Cenáculo de Ginebra, el 3 de febrero de 1963

Señoras, Señoritas y Señores,

Ustedes conocen la posición de Camus en El mito de Sísifo y ven ciertamente las razones por las cuales, que yo sepa, Camus mantuvo hasta el final su posición: el hombre está unido a un universo absurdo. Es decir que esa unión misma es absurda, pues el hombre está unido a un universo que desconoce todos los valores humanos.

El volcán, el terremoto, la marejada, los rayos, las enfermedades, los virus desconocen totalmente los valores humanos y el cerebro de un genio es atacado por un virus exactamente como si no tuviera otra función que ser alimento para una vida inferior, y el terremoto no hace distinción entre gente virtuosa y gente que no lo es, es decir que la naturaleza desconoce completamente nuestros valores, y sin embargo nosotros estamos asociados a esa naturaleza de modo casi indisoluble, ya que ella es la que nos sostiene.

Ante esta situación, Camus mantiene una actitud rebelde, de rechazo, de protesta, en la cual ve la esencia de la dignidad humana y no se preocupa por negar a Dios u oponérsele ya que, para él, Dios no existe, pero él se encuentra en desequilibrio en un universo no humano mientras el hombre, con sus aspiraciones y valores, está necesariamente atado a ese universo.

Por otra parte, su actitud es muy sincera y noble, y es interesante compararla con la de Job que representa el mismo problema en una época mucho más antigua. En el fondo, Job es el problema del mal planteado en toda su agudeza por un hombre lleno de infortunios aunque se siente inocente. Y Uds. conocen la solución que da el libro de Job al problema que él se plantea, al problema que es: "¿Quién eres tú? ¡Un grano de polvo! ¡No fuiste tú el que creó las estrellas!" y hace una maravillosa presentación del hipopótamo y del cocodrilo, criaturas extraordinarias, que son obra de ese Dios todopoderoso, y a Job sólo le queda entrar en su polvo, y, rostro en tierra, adorar al potentado que tiene poder para aplastarlo y ante el cual debe entregar sus armas diciendo que había hablado como un insensato. Después de eso, recupera todos sus bienes. Al menos esa es la moral optimista del redactor que concluye el libro.

Es en efecto un problema de extrema dificultad, plantear el problema de Dios como creador de un mundo que ha sido mal descifrado por un hombre que no se ha realizado todavía.

Es por eso que no podemos leer el libro del Génesis sin ver en él una etapa de la Revelación, una etapa incoativa, magnífica para esa época, pero que, viéndola a la luz de Cristo, es ciertamente muy incompleta.

Entonces me parece que puedo decir con toda sinceridad que, como tuve ocasión de reconocerlo esta semana, para mí la cuestión de saber si Dios creó el mundo bajo esa forma vaga carece de sentido: para mí, esa pregunta no tiene sentido porque es necesario preguntarse primero de qué mundo y de qué Dios hablamos y es evidente que mientras no me haya encontrado a mí mismo, mientras sea biología, mientras esté dominado por un yo prefabricado del que soy esclavo, sigo siendo, a través de él, esclavo de un universo del cual llevo todas las pulsaciones.

¿Cómo podría entonces plantear el problema del origen del mundo, no habiendo resuelto el problema de mi propio origen?

Por eso pienso yo que el problema de Dios no se plantea como problema de origen del mundo y de la creación, no se plantea como problema de explicación del mundo, de este mundo revuelto que presenta tantos errores, tantas monstruosidades, tantos sufrimientos, dolores y lágrimas, y que Dios sólo puede ser conocido y encontrado en una experiencia liberadora. Sólo ahí se puede conocer el Dios de que habla Jesús a la samaritana, el Dios que brota en nosotros como fuente eterna, el Dios que es todo amor y que nos conduce al amor.

Cuando San Agustín resume su conversión como un paso de afuera a dentro: "Tú estabas dentro, pero yo estaba afuera", marca muy bien y del modo más sencillo y profundo que su conversión la vive él como una experiencia liberadora. La conversión es para él un encuentro consigo mismo, un encuentro en Otro y para él. Y en el fondo, cuando dijo en los Soliloquios: "Que te conozca" o mejor "Que yo me conozca y que te conozca", era precisamente que su conversión había realizado al mismo tiempo el conocimiento de sí mismo y el conocimiento de Dios, en un solo y único destello, en un solo y único momento, y el Dios encontrado así como clave de su intimidad, no le aparece en absoluto como creador del cocodrilo y del hipopótamo, como creador de un mundo capaz de aplastarnos por ser la aplanadora suprema: Dios le aparece como la respiración de su libertad, como el sentido mismo de su propia dignidad, como la alegría del nuevo nacimiento.

Y entonces asiste a su propia creación, pues todo lo que había antes de ese momento era prefabricado, algo que le había caído encima sin que él lo hubiera escogido. El momento decisivo, el momento de su conversión, el momento del nuevo nacimiento es un momento en que, eligiendo a Dios, se elige a si mismo, mientras surge su libertad, suspendida de la generosidad que vino a su encuentro y que hizo brotar todo su ser como puro impulso de generosidad.

Entonces Dios no se encuentra desde afuera como exterior a nuestra experiencia, sino, al contrario, como el único camino hacia nosotros mismos. "En él vivimos, nos movemos y somos" (Ac. 18:28). Desde luego, en él llegamos a nosotros mismos, en él podemos decir "Yo" de manera eficaz, dándole por fin a este pronombre un acento auténticamente personal, habiendo entrado en la relación existencial en que el hombre se hace por fin humano.

En esas horas privilegiadas, en esas "horas estrelladas", como dice Zweig, asistimos nosotros a nuestra propia creación, como asistimos a nuestra des-creación cuando volvemos a caer de ese impulso, cuando salimos de ese diálogo.

Deshacemos el mundo y se deshace la luz, el mundo deja de ser luz, deja de ser esfuerzo, deja de ser gozo en medio de la contemplación, cesa de ser alborada en nuestra mente. Todo se deshace a medida que nos deshacemos y todo se des-crea a medida que nos des-creamos, lo mismo que todo se crea cuando somos creados en el movimiento liberador en que nuestra vida toda entera es una ofrenda de amor.

No hay pues que plantear el problema de la creación antes de la experiencia liberadora sino después, o en el centro mismo de la experiencia liberadora ya que es lo mismo alcanzar la libertad existencial en que todo el ser se libera y ser creado en su dimensión humana, en su dimensión espiritual, y creo que sería de última importancia no iniciar primero a los niños en el conocimiento de un Dios creador sino iniciarlos primero en el conocimiento de un Dios liberador, de un Dios que apela a la generosidad, de un Dios que es un tesoro confiado a su amor, de un Dios que es un sol escondido en lo más íntimo de su conciencia, de un Dios que tiene necesidad de ellos para expresarse y revelarse, de un Dios cuya cuna deben ser ellos.

Creo que hay niños absolutamente capaces de entrar en esta perspectiva y, si los iniciamos en la experiencia liberadora, si entrevén a Dios como el secreto más profundo de su vida interior, como la fuente que brota en vida eterna, reconocerán y comprenderán fácilmente que todos los errores, todos los sufrimientos, todas las monstruosidades, todos los dolores, todas las lágrimas, todas las guerras y todas las muertes, no son queridos por Dios sino contrarios a su voluntad, que él los sufre, que él es su víctima y no puede hacer de otra manera pues no tiene otro poder que su amor y el amor no puede nada si nosotros no cerramos el anillo de oro de las bodas eternas.

Si nosotros no lo aceptamos, el amor fracasa sin remedio, pues en el orden de la reciprocidad, que es el único orden espiritual concebible, la plenitud de un lado no basta si la otra parte no da una repuesta igualmente entera. Se debe cerrar el círculo para que brote la vida.

Se comprende que Dios fracase y a priori podemos decir que debe fracasar justamente en razón de su perfección, si es verdad que su poder es poder de amor y no un poder que obliga.

Vemos entonces un orden evidente: mientras más brutal sea el ser, más puede forzarnos; mientras más espiritual sea, menos puede forzarnos, y cuando es totalmente espiritual, ya no puede forzarnos.

Gandhi venció a Inglaterra, dirigió a todo su pueblo durante 50 años, simplemente con su no-violencia, con su generosidad, con el poder de su recogimiento y de su amor. Pero lo pagó con ayunos, lo pagó con sufrimiento, lo pagó con su muerte pues, finalmente, fue víctima del fanatismo que él quería desarmar.

El amor es siempre impotente ante el rechazo de amor, y, como lo proclama la cruz, cuando lo rechazan, sólo puede morir de amor por aquellos que, obstinados, rehúsan amar. Por eso podemos poner como axioma que si hay un solo ser que rehúse, Dios estará eternamente crucificado.

La creación tiende a la liberación y por eso podemos preguntarnos si la acción de Dios no requiere necesariamente una mediación inteligente. Quiero decir que, como Dios es todo interior, como no tiene exterior, precisamente porque es puro amor, como Dios no tiene exterior no puede comunicar con un exterior, es decir que su acción sólo puede comunicarse con una intimidad capaz de ser respuesta de amor.

Creo que el eje de la creación es la criatura inteligente, sea cual fuere, digamos el hombre para el planeta en que vivimos, otros seres semejantes a nosotros, por ejemplo el mundo angélico en el conjunto del cosmos, poco importa, pero no veo cómo podría manifestarse la acción de Dios en el universo sino pasando por una criatura inteligente capaz de ser respuesta de amor.

Entonces, si esto es verdad, como yo pienso, para responder a una experiencia verificable, para responder a la experiencia que somos, yo creo que la criatura inteligente, nosotros, estamos enraizados en el universo, hacemos cuerpo con él y que puede crearse a través de nosotros exclusivamente, crearse como manifestación de libertad y de amor, crearse como respuesta al éxtasis de amor que es el Dios liberador, y no hay otro.

Si esto es aceptable, comprendemos mejor que, tal como se presenta en los documentos paleontológicos, se puede mirar toda la evolución de dos maneras: como creación o como des-creación. Es una des-creación en todas sus formas abortadas, en los animales colosales de 30 metros de largo, que pasaban su vida digiriendo, que tenían un cerebro pequeñito en un cuerpo inverosímil, increíblemente monstruoso, y que fueron finalmente presa de especies infinitamente más pequeñas pero mucho más centradas en un sistema nervioso central. ¿Es entonces creación o des-creación? ¿Está en un plan de creación atribuible al Dios interior, ese juego de masacres en que la vida se alimenta de la muerte? Es decir, yendo ahora al centro del problema, que si es mediador el hombre, si es mediadora la criatura inteligente, hace necesariamente parte del acto creador del Dios interior.

El primer Adán, es decir el primer pensamiento, esté donde esté y en la época que fuere, el primer pensamiento que es la edad de razón del universo, que es o debería haber sido el paso de afuera hacia adentro, de la pasividad a la actividad, yo pregunto si ese primer pensamiento no tenía función vicaria, es decir, si no representaba todo el universo, como en cierto modo lo hace nuestro pensamiento, pues todo pensamiento humano que va hasta su término está dirigido al infinito.

Cuando va hasta su término, cuando es realmente pensamiento de luz, el pensamiento humano rebasa siempre el acto que emprendemos, mira siempre más lejos, tiene en mira siempre la plenitud, la totalidad, el infinito.

Pues bien, yo pregunto si el primer pensamiento concebido en esa plenitud no tenía función vicaria y si no representaba todo el universo, tanto el de antes como el de después. Porque ustedes saben que en la perspectiva cristiana, aunque nacido al comienzo de la era cristiana de la que es el primer eslabón y que se inaugura con él, la vida de Cristo se repercute hasta los orígenes del mundo: es decir que cubre toda la historia, inclusive la de antes, como una especie de aurora que precede la salida del sol, y que todos los que se encuentran en la historia antes de su aparición histórica no fueron menos iluminados por él, vivieron de su vida y de su gracia y fueron introducidos por él en el circuito del eterno amor.

Pues bien, yo me pregunto, y estoy muy inclinado a creerlo y a admitir, justamente porque Cristo es designado como el segundo Adán (Rm. 5) que él retoma el plan primitivo, extendiéndolo, profundizándolo, engrandeciéndolo, y lo retoma para realizarlo a un nivel supremo.

Si Cristo tiene función vicaria, si él recapitula toda la historia, si él representa toda la humanidad, si él es el contrapeso de amor que re-centra toda la creación en Dios, si él es la esperanza del cosmos y de la humanidad, yo me pregunto si el primer pensamiento, el primer Adán en fin, para retomar el mismo vocabulario, si el primer Adán no tenía esa función y si su acto de rechazo, que no se sitúa en el tiempo (finalmente, los actos espirituales rebasan el tiempo, nos hacen emerger del tiempo, disparan decisiones supra-temporales), yo me pregunto si justamente ese acto del primer pensamiento, que es la primera decisión, que es el primer brote del espíritu, que es la primera ocasión de libertad, que es el primer paraíso – pues todo eso se da en un solo instante, en una sola posibilidad global – yo me pregunto si ese primer pensamiento no tenía justamente en cierto modo una acción retroactiva, y si la evolución tal como se realizó antes, y la historia como se realizó después, no están bajo la influencia, la dominación y la sombra tenebrosa de ese primer rechazo.

Pues, en fin, si Dios no es responsable – y no puede serlo, ese Dios interior, ese Dios víctima, el Dios crucificado, el Dios amor, el Dios que sólo puede tejer lazos nupciales con nosotros – si no puede ser responsable, alguna libertad tiene que haber hecho pantalla, impedir que la creación fuera armoniosa y viviera el encanto en que alimenta el profeta Isaías su visión de un mundo redimido donde el lobo y el cordero pacen juntos, donde el león y el cordero pacen juntos, en que el niño mete la mano en el nido de la víbora, la serpiente venenosa, sin correr ningún peligro (Is. 11:6-8).

Veríamos entonces mejor que el hombre tiene una situación cósmica, como estamos quizás experimentándolo nosotros ahora con los viajes cosmonáuticos hechos realidad. Vemos que nuestro mundo se ensancha, que pronto vamos a ser responsables de los astros, nuestro campo de acción se va a dilatar, pero en el fondo ya estaba presente en el primer pensamiento como en todo pensamiento, si son verdad en toda su fuerza las palabras de Isabel Leseur "que todo hombre que se eleva, eleva el mundo" y, de contragolpe, que todo hombre que se rebaja, rebaja el mundo.

Entonces, al menos en esta perspectiva, el hombre tiene una situación cósmica original y, puesto que Jesús restituye el hombre a sí mismo, el Evangelio de Cristo tiene necesaria y eminentemente una dimensión cósmica.

Además, San Pablo lo afirmó en la epístola a los romanos, así como en las epístolas a los colosenses y a los efesios. En la epístola a los romanos, san Pablo nos hace escuchar los gemidos de una creación que está en dolores de parto (Ro. 8:22). Eso quiere decir muy claramente que el mundo tal como está no responde al plan divino, está en contradicción con el plan divino y san Pablo mismo tiene la conexión que une este mundo a la vanidad: es el hombre – y así es como se debe leer el texto – es el hombre el que sometió el mundo a la vanidad y por eso el mundo está esperando la revelación de los hijos de Dios (Ro.8:21), esperando que el hombre se recupere, que el hombre sea por fin él mismo para ser a su vez lo que está llamado a ser. Aquí se establece muy claramente la conexión ente una creación que se des-crea, que aún no se ha alcanzado a sí misma y la caída del hombre que no ha nacido del segundo nacimiento.

Y, en la epístola a los colosenses (Col. 1:15-20), de modo mucho más objetivo de la historia, san Pablo presenta al Verbo de Dios, al Hijo, como aquél en quien y por quien todo fue hecho, y en quien el universo obtiene su consistencia.

Cristo es pues un ser cósmico según el pensamiento paulino que no hace sino subrayar nuestra vocación cósmica y estamos en seguida listos para entrever que la vocación del cristiano es por lo mismo eminentemente cósmica.

Y para ilustrar esa vocación cósmica, quisiera considerar simplemente algunas claves que son primero la virginidad, luego la resurrección, el sacramento y para terminar, el milagro.

En el cristianismo, la Virginidad es una vocación común. Todos los cristianos están llamados a la virginidad del corazón y del espíritu que es la virginidad esencial. Y la virginidad representa precisamente un dato cósmico eminente porque toca al impulso sexual que sostiene la vida a través de toda la historia, tanto de los vegetales como de los animales y en la unión sexual existe evidentemente una orquestación cósmica inmediatamente reconocible: las mismas pulsaciones de universo conmueven al adolescente y hacen subir la savia de los árboles y llevan a los machos hacia las hembras, y vise-versa, en la época del aparejamiento. Es un impulso cósmico que explica todos los vértigos, toda la espera, todos los delirios, y también toda la grandeza y todo el gozo cuando uno lo alcanza, pero ahí hay ciertamente continuidad evidente entre el hombre y el cosmos.

El hombre está enraizado en el universo del cual es producto en cierto modo en buena fenomenología, y sigue siendo un producto. La tierra nos sostiene, nos alimenta, en ella respiramos y a la tierra estamos adaptados por toda nuestra constitución orgánica y el enraizamiento no es jamás tan evidente como en el impulso sexual, en el impulso vital que moviliza al individuo en el océano de la especie. Hay por fin toda esa inmensidad, toda esa dimensión de la historia del universo que da un coeficiente ilimitado a la pulsación que lleva al hombre y la mujer hacia la comunicación de la que resulta la vida.

Y es evidente que en la mayoría de los hombres ese movimiento es ciego, ese movimiento no es controlado en absoluto, ese movimiento es sufrido, es acogido en una especie de fiebre y de fervor con toda una mitología de grandeza y adoración.

El hombre y la mujer se magnifican mutuamente en el impulso cósmico y, cuando se encuentran, se ven uno a otro como demiurgos que inician un mundo nuevo. Y aunque repiten el verbo amar que ha sido pronunciado miles de millones de veces por otros labios, tienen siempre una impresión de novedad incomparable y de originalidad única.

La mayor parte del tiempo, nada justifica esa magnificencia, nada justifica esa magnificación, nada justifica ese éxtasis inflado con el deseo cósmico, pero que no es por nada una riqueza personal, y por eso la multiplicación a ritmo geométrico de los divorcios pues, justamente, la unión se basaba sobre un intercambio ilusorio, sobre una grandeza que no se había alcanzado y que era simple orquestación del universo y, una vez disipado el impulso, quedan dos seres diferentes, incapaces de entenderse, y que no tienen ningún interés de hacerlo fuera del deseo que los llevaba al uno hacia el otro y se dan cuenta de los límites recíprocos de que estarían prisioneros para siempre si permanecieran juntos.

Jamás puede durar la unión, si el infinito presumido en los sueños del amor y que resuena en toda la literatura amorosa, cuando es hermosa, si la dimensión infinita no ha llegado a ser realidad personal.

Y justamente la virginidad significa eso, si es auténtica, lo que es raro desde luego. Si es auténtica, significa la realización de una exigencia propiamente infinita, capaz de hacer equilibrio a toda la subida de savia cósmica, capaz de retomar toda la historia del universo, capaz de realizar el movimiento positivo de una evolución que iría hacia el Espíritu, justamente suspendiendo el espejismo, disipándolo exigiendo una creación personal en que el ser alcanza de verdad un valor infinito.

Eso sería el amor: ser exigencia de valor infinito el uno para el otro, desear apasionadamente la grandeza el uno del otro, crear entre uno y otro una distancia de respeto ilimitado que pide y exige un crecimiento sin fin. Entonces no habría error ni horas oscuras, los seres podrían mirarse a los ojos pues su amor se basaría justamente en una victoria cósmica de su libertad.

Y yo pienso que eso, eso sería la realización más orgánica de la evolución, la evolución que se habría realizado de una manera u otra, eso no tiene importancia capital para nosotros, ya que es la historia de un mundo prefabricado, de un mundo que se nos impuso, de un mundo en cuya existencia participamos sin haberlo escogido.

El problema de la evolución nos interesa apasionadamente cuando es problema nuestro, cuando la evolución viene a golpear a la puerta y se pone en nuestras manos. Está en nuestras manos. Y justamente el instinto sexual es el cruce de caminos en que podríamos escoger, o habría que enseñar al adolescente a escoger, literalmente, ser creador de un universo digno de él y digno de Dios, creador centrado en la libertad, centrado en una dimensión infinita en que toda existencia deviene existencia de don.

Eso significa la virginidad. No es repudio del cuerpo humano y de su capacidad de ser cuna de la vida, lo cual es magnífico, sino rehusar ser esclavo de un poder cósmico ciego, que sólo puede crear un espejismo inmenso; arrancar justamente a ese poder la máscara de ceguera, darle mirada de claridad dándole a la vida del hijo el rostro del Niño Dios, el rostro de Belén, el rostro de la divinidad y realizar, justamente la Trinidad divina entre el hombre y la mujer.

¡Porque esa es en efecto la imagen más perfecta de la Trinidad divina! El matrimonio concebido como lo concibe san Pablo, como un sacramento que representa y realiza el misterio de la Iglesia que es un misterio universal y un misterio cósmico.

Mirando la castidad en su dimensión cósmica nos aparece, nos aparecerá como en los antípodas de una represión, de un repudio de la vida y de un desprecio del cuerpo: es lo contrario, es la exaltación incomparable de todos los valores humanos, es la glorificación del cuerpo, de la paternidad y la maternidad, pero al nivel mismo en que la paternidad y la maternidad son puro don, y que son de verdad relación vivida en la tercera persona que nace del amor, de un amor que la invita, de un amor que se dirige a ella, de un amor que es consagración de dos seres a un tercero que no existe todavía pero que es ya presencia en el corazón mismo de su amor.

Y así la castidad se concibe como liberación del universo, como realización de la evolución, como sentido mismo de la historia, como el comienzo y origen de una nueva creación, como generosidad sin límites en que el tercero es invitado por él, amado antes de existir y sólo existe como fruto del amor.

La castidad nos introduce naturalmente en el tema de la Resurrección. Ya que el cuerpo se transfigura ya, se hace cuna de la vida, pero de una vida que esta vez tiene todas sus dimensiones, una vida humana, pues la generación se hace personal y no simplemente natural, ya que la generación es libre y ya no cohecha, puesto que abraza todo el universo, puesto que mira un valor en el hijo humanizado y, naturalmente, la virginidad nos introduce en el conocimiento de un cuerpo que poco a poco se separa de la matriz terrestre, corta el cordón umbilical que lo une a la tierra.

Uds. saben que vivimos en condiciones rigurosamente terrestres, que no podemos salir de la tierra sin llevar en el cohete cosmonáutico las condiciones de nuestra vida terrestre. Si tuviéramos que vivir en otro planeta, necesitaríamos otro cuerpo del cual dispondremos quizás un día y que será diferente del nuestro, si las condiciones de ese planeta son profundamente diferentes de las condiciones del nuestro. Todo un aspecto de nuestro cuerpo está estrechamente ligado a las condiciones terrestres que constituyen el cordón umbilical que nos une a nuestro hábitat terrestre.

Por eso la muerte no puede ser considerada pura y llanamente como la disolución del cuerpo. Yo no creo que el cuerpo se disuelva y no lo creo primero porque habiendo afirmado que el hombre es mediador en el universo, supongo necesariamente que si el hombre comienza por estar enraizado en la tierra por toda su vida biológica, la tierra y el universo están recíprocamente enraizados en el hombre, en su pensamiento, su libertad y su amor y que el sentido mismo de nuestra vida es de establecer un movimiento conversivo, de cambiar precisamente la perspectiva y defendernos de nuestras raíces terrestres para enraizar el universo en nuestro amor y, si esa es nuestra vocación, se hará algunas veces realidad.

Se realizó en san Francisco de Asís, y no hablemos de Jesús y de María. Se enraizó en san Francisco de Asís como se nos cuenta en el acontecimiento de su muerte. Pues lo admirable en la muerte de san Francisco es que no sólo presenta un júbilo cósmico, ya que quiere escuchar el Cántico del Sol, es decir escuchar cantar toda la gloria del universo cuando él va a morir.

Querer escuchar ese canto quiere decir que ama este mundo, que lo ama apasionadamente; si quiere oírlo en el momento de morir es que tiene conciencia de no salir de él. Quiere estrechar el mundo contra su corazón porque se lo lleva en el corazón.

Y más aún, no sólo no se separa Francisco de este mundo cuyo esplendor había descubierto porque él mismo llegó a la verdadera creación humana, alcanzó la plena libertad del amor, la absoluta pobreza y llevó a eso todo el universo.

Realizó pues su función cósmica como nadie fuera de Cristo y de su Madre y, por eso mismo, su carne fue también trasfigurada y no se siente ninguna especie de retracción ni reticencia en su cuerpo: su cuerpo consiente totalmente en morir, su cuerpo tiembla de gozo pensando en el encuentro con el Señor que lleva dentro además y del cual vive, pues su cuerpo vive todo de Dios lo mismo que su alma, pues el hombre es indivisible.

Por eso está desnudo, sobre la tierra desnuda, porque está totalmente trasfigurado, es todo entero tabernáculo de Dios, santuario del Espíritu, es todo entero un rostro y es todo entero impulso hacia Dios. Entonces, ¿cómo admitir que esa carne va a ser abandonada a la disolución? Yo pienso que lo que se va a disolver es el cordón umbilical, la placenta que nos une a la tierra mientras dependemos de ella. Y pienso que, justamente, el hombre que es fiel a su vocación cósmica, como lo fue san Francisco y tantos otros que marcharon sobre sus huellas, el hombre que realiza su vocación cósmica, se espiritualiza totalmente, es decir, se libera todo entero, se personifica por entero, se hace entero, como el mundo además y más todavía, ya que es el fermento de esa transfiguración, se vuelve todo entero existencia oblativa, existencia ofrecida. No hay razón alguna para que un ser que vive de Dios y respira Su Presencia sea entregado a la muerte.

Yo creo que a la muerte subsiste un elemento, un elemento que es como el núcleo mismo de nuestro cuerpo y que defino yo simplemente como un largo de onda, un largo de onda. Les recuerdo la comparación que es muy sugestiva, con el número que designa su voz. Su voz es un número, es la estructura que le imponen a toda vibración que trasmita su pensamiento en un medio elástico. Su voz tiene un número único durante toda su vida y ese número, justamente, imprime al medio elástico, digamos, al aire que es el vehículo de la palabra, cierta vibración con ciertas armónicas que le pertenecen exclusivamente a uno. La voz es un número. Pues bien, yo digo: el cuerpo entero es un número.

Lo que mantiene la identidad del cuerpo, desde el embrión hasta el anciano, del embrión de un día, de un instante en el momento de la concepción hasta el anciano el último día de su existencia terrestre, es ese número, ese número es la identidad, una vibración, el mismo largo de onda.

Pues bien, yo creo que ese largo de onda permanece después de la muerte. Permanece como fermento de la resurrección, fermento de un cuerpo que corresponderá a la elección que cada uno haya hecho de sí mismo y entiendo por cuerpo un medio de expresar y de ocultarse al mismo tiempo, ya que la expresión nos expresa y al mismo tiempo nos oculta, es decir que tenemos la posibilidad de revelarnos por nuestra faz, pero al mismo tiempo la posibilidad de conservar nuestra privacidad, de proteger nuestros secretos contra las profanaciones que puedan amenazarla.

El hombre que atraviesa pues el velo, como lo atraviesa san Francisco todo entero, está obrando para construirse otro medio de expresión que no depende ya de este mundo. Y eso es esencialmente el acontecimiento de la muerte, es cortar el cordón umbilical que nos hace dependientes de este mundo.

Eso vemos además en las apariciones de Cristo después de la Resurrección: Cristo puede manifestarse en el mundo, pero ya no depende de él. Ya no depende del mundo y por eso la existencia de Cristo después de la Resurrección tiene esa apariencia de fantasma que tanto les cuesta identificar a los apóstoles porque es una existencia real, claro está, que tiene un modo de expresión que llamamos cuerpo, que puede manifestarse en este mundo pero que ya no depende de él, que puede hacerse invisible para nuestros medios de conocimiento pues, justamente, ese cuerpo ya no está conectado, o mejor, ya no depende de este universo y es un medio de expresión ubiquitario y ya no se sitúa en ninguna parte pues ya no está encerrado en el espacio-tiempo que representa simplemente la distancia entre nosotros y nosotros mismos.

Cuando ya no haya distancia entre nosotros y nosotros mismos, ya no estaremos exactamente en un espacio-tiempo pues habremos llegado al centro y toda nuestra vida brotará de ese centro en la forma que designa la resurrección, que no debemos ver como prolongación de la vida biológica, sino como la culminación de una libertad creadora que alcanza por fin su cumbre donde brota por fin la vida de su fuente, se ha hecho origen, origen de todo, no solo del pensamiento sino también de los medios de expresión y de todo lo que corresponde en nuestro vocabulario a lo que llamamos cuerpo.

La resurrección manifiesta pues el cambio de las dependencias cósmicas y el triunfo de un hombre que se ha hecho creador de todo su ser, creador además en una reciprocidad de amor pues no hay otra creación concebible y que, por eso mismo, ha arrastrado en su cauce de luz todo el universo, como lo vemos en san Francisco de Asís que, precisamente, en el momento en que conoció la prueba suprema de su vida, en el momento en que perdió la vista a fuerza de llorar por la pasión de Dios, en el momento en que fue crucificado por los estigmas, canta el Cántico del Sol. En ese momento precisamente, por haber cumplido todo el circuito, por haber ido hasta el final de su liberación, puede cantar el Cántico de las Criaturas. El mundo resucita con él, la tierra resucita con él, el mundo entero se convierte con él en un grito de alabanza y de amor, porque se ha liberado totalmente.

Eso además no se hizo sin recurrir continuamente a la mediación de Cristo, ya que en la historia cristiana hace figura de otro Cristo en la luz de sus estigmas; ni se hizo sin alimentarse de los sacramentos cristianos, pues su amor por la Eucaristía era tan ardiente y apasionado.

Bebió, pues, el también, en la fuente de los sacramentos que constituyen otro tema bajo el cual podemos considerar la vocación cósmica del Evangelio, pues ¿qué significan los sacramentos sino que el mundo mismo se hace mediador? No se puede imaginar una comunicación más perfecta y profunda: precisamente el universo que es el cuerpo más amplio del hombre, nuestro cuerpo finalmente. Si las tormentas magnéticas del sol pueden influir sobre el clima terrestre, nos sentimos finalmente en simbiosis, en comunidad de vida con el sol y el sol está en la vía láctea y se integra de cierto modo en todas las galaxias en relación unas con otras.

De todos modos, la historia entera está en relación con nosotros y nosotros con ella y no hay razón de limitar el enraizamiento del mundo en nosotros ni el nuestro en el mundo pero justamente, si el cuerpo es de verdad nuestro cuerpo, si Dios no puede llegar a él sino por dentro, a través de nosotros, qué manifestación más convincente que esa justamente, de la unidad de vida entre el mundo y nosotros, y por ende de que el mundo es de verdad nuestro cuerpo hecho inmenso, qué manifestación más perfecta de esa unidad que un universo sacramental en que no sólo el pensamiento, o el corazón humano, no sólo la palabra ni el gesto humano, sino el agua, el fuego, el incienso, la tierra, el aceite, en fin, todos los elementos del universo están llamados a significar de cierto modo, según una jerarquía ilimitada y analógica, todos los elementos del mundo están llamados a significar, a representar y comunicar la vida divina.

Aquí se reconoce y se engrandece el universo como persona, como persona… El universo es Alguien, ya no es algo contra lo cual chocamos hasta el absurdo, como Camus: el universo se convierte en alguien, se hace presencia, se hace traslúcido, diáfano como lo es en la contemplación del sabio en las horas estrelladas en que el sabio ya no piensa en la utilidad de su investigación o en la fecundidad material de sus esfuerzos, sino que está todo entero abismado en el gozo de conocer, de nacer a la luz en la verdad.

El mundo sacramento es pues lo que hizo al Hombre, es el sello de un mundo personificado, de un mundo en estado de gracia, de un mundo unido al circuito de amor eterno, de un mundo transformado en mediador con el hombre, por el hombre, puesto que el cuerpo del hombre, hecho mediador del éxtasis de amor que está al origen de toda realidad, si el mundo se crea de verdad y si se hace, como está llamado a hacerse, mostrador de Dios en una eterna oblación de amor.

Si vemos el organismo sacramental bajo este aspecto, veremos mejor cómo se une al cosmos y cómo revela la vocación del cosmos a superarse y transfigurarse en y por nosotros. El peso de la gravedad se vuelve más ligero, en el estilo de Simona Weil, más ligero haciendo contrapeso a la gravedad e inscribiéndose en la magnífica escala de los sacramentos que recorre y comprende finalmente todo el universo, ya que no hay una sola realidad que no pueda entrar en el gran benedícite de la liturgia y de la ofrenda del Cántico del Sol de san Francisco de Asís o del Cántico Espiritual de san Juan de la Cruz que ve justamente todas las cosas vestidas de hermosura porque la mirada del Señor se posó sobre ellas.

En este espíritu es como debemos utilizar los sacramentos para realizar a la vez la unidad humana, pues el sacramento, (y no hay sino uno finalmente y es la Eucaristía, la cual comprende todos los demás y brilla a través de ellos), ya que el sacramento es ante todo el lazo que une a todos los hombres en la unidad de un solo cuerpo, como decíamos en la liturgia de esta mañana, pero es también el lazo que reúne todo el universo en un solo cuerpo. Y en la perspectiva de las epístolas de la cautividad, a los colosenses y a los efesios, el Cuerpo de Cristo es finalmente coextensivo espiritualmente, es decir que comprende todo el universo.

Es fácil pasar de ahí al milagro que es otra manifestación de la vocación espiritual del universo y de la vocación cósmica del hombre. Pero, para concebirlo, hay que recordar que el milagro es siempre un acontecimiento-advenimiento, un evento-advenimiento, es decir, un acontecimiento en que se manifiesta una presencia.

Una presencia es un acontecimiento-persona, un acontecimiento-alguien. Ése es el carácter propio del milagro, es un acontecimiento-persona y no un acontecimiento-cosa, aunque suceda a través de un acontecimiento-cosa. Pero se señala de inmediato por el testigo conforme con la vida del espíritu como acontecimiento-persona.

Y pone, claro está, en acción las energías del universo y un milagro se podrá explicar siempre por lo que llamamos la causalidad natural, lo cual no explica mucho pues la causalidad natural, y la ley de la naturaleza son expresiones antropomórficas. Lo señalaba yo esta mañana: cuando hablamos de ley hablamos de conexión inteligible, hablamos de un pensamiento presente y si el universo es inteligible, no vemos por qué no expresaría una presencia inteligente, por qué no sería precisamente el órgano en que se expresa esa presencia. Nada parece más natural.

Hay una especie de contradicción interna en la actitud racionalista que invoca contra los milagros las leyes del universo. Pero me equivoco: en realidad, el racionalismo se opone, y con razón, contra los milagros concebidos groseramente, contra un dios maquinista del universo, pero en la perspectiva de un universo que debe realizarse, que no existe todavía, del que estamos encargados, que es una vocación puesta en nuestras manos, que coincide o cuya creación coincide con la nuestra, es decir con nuestra propia liberación, se concibe que el milagro, recurriendo a las energías del universo, simplemente las cataliza, es decir, les da sentido, les da sentido espiritual y las orienta. Y aquí podemos recurrir de nuevo a la imagen de los largos de ondas.

Toda realidad es finalmente un largo de onda, puede expresarse en una ecuación que expresa un juego de vibraciones o un ritmo de vibraciones. Se comprende muy bien que el mundo es un inmenso depósito de largos de ondas, se comprende que si las ondas están a contracorriente con las nuestras y las nuestras en contra de las primeras, se comprende muy bien que haya catástrofes.

Pero podemos concebir que un ser absolutamente armonizado, absolutamente unificado, en el camino de la resurrección, que se ha transformado en música, como Dios es la música silenciosa, se concibe que ese ser armonizado comunique su armonía alrededor de sí mismo y que el mundo se ponga a vibrar en simpatía.

A título de parábola, les recuerdo que Gandhi vivió 20, o más exactamente 25 años en su ashram, es decir en su ermita escuela donde había niños y jóvenes de ambos sexos, en medio de un universo poblado de serpientes venenosas y que no hubo ningún accidente durante esos 25 años porque se había dado la consigna de la no-violencia y era perfectamente seguida: jamás hacer mal a una serpiente, jamás tener miedo de ellas, vivir en familiaridad y amistad con las serpientes y, como no sentían ningún poder ofensivo, no estaban inclinadas a utilizar su veneno. Y eso fue lo que sucedió: los largos de ondas se ajustaron y finalmente se estableció la paz que reinó entre las serpientes y los hombres.

Entonces podemos ir más lejos: imaginen que justamente todo el cosmos, pues no es sino uno, un solo cuerpo, un cuerpo animado finalmente por la inteligencia de un ser racional en simbiosis con él y orientado hacia la liberación en el encuentro con un Dios liberador – y no hay otro – se concibe que el hombre armonizado armonice a su vez el universo y ponga las vibraciones del universo en correspondencia con las suyas y por lo mismo, oriente las energías hacia la manifestación de una Presencia y haga, precisamente, del acontecimiento, tan cósmico y tan orgánico como fuere, que tome forma un acontecimiento presencia en que se sienta, se perciba que, justamente, las energías del universo, las energías cósmicas han sido catalizadas por una presencia de amor.

Se podría decir además que, si pusiéramos en acción toda nuestra capacidad receptiva, el milagro sería permanente, que el mundo entero estaría ya resucitado.

Vuelvo a leer los dos dísticos de Ángelo Silesio: "Dios no hace distinción, y para él todo es igual, él se comunica tanto a la mosca como a ti." Todo depende de la receptividad: si yo pudiera recibir de Dios tanto como Cristo, él me haría llegar allá en el instante mismo.

Ahora bien, el milagro se realiza siempre, Dios está siempre emitiendo, difundiendo infinita y totalmente, toda su potencia de amor. Pero nosotros no captamos esa luz. Una vez más, nuestro receptor no está sintonizado, está parasitado y reduce a la impotencia esa emisión de luz y de amor.

El taumaturgo es precisamente un hombre que, como san Francisco, está liberado, se ha hecho creador de sí mismo, está ya en comunicación simpática con todo el universo, es ya capaz de cantar todo el universo porque toda criatura que él se rehúsa a poseer se ha hecho ofrenda entre sus manos. Ese hombre se levanta en medio de la creación como alguien que puede justamente armonizar sus ondas, comunicarles una vibración armoniosa y expresar naturalmente a través de ellas, puesto que son fuerzas gobernadas por leyes, es decir que están penetradas finalmente de una exigencia y de un pensamiento inteligible. Es normal que en sus manos esas energías sean catalizadas para manifestar a través del organismo o a través de la naturaleza la Presencia que respira en toda realidad.

Y, como el sacramento, como la resurrección que triunfa sobre la muerte, como la virginidad que triunfa sobre la especie, el milagro proclama a la vez la vocación espiritual del universo y la vocación cósmica del hombre.

Es pues cierto que en esta perspectiva el universo tiene una dimensión cósmica y que, si supiéramos leer mejor los signos sagrados, lo habríamos comprendido desde hace tiempo pero, como lo observábamos hace poco, no vivimos todavía un pensamiento cristiano, ni tampoco una vida cristiana y si nuestra vida cristiana falta, es quizás en buena parte porque nos falta el pensamiento cristiano.

Todavía estamos en el Antiguo Testamento, todavía estamos con ese Dios masivo cuyo poder podría aplastarnos, todavía estamos en rivalidad con él, todavía estamos en un universo del cual somos producto y presa, todavía estamos dominados por un automatismo pasional y por eso todo se vuelve caos en nuestros conceptos y en nuestra conducta, lo mismo que en nuestra visión del mundo y en nuestra visión de Dios.

Si redescubrimos el sello de nuestra liberación en el corazón de la Encarnación, si escuchamos en las epístolas de san Pablo el gemido de una creación que todavía no es ella misma, si vemos en las epístolas de la cautividad la dimensión cósmica de Jesús cuyo cuerpo es el universo entero – como debe ser el nuestro, como lo es ya además, pero por nuestra dependencia de él – comprenderemos que tenemos de verdad en el Evangelio una vocación ilimitada, una vocación infinita que hace de nuestra vida una aventura maravillosa siempre nueva, puesto que el mundo no cesa de profundizarse y de hacerse inmenso en nuestro conocimiento y que nos es tanto más accesible cuanto más grande sea nuestro amor.

"How beautiful is mankind!" decía Shakespeare: ¡Qué hermosa es la humanidad!" Es verdad, es verdad, y eso quisiéramos recordar como visión del hombre cósmico que debemos ser. ¡Qué hermosa es la humanidad! No estamos en un mundo terminado, estamos en una creación que comienza con cada uno de nosotros. Estamos en el centro de una evolución que sólo puede continuar por medio de nosotros, estamos ante una humanidad de la que debemos ser fermento de liberación cada uno de nosotros, estamos ante un Dios que, finalmente, sólo puede inscribir su Presencia en la historia por medio de nosotros.

Y eso finalmente es lo que se debe leer en el Evangelio: exactamente lo contrario de una religión que desvaloriza la vida, lo contrario de lo que propone el libro de Job como solución al problema del mal, exactamente lo contrario.

El hombre tiene ante sí la inmensidad que le da la cruz que quiere decir que Dios paga al precio de su vida la nuestra. El hombre tiene toda la dignidad que le da el lavatorio de los pies en que Jesús está de rodillas ante la humanidad. El hombre tiene toda la grandeza de un creador y no en vano decía Patmore: "¿Quién es Dios? Es el que tiene en sus manos al hombre. ¿Y quién es el hombre? Es el que tiene a Dios en sus manos." Si Dios tiene al hombre en sus manos, recíprocamente el hombre tiene en sus manos a Dios, más que a Dios, diría yo, todo el universo, toda la historia, toda la humanidad, a través de Dios y con Dios.

Todo eso puede parecer inmenso y lo es efectivamente, ya que es propiamente infinito. Pero justamente, ¿qué sentido darle al infinito, sino que nosotros tenemos que llegar a serlo? Porque ya no hay rivalidad entre Dios y el hombre, ya que Dios ya no es un déspota que domina sino un amor que se da. No hay rivalidad en un universo de generosidad y Dios nos llama a ser lo que es Él y a alcanzar justamente la grandeza del despojamiento en que la existencia se hace finalmente relación pura, en que la existencia toda entera se hace don, en que ser es amar.

Podemos ir allá paso a paso por este camino, justamente dejándonos conducir por los signos y cada ocupación es finalmente un signo a la vez humano y cósmico. Cada ocupación parte de un hombre, a través de un hombre, a través del universo, puesto que todos nuestros gestos se inscriben en el espacio-tiempo y se expresan por su medio.

Es pues bien verdad que nuestra vocación es cósmica y que el Evangelio nos hace tomar una conciencia única de ello, pues finalmente nuestra existencia depende de nuestra decisión, quiero decir que de nuestro consentimiento depende nuestra existencia, y la del universo y de la humanidad que nos está confiada, y la de Dios en cuanto que Dios entra en nuestra historia, pues no puede entrar en ella sino mediante nuestro trabajo, mediante nuestra existencia, mediante nuestro rostro.

 

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