El 11 de Abril de 1965 en Santa María de la Paz, el Cairo.

Sólo San Juan puso juntos estos dos acontecimientos, la entrada en Jesús a Jerusalén y la resurrección de Lázaro, y por consiguiente, la unción de Betania.

Naturalmente, la resurrección de Lázaro había provocado la curiosidad: un muerto que resucita no es algo común. Y como el ruido se difunde, la curiosidad despierta inmediatamente. Quieren saber los detalles, y se precipitan al lugar. Quieren verificar el acontecimientoy todo eso provoca un ambiente de sensación alrededor de la persona de Jesús. Y como las autoridades están desde hace tiempo al acecho, deciden terminar de una vez y la curiosidad provocada por la misma resurrección de Lázaro va a precipitar los acontecimientos.

Parece que las causas exteriores y las interiores coinciden y que, en cierto modo, Jesús se deja llevar por los acontecimientos y que las autoridades mismas en razón del desarrollo extraordinario de su popularidad deciden acelerar las cosas.

En efecto, sabemos que, con la mayor prudencia, Jesús ha rehusado hasta ahora presentarse como el Mesías, que ha rehusado el título, que lo ha revelado solo a sus apóstoles – o mejor, que los llevó a adivinar el sentido de su misión y a reconocerle la calidad de Mesías en una circunstancia totalmente excepcional y prohibiéndoles decir nada a nadie.

Conociendo todas las interpretaciones materiales que habrían indudablemente dado a ese título y como ya había tantas ilusiones, tanta incomprensión respecto de él, quería reservar hasta el último momento el reconocimiento de una misión divina que realizaba justamente la espera suscitada desde siglos por los profetas. Y siente que todo un concurso de circunstancias le hace entrar en el juego en este momento, ya que la muchedumbre se forma y el entusiasmo es delirante ya que el tumulto no deja de crecer y estallan las aclamaciones. ¡Ha llegado el momento! Jesús va a entrar en ese juego irrisorio, monta en el asno y va a entrar a la Ciudad santa, va a recibir las aclamaciones de las que sabe muy bien que dentro de unos días terminarán en su muerte.

Y justamente Juan nos hace sentir los acontecimientos muy concretamente: la resurrección, el ruido que se difunde, la muchedumbre que se forma, los curiosos que afluyen de todas partes, el desfile que se organiza, el asno encontrado justo en el lugar previsto, los homenajes, los gritos, la actitud del sanedrín, la decisión de las autoridades de acelerar el acontecimiento y, en medio de todo eso, unos extranjeros que llegan a Jerusalén para la gran peregrinación y desean ver a Jesús y que como hablan griego se dirigen a unos apóstoles que hablan griego, Andrés y Felipe, los cuales los llevan a Jesús: “Maestro, ellos desean, ellos piden verte”.

Entonces Jesús, sin ilusiones, revela que justamente, si se presta a esa manifestación es porque todo está perdido, porque el fracaso es definitivo, no ha convertido a nadie, y ya es hora de morir.

Y lo dice con esas palabras admirables: “Si el grano de trigo no muere, si no cae en tierra, no da fruto” (Jn. 12, 24). Para que haya cosecha, el grano tiene que ser arrojado al suelo, tiene que morir y resucitar. Su destino es morir, su destino es fracasar. Su destino es ofrecerse y revelar a Dios, en la muerte.

Y en ese momento, anticipando el relato de la agonía de los sinópticos, el Evangelista san Juan nos muestra a Jesús estremecido de dolor al considerar su muerte, pidiendo al Padre si no puede evitar esa hora, y recapacitando en seguida: “Vine precisamente para esta hora, para que todo se cumpla, pues ahora el príncipe de las tinieblas va a ser vencido”, ahora se libra el inmenso combate, ahora se va a revelar Dios con su verdadero rostro, que es el rostro del Amor.

Y así entramos en esta Semana Santa de manera infinitamente profunda, mediante el Evangelio de San Juan que nos hace comprender en seguida que esa procesión irrisoria, ese triunfo popular de un día es en realidad el preludio de la catástrofe, el preludio de la Pasión, de la derrota y de la muerte.

Justamente, eso nos introduce en el espíritu de los días que vamos a vivir. Justamente, eso imprime en nosotros el rostro del verdadero Dios, del Dios escandaloso e imprevisible, del Dios que el pueblo va a rechazar, del Dios que los apóstoles mismos rechazan. En fin, ¿cómo imaginar que la salvación pueda realizarse en la derrota? ¿Se puede imaginar que la Omnipotencia de Dios acabe en catástrofe? ¿Se puede imaginar que siglos de espera, siglos de profecías, siglos de esperanza, terminen, dónde? ¡En la muerte misma del que debía salvar todo? ¡Es una locura!

Es, además, lo que dirá San Pablo magníficamente: "Nosotros anunciamos a Cristo crucificado, ¡escándalo para los judíos y locura para los griegos, pero para nosotros, Sabiduría y Luz de Dios!". ¡Y es verdad! ¡Precisamente nuestra felicidad es presentir hoy que es necesario cambiar de dios! Que es necesario dar a Dios, no el rostro de faraón, de dueño que tira los hilos de la historia, sino que debemos descubrir a Dios como Amor escondido dentro de nosotros, como un Amor frágil, un Amor desarmado, como todo Amor. ¿Es que el amor se impone ? ¿Puede forzar o amenazar? ¿Puede el amor castigar? ¡No! El amor no puede sino ofrecerse, sólo puede esperar y si fracasa y sigue siendo el Amor, solo puede morir por aquél que rehúsa amar.

Pues para romper la piedra del corazón, para abrir la terrible prisión en que estamos todos encerrados, no hay sino una llave que es la del Amor: y Jesús sin ilusiones, Jesús que sabe que él es el grano que debe morir, Jesús que comprende que ha llegado la hora suprema del combate, Jesús se ofrece efectivamente desde ahora a la plenitud de su Pasión, se ofrece desde ahora a la catástrofe y nos revela desde ahora el verdadero rostro de Dios: un Dios que nos está confiado, un Dios que nos está esperando a cada uno en lo más íntimo de nuestro ser, un Dios que puede morir porque es el Amor y que todos nuestros rechazos de amar no pueden sino crucificarlo.

Recojamos pues interiormente esas palabras que han atravesado los siglos y que son tan admirables: "Si el grano no muere, si no es arrojado al suelo para que muera jamás habrá cosecha".

Y recogiéndonos ante ese don único que es el don del eterno Amor, pensando en el fracaso magnífico, en esa vida que termina en completa derrota, en ese maestro que no hizo ni un discípulo, que es víctima de todas las confusiones, cuyas palabras todas fueron mal entendidas, escuchemos la Palabra que ya no es discurso, la Palabra que es él mismo, la Palabra que es su Presencia, la Palabra que es su Amor, la Palabra que es su corazón que late dentro del nuestro.

Y sigamos esta Semana Santa simplemente mirándolo, desviando nuestra mirada de nosotros mismos, aprendiendo de repente que el único mal está en apegarnos a nosotros mismos rehusando amar y que el único bien es salir de nosotros mirando al Amor que está dentro de nosotros y que no dejará nunca de esperarnos.

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