En Lausana - Montolivet, el jueves santo 7 de Abril de 1966.


 

¿Qué hicimos del Hombre? Es la pregunta que nos hace la liturgia del Jueves Santo. ¿Qué hicimos del Hombre?

¿Estaría el mundo en el estado en que se encuentra hoy si hubiéramos comprendido el Evangelio de Jesús? ¡Es evidente que no!

Pues justamente la liturgia del Jueves Santo acumula en cierto modo todas las consagraciones del hombre por Jesucristo. El Mandamiento, la última consigna de Jesús «En esto conocerán que sois mis discipulos en que os amáis los unos a los otros como yo os he amado» (Jn. 13, 35).

¡Qué paradoja! Las últimas palabras de Cristo, las últimas palabras del Profeta supremo, el último grito del Hijo de Dios, es amar al Hombre y hacer del amor del Hombre la prueba, el criterio, la piedra de toque del amor de Dios.

Y Jesús va a manifestar el amor del Hombre en la escena incomparable, inagotable y revolucionaria del lavatorio de los pies. Nos va a mostrar a Dios de rodillas ante el Hombre, ante el Hombre que lleva el infinito en su corazón, como dice el papa san Gregorio al expresar esa maravillosa novedad: "El cielo es el alma del justo."

¡Jesús de rodillas ante el hombre! Ahora ya no hay nada que cuidar. Ya no se trata de conducir a los discípulos mediante una parábola, hay que ponerlos brutalmente ante la realidad, porque la catástrofe es inminente: el Salvador del mundo va a ser inmolado, la omnipotencia de Dios va a conocer el aparente fracaso formidable. La salvación del mundo se va a realizar por medio de la muerte en la Cruz.

Es pues necesario que el verdadero rostro de Dios se imprima ahora en el corazón de los discípulos y que ellos sepan que justamente Dios está dentro de ellos, en una Presencia confiada a toda conciencia humana. Allá quiere llevar Jesús a los discípulos. Él quería erigir el Reino de Dios dentro de nosotros, revelándonos que el cielo está aquí y ahora, en la eternidad del amor, en la eternidad del amor en el corazón de nuestra intimidad más secreta.

Ahí es pues donde debemos buscar a Dios, en el Hombre, y para alcanzar la perfección cristiana, es necesario que todos los hombres constituyan un solo cuerpo, una sola vida, una sola persona en Jesús, y todo eso justamente es lo que va a sellar la Eucaristía.

La Eucaristía es eternamente la afirmación que no existe acceso posible a Dios sino por el camino del Hombre, ya que ciertamente Jesucristo nuestro Señor no cesa jamás de estar con nosotros. Es siempre compañero de nuestra vida como en el camino de Emaús, más aún, siempre está dentro de nosotros, dentro de cada uno de nosotros.

Por eso lo que nos hacemos unos a otros, malo o bueno, le impresisona, le golpea, le hiere, le colma o le desgarra, porque él está dentro de cada humanidad, porque es una espera infinita en cada una de nuestras conciencias.

Entonces, si ya está ahí, ¿para qué la Eucaristía ? Si toda gracia viene de él y si lo que llamamos estado de gracia, es decir la vida divina en nosotros surge de su corazón y se nos comunica mediante su Presencia, si su humanidad es el canal y el instrumento inseparable, si realmente Jesús está siempre con nosotros, ¿para qué la Eucaristía?

Es justamente para afirmar que nunca jamás será posible alcanzarlo sin encargarse de toda la humanidad. ¿Por qué? Pues porque Jesús es justamente el segundo Adán, porque él es el Hijo del Hombre en un sentido único, porque él está dentro de cada uno, sin límite alguno, sin pertenecerse en su humanidad, que es el sacramento diáfano e inmenso de la Presencia divina. Como su humanidad no tiene fronteras puede estar abierta a toda la humanidad, reunir todas las generaciones, puede hacer contemporáneos todos los hombres de todos los siglos.

Y justamente, solo él es el lazo de una humanidad liberada de sus límites, de una humanidad en que cada uno se une al otro por dentro, en que cada uno se une al otro por su libertad, por su apertura, por la respiración de Dios que es condición de toda nuestra dignidad.

Para llegar a Dios – quiero decir, al Dios vivo, al Dios que es un espacio infinito dentro de nosotros – es pues necesario abrir el corazón, niverlarse con su Corazón, hacernos universales, rebasar nuestras fronteras y nuestros límites, tenemos que hacernos Presencia para todos y cada uno.

Entonces llegaremos, alcanzaremos, descubriremos al verdadero Dios. Si hacemos de él un ídolo a dimensión nuestra, si lo limitamos a nuestras necesidades, si reducimos a Dios a un monopolio de secta o de partido, tenemos un falso Dios.

El verdadero Dios no tiene fronteras, el verdadero Dios es un Amor sin límites, el verdadero Dios está todo dentro, infinitamente en acción como don sin límites.

Jesús estaba presente a sus Apóstoles y ellos no lo conocieron; estaba presente ante Pilatos y él no lo conoció; compareció ante Caifás y él no lo conoció. Todos lo veían del exterior, lo veían ante ellos, en vez de verlo dentro de ellos mismos como el principio, como el lazo que une a todos los hombres y que puede hacer de todos un solo Cuerpo, una sola vida. Y eso era lo que el Señor quería.

La Eucaristía no es un ídolo en que uno mete un pedazo de pan en la boca, ¡un ídolo en que hacemos de Dios un objeto portátil del que podemos disponer! ¡Todo lo contrario! La Eucaristía es la imposibilidad de llegar a Dios sin pasar por toda la humanidad, sin asumir toda la Historia, sin abrirse a todos los sufrimientos, a todas las soledades, a todos los abandonos, a todos los crímenes, a todas las miserias, a todas las esperas, a todas las esperanzas.

Sólo pueden venir a mí formando primero mi Cuerpo. Eso significa la Euaristía. Cuando todos juntos constituyan mi Cuerpo Místico, cuando circule entre ustedes un mismo Amor que los haga miembros unos de otros, entonces me podrán llamar de manera eficaz, entonces estarán unidos a mi intimidad, pues justamente su intimidad será ilimitada y universal.

Entonces me invocarán y yo responderé. Me invocarán y yo estaré presente. Me invocarán y yo seré el alimento del banquete universal que los reúne a todos alrededor de mi mesa donde podrán comunicar los unos con los otros intercambiando la Presencia divina misma.

Sí, eso es la Eucaristía. No tiene como objetivo hacer presente a Cristo pues Cristo está siempre presente y los que no estamos somos nosotros. La Eucaristía tiene como finalidad hacernos presentes a Cristo y cerrar el anillo de las bodas eternas y hacer brotar en nosotros la plenitud de su vida, en la medida en que le llevamos la plenitud de la nuestra. Es un llamado inmenso que no ha sido escuchado y que habría debido serlo.

¿Habría todavía dos terceras partes de la humanidad en situación de esclavitud si ese llamado hubiera sido escuchado? ¿Habría todavía Stalines? ¿Si ese llamado hubiera sido escuchado, habría todavía abanonos y traiciones?

Hemos hecho de Dios un ídolo; de la Eucaristía, un ídolo; hemos hecho procesiones alrededor de ese ídolo, y no hemos visto que era una exigencia formidable, que exigía de cada uno de nosotros que se superara, que hiciera ilimitado su corazón, que acogiera a los demás en nombre de Cristo, viendo en ellos a Cristo y dándoles a Cristo por su misma fraternidad.

Tenemos que devolver al Evangelio su realismo incomparable, porque nadie jamás ha amado al Hombre como Jesucristo. Nadie tiene la pasión del Hombre como Jesucristo. Y la Pasión que celebramos, este Misterio de la Fe, significa justamente la pasión infinita del corazón de Dios por el Hombre.

El precio de nuestra vida es Él mismo, ofrecido por nosotros. ¿Cómo podríamos entonces unirnos a Él sin asumir al Hombre, sin descubrir la grandeza del Hombre, sin comprender que el Reino de Dios solo se puede realizar dentro del Hombre, sin poner por encima de todos nuestros intereses la grandeza divina del Hombre que es todo el Reino de Dios en una encarnación de Dios que se perpetúa hasta el fin de los siglos?

Esa es la pregunta que se nos hace esta noche: ¿Qué hemos hecho del Hombre? ¿Qué hemos hecho del Hombre? ¿Seguiremos haciendo procesiones detrás de un ídolo, de un ídolo construido ignorando el don de Dios?

Evidentemente, Cristo se nos da realmente, se comunica realmente por medio de la Eucaristía. Pero si se comunica por la Eucaristía, lo hace en respuesta al llamado de la Iglesia que es la única que puede pronunciar las palabras delicadas que actualizan esa Presencia.

La Iglesia, Cuerpo Místico. ¡Pero la Iglesia somos nosotros! Todos tenemos que formar el Cuerpo Místico y es necesario decirlo: si esta noche no hubiera en la humanidad alguien que ame, alguien que ame la humanidad, si no hubiera esta noche en la Comunidad cristiana alguien que se esfuerce por lo universal, si no hubiera al menos un alma en el mundo en estado de apertura (.. ?..) a Jesucristo, la consagración sería imposible, sería inválida, pues no se trata de un acto mágico. Las palabras de la consagración son el grito de la Iglesia. (El … ?... místico)

Ya no habría Cuerpo Místico, si no hubiera al menos un alma, esta noche, en estado de caridad para responder a la Pasión de Dios por toda la humanidad.

Esta noche, dándose a nosotros, Dios nos reúne alrededor de su mesa para transformarnos en Él. Es pues imposible separar la Eucaristía, el lavatorio de los pies y el Nuevo Mandamiento, el supremo mandamiento, porque esas tres cumbres tienen el mismo significado: es imposible ir a Dios sino por el camino del Hombre.

Vamos pues a comulgar primero con la humanidad, para comulgar con la Presencia divina. Vamos a tratar de extender la mirada sobre todos los sufrimientos, todos los dolores, todas las soledades, todas las desesperanzas, todas las hambres… Pero para que eso sea verdad, tendremos que sacar de nuestros corazones todo lo que nos separa del amor humano, del amor de los hermanos: todos los rencores, todos los resentimientos, todo rechazo de perdonar, y al regresar a casa esta noche tendremos que llevar a los que encontremos otro rostro, un rostro que deje trasparentar a Dios, un rostro en que pueda respirarse a Dios como una invitación del más alto Amor, en fin, un rostro que sea Presencia, es decir un don silencioso, un don arrodillado, un don interior, un don a través del cual Dios pueda por fin manifestarse.

La Eucaristía, jamás debemos olvidarlo, la Presencia comunitaria por la Comunidad, en la Comunidad y para la Comunidad, esa Presencia es un llamado constante a lo universal. Uno no puede tomar la Comunión para sí solo. Siempre se comulga con los demás, para los demás, para ser el viático de todos y cada uno, para que nadie sea abandonado, para que ningún daño quede sin consolación, para que ninguna angustia quede sin esperanza, para que ningún enfermo quede sin alivio, para quie todos finalmente se sientan llamados, rodeados, y si pasan de esta vida a la invisible, hayamos comulgado por ellos y ellos hayan comulgado a través de nosotros.

Prosiguiendo esta liturgia, queremos pedir a Nuestro Señor que selle en nuestro corazón ese llamado, esa exigencia infinita, para que la pregunta : ¿Qué hemos hecho del Hombre? sea para nosotros cada día un programa, un deseo de empuñar los problemas humanos con voluntad de resolverlos, para dar testimonio de Jesucristo.

Y sobre todo, ya que se trata de actuar concreta e inmediatamente, que surja sobre todo en nosotros cada día la voluntad de no añadir jamás voluntariamente sufrimiento a los demás, de no añadir penas a los que nos rodean, sino al contrario aligerar sus cargas y hacer que Dios les parezca como el gozo de la juventud, revelárselo como el Corazón que es solo Corazón, como el Amor que es solo Amor, en fin, como el que ha dado a la humanidad todas sus dimensiones al revelarnos la Pasión infinita del Hombre que arde en el Corazón de Jesucristo y que hace que nos reúna alrededor de su mesa a fin de que dándonos a toda la humanidad nos demos a Él ¡para que seamos en Él un solo Cuerpo, una sola vida, una sola persona, un solo pan vivo!

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