Carta, mayo de 1930.

Mauricio Zúndel está en Londres y escribe a las oblatas benedictinas de Ginebra.

«Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto». (Mateo 5:48)

Estas palabras se leen, como ustedes saben, al final del cap. 5 de san Mateo. Deben ser abrumadoras para el que las tome en serio y las escuche como dirigidas a su persona.

- ¿No es eso sobrehumano? - Sí, es sin duda sobrehumano, sobrenatural y propiamente divino, como debe serlo nuestra vida. - ¿Y es verdad que nuestra vida es divina?

Que cada uno dé su respuesta. ¿Es verdad que al vernos cada uno piensa: ahí está Dios? O bien, ¿no se dicen más bien los hermanos: es exactamente como los demás, egoísta, estrecho, malo?

Esa es seguramente nuestra conclusión después de una simple mirada hacia nosotros a la luz del formidable mandamiento: «Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto».

¿Quién nos salvará entonces de la repugnancia y el desánimo?

Esas Palabras de Jesús, que siguen después al final del capítulo 6 : «No se preocupen entonces por el día de mañana: el mañana se preocupará de sí mismo. A cada día le basta su faena» (Mateo 6:34)

Lo que pasó ayer ahora nos queda fuera de alcance. Lo que habrá mañana, todavía no está a nuestro alcance. Hoy es lo único que tenemos disponible. Entonces, ¿por qué cargar el día de hoy con los sufrimientos de ayer y las luchas de mañana? ¿No es suficiente ir de la mañana a la noche, y dormirse a «la sombra de Sus alas», para volver a comenzar con un corazón nuevo el día que nos dará el Señor, como una flor toda llena del rocío celestial cuyo fruto hará madurar nuestra acción en su Amor?

Hay que prever el día de mañana, claro está, y no debemos comprometerlo con las acciones de hoy, pero prepararlo en todo lo que nuestra actividad se aplique, para que mañana sea mejor que el día de hoy.

Pero no hay que vivir el mañana por anticipado, lo mismo que el niño no debe vivir como un adulto […] Puede que estemos haciendo palitos de primer cuaderno de escritura en la vida espiritual y en la vida temporal. Lo importante es que los hagamos correctamente, poniendo en ello toda nuestra fe y todo nuestro Amor.

Y mañana los haremos mejor.

Una de las mayores y más peligrosas tentaciones humanas, y una de las que menos imaginamos, es justamente la fiebre de vivir, y como de agotar por adelantado el mañana, y esa especie de desprecio del día de hoy (como si Dios nos lo diera sin motivo y sin haberlo llenado de sus Dones). Y nosotros nos conducimos como los niños músicos que quieren tocar música de Chopin o de Mendelsohn, antes de haber hecho sus gamas.

Si morimos esta noche, ¿de qué nos servirá la angustia del mañana?

Pero si hemos cumplido humildemente, el Espíritu de obediencia y Amor será quizá prueba suficiente y nos será contado como el sacrificio de Abraham, que fue consumado en Espíritu.

¿No es esa la actitud que nos pide la oración Perfecta:
«Danos hoy nuestro pan de cada día»?

¿No es esa la gran novedad del Evangelio, que sitúa la grandeza en la vida misma y no en las obras del hombre? (¿Y no sabemos todos que la sonrisa de un alma puede dar más alegría que las más bellas creaciones de pintura o de música, por ser de otro orden?).

Limitando, concentrando todos los esfuerzos en el día de hoy, sabremos sacarle la grandeza que le es propia y la perfección que conlleva. Y nuestro corazón estará intacto y como nuevo para acoger el mañana. Y conoceremos la escondida grandeza de las cosas pequeñas, y sabremos que el Reino de Dios pertenece a los Niños.

Hermano Benito (Mauricio Zúndel)

 

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