En Nuestra Sra. De los Ángeles, Beitut, le lunes de Pascua, 3 de abril de 1972.


A los discípulos de Emaús se les apareció exterior y corporalmente como estaba interiormente dentro de ellos: hablaban de él, lo amaban y dudaban. Entonces se les presenta exteriormente y no lo reconocen, precisamente porque dudan.

Esta observación de San Gregorio, de admirable profundidad, podría explicar o hacernos sentir todo el misterio de la Revelación en toda la Biblia y en toda la historia: en toda la Biblia y en toda la historia, Dios aparece a los hombres como está dentro de ellos.

Las apariciones de Cristo resucitado son un llamado a la fe. Jesús se presenta en una vida nueva, no como un espectáculo, o como un objeto que se pueda percibir sin comprometerse. Las apariciones son un llamado a la fe. Y por eso reflejan el estado de alma de los que son testigos de ellas. Nada es sorprendente, como los relatos que no concuerdan, precisamente porque traducen los sentimientos, las hesitaciones, los temores y alegrías de cada uno, según el progreso del reconocimiento de Cristo en ellos.

Los discípulos de Emaús lo ven como un extraño. La Magdalena lo ve como un jardinero. Los discípulos reunidos en el Cenáculo creen ver un espíritu. Y en la última visión al bordo del lago de Galilea, como narra San Juan, hasta la pesca milagrosa dudan en reconocer al Señor en el (personaje) que los llama desde la orilla.

Se presenta pues generalmente como está dentro de nosotros. Y por eso puede tomar la apariencia de un extranjero, por eso sus rasgos pueden deformarse como sucedió tantas veces en el Antiguo Testamento, según la mirada del hombre que no estaba suficientemente despierto o purificado como para percibirlo en su verdad.

Además, la ley de la Revelación que San Gregorio expresa con tanta profundidad: "Se les apareció afuera como estaba dentro de ellos", esa ley gobierna quizás todo el orden del conocimiento: cada uno percibe el universo con su mirada, cada uno ve a los demás con sus ojos, y el universo en que los demás le parecen conforme a la calidad de su mirada. Le aparecen afuera como están dentro de él.

Einstein dijo estas palabras tan magníficas: "Aquél a quien la emoción religiosa es extranjera, aquél que no tiene ya la posibilidad de extrañarse y de sentir respeto, es como si estuviera muerto". Él indica también que el conocimiento del universo corresponde a la mirada del hombre. Si todavía tiene la capacidad de extrañarse y de sentir respeto, descubre un mundo que le maravilla y le revela una sabiduría superior que lo confunde.

Esa sería pues una de las cualidades, uno de los rasgos inevitables de todo conocimiento: el conocimiento corresponde a la mirada y, según que la mirada sea pura, recta, desinteresada, según sea amorosa o al contrario, llena de odio, el mundo toma otro aspecto y la humanidad, otra faz.

Es sin duda lo que el Señor quiere indicarnos diciendo: "La lámpara de tu cuerpo es tu mirada, tu ojo. Si tu ojo es sencillo, todo tu cuerpo estará en la luz." (Mt. 6, 22)

Lo más admirable que podemos retirar del proceso que vamos a seguir con el Señor en el camino de Emaús es que lo conoceremos en la medida en que lo amemos, y nos parecerá tanto más vivo cuanto más amante y pura sea nuestra mirada.

 

Homilía de San Gregorio Magno

San Gregorio (540-604) fue sucesivamente prefecto de la ciudad de Roma, monje y fundador de monasterios, diácono y legado en Constantinopla y por fin papa en un contexto histórico muy oscuro. Este gran místico que conservó siempre en su corazón la nostalgia de su vida monástica supo ser un admirable pastor. Sus escritos espirituales influenciaron profundamente la piedad medieval.

 

"Lo reconocieron en la fracción del pan"

Dos discípulos marchaban juntos. No creían, pero estaban hablando del Señor. De repente, él se apareció pero bajo rasgos que no pudieron reconocer. A sus ojos de carne, el Señor manifestaba afuera lo que sucedía dentro de ellos, en la mirada de sus corazones. Los discípulos estaban interiormente divididos entre el amor y la duda. El Señor estaba a su lado, pero no se dejaba reconocer.

A esos hombres que hablaban de él les ofreció su presencia, pero como estaban dudando de él, les ocultó su verdadero rostro. Les dirigió la palabra y les reprochó la dureza de su mente. Les mostró en las Santas Escrituras los misterios que se referían a él y fingió continuar su camino...

Actuando de ese modo, la verdad que es sencilla no estaba jugando un papel doble: se mostraba a los ojos de los discípulos tal como estaba en sus mentes. Y el Señor quería ver si los discípulos que no lo amaban todavía como Dios le brindarían al menos su amistad bajo los rasgos de un extraño.

Pero aquellos con quienes caminaba la verdad no podían estar lejos de la caridad. Lo invitaron pues a compartir su albergue, como hacemos con un viajero. ¿Diremos simplemente que lo invitaron? La Escritura precisa que le insistieron (Lc 24 :29). Con ese ejemplo nos muestra que cuando invitamos a extraños a nuestra casa, la invitación debe ser insistente.

Preparan la mesa, presentan el alimento, y Dios, a quien no habían reconocido en la explicación de la Escritura, lo descubrieron en la fracción del pan. No fueron iluminados al escuchar los preceptos divinos sino cumpliéndolos. No son justos ante Dios los que escuchan su ley sino los que la observan (Rom. 2, 13).

Si alguien quiere entender lo que ha escuchado, que se apresure a poner en práctica lo que ha podido entender. No reconocieron al Señor cuando estaba hablando; él se dignó manifestarse cuando le ofrecieron de comer.

Amemos pues la hospitalidad, queridísimos hermanos, practiquemos la caridad. De ella nos habla San Pablo: Perseveren, nos dice, en la caridad fraterna. No olviden la hospitalidad, pues gracias a ella, sin saberlo, algunos han hospedado a ángeles (Heb. 13, 1-2). Pedro dice también: Practiquen la hospitalidad unos con otros, sin murmurar (1 Pe. 4, 9). Y la verdad misma nos habla: fui extranjero y ustedes me acogieron (Mt. 25, 35)... Lo que hicieron con el más pequeño de los míos, nos dirá el Señor en el día del juicio, me lo hicieron a mí (Mt. 25, 40). ¡Y a pesar de eso, somos tan perezosos ante la gracia de la hospitalidad!

Midamos, hermanos, la grandeza de esta virtud. Acojamos a Cristo a nuestra mesa para que podamos ser acogidos a su banquete eterno. Demos ahora la hospitalidad a Cristo presente en el extranjero, para que en el juicio no nos ignore como extranjeros sino que nos acoja como a hermanos en su Reino.

 

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