lo que es bueno para nosotros.

Dios es nuestro Padre y sólo él conoce el universo en que estamos sumergidos, el universo de las almas, el universo de los cuerpos, tan grande y misterioso que supera nuestro conocimiento.

¿Cómo podríamos integrar con precisión nuestra acción en esa inmensidad, nosotros que debemos realizar con seguridad, cada uno por su parte, el plan que busca la Sabiduría de Dios? Tenemos pues ante todo que ponernos en sus manos, abandonarnos en sus manos.

Tenemos que consentir en el abandono supremo el cual, mediante la entrega total en las manos de Dios y la sumisión perfecta a la acción de su Espíritu, nos haga realizar oportunamente también su santa voluntad.

No tenemos otro medio de realizar nuestra vocación humana y cristiana que obedecer – tender el oído de nuestro corazón a la voz que nos enseña del interior.

Así, en todos los caminos en que nos comprometamos, podremos expresar en la acción el Reino de Dios sobre nosotros, como se hace sacramental el universo por el Verbo de vida – como el agua se vuelve agua bautismal – como el pan se hace Pan de Vida – toda la vida se hace sacramental cuando ha sido transformada por el fuego del Espíritu. Y todos los gestos del hombre portan la vida del Verbo hecho carne, porque su fuente, para nosotros, es Cristo Jesús, al que llaman en el Evangelio “el obrero”.

Él es el obrero, y en su trabajo humilde, destinado a asegurar el pan material, en ese trabajo muy humilde, hace pasar la plenitud de la divinidad.

Y mediante ese trabajo de obrero, redime el mundo. No hay pues un camino privilegiado. Todos los caminos están abiertos a lo divino – todos los oficios son bellos, todas las manos están consagradas, todas las almas son sacerdotes y por consiguiente todas deben realizar el sacerdocio de Jesús y transformar el pan en Su cuerpo y el vino en Su sangre. Quiero decir, hacer penetrar en toda la vida su Presencia, su Luz, su Acción y su Amor.

Y esa es nuestra vocación, hacer Rey a Cristo, hacer nacer a Dios.

Una niña caminaba un día con su madre en una región llena de luz y paz. Y la niña, poeta como lo son a menudo los niños, sintiendo penetrar en ella los efluvios de la tierra, embriagada toda con la claridad y la alegría, se volvió de repente hacia su madre y estrechándose contra su corazón le dijo estas palabras inefables: "Mamá, tú naciste de mi corazón."

En el gozo de vivir, en el don maravilloso, en toda la luz que la rodeaba, ella había sentido como la luz de la ternura materna a la cual debía la vida – y volviéndose hacia su madre, haciendo de su gozo un grito de amor para ella, le dijo: "Tú naciste de mi corazón ".

Esas palabras de la niñita nos indican de cierto modo nuestra vocación. Sintiendo las armonías de las cosas, dejándonos bañar por la luz divina, prestando oídos a la voz que nos enseña desde el interior, conoceremos también el destino del universo y podremos realizar nuestra vocación que es hacer nacer a Dios. No sólo como dice la Liturgia de Navidad:

"El Señor me dijo: hoy, tú eres hijo mío pues yo te engendré" sino: ¿quiénes son mi madre y mis hermanos?” Todos aquellos que cumplen la Palabra de Dios y la ponen en práctica, "esos son mi madre y mis hermanos". No se trata de más.

Sabemos muy bien que el yo, el "yo" de los demás se nos parece, y que sólo la luz de lo universal puede reunirnos en la paz y establecernos en el Amor.

Y ahora más que nunca debemos hacernos conscientes de las profundidades de la vida y de las exigencias sagradas de nuestra vocación de hombre y de cristianos, no se trata de nada diferente, hay que hacer nacer a Dios.

Todo este mundo organizado con tanta perfección, todo este mundo ebrio de velocidad que nos hace capaces de transportarnos de un extremo de la tierra a otro, ¿y para qué, si no tenemos nada que decir, si no tenemos nada que dar, si el Amor ya no es el lazo vivo que reúne a todos los hombres en la unidad de un solo Ser místico, para llevar dentro a Dios como Padre?

Esa es la orientación esencial que importa encontrar ahora. Si desean establecer la paz en la tierra, no debemos quedarnos en el nivel humano, pues el hombre jamás se inclinará ante otro hombre ya que son esencialmente iguales. Hay que inclinarse ante Dios y haciéndonos servidores de Dios, hacernos servidores los unos de los otros.

Yo sé que este programa formidable de nuestra vocación, rendir testimonio de Dios – ser sacerdote de Jesús para trasformar el universo en su vida, hacer nacer a Dios en el mundo – yo sé que esa vocación nos rebasa infinitamente y que el solo enunciarla nos hace temblar de temor. Y por eso debemos refugiarnos en la fuente, permanecer sin cesar en contacto con el Dios vivo que llevamos en nuestro corazón y realizar a la letra las palabras de Jesús: hay que orar sin interrupción y sin abandonar jamás.

Orar, no con los labios ni con fórmulas sino en la vida, en una vida que se entrega, en una vida toda llena de humildad para con los hermanos, para que en las Eucaristías que son los demás, podamos en cada segundo recibir la vida en el corazón de Jesús.

En el misterio de la Epifanía, que nos hace revivir el misterio de Navidad, el misterio del Niño Jesús nos invita a la renuncia y nos recuerda el precepto del Maestro: "Si no os hacéis como estos pequeñitos, no podréis entrar en el Reino." Tenemos que hacernos pequeñitos ante él, niñitos para él, apretujarnos sin cesar contra su corazón para que nos lleve, para que nos forme, para que haga vibrar su vida en nosotros, y que ya no vivamos nosotros sino él, pues esa es la gran renuncia: que ya no sea "yo", sino que él sea en mí, que ya no exista yo sino él quien exista en mí, que él pueda decir "Yo" por mis labios, y que él pueda decir "Yo" a través de mi vida.

Y para que sea consumada esta identidad, para que sea sellado el matrimonio de Amor, es necesario que yo adhiera sin cesar a su Presencia, que me refugie en su corazón, que me vuelva hacia él como un pequeñito que no puede más, pero que sabe que de la mano del padre y permaneciendo contra el corazón de la madre está en la luz, en la seguridad y en la paz.

Por eso, para terminar, nuestra vida debe transcurrir en una inmensa confianza y una entrega total, en el grito que Jesús hace salir de nuestros corazones: Padre nuestro.

Eso basta, no necesitamos más, y si no tenemos tiempo de orar mucho o de orar mucho tiempo, siempre podemos hacer subir hacia él el grito del niño que se abandona, que renuncia, que renuncia a sí mismo… Padre nuestro, que estás en el Cielo. O más sencillamente todavía, pues hay que ir hast

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