En Londres, en febrero de 1930.

Mientra más alto sea el edificio, más profundos deben ser los cimientos.

La plenitud de la caridad supone la plenitud de la humildad. Una es en altura exactamente lo que la otra es en profundidad.

El único Altísimo, Jesucristo, se puso de rodillas para lavar los pies a Judas. Él conocía bien el precio de un alma.

También nosotros tenemos que salvar el mundo y, en la misma medida de nuestra unión con él, iluminar a todo hombre que viene a este mundo. Y, lo mismo que él, no lo lograremos por medio de palabras. Tendremos que dar nuestra vida.

Se habla mucho de sobrenatural, pero lo sobrenatural es un escándalo para los que no lo han encontrado trasformado en vida en la persona que trata de convencerlos.

Muéstranos al Padre y eso nos basta (Jn.14/8). Eso es lo que se necesita, y si eso falta, el mundo perecerá. Si lo sobrenatural no es realidad para nosotros, ¿cómo podrá serlo para aquellos que nunca han oído hablar de ello?

Y ¿qué es lo sobrenatural sino el misterio de la vida divina trasformado en el misterio de nuestra vida? ¿Y cómo ponerlo mejor al alcance de los demás sino tratándolos como a personas que tienen derecho a esa vida, con el respeto indecible que domina todas nuestras relaciones con Dios?

No un respeto convencional, revestido de fórmulas y compuesto de actitudes, sino un respeto que sea propiamente un acto de fe, un acto de caridad hacia todos y a propósito de todo.

La cosa no está en saber qué recibimos de los demás y qué consideración nos presentan, sino saber cómo salvarlos, que debemos hacer para que ninguno de los valores que hay en ellos se pierda y para que ellos se hagan santos.

Y entonces veremos más claramente el deber que tenemos de santificarnos, y que para dar testimonio de Jesús en nuestros encuentros con los hermanos, es necesario que él sea continuamente nuestra razón suprema de pensar, de actuar y de amar.

Las cosas más pequeñas y ocultas hacen parte de nuestro apostolado. Y si nunca estamos fuera de la Presencia de Dios, jamás estaremos tampoco fuera de la presencia de los hermanos.

Pues, inclusive cuando no nos ven, ganaremos su vida – su vida eterna – como un padre que se aleja de los suyos para ganar el pan para ellos, sin dejar de llevarlos en su corazón.

Y nosotros, debemos trabajar para ganar para el mundo el alimento que no perece, el Pan vivo bajado del Cielo, nosotros a quienes se dijo: Ustedes son la sal de la tierra. Y la luz del mundo. (Mt. 5/13-14)

El único temor posible para nosotros será en adelante el de haber sido puestos en presencia de un Alma y no haberle dado la vida.

Entonces, como nada se pierde a la mirada del Amor, sólo nos falta ofrecer a Dios, en un corazón de niño, la humillación de haber sido siervos inútiles, duplicando la solicitud para el cumplimiento de nuestros deberes, a fin de que nuestras acciones sean Palabras en el Verbo y cuenten humildemente nuestra alegría de amarlo.

 

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