Durante la semana santa del 7 al 14 de abril de 1974, en la Iglesia del Santo Redentor, en Lausana

 

Queridos Amigos, a los ojos de Dios el hombre = Dios. Esa es, finalmente, la ecuación que Jesús inscribe en la historia en este Viernes Santo.

En efecto, Jesús da su vida por la nuestra, es decir que Jesús atribuye a nuestra vida el valor de la suya. Nada nos confunde más ni nos conmueve más profundamente que esta ecuación sangrienta y maravillosa.

Eso, pues, somos a los ojos de Dios, eso valemos delante de Él: Él mismo. Es imposible glorificar más maravillosamente la vida del hombre. Es imposible revelar el carácter inconmensurable de nuestra aventura sino estableciendo esa ecuación entre la vida de Dios y la nuestra.

Si jamás el hombre ha sido tentado – y Dios sabe si lo está hoy más que nunca – de ver en Dios y en la creencia en Dios una disminución del hombre, una situación de rivalidad que le impediría desarrollarse al máximo, el Viernes Santo inflige a ese temor un eterno desmentido pues, justamente, lo que Dios quiere no es la sumisión, la esclavitud; lo que Dios quiere es la libertad de los hijos de Dios, él quiere que seamos creadores con él, quiere que nuesra intimidad se enraíce en la suya y la suya en la nuestra.

Si pudiéramos gritar esa ecuación en los países del Este donde el comunismo erige el ateísmo en doctrina de estado, me parece que haríamos refluir el ateísmo que tiene justamente sus raíces en el temor de una rivalidad entre el hombre y Dios, en el temor de que Dios signifique la disminución del hombre. La verdad es lo contrario y el cristianismo, de manera única precisamente, proclama esa misteriosa igualdad de amor entre el hombre y Dios. ¿Cómo concebirla? ¿Cómo imaginarla? ¿Cómo comprenderla? ¿Y cómo vivirla? Pero en todo caso, en seguida vemos que nada puede darnos una nobleza y una dignidad más grande.

No tenemos que disminuirnos, al contrario: se trata de darle a nuestra vida una dimensión infinita, infinita, infinita... El infinito es lo que llevamos dentro y tenemos que manifestarlo y comunicarlo en todos los actos de nuestra vida.

Pero, una vez más, ¿cómo concebirlo? ¿Cómo pudo Dios inscribir esa ecuación en la historia? ¿Cómo es que esa ecuación está en el corazón mismo del Evangelio?

Hay que ir hasta la Trinidad Divina pues el Dios que se revela en Jesucristo, el Dios que es Jesucristo, es un Dios que se comunica, es un Dios que sólo tiene contacto con su ser precisamente comunicándose, un Dios que, lejos de poseerse, sólo existe en forma de don. Porque la vida divina circula eternamente del Padre al Hijo y del Hijo y del Padre al Espíritu Santo en una eterna comunión de amor. El Dios que brilla en la persona de Jesucristo es un Dios libre. Es un Dios espíritu, y ser espíritu es no vivirse pasivamente sino circular en la transparencia de su ser sin encontrar límites, porque todo el ser no es más que un impulso de Amor.

En esa inocencia, en esa infancia, en esa infancia eterna está el misterio del Dios que se revela en Jesucristo y ese Dios, ese Dios que es libre de sí mismo, ese Dios que no se mira jamás, ese Dios que no se complace en sí mismo, ese Dios que sólo existe dándose, ¿qué mundo puede crear sino un mundo libre, libre hasta las últimas fibras de su existencia? Ese Dios Espíritu quiso una creación que fuera espíritu, como lo sugiere Jesús a la samaritana.

Sí, Dios es libre de sí mismo, Dios no se apega a sí mismo, Dios se da totalmente. Dios es soberanamente libre respecto de sí mismo y por eso imprime su marca en la creación, por eso suscita espíritus y los invita a vivir como fuente, como origen, a hacer surgir su existencia como puro impulso de amor.

Aquí vemos pues en seguida el carácter nupcial de la creación. No se trata de un mundo de esclavos o de robots: sino de un mundo libre, libre, con verdadera libertad interior, con verdadera libertad que consiste en ser libre respecto de sí mismo, no tener que sufrirse sino tomarse todo entero para renovar integralmente su existencia dándola desde el principio hasta el fin, dándola totalmente al que nos la da dándose totalmente.

Así se arroja una nueva luz sobre la creación, sobre su sentido y su misterio y sobre las relaciones del hombre con Dios. Dios no es un dominador. Dios no es un soberano ante el cual hay que humillarse. Dios es un Amor que se entrega a nuestras manos.

En efecto, si se trata de una relación nupcial entre Dios y nosotros, si Dios quiere consagrar, contraer con nosotros un matrimonio de amor, ese matrimonio de amor supone que nuestro sea indispensable para que se realice el de Dios. Y de ahí resulta justamente la pasión de Dios, la crucifixión de Dios que remonta al comienzo mismo de la creación, que remonta al rechazo original de cerrar el anillo de oro de las nupcias eternas. Cuando el hombre se niega, Dios muere, Dios muere por obra del hombre, Dios muere por el hombre.

Es imposible meditar sobre la pasión de Nuestro Señor sin descubrir justamente el rostro misterioso de Dios, ese rostro de amor y de pobreza, ese rostro de desapropiación y de libertad, ese rostro en que Dios es don total y respeta hasta la muerte las reglas del juego, pues si Dios se impusiera todo estaría terminado, si se impusiera, el mundo ya no podría ser espíritu y Dios sería una caricatura de sí mismo.

Entonces la luz de la pasión penetra hasta las raíces de nuestro ser, revelándonos a nosotros mismos de manera única: eso somos delante de Dios: otros Él mismo. Esa es nuestra importancia a sus ojos: somos indispensables para su creación pues la creación sólo puede ser precisamente la comunicación de una libertad original, de una libertad en que cada uno de nosotros se hace creador de sí mismo y de todo, en que cada uno de nosotros se hace portador de Dios y capaz de comunicarlo a todo el universo.

Vemos pues en qué grado eso nos concierne. No se trata de un relato que nos cuenta el pasado, sino de lo más actual, de lo más candente, de lo más apasionante, ¡se trata del sentido mismo de nuestra vida del día de hoy!

¡Cómo han rebajado la vida! ¡Cómo la han aplastado! ¡Qué vana y absurda la volvieron justamente porque se alejaron de la ecuación inscrita eternamente por Jesús en la historia! Jesús devuelve al hombre su nobleza y su dignidad. Jesús hace de nuestra vida una aventura inconmensurable, a condición de que despertemos de nuestra letargia, de que salgamos del sueño y miremos con los ojos del amor ese rostro desfigurado y glorioso que es el rostro del crucificado.

Cómo no dar gracias a Nuestro Señor por revelarnos así a nosotros mismos, por dar a Dios ese rostro que nos revuelca, por establecer entre Dios y nosotros esa relación nupcial y por hacer que podamos crearnos a nosotros mismos dejando de sufrirnos para tomarnos totalmente y ofrecernos como hostia viva entre las manos del eterno amor.

Eso va a tratar de realizar cada uno de nosotros desde el fondo de su debilidad y de su miseria pero con todo el poder de la esperanza y del amor. Eso va a tratar de realizar cada uno de nosotros dándose a Jesús y, por Jesús, a la Trinidad divina, para cerrar el anillo de oro de las bodas eternas, para que el mundo aparezca a través de nosotros como el mostrador de Dios.

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