Con la amable autorización del Sr. Antonio SCHÜLE, publicamos la transcripción de su conferencia pronunciada en N. Sra. de Gracia, en Roschefort del Gard, el 13 de marzo de 2012.

Plan de esta charla de cuaresma de 2012 :

Intención

Breve biografía de Mauricio Zúndel

¿Qué Dios?

¿Qué Iglesia?

Consecuencias y «conclusión»

Preguntas y discusión

Intención

Para mí, compartir con Ustedes las reflexiones de M. Zúndel sobre cuestiones fundamentales de la fe representa un doble placer: primero, hacer conocer el pensamiento de un teólogo, y segundo el de alguien que fue y sigue siendo mi compañero espiritual.

El año pasado había subrayado yo la importancia que atribuye Zúndel al hecho de descubrir la presencia de Dios dentro de nosotros y de los demás, pues todos debemos llegar a ser un reflejo vivo de Dios, no ser un vidrio opaco sino que, como un vitral, dejemos pasar la luz de Dios, con todos los matices y diversidades propias de los colores del vitral. 

Dos preguntas están estrechamente ligadas : ¿Qué Dios ? ¿Qué Iglesia ? El título puede parecer provocador pero en fin de cuentas, una falsa visión de Dios conduce a una percepción errónea de la Iglesia, e igualmente, un conocimiento imperfecto de la Iglesia provoca rechazo de Dios. Las dos preguntas son importantes tanto para los creyentes como para los no creyentes porque, aunque parezca sorprendente, algunos creyentes pueden difundir, de buena fe, falsas imágenes de Dios las cuales explican a veces, al menos parcialmente, el rechazo de Dios por parte de los no creyentes (en la medida en que se basan en testimonios de creyentes). Es pues necesario darse un tiempo de reflexión sobre las dos preguntas durante este tiempo de cuaresma. Haré solo unas consideraciones que pueden suscitar diversas reflexiones o preguntas en ustedes, sin pretender agotar el tema en unos minutos.

Mis palabras serán lo más sencillas posible, sin invocar grandes nociones de teología. Me contentaré a menudo con dar la palabra a Mauricio Zúndel, sugiriendo a veces, por honradez intelectual, alguna lectura más personal.

A Zúndel le gusta suscitar la reflexión sin querer dar respuestas perentorias, con el fin de que cada uno pueda formarse libremente su propia opinión, confrontando lo que dicen unos y otros, siendo los Evangelios la única referencia preponderante. Eso pasa muy amenudo por la etapa decisiva que consiste en plantear las preguntas correctas, y cada uno tiene que encontrar sus propias respuestas a la luz del Nuevo Testamento, de los Evangelios.

Mauricio Zúndel (1897-1975): breve biografía

MZ vino al mundo el 21 de enero de 1897 y nació a la vida eterna el 10 de agosto de 1975.

Mauricio Zúndel es un sacerote suizo, original y más conocido después de muerto que en vida. Su cultura literaria es grande: le gusta citar autores ingleses, franceses, alemanes que trataron de la dignidad humana (valor que a Juan XXIII le gustaba citar en sus escritos) y sobre el sentido que se le debe dar a una vida plenamente humana.

Es también filósofo, como lo muestra su profundo conocimiento de todas las corrientes de pensamiento que influenciaron su época: Camus, Sartre, Nietzche entre otros. Evidentemente, no comparte sus conclusiones pero comprende sus búsquedas intelectuales que los llevan a callejones sin salida, a la Nada, o inclusive a una deshumanización de la humanidad. ¡Sí ! ¡Comprender no significa aprobar!

Es teólogo y su particularidad es el rechazo del tomismo, enseñado fríamente como una especie de máquina doctrinal, pero admira los escritos de Santo Tomás.

Es sobre todo un místico realista y no bajo una forma etérea y oscura. Para Zúndel, la Iglesia es el Cuerpo místico de Cristo cuyos miembros, según los dones recibidos deberían dejar trasparentar a Dios como un vitral deja pasar la luz.

Comenzó a ser conocido por el gran público en 1972, tres años antes de su paso a mejor vida, cuando el papa Pablo VI lo invitó a predicar el retiro de cuaresma en el Vaticano, que fue prublicado en un libro intitulado ¿Qué hombre y qué Dios? Su pensamiento se construye y se vive siguiendo su lectura de los Evangelios y de los Padres de la Iglesia.

¿Cuál es su particularidad? Zúndel desarrolla una teología de la Encarnación inspirada en los Padres de la Iglesia: «La gloria de Dios es el hombre viviente y la vida del hombre es la vida de Dios» (San Ireneo). Uniendo una relación viva con Dios y un conocimiento del arte, de la ciencia y de la sociedad, el pensamiento teológico de Zúndel propone una reflexión sobre la vocación del hombre que toma conciencia de su libertad interior y del uso que hace de ella.

El hombre no puede existir sino en la medida en que no permanece encerrado en determinismos, sean culturales, sociales, o familiares, etc., y en la medida en que consiente en realizarse escuchando la Voz interior que hace posible su relación con Dios en medio de su actividad humana. Zúndel da así una definición mística del hombre a partir del Nuevo Testamento: gracias a la Palabra de Dios que libera cuando el hombre, siguiendo las huellas de Cristo, se desprende de sí mismo y se da a los demás.

La lectura de Zúndel permite releer con provecho el Nuevo Testamento (y el Antiguo Testamento en función de lo que revela el Nuevo Testamento, ¡y no al contrario! [1]). Trata todos los grandes problemas de la fe. Para los que desean volver a descubrir su bautismo o para el catecismo de adultos, es un precioso compañero espiritual en el camino de la Fe.

Su arte consiste en la manera sutil como hace que cada uno encuentre por sí mismo las respuestas ante la Fe cristiana poniéndose a la escucha de la Palabra de Dios en el silencio de su corazón y permaneciendo receptivo a la admiración ante la creación divina. El hombre es una creación de Dios llamada a volver a Dios por el nacimiento que es la muerte, la cual no es un fin sino un comienzo: la resurrección comienza cuando vivimos la Fe, así comienza la eternidad en el Amor de Dios. ¡Es ya todo un programa de vida!

El infierno existe, es el rechazo del Amor de Dios, de su Misericordia, ofrecida a todo hombre desde el momento en que se convierte, es decir, cuando se vuelve hacia Dios. Piensen en el buen ladrón, en la mujer adúltera, o en el hijo pródigo. El infierno es rehusar amar al prójimo, no comprometerse por la dignidad del hombre, es rechazar a un Dios que puede encarnarse en el hombre en la medida en que el hombre consiente pues ¡grande es la libertad de la Fe y grande también la responsabilidad de trasmitirla para que todo hombre pueda realmente escoger!

Todos hemos conocido el infierno en un momento u otro de la vida, ya sufriéndolo, ya, desgraciadamente, haciéndolo sufrir a otros, a nuestros allegados: celos, envidia, codicia, orgullo, falsas certezas que condenan, ¡todo lo cual se resume en rehusar el amor del prójimo!

Cuando confesaba, a Zúndel no le gustaba atardarse sobre las faltas: permanecía en silencio ante la toma de conciencia de la persona que expresaba con palabras su deseo de reconciliarse con Dios. Les voy a dar un testimonio personal: una vez me invitó a ponerme ante el Tabenáculo siguiendo su consejo: «Haga silencio interiormente. Abra su corazón, escuche al Señor y haga lo que Él le diga». Con esa práctica suceden cambios en la vida: es una manera de enterrar el hombre viejo para ser hombres nuevos. La fórmula «enterrar al hombre viejo» puede chocar pero contiene una gran verdad: cada día morimos un poco al hombre antiguo. Fuimos bebés, niños, adolescentes, personas maduras para llegar a ser lo que la vida ha hecho de nosotros, y para algunos, ¡lo que quisieron hacer de su vida! Cada renunciamiento es la muerte de algo para dar nacimiento a otra cosa. Para realizar eso, dejemos hablar los Evangelios dentro de nosotros. Es necesario hacer silencio, escuchar: Dios pide encontrarnos a cada instante y ¡basta quererlo y reconocerlo para que permanezca en nosotros! ¡Nuestro corazón se convierte así en tabernáculo suyo! ¡Qué exigencia, y qué misión ! ¡Se necesita toda una vida para realizarlo!

¿Qué Dios?

En la actualidad, Europa está viviendo una grave crisis espiritual, además de las diversas crisis finacieras, económias, sociales y políticas. Según mi opinión, estamos viviendo una época en que toda revolución es posible, inclusive en nuestros países llamados democráticos. Esto nos llevaría a consideraciones geopolíticas en que muy a menudo se oculta la espiritualidad, fuerza que permitió, entre otros ejemplos, a los pueblos sometidos a la dictadura soviética conservar su fuerza moral y sobrevivir a muchas persecuciones que la memoria occidental tiende peligrosamente a olvidar. Y… ¡ahí me detengo!

…¿Por qué estamos en crisis espiritual?

En los países occidentales, para una mayoría de personas, Dios se ha vuelto un mito, una leyenda para conservar en los museos de antigüedades. ¿Por qué ese rechazo de Dios? ¿Por qué el ateísmo moderno? Consideraremos esta cuestión bajo dos aspectos, el del creyente y el de los que se declaran ateos. Y subrayo que ¡el ateísmo es igualmente una creencia!

Dios visto a través de los creyentes

Sin querer culpabilizar a nadie, Zúndel hace una observación que debe hacernos pensar. Lo cito:

«Cuando hablamos de Dios sin vivirLo, Lo traicionamos, hacemos de Él un ídolo, un mito absurdo y abyecto, un límite y una amenaza y ¡uno se vuelve ateo!»[2].

Algunos Padres de la Iglesia escribieron a menudo: en vez de hablar de Dios, callemos. Sí, Dios es indecible y se necesita silencio para descubrir su Presencia en nosotros y en los demás. ¡Entonces, yo debería callarme y dejarlos en un gran silencio! Pero no lo voy a hacer porque su silencio arriesgaría ser invadido por falsos ruidos sobre Dios. Conviene identificarlos para dejar hablar a Dios en nosotros en el silencio que revela su Presencia y no para ser una caja de resonancia pasiva de mensajes mal entendidos.

En los años 60 escribía Zúndel algo que sigue siendo verdad ahora:

«El mayor peligro es hoy la falta de vida mística, la falta de unión con Dios, la falta de auténtica experiencia de Dios en las personas que hablan de Él». [3].

Para darse a conocer, Dios necesita el libre consentimiento de cada uno de nosotros y así es como la Iglesia tiene todo su sentido:

«Hoy más que nunca, Dios puede reunir a todos los hombres, curarlos de todas sus heridas y unir todas las diferencias. Y se trata de revelarLo en y a tr avés de nosotros, porque si no se Le ve, si no es una Presencia sensible, entonces el hombre permanecerá solo con sus angustias, sus egoísmos, su biología individual o colectiva, solo con sus fanatismos que matan a los demás y a uno mismo». [4].

Entonces nosotros los creyentes tenemos que interrogarnos acerca de la imagen que damos de Dios en nuestra vida de cada día. Interrogarnos primero nosotros mismos, (eso nos lleva a un sincero examen de conciencia y, normal y lógicamente, a purificarnos de nuestros pecados), con nuestra familia (¿cómo ejercer, por ejemplo, la autoridad paterna?), los allegados (ellos serán los primeros en percibir si nuestros actos corresponden a lo que decimos [5]), en la vida profesional (¿con qué conciencia realizamos nuestras actividades? ¿Simplemente para ganar un salario, o poniéndonos al servicio de los demás, desde el puesto más humilde hasta el más alto cargo?), en la vida asociativa (¿respetamos el trabajo benévolo de los demás sin dejarnos llevar por el orgullo de ejercer una función? O peor, creyendo ejercerla cuando no es el caso…) y con todas las personas que crucen el camino de nuestra vida (¿tenemos todavía la capacidad de maravillarnos por el simple hecho de haber encontrado a alguien en cierto momento o de haber podido hablarle útilmente como dictaba el corazón y con palabras justas en circunstancias que podían tener graves consecuencias?…).

¡Escuchar a Zúndel nos pone en contacto con realidades humanas y nos aleja de doctrinas etéreas!

Zúndel escandalizó a algunos de sus contemporáneos resaltando la libertad que Dios ha dado al hombre. Escuchémoslo:

«¡Dios nos hizo árbitros de su Presencia en el mundo. No puede manifestarse como libertad sino a través de nuestra libertad. Cada acto consciente nuestro lo compromete y puede abrirle o cerrarle la puerta de nuestrta historia» [6].

Entonces, Dios se nos ofrece: eso escandalizó a los que veían a Dios como un déspota. En efecto, Zúndel demuestra que: «Dios no nos domina, nos está esperando»[7]. Dios es un encuentro en el corazón de nuestra vida.

Sí, Dios habló al pueblo de Israel por medio de los Profetas en el Antiguo Testamento. Dios habló a todas las Naciones y a todo hombre en el Nuevo Testamento. Jesucristo muestra un Dios que se encarna en cada uno de nosotros en la medida en que nos dejamos convertir a él. Recuerden lo que nos dicen en la imposición de las Cenizas : Conviértase y crea en la Buena Nueva. Nuestra respuesta debería ser: Habla, tu servidor escucha y, en seguida, actuar como hombre en conciencia, según los dones recibidos. ¡Descubrir a Dios es encontrarse con Él!

¿Convertirse? ¿Qué quiere decir eso para nosotros los bautizados? ¡¡¡Recibir el bautismo hacer la primera comunión, hacer bendecir su matrimonio e ir a misa en algunas circunstancias excepcionales para alegría de la familia o para mostrarse!!! ¡No! Eso no es toda la conversión. Falta la conversión del corazón que debe ser cada día como un tabernáculo de Dios. La Fe no es un hábito que nos cubre sino que debe ser cada día una llama interior que arde e irradia el Amor de Dios, quemando las escorias de nuestros rechazos de Dios para calentar a los demás y a nosotros mismos.

La conversión es un trabajo de cada día. La palabra trabajo viene del latín tripalium que significaba tormento, suplicio que se administraba con tres estacas. Ese trabajo no es pues muy reposante: es cuestión de escoger. Tenemos total libertad de escoger el camino que vamos a seguir, los instintos, no tan fáciles de controlar, o el camino de Dios, exigente pero liberador. Y esa elección hace toda nuestra libertad de hombre, de hombre que se ha de crear cada día de vida que nos queda. La conversión exige esfuerzos, autenticidad, cuestionamientos, renuncias siguiendo una voluntad libre de obrar o no conforme a lo que Dios nos dice en el corazón. ¿Queremos escuchar su voz y conocer los gozos del Amor de Dios, o renunciamos a ello para replegarnos sobre nuestro yo egoísta y posesivo y satisfacer las pulsiones o las ambiciones humanas?

 

 

Dios visto por los ateos

De manera constante y en múltiples ocasiones, Zúndel se preguntó por qué gran parte de los intelectuales de su época rechazan a Dios. Reconoce sus talentos de escritores y pensadores y muestra sus errores de análisis. No olvidemos que el ateísmo del siglo XX fue en gran parte consecuencia de los horrores de dos guerras mundiales, de dictaduras (Hitler y Stalín, sin olvidar a Mao y todas las masacres debidas a ideologías que tuvieron defensores inclusive a veces dentro de la Iglesia… Hubo también las bombas de Hiroshima y Nagasaki, lanzadas por los Estados Unidos, un país que se dice faro de la civilización occidental y símbolo de las virtudes de liberad y democracia, donde los indios sufrieron verdaderos genocidios ya en el siglo XIX, ¡por parte del país que proclama el derecho de los pueblos a disponer de sí mismos !).

Vale la pena pensar en esto en la medida en que, inevitablemente, en conversaciones sobre Dios que pretenden seriedad, vuelven siempre los mismos argumentos: ¿Por qué permite Dios esas cosas? Y en vez ce considerar el mal provocado por el hombre, hay quienes se descargan culpando a Dios. ¡Es un escándalo! No atribuyamos a Dios el mal que es fruto del mal uso que hacemos los hombres de la libertad que Dios nos dio. Cito a Zúndel para comenzar este segundo aspecto que someto a su atención:

«¡Todo el ateísmo moderno rechaza a Dios! ¡Todos esos grandes talentos, Marx, Sartre, Camus[8] rechazan a Dios!

Porque lo ven ¡como un faraón, como un límite para el hombre, como prohibición, como barrera! Como lo derscribe Sartre en esa frase lapidaria y terrible : «Si Dios existe, el hombre es nada». Todos tienen un sentimiento muy fuerte de que para que el hombre se mantenga de pie, si quiere ser creador y correr una aventura que valga la pena, sólo debe contar consigo mismo y no recurrir a ese Dios que nos evita todo trabajo y todo esfuerzo creador porque todo lo ha hecho ya y la suerte está echada, ya que nuestro destino está eternamente predestinado! Y reivindican su ateísmo en nombre de la actividad humana, para que el hombre sea plenamente él mismo, para que logre toda su grandeza, para que sea realmente creador!»[9]

Este ateísmo es comprensible ya que se basa en una falsa imagen de Dios, procedente de una lectura incorrecta del Antiguo Testamento, muy a menudo acreditada en otras épocas y por largos períodos dentro de la Iglesia misma. Por eso, Zúndel dice a todos los ateos:

«Estamos absolutamente de acuerdo con el mundo moderno que no puede pensar en Dios viéndolo bajo ese aspecto de gran faraón; ¡ya no podemos aceptar que Dios sea un Narciso a escala infinita! Y si nos repugna y nos parece detestable ya que un hombre se adore a sí mismo, todavía menos podemos imaginar la perfección divina como gravitación en torno a si mismo. Si Dios fuera, como pensaba Nietzsche en su rebeldía, un poder del que dependemos radicalmente y que nos impone su voluntad sin comprometers de algún modo con nosotros, si Dios fuera un ser solitario que goza etrernamente de sí mismo, si Dios estuviera solo y reportara todo a sí mismo, no entenderíamos por qué, si no tiene diferencia significativa respecto de nosotros, estando fijado como nosotros en un yo centrado en sí mismo, no se entiende por qué él sería Dios y nosotros no!»[10]

Refiriéndose a los Evangelios y en especial a San Juan, Zúndel dice y redice que Dios es Amor, como lo proclamaba ya san Francisco de Asís. Pero queda por decir lo que eso significa. Lo cito:

«Es necesario cambiar todas nuestras ideas sobre Dios…: Dios es Amor y solo Amor, Dios se da y no puede hacer otra cosa que darse.

Ser Dios ya no significa dominar y tener el poder de aplastar a los demás, ser Dios significa darse sin medida, despojarse eternamente… Porque Dios es todo Amor, porque no guarda nada, porque la respiración de su ser es la generosidad, por eso surge la Creación y constituye a la vez un secreto inagotable y un llamado infinito al amor»[11].

Cuando decimos en el credo «Creo en Dios todopoderoso», no se trata del poder de un despota, de un Júpiter que arroja suertes desde el Olimpo sobre los seres humanos, no: es un Dios todopoderoso en Amor. Encontremos esa fuente esencial: la Misericordia divina que se nos ofrece en todo instante y que tenemos la libertad de recibirla o de rechazarla. Cada vez podemos decir interiormente «Creo en Dios todopoderoso de Amor,… »: ¡pensemos en Cristo en el lavatorio de los pies! La más hermosa demostración de la dignidad del hombre, hecha por el Hijo de Dios, inclusive de los que tengan miedo… ¡Hermosa prueba de confianza que nos otorga Dios! Sepamos permanecer dignos de ella.

Así, para revelar la Presencia de Dios en nosotros, hay que despojarnos de nosotros para darnos a los demás : una madre en el hogar renuncia a sus actividades, y hasta a una vida profesional gratificante, para darse a su familia en tareas muy cotidianas y humildes. Un padre de familia se entrega al trabajo, no por sí mismo sino por los suyos y para hacer de su actividad un don para la sociedad. Un responsable se da a su función no como autócrata lleno de orgullo, sino al servicio de los demás en una misión recibida para todos y no para sí mismo o para culto personal.

Entonces, cada uno de nosotros puede revelar la Presencia de Dios en sí mismo:

«En la raíz del ser uno debe darse, ser uno mismo y solo puede serlo mediante el don de sí, como Dios que solo es Dios por su perfecta ofrenda en la eterna Trinidad»[12].

Trinidad es una palabra que ha perdido su sentido para muchos cristianos de Occidente. Entre ellos están todos los que no creen ya en la Resurrección – y lo he constatado estupefacto al acompañar familias en duelo. La Trinidad les parece algo extraño de lo cual es mejor no hablar. ¡Entonces, hablemos!, porque es esencial para el que aun se signa con el signo de la cruz pero ya no sabe qué es la Trinidad.

La Trinidad para algunos pasa como algo incomprensible y otros, como los musulmanes, dicen que eso es simple politeísmo. Mediante dos citas de Zúndel que voy a leer dos veces, la primera vez para dejarlos sorprendidos con sus palabras y la segunda para que puedan pesar lo que dice:

«La Trinidad significa que Dios no es alguien que se mira y torna en torno a sí mismo, alguien que está lleno de sí, sino al contrario, Alguien que se entrega. Eso quiere decir que Dios no es solitario, que no contempla un rostro que se repite en un terrible narcisismo»[13].

«En la Trinidad, el Padre está ante el Hijo, el Hijo ante el Padre en el abrazo del Espíritu Santo. Eso quiere decir que Dios es comunión, respiración de amor, despojamiento, infancia eterna, nacimiento inagotable, en fin, Pobreza insuperable como lo adivinó tan perfectamente Francisco»[14].

Volvamos a leer este texto, teniendo en cuenta que todos estamos llamados a ser hijos de Dios por el bautismo y por celebrar la fiesta más hermosa para los cristianos después de Navidad, Pentecostés. Eso es lo que hace que seamos hermanos y hermanas en la Fe y que formemos en la Iglesia el cuerpo místico de Cristo. El Amor de Dios debe unirnos a los cristianos más que los lazos de la sangre, y eso vale para todos los hombres, para todas las naciones. Ya no hay pueblo elegido, cada uno es elegido de Dios que se deja aceptar o rechazar porque respeta nuestra libertad de conciencia: es el don total de Dios al hombre al cual desea libre.

Sin agotar la cuestión planteada : ¿Qué Dios?, voy a terminar esta parte con estas palabras de Zúndel:

«Todo se vuelve luminoso a partir de la Trinidad.

Todo se explica con la confidencia única que nos hace Jesucristo y que nos libera del Dios Causa primera de todo, del Dios dominador y aplastante, del Dios dueño y propietario que deja caer para nosotros unas migajas de su mesa y nos castiga por el más pequeño paso que damos hacia adelante. ¡Ese es un dios falso, un ídolo!

Y en adelante, por fin podemos respirar porque Dios, el único Dios verdadero, no llega a nosotros sino como Amor, el Amor que nos toca con su Amor, Amor tan grande e infinito que no podemos llegar a Él sino por medio de nuestro amor»[15].

Dios no quiere el mal: él es el primero en sufrir el mal como una madre sufre ante su hijo si algo le duele.

«¿Cómo se puede pensar que el amor de Dios sea menos maternal que el amor de una madre, si todo el amor de todas las madres, inclusive el de la misma Santísima Virgen solo es una gota del océano de ternura maternal de Dios?»[16]

«Dios no quiere el mal. Él es su primera víctima. Y si el mal existe, existe en la medida en que Su amor no es recibido, en que su amor es desconocido y rechazado, porque el mundo – en su armonía y su belleza – solo puede constituirse en el diálogo de amor en que Dios comunica con nosotros, y nosotros con Él».[17]

Cada día, Dios nos invita a nacer un poco más a Su Amor a fin de que nuestro último instante en la tierra sea el nacimiento completo en Dios: ¡esa es la eterna juventud ! Recuerdo haber encontrado religiosos y religiosas y practicantres de edad avanzada en altos valles de montaña: eran jóvenes de corazón y eso borraba sus arrugas; ¡tenían una llama interior que se podía percibir al encontrarlos! Simplemente se sentía en ellos la Presencia de Dios, y ¡qué bueno era eso! Al encontrarlos uno percibe en ellos la divina Presencia; eso se comunica. En ese sentido, ¡son santos!

¿Qué Iglesia?

Para todas las generaciones, desde el origen del hombre hasta ahora, tanto a través del Antiguo Testamento como en los Evangelios y la historia de la cristiandad, la gran cuestión es la relación existente entre el individuo y las diferentes colectividades que son la familia, la escuela, la ciudad, la nación, la profesión y, claro está, la religión.

Todo hombre se sitúa en relación con los demás:

«El hombre es un ser social, […] tanto que no cesa de referirse a la imagen que los demás se hacen espontáneamente de él o que desea imponerles»[18].

El hombre actúa cada día en función de valores generalmente reconocidos por los demás y esperando retirar de ello algún beneficio. El conformismo es un fenómeno sorprendente en nuestro tiempo: el no conformismo es también conformismo muy apreciado, «de mucha clase» como dirían algunos. A veces las pasiones o las fuertes pulsiones le hacen rechazar sus valores: en nuestra época, hay siempre expertos y «especialistas» para justificar lo injustificable, desresponsabilizando muy a menudo al hombre, echando la culpa a otros, a la sociedad por ejemplo. ¡Qué práctico! Parece el patio de recreo escolar, cuando un niño hace una tontería y dice : «¡No fui yo, fue otro!» Y hay gente muy seria que no obra mejor en la edad adulta. Vivimos con frecuencia bajo la mirada de los demás: eso puede impedirnos ser verdaderamente hombres y dejar hablar el corazón. El temor del juicio de los demás, el miedo de ser rechazado por expresar una idea direrente de lo ordinario, aunque sea motivada por la conciencia. Vivimos en una sociedad de timoratos que prefieren dejarse llevar por las opiniones del momento, sin preocuparse por la verdad y los valores que humanizan al hombre en vez de hacer de él una máquina de producción.

Algunos se emancipan de la familia para entrar en una banda de amigos; otros se refugian en la vida profesional y no conocen otra cosa que su trabajo, lo único que cuenta. Otros se refugian en un paraíso artificial cuando tienen con qué, y existen otras soluciones extremas. Existen diferentes maneras de huir y todas expresan una huída de sí mismo. Ahí debemos cuestionarnos sobre las pasiones individuales.

La historia presenta casos aun más trágicos en que el individuo está atado en grandes pasiones colectivas, por ejemplo la URRS, la China y ciertos estados suramericanos que hicieron estragos o los están haciendo, ante cierta indiferencia de Europa, y con lo que yo considero como complicidad tácita, que me choca y me hiere.

Pensemos en todas las revoluciones que han marcado los pueblos del mundo y en la manera como han sido vividas:

«Una revolución puede influenciar más profundamente la conciencia por cuanto el individuo se compromete. Si triunfa, […] todo cambia: los jueces son juzgados, los condenados condenan, los subordinados mandan. Los valores de antes son imputados al crimen y la ideología del día se impone como criterio único de legitimidad. La más pequeña «desviación» puede hacer sospechoso y mobilizar la opinión contra los «complotadores», mientras se les arranca confesiones que atestiguan de la verdad absoluta de la «línea» impuesta por los que están en el poder».[19]

Esto vale para toda revolución, legítima o no, de tipo estaliniano o hitleriano, poco importa. Lo que nos interesa es el condicionamiento social del hombre que se cree libre pero no lo es. La sociedad dispone de su vida (el soldado enviado al frente sin que consulten su opinión), de sus bienes (con impuestos más o menos justos o hasta con ausencia total de propiedad) e impone opiniones o decisiones sin respeto por la libertad de conciencia. Caso práctico: los impuestos que todos pagamos de una u otra manera, financian a veces actos, proyectos que rehusamos en alma y conciencia. ¿Qué libertad nos queda? Las resistencias legitimas se ignoran adrede y el simple hecho de pensar de modo diferente desencadena pasiones hostiles a menudo de parte de los que proclaman la libertad de palabra pero la otorgan solamente cuando les da razón. Nuestra autonomía se ve reducida y cada vez más nos convertimos en engranajes de un organismo colectivo que nos rebasa. ¿No hay de qué inquietarse?

En este contexto realista, propio de su tiempo, que Zúndel resalta con fuerza en sus escritos, (notamos que sus palabras son de actualidad, hasta diría que la situación ha empeorado), conviene interrogarse sobre la misión de la Iglesia.

La Iglesia tiene una larga historia que no ha sido siempre ejemplar cuando se ha alejado del mensaje del Evangelio. Pero no confundamos la Iglesia de Jesucristo con las fallas de los hombres de Iglesia. Que las fallas de algunos no nos hagan olvidar los maravillosos y múltiples beneficios que la Iglesia ha podido, puede y podrá asegurar en el mundo entero y a larga duración. Ante la historia de la Iglesia conviene permanecer objetivo y rehusar cierto culpabilismo, de buen tono en los medios mundanos, para declararse cristiano o católico. Algunos tienen motivaciones ideológicas para no ver sino lo negativo en la vida de la Iglesia: es su decisión. No caigamos nosotros en ese través, ni creamos tampoco que todo ha sido perfecto. Eso sería igualmente tonto. Yo, como historiador, personalmente y habiendo acompañado familias en dificultad, he observado todo el bien que aporta la Fe.

El nacimiento del cristianismo pone a la vista a hombres y mujeres que han seguido la Palabra de Dios en total libertad y sufriendo a menudo persecuciones y rechazos. Pero el cristianismo, como otras religiones, ha sido a veces recuperado por los que tienen el poder del Estado. Esta situación oficial ha comprometido a veces su imagen pero ha permitido a veces humanizar ciertas instituciones. Por ejemplo, el nacimiento del cristianismo en Francia y su conversión que dio origen a una magnífica Edad Media y a una contribución preciosa al Renacimiento europeo (que tanto debe a las universidades medievales ya que cultura y fe no se oponían entonces, al contrario de lo que se ha infiltrado en las mentes de ahora por razones evidentes). Algunos responsables de la Iglesia rehusaron a veces un compromiso personal y místico y prefirieron ser funcionarios al servicio del poder civil. Eso perturbó la imagen de la Iglesia pero nadie puede considerarla a través de esas personas. La separación de los poderes civil y religioso tomó tiempo. Así como ahora es aun difícil separar los diferentes poderes de un Estado y del partido político responsable del gobierno en función que no debería influenciar los nombramientos de los magistrados de los altos funcionarios, de los administradores de sociedades… etc., etc.

No olvidemos pues a los Atanasios[20] o los Crisóstomos [21] que supieron oponerse a los poderosos de la época. El cristianismo ha sido al menos, en el curso de su historia, una tutela moral capaz de proteger al individuo contra sí mismo, endigando sus instintos: ¡eso no ha sido malo! Más de una ley es fruto del cristianismo. ¿Por qué no decirlo? Las guerras dichas de religión revelaron los malos usos que los hombres pudieron hacer de la religión. Eso no desacredita el mensaje de Cristo. Eso no hace sino mostrar que el hombre ha sido sordo a la Palabra de Dios. ¡Y no es lo mismo! Sí, aun mañana algunos van a utilizar la religión para su ideología personal y su sed de poder. Los cristianos deben permanecer vigilantes para que eso no suceda de nuevo. Pienso en la manera como los Estados Unidos utilizan tan fácilmente a Dios en causas en que lo que motiva su acción es solo ampliar un poder, extender una zona de influencia, un poder económico. Dios, democracia, libertad, son palabras que pueden ocultar males!

Pero en toda la vida de la Iglesia, inclusive en las horas más oscuras, hemos visto regularmente hombres que revelan Su Presencia en nuestras vidas. Pienso en todos los santos conocidos a los cuales hay que sumar todos los que siguen desconocidos, que actuaron con discreción, en la humildad sin buscar reconocimiento u honores. Sí, los hubo y los habrá. ¡Gracias a Dios ! Añadamos la masa de cristianos que no han cesado de seguir en su vida las huellas de Cristo, cayendo a veces, pero ¡cuántas semillas de Fe pudieron sembrar !

¿En qué libera al hombre la Fe que defienden los dogmas[22] de la Iglesia? No pone fronteras entre los hombres. No se dirige a un pueblo elegido sino a todas las naciones. Nos abre al amor ilimitado de Dios. Nos libera de todas las servidumbres de las condiciones sociales: la Fe habla al rico y al pobre, al dueño y al servidor, al sabio y al ignorante. La Fe no nos reduce a ser objeto, a una clase, evacúa nuestro yo posesivo para ser yo oblativo: mi individualidad está al servicio de los demás, «manifestando a Cristo» como dice san Pablo.

Cristo nos enseña a desprendernos de nosotros para encontrar la verdadera naturaleza de hombre que se expresa por la generosidad, el don de sí, sacándonos de nuestras codicias, de nuestros instintos posesivos, de los bienes terrestres. Pensemos en Jesús que lava los pies: los apóstoles presentes no entrendieron en ese momento la fuerza de ese acto. Lo más maravilloso de la escena que debemos grabar en el corazón es el gozo del don de sí que constituye la felicidad de Dios.

«Viviendo a Jesús en nuestro ser asimilamos la luz que es Él » [23]

«El que no se desprende de sí al contacto con Jesús no puede pretender haberse encontrado con Él y se equivoca sobre la esencia misma del testimonio apostólico que consiste en vivir a una persona»[24] y no en una concepción del universo que se comenta, en una de tantas doctrinas filosóficas...

Estar con Dios es un encuentro con él en la vida y poco importa la profesión que uno tenga, el estrato socio-económico, el rango: así es como formamos el cuerpo místico de Cristo, llamado Iglesia. Ser cristiano es pues hacerse Iglesia, hacerse universal: eso significa la palabra católico. Debemos rehusar los particularismos que quieren dividir a Cristo como lo subraya san Pablo en la carta a los Corintios.

«Por su estructura misma, la Iglesia podría mostrar el camino si mostrara en cada uno de nosotros su verdadero rostro, si nosotros renunciáramos a ser parásitos [25] para ser creadores, si creyéramos de verdad que el Reino de Dios es, en cada uno, el espacio de generosidad – que se debe conservar a todo precio – donde pasa el eje del universo del cual estamos encargados y de donde brota el himno de la alegría»[26].

La economía estaría entonces al servicio del hombre; la libertad ya no estaría en la libertad sexual envilecedora, única que parece esencial en nuestra época, sino en la oportunidad de liberarse de sí en beneficio de todos; la sociedad permitiría a cada uno hacerse hombre de verdad en la soledad indispensable y abierta a los demás, oblativa e inviolable a la vez, permitiendo una comunión universal. Eso sería encontrar el lazo verdadero entre la personas, respetando su interioridad y la sociedad que sería como la respiración de una comunidad llamada Iglesia.

Iglesia sacramento comunitario: Cristo no cesa de hablar de amor a la Iglesia, su cuerpo místico. Cada uno de los sacramentos lo revela: los sacramen tos son gestos y palabras.

En el bautismo, Cristo nos da la vida, desaltera nuestra sed y nos purifica de los pecados. En la confirmación, Cristo nos asegura su Presencia permanente y nos da la audacia para proclamar la Fe. Hago notar que a nosotros los cristianos nos falta a menudo audacia para afirmar nuestra Fe. En la Eucaristía, nos dice «Este es mi cuerpo entregado por vosotros». El es alimento para el alma y se ofrece en lo más íntimo de nuestro ser, en el ser interior y no solo en apariencia. Con el sacramento de reconciliación, Cristo nos da testimonio de la Misericordia de Dios. La ternura de Dios aparece en el sacramento del matrimonio por la expresión de la ternura de los esposos que no desean poseer al otro sino dársele sin medida y sin límites. En el sacramento del Orden, Dios se entrega a través de sus ministros que se ponen al servicio de los hombres. En el sacramento de los enfermos, Cristo nos acompaña en los sufrimientos, más aún, sufre con nosotros, en nosotros. ¿Cómo podría el corazón no sentir algo en frente de tanto amor?

Habría que tener un corazón de dura piedra para no percibir su Presencia. Seamos alegres viviendo en el amor de Dios vencedor de la muerte. Regocijémonos por avanzar cada día hacia la eternidad prometida y que, consiste en fundirnos en Dios al final: nuestro verdadero y definitivo nacimiento en Dios se prepara a cada instante de la vida.

Consecuencias

Las consecuencias del pensamiento zundeliano son grandes y no me corresponde formulárselas : Zúndel mismo no se lo habría permitido. Pero cada uno de ustedes tiene la posibilidad de pensar en ello durante este tiempo de cuaresma.

Conclusión

Esta palabra es excesiva para lo que yo les propongo, pues mi conclusión no concluye nada sino que desea más bien abrir una discusión, una reflexión.

¡Callemos ! Escuchemos a Dios que está dentro de nuestro corazón y nos habla por medio de los Evangelios. Después, es sencillo : ¡hagan lo que él les diga! ¡Seamos lo que estamos llamados a ser dejando nacer a Cristo en nosotros! Sepamos dar testimonio de nuestra Fe, dejando trasparentar la luz de Dios.

Quedo a su disposición para toda pregunta o simplemente, para todo intercambio.

Antonio Schülé

La Tourette

F-30 200 Saint-Gervais.

Tél. : 09 53 14 25 86

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[1] Fuente de muchas confusiones y de falsas imágenes de Dios.

[2] Maurice Zundel : Un autre regard sur l’homme. Textos seleccionados por Paul Debains. Sarment éd. du Jubilé. 2005. 380 p., p. 39, ci-après cité ARH D.

[3] ARHD p. 42

[4] ARHD p. 41

[5] Una imagen ilustra este tipo de persona: el indicador de direccion que, en efecto, muestra el camino pero no lo sigue.

[6] ARH D p. 46

[7] ARH D p. 48

[8] Zundel tuvo correspondencia con Camus y tiene una mirada cristiana sobre su obra: Dios no crea el mal o el sufrimiento, Dios sufre con quien sufre y sufre de nuevo la crucifixión con quien hace el mal.

[9] ARH D, p. 67

[10] ARH D, p. 68

[11] ARH D, p. 73

[12] ARH D, p. 74

[13] ARH D, p. 76

[14] ARH D, p. 76

[15] ARH D, p. 79

[16] ARH D, p. 238

[17] ARH D, p. 239

[18] Maurice Zundel : Hymne à la joie. Ed. Anne Sigier. 1992. 156 p. Aquí locitamos como HJ. P.1 17

[19] HJ p. 119.

[20] En el Concilio de Nicea, en 325, que declaró al Pade consubstancial con el Hijo (es decir que el Padre es de la misma naturaleza que el Hijo), Atanasio se opuso a Constantino (detentor del poder político) que quería seguir a los cristianos orientales que afirmaban que el Padre es mayor que el Hijo por ser no engendrado mientras el Hijo es engendrado. Por eso, Atanasio fue desterrado por el poder temporal.

[21] Se trata en verdad de Juan: en 405, rechazado por el poder civil y religioso, fue deportado y murió en una fosa pero fue rehabilitado después. Hubo otros…

[22] Zúndel presenta reflexiones muy útiles sobre los dogmas.

[23] HJ, p. 125

[24] HJ, p. 125

[25] Subentendido de la Palabra de Dios.

[26] HJ, p. 131

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