Homilía pronunciada en El Cairo, el sábado santo 20 de abril de 1957, probablemente en Nuestra Señora de la Paz (notas de un/a auditor/a)

 

Si estamos en una estación y vemos pasar un tren a una velocidad de 120 kms. por hora, nos da la impresión de una masa unificada por la velocidad cuya potencia de choque es tanto mayor cuanto mayor sea la velocidad. Ese móvil es imagen de cada uno de nosotros.

Todos somos un móvil. No escogimos el nacimiento, ni la herencia, ni la época; todas las influencias se incrustaron en nuestra pequeña infancia. Nos proyectaron como el móvil por la velocidad. El tiempo de la infancia es más rico que el de la edad adulta. Pasan innumerables acontecimientos en los dos primeros años de vida. El niño los recibe sin control. Cuando comenzamos a decir YO, esa palabra es el resultado de todas las fuerzas hereditarias y de todas las influencias acumuladas en los dos primeros años de nuestra existencia.

YO… No sabemos lo que quiere decir ni lo que designa el YO; no lo elegimos y la paradoja es que nos aferramos a ese YO y defendemos algo que no nos pertenece, algo que nos impusieron y que es un complejo de pasiones infantiles. Hace falta muchísimo para comenzar a ser persona, es decir un espacio, una libertad. Por eso la mayoría de nuestras personas no son auténticas. En general, las declaraciones de principios son totalmente ineficaces ya que no logran domesticar nuestras pasiones. Por eso los filósofos existencialistas, sobre todo Kierkegaard, insistieron sobre la necesidad: "De repente me doy cuenta de que el YO me fue impuesto".

Toda esa biología me cae encima y yo no quiero pasar como resultado, tengo que escoger. Tengo que escogerme a mí mismo. La primera toma de conciencia establece una distancia infinita entre YO y mí mismo. Tengo pues que recuperarme, re-crearme, volver a comenzar… o pasar por un segundo nacimiento.

¿Pero qué escoger? Un nuevo universo, establecer en mí valores de libertad, de alegría y de generosidad. A la mesa de la amistad no nos alimentamos solo de pan y de alimentos, sino sobre todo de amistad. Es un símbolo de un segundo origen, de la adhesión al nuevo nacimiento; ser hombre es escogerse, armonizar todo su ser a fin de que cante y sea para todos los seres una fuente, una amistad. Es algo muy grande sentir que la toma de conciencia nos invita a trasfigurar el yo en un llamado de generosidad y libertad. Eso vale para nosotros, para nuestra casa, nuestra comida, para el pensamiento. Y vale para nuestro cuerpo.

Estamos acostumbrados a hacer una distinción simplista entre el cuerpo y el alma. La materia tal como la experimentamos, la conocemos solo bajo forma de pasión. Einstein y Jean Rostand no están ante la vida biológica sin respeto: "El que ha perdido la capacidad de respeto ante la vida biológica es como si estuviera muerto".

Para el sabio, la alegría de saber consiste en que la ciencia es un diálogo con alguien que inspira respeto. Rostand que se cree mate­rialista, tiene una pasión ardiente por la verdad. Para los sabios el respeto de la verdad es mayor que el cuidado que le dan a su cuerpo, y a su misma seguridad; testigos los sabios que trabajan con el elemento radio.

Es pues claro que para los sabios la materia no es un dato bruto sino que está impregnada de pensamiento. La mente encuentra su alimento en el universo y la ciencia jamás deja de ser diálogo. Y si miramos la materia que es el cuerpo, toda su belleza, es una potencia de símbolo. Una mano que estrechamos es todo un misterio en que encuentra su símbolo la amistad y eso es lo que hace su grandeza. También los gestos de la danza: Isadora Duncan un día que danzaba dijo: "No soy yo, no me miren a mí, es la idea". Su cuerpo era símbolo de una idea.

La única materia que podemos conocer es una materia en estado de movimiento, de superación que simboliza una presencia. Cada uno modela su cuerpo según lo que elige para sí mismo porque cada uno irradia en el mundo del pensamiento y todo eso es un solo cuerpo y alma: un impulso hacia lo invisible.

Tenemos que escogernos, totalmente: cuerpo y alma. Tenemos que enraizarnos en un mundo nuevo. La caña pensante de Pascal cuando habla del hombre. Operar la trasformación del punto que éramos en el universo, para hacer una polaridad de luz, de generosidad y alegría. Así encontramos la corriente de la muerte. También tenemos que liberarnos de la muerte, pues hay una muerte que es liberación en que todo se trasforma en luz y amor, en que la vida es un cohete lanzado hacia a eternidad.

Hay que reconocer el esplendor y la vocación del cuerpo y solo podemos transfigurarnos embelleciendo el cuerpo. El sentido de la mística no es envilecer el cuerpo sino reconocer en él un poder infinito de símbolo, el sacramento del espíritu y la divinidad. La primera revelación de Dios es siempre un rostro de hombre, y todos los textos estarían eternamente muertos si no vivieran a través de un rostro humano, es decir de un cuerpo divinizado. Tenemos pues que volver a crearlo como también volver a crear el pensamiento. Introducir en el cuerpo un impulso de vida y amor contra el impulso de la muerte.

No hay duda de que el cuerpo está llamado a esa trasfiguración, y toda la pureza quiere decir: ¡Atención! ¡El cuerpo es un misterio divino y sagrado! ¡No le hagan daño porque todas las fibras de su ser están llamadas a vivir de la divinidad! Hay que tocarlo con manos de luz como una eucaristía.

Entonces se entiende que en este sentido la muerte está vencida, evacuada. Sentimos que cuando el hombre salva solo su piel, perece. El que sacrifica su piel, el mártir, el héroe, pierde su piel pero afirma la vida. Sentimos que el gran viviente ha escogido morir porque ha vencido la muerte.

El fin de todo es que no hay fin, que la vida resucita. Ahí llega el segundo nacimiento: morimos de una muerte que no es disolución sino liberación en que se encuentra el último grado de un amor en que el cuerpo se ha hecho rostro del hombre, en que está listo para comenzar de nuevo.

Cristo entra en la muerte para liberarnos de la muerte, porque venció la muerte, porque no la mirábamos como último nivel para entrar en la vida, ya que Dios no es Dios de muertos, sino el Dios de los vivos. Toda vida puede volver a comenzar y llegar al segundo nacimiento.

Recordemos esta noche el alba de la Resurrección y pensemos en el alba de un mundo que puede surgir de un nuevo origen. Conservemos el sentimiento de que el cuerpo está llamado a la vida eterna, que es sagrado y divino, y que debemos tratarlo con máximo respeto.

El mundo en que nos introduce Cristo resucitado es un mundo transfigurado. La PASCUA es el triunfo de la vida.

 

Ajouter un Commentaire

Les commentaires sont modérés avant publication. Les contributions doivent porter sur le sujet traité, respecter les lois et règlements en vigueurs, et permettre un échange constructif et courtois. A cause des robots qui inondent de commentaires publicitaires, nous devons imposer la saisie d'un code de sécurité.

Code de sécurité
Rafraîchir